martes, 23 de abril de 2019

Space cowgirl



Homenaje a Beatriz Fontana,
space cowgirl patria de la serie Diego Valor.

Los científicos aseguraban que no soñaríamos durante el hipersueño. Se equivocaron, como en tantas otras cosas, y durante ciento catorce años mis pensamientos han vuelto una y otra vez a ti, Álex, a tu rostro surcado de lágrimas aquel lejano 26 de octubre, cuando un «Por favor, mami, no te vayas» apenas susurrado traspasó mi alma partiéndola en dos. Hace mucho que habrás muerto, nadie vive eternamente, y yo me aferro a esta misión para no perder la cordura, consciente de que nunca más volveré a sentir tu cálido cuerpo entre mis brazos, ni a oír las risas soterradas que eras incapaz de contener cuando jugábamos al escondite en casa de los abuelos. Mi pequeño Álex. Mi amor. Cuánto te echo de menos, cariño mío.
El viaje exploratorio al planeta Tellus, en el que la moribunda Tierra había puesto todas sus esperanzas, debía durar poco menos de dos años, pero algo salió mal y la Fénix nos ha despertado huérfanos de todo aquello de lo que nos despedimos, incapaces de contactar con los sucesores de los que organizaron esta misión, si los hubiera, un shock difícil de asimilar que ya se ha cobrado la vida de dos de nuestros compañeros de infortunio y mermado la razón al resto. Afortunadamente, los víveres han aguantado bien en las cámaras frigoríficas, aunque la tortilla ha pasado a ser un mazacote de huevo que hace cabrear al bueno de Badejo, nuestro abnegado capitán. Entre bocado y bocado a esa masa insípida, menta a la madre del que dijo que aquello era una tortilla –«Omelette» afirma optimista el envase plástico–, haciéndonos olvidar con sus histriónicas salidas de tono el dolor que lacera nuestros corazones, aunque solo sea por unos instantes. Yo le paso un panecillo untado en queso, con olor a pomada antihemorroidal, y él lo devora de una dentellada, ñam, como un perro famélico, arrancándonos una nueva carcajada. No tengo palabras para agradecer a Control que lo pusiera al mando de la misión; Badejo sabe que debe mantener lo que queda de su tripulación lo más entera posible y a ello se entrega con la pasión de un buen líder.
Nos acercamos a Tellus a velocidad de crucero. Con el planeta centrado en el ventanal rectangular del mirador panorámico, semejante a un zafiro rutilante que nadara solitario entre las estrellas, mis pensamientos vuelven a ti, Álex, haciéndome desesperar. Lloro desconsolada ante la fotografía que te hice antes de partir, sonriente tras la tarta de tu tercer cumpleaños, y soy yo la que ahora sopla sus velas deseando que tuvieras una vida plena y feliz. Y rezo. Sí, también rezo. Rezo egoísta a un dios en el que nunca creí para que en tu lecho de muerte perdonaras la ausencia de tu madre, pues todo lo hice para conseguirte un futuro mejor.
Bip, bip. Me llega un mensaje urgente de la piloto Ferro; acaban de encontrar muerto al capitán. Se ha cortado las venas en el baño comunitario y en su carta de despedida me pide perdón por pasarme el mando de la Fénix. ¡Qué considerado el muy cabrón! En contra de lo que opina la mayoría de la que ahora es mi tripulación, vamos a completar el estudio del planeta Tellus. No es que me importe saber si realmente es apto para la vida humana, máxime cuando puede que a nuestro regreso a la Tierra no quede nadie en ella a quien entregarle los resultados que llevaremos con nosotros, pero he de darle un sentido a la causa de tu pérdida, mi querido Álex. Solo así mi alma torturada descansará; solo entonces podré reunirme contigo sin apartar la mirada.
Te veré pronto, cariño mío.

B.A.: 2.019

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martes, 26 de marzo de 2019

Love Story sobre azul




Sabían que la suya era una relación destinada al fracaso de la distancia. Por un lado un Boeing 747 fletado para cubrir vuelos internacionales, por otro un catamarán de los que conectaban Cádiz con el Puerto de Santa María… ¿Podía haber una pareja de enamorados más imposible que ésa? Y aún así, no dejaron de amarse desde la primera vez que cruzaron sus estelas sobre las aguas de la bahía gaditana. La aeronave comercial confesaría a un viejo 707 al borde de la jubilación que lo que más le atraía del catamarán era su coraje a la hora de enfrentarse al viento de levante, incapaz de quebrar con toda su furia desatada las rectas de espuma blanca que trazaba la embarcación sobre las aguas agitadas. Al catamarán… bueno, le volvía loco las aerodinámicas líneas del Jumbo acariciadas por el halo dorado del sol naciente.
El Boeing no veía el momento en que el trabajo lo llevara de vuelta a la costa gaditana. Cuando esto ocurría, buscaba con ansiedad la compacta figura de la embarcación para lanzarle un beso con forma de señal de radio que la otra recogía con un saltito gracioso y marinero. En una fracción de segundo la aeronave le contaba al barquito cuanto habían recogido sus instrumentos, desde la belleza de la nieve refulgiendo como llamas heladas en la cima del Teide hasta el alocado ir y venir de los vuelos transcontinentales en las proximidades del aeropuerto de Heathrow, sin olvidar los espectaculares campos holandeses de tulipanes a mediados del mes de abril, siendo tal la pasión con la que describía todas aquellas vivencias que el catamarán las sentía como propias. El barquito, menos viajado, le hablaba de los chillidos de alegría que lanzaban los niños cuando atracaba en el puerto, del graznido de las gaviotas y del aumento de la salinidad del mar durante el verano; del rielar del sol sobre las aguas calmas una vez pasada la tormenta y del eco de las comparsas y chirigotas callejeras que acompañaban su derrota en época de carnaval.
De esa forma continuó tan extraña relación hasta que un mal día de septiembre el catamarán no respondió a la llamada que la aeronave lanzaba desde las alturas. Preocupado por su silencio, el Jumbo recurrió al viejo 707, su fiel confidente y amigo, que indagando aquí y allá entre los conocidos del hangar supo de un accidente sufrido por el catamarán contra uno de los espigones del litoral. «Error humano», sentenció impotente el viejo Boeing con un encogimiento de alas. Tras permanecer dos largos meses sumergido en la dársena gaditana, el barquito fue reflotado para su traslado a tierra, donde quedó varado, con la popa al mar, a la espera de una recuperación que nunca se produciría.
Podríamos creer que aquí acabó esta extraordinaria historia de amor, con un melancólico tema para piano acompañando el solitario vuelo del 747 con rumbo al ocaso, pero afortunadamente no fue así. Nadie sabe exactamente cómo lo hizo el Jumbo –los pocos privilegiados que conocemos esta historia no nos ponemos de acuerdo sobre ello–, pero lo cierto es que el compás del catamarán, allí donde se encuentra el alma de todo barco, acabó escondido en las entrañas insondables de la aeronave, y desde entonces nuestros dos enamorados surcan juntos los infinitos llanos celestes.

B.A.: 2.019

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miércoles, 6 de febrero de 2019

Otras formas de divertirse




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Don diablo se ha escapado
Tú no sabes la que ha armado
Ten cuidado, yo lo digo por si…

Cómodamente instalado ante los mandos de un espectacular Volkswagen Phaeton, oscuro como sus más inocentes intenciones, Adolfo Milton disfrutaba a todo volumen de las aventuras de aquel diablillo pícaro y presumido con el que tanto se identificaba, arrancándole al ángel caído una sonrisa de adorable sinvergüenza que cautivaba a cuantos se cruzaban en su camino. Era 5 de enero, sábado para más señas. Como la sucursal bancaria donde trabajaba cuando tomaba la forma del señor Milton se hallaba cerrada por ser fin de semana, no podía arrancar pequeñas migajas de vida a los mortales con la concesión de préstamos personales o de hipotecas a treinta años de desvelos, pero siempre había otras formas de divertirse; sólo tenía que buscar un poco.

Don diablo que es muy cuco
Siempre sale con el truco
Del futuro colorado colorín…

La larga y ordenada cola que esperaba ante las puertas de la confitería La cochera llamó poderosamente su atención. Por su larga experiencia, vieja como los siglos transcurridos desde el fracaso de su rebelión contra el absolutismo divino, sabía que la diversión podía encontrarse en los lugares más insospechados y a la vista de los clientes que esperaban con paciencia a ser atendidos, su retorcida mente elaboró las bases de un plan con el que joderles un poquito el día de Reyes. Así que aparcó el Volkswagen fuera de la vista de cualquier curioso para que sólo el espejo retrovisor fuera testigo mudo de la transmutación que ocurría en su interior, reflejando cómo los atractivos ojos del banquero eran velados por el glaucoma propio de la vejez y la piel a su alrededor se convertía en un campo yermo surcado por profundas arrugas. Como toque final, añadió unas motitas oscuras sobre la piel, hasta un total de 666, pues, ante todo y contra la opinión de todos, él era un profesional.

*        *        *

Lucía un aspecto de lo más humilde. Seca de carnes, los ojos blanquecinos y llorosos, la ropa de baja factura que vestía se tensaba notablemente sobre la línea quebrada de su espalda, cruel recordatorio de la dureza con la que la había tratado la vida. La anciana llegó a la confitería pasito a pasito, rebasando la cola que esperaba a ser atendida con un «Sólo voy a preguntar si ya tienen preparado mi roscón» dedicado a los más suspicaces pues, como le explicó a la primera de la fila, le dolían demasiado los huesos con la humedad del día como para esperar en balde.
–¿A que se cuela la vieja? –le dijo a su esposa el hombre que tenía el número de orden 23.
–Tranquilízate cariño –le apaciguó ésta–. Sólo quiere preguntar.
–Seguro. Ya verás cómo es la primera en salir con el rosco de Reyes.
El hombre siguió despotricando contra la anciana para sonrojo de su esposa, que con chistidos prudentes lo instaba a callar. Y cuanto más le chistaba, mayor era su enojo, que ya abarcaba a la tercera edad al completo, esgrimiendo contra ella toda clase de argumentos –sólidos desde su punto de vista como los cimientos de una catedral–, que siempre giraban en torno a la desvergüenza que manejaban con tanta impunidad. «Dicen lo que les apetece cuando les da la gana, sin importarles a quién tienen delante. Son los primeros en subirse al autobús en hora punta… ¡Y encima gratis! Y no me hagan hablar de las colas que forman en el médico a primera hora de la mañana», concluyó para los no pocos que prestaban atención a la diatriba mañanera del enojado orador, arrancándoles asentimientos de conformidad.
–¡Ves como tenía razón! –vociferó triunfante el hombre a su esposa cuando de la confitería salió la anciana con una gran caja entre las manos–. Te dije que la vieja se colaba.
–¿De verdad te molesta tanto?
–¡Tú me dirás! Aquí, quien más, quien menos, lleva media hora esperando su turno…
–¡Y qué más da, cariño! –zanjó la mujer con tal ternura que desarmó por completo a su enfurecido esposo–. No merece la pena enfadarse por una tontería.
»Y menos el día de Reyes.
–Es verdad. Tienes toda la razónnn… ¡¡ME CAGO EN LA VIEJA!!
Desde un automóvil de gama alta, tras llamar la atención de todos con un juego de luces, la anciana desfiló ante los asombrados clientes luciendo para ellos una sonrisa malintencionada. Y cuando desde el equipo de música Miguel Bosé cantó a toda potencia aquello de: «Un beso chiquitín con un swing, ¡haaa…! Un beso chiquitín con un swing», la anciana dibujó para el hombre un beso con sus labios arrugados, arrojando a sus pies la figurilla del Pato Donald que traía de regalo el roscón… Pato Donald que iba disfrazado de demonio, como no podía ser de otra forma.

Te agarra muy suavemente
Te acaba en un pis pas
No tiene moral
y es difícil de saciar
Te gusta y todo lo das.

B.A.: 2.019


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Serie Adolfo Milton


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viernes, 18 de enero de 2019

Pandemónium




Adriana Moreno. Adriana Moreno. Pase por secretaría, por favor.
Eran las diez de la mañana de un martes algo frío para la estación. Con la casa recogida y el almuerzo planteado, sólo quedaba disfrutar del segundo café del día en la tranquilidad de la terraza, a la espera de que el pequeño Carlos despertara del sueño de los justos que disfrutaba arropado como un gusanito. A través del sistema de megafonía del Elena Chaparro, colegio cercano perteneciente a la orden de las Hermanas del Dolor de María, Conchi llamaba a los alumnos con su voz cascada de fumadora empedernida.
Ana Carretero. Ana Carretero. Preséntese en secretaría, por favor.
La niebla que emanaba del café caliente veló una sonrisa evocadora. Recordaba con cariño a Conchi de cuando cursó sus estudios de EGB allá por los ochenta, y ya entonces regía el pequeño feudo de la secretaría con mano de hierro, gruñona siempre ante cualquier osado que se le acercara pidiendo un paquete de tizas o un puñado de folios. La buena de Conchi… ¿Cuándo se jubilaría el viejo dragón custodio?
Rodrigo Albarrán. Jimena Florido… Albarrán y Florido. Sus padres los esperan en secretaría.
¡Vaya! Eran muchos los niños a los que Conchi llamaba aquel día. Los medios hablaban de una nueva cepa de gripe que mantenía en jaque a los expertos, de extraordinaria velocidad de propagación y múltiples casos de fiebre de hasta 43 ºC, y se veía que en el Elena Chaparro el virus había encontrado un buen caldo de cultivo.
Juan Gil, Carla Adana, Alicia Ruíz,… Y también Isabel Jiménez. Pasen por secretaría.
»¡Déjenme trabajar, por favor!
A Conchi se la notaba agobiada. Podía imaginarse el descontrol que reinaría ante la ventanilla de la secretaría, con tanto padre reclamando a sus hijos enfermos. ¡Bonito lío para un martes! Para colmo, la pobre mujer se había dejado el micrófono encendido y el barullo llegaba hasta la calle a través de la megafonía. Sólo esperaba que no despertaran a Carlitos, después de la mala noche que había pasado. ¿Estaría incubado el virus? A pesar de no ser de espíritu supersticioso, se sorprendió golpeando con los dedos la mesita auxiliar de teca.
Que se presenten en secretaría Marta Polo, Leonardo Colorado, Alejandro Trejo, Marta Navarro, Ángela Prieto y… Sí, ya les he oído, también Paula Iglesias y David Martínez.
Con curiosidad, echó el cuerpo sobre la barandilla de la terraza, estirado el cuello para poder ver una pequeña porción de la calle que daba a la puerta principal del colegio, certificando lo que ya intuía: el caos era total. Los vehículos mal estacionados en doble e incluso triple fila estrangulaba la amplia vía hasta dejar un único carril para cada sentido, tan estrechos que los camiones de reparto difícilmente podían pasar, pandemónium circulatorio salpimentado con bocinazos, gritos e insultos que no llegaban a más gracias a los agentes policiales enviados al lugar.
Sara Sánchez, Gracia Fragoso y hermanos Garrán. María López, Miguel Ferrera, Mariana Calatayud y Teresa Contrera. Por favor, que todos se presenten en secretaría.
»¡Miguel Ángel! Estooo… Señor director. ¡Menos mal que ha llegado! Necesito ayuda; la situación es insostenible.
Para empezar, apague el micrófono. La escuchan hasta en San Lázaro.
Disculpe…
El director por fin bajaba de su parcela en el Olimpo para ayudar a la pobre secretaria. Conocía a Miguel Ángel de su época de estudiante. Sobrado y trepa, nunca dudó en hacerse enemigos entre sus compañeros por un positivo de más y ahora, gracias al apoyo de sus antiguos profesores y al respaldo familiar, había llegado por puro dedo a la dirección del colegio.
¡Atención! Les habla el director del centro. Los alumnos que sean llamados deben presentarse inmediatamente en secretaría. ¡En perfecto orden y silencio!
»Natalia Gallardo, Miguel Blanca, Paula González, Pilar Rodríguez, Rocío Larra, Nacho Robles y Javier Ejido.
»Que la junta directiva venga a mi despacho inmediatamente.
Valiente capullo estaba hecho el «director del centro». ¡Y encima había despertado a Carlitos con su llamada al orden! Ojalá el virus lo dejara una semanita encamado. De un sorbo apuró el café ya frío, yendo con la taza vacía en la mano al dormitorio decorado en tonos azules desde donde el pequeño llamaba a su madre.
Ramón Ramos, Gonzalo Mariscal, Martín Ruiz, Juan Serrano, Rodrigo Galán, Manuel Huerta, Bernardo Romera, Abril Corraliza,…
–Mamá está trabajando, Carlos. Vendrá a la hora de comer –consoló el hombre al pequeño con dulzura–. Te voy a preparar un bibi calentito y después nos vamos de paseo.
¡Ding, dong, ding! Al habla el director. Tras reunión de urgencia, la junta directiva ha decidido cerrar las instalaciones. Los alumnos aguardarán a sus familiares en perfecto orden y silencio.
»El cuerpo de profesores velará por el correcto desalojo de las instalaciones.
Carla Portillo, Rodrigo Rodríguez, Víctor Salgado, Irene Ramos, Carlos Mayoral, Irene Barrillo, Jaime Rubio, Nicolás García,…
Al otro lado de la cristalera que separaba la terraza de la del piso colindante, el cuerpo lacerado y putrefacto de la otrora entrañable doña Ramona reaccionó al balbuceo infantil que le llegaba a través del interfono encendido con un gemido antinatural, golpeando el cristal; arañándolo hasta dejar impresas en él irregulares líneas sanguinolentas.
Antonio Barragán, Elena Gallardo, Manuel López, Hugo Pinilla, Ignacio Prado, Pedro Cabrera, Jaime Montero, Begoña Álvarez,…
El cristal cedió con un chasquido lúgubre ante el envite de aquel cuerpo muerto que sólo buscaba satisfacer sus instintos primarios. ¡Crack!

B.A.: 2.019


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viernes, 21 de diciembre de 2018

Érase una vez en Rebis - 31. Deber



Resumen de los capítulos anteriores: Guerra abierta entre las fuerzas humanas de la Alianza de los Hermanos y Nelson, pero no todo se desarrolla como estaba previsto por los jugadores.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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CUATRO DE OROS
¡¡SON DEMASIADOS…!!

REINA DE OROS
Cuatro de Oros, mantén la calma. Somos pocos los que quedamos y debemos proteger a Comodín…

UNO DE OROS
(SIN CODIFICAR)
¡¡REINA!! Me llegan disparos de todos lados,…

REINA DE OROS
Como a todos.

UNO DE OROS
(SIN CODIFICAR)
…mis escudos están a punto de caer…

REINA DE OROS
No antes que los míos.

UNO DE OROS
(SIN CODIFICAR)
…y pasar junto a Comodín entre esas dos fragatas es una auténtica locura.

REINA DE OROS
Uno de Oros. ¡¡CONTRÓLESE!! ¡Y use el código de seguridad! El enemigo no debe saber lo importante que es Comodín para nosot…

UNO DE OROS
(SIN CODIFICAR)
¡Señora! Con el debido respeto, en este momento me importa muy poco lo que le pase a Comodín.

REINA DE OROS
¡Uno de Oros, cumpla con su deber!

UNO DE OROS
(SIN CODIFICAR)
¡¿TE LLEGA LA SEÑAL, COMODÍN?! ¡Deja de esconderte entre nosotros y lucha como lo están haciendo tus compañeros antes de caer!

REINA DE OROS
¡¡¡USA EL CÓDIGO, MALDITO ESTÚPIDO!!!

UNO DE OROS
(SIN CODIFICAR)
Te crees muy importante, ¿verdad? Pues a mí no me pareces más…

REINA DE OROS
¡¡¡UNO!!! ¡¡Abandone ahora mismo la formación y regrese a la base!!

UNO DE OROS
(SIN CODIFICAR)
…que una rata asustada qu… ¡¡AHHH…!!

REINA DE OROS
Era lo mejor que podía haber pasado. Estaba a punto de hacerlo yo misma…

CRUPIER
¡Crupier a Reina! ¡Ese imbécil ha hecho que Nelson repare en Comodín!

REINA DE OROS
¡¡A TODOS LOS MAZOS!! ¡Abandonen la lucha y lleven inmediatamente a Comodín de vuelta a la estación!

CINCO DE OROS
¡Reina! ¡Una ola de monoplazas viene hacia nosotros! ¡¡¡VAN DIRECTOS A POR COMODÍN!!!

REINA DE OROS
¡¡¡TODOS FUERA!!!

COMODÍN
¡Aquí Comodín! ¡¡Han fijado el blanco en nuestra nave…!!

CRUPIER
¡¡¡AYUDEN A COMODÍN!!!

PILOTO DE COMODÍN
¡No puedo esquivarlos por más tiempo…!

REINA DE OROS
¡¡AGUANTA!! Voy a tu encuentro…

PILOTO DE COMODÍN
No pued… ¡¡NOOO…!!

REINA DE OROS
Crupier. Al habla Reina. Le han dado a Comodín…

*        *        *

A Taro Todoroki lo conocían en Japón como el Basurero loco de Fukuoka. El origen de ese apodo databa de trece años atrás cuando al desconsolado Todoroki, recientemente enviudado, se le apareció su esposa entre la niebla del sueño para encomendarle una misión de tintes casi sagrados: debía limpiar su Fukuoka natal de la montaña de residuos que amenazaba con sepultarla, fruto de la deriva cívica y cultural en la que se hallaba perdido el país tras la última gran guerra.
Para Taro Todoroki la aceptación de tan peregrina tarea estaba por encima de todo y de todos, ganándose el mordaz sobrenombre, y así, con los limitados recursos de la familia Todoroki, amén de las escasas subvenciones que pudo mendigar aquí y allá, adquirió un pequeño remolcador al que bautizó como Kissy Maru en honor a su querida esposa, con el que arrastró a través del silencio un kilométrico convoy de residuos para hacerlos desaparecer entre los gases inflamados del Sol.
Taro Todoroki era inmensamente feliz. Optimista por haber coronado con éxito aquel primer viaje, ocupó los meses que duró su regreso a casa para perfilar las bases de una empresa de limpieza de mayor envergadura, convencido de que ahora ninguna entidad bancaria se atrevería a negarle un crédito con el que financiar la purificación de Fukuoka. Lo que el señor Todoroki no sospechaba siquiera era la gran repercusión mediática que había alcanzado su particular y descabellada cruzada, llamando la atención del mismísimo emperador Bondohito, que quiso abrir personalmente la escotilla del Kissy Maru tras su amerizaje en el Mar del Japón, entre los sones del himno nacional y los flashes de los reporteros gráficos. La sorpresa del Basurero loco de Fukuoka fue mayúscula cuando vio ante sí la recia figura del soberano, mayor si cabe cuando recibió de sus propias manos la patente del negocio para las próximas siete generaciones, quedando establecida por decisión imperial que la familia Todoroki fuera la encargada de devolver el equilibrio y la pureza no sólo a Fukuoka, sino a todo el territorio nipón. Taro Todoroki jamás hubiera podido imaginar tal recompensa por complacer los deseos de su difunta esposa.
Con el beneplácito imperial de su parte, la flota de remolcadores del señor Todoroki fue aumentando año tras año y la basura empezó a llegar desde todos los rincones del país, contándose entre sus principales clientes los responsables de la manipulación de residuos radiactivos, siempre difíciles de controlar e incómodos de guardar. Trece años después del inicio de su andadura, el Basurero loco de Fukuoka vivía retirado en una isla de pescadores Ama llamada Kuro, el negocio confiado a las buenas manos de sus tres hijos, donde pasaba los días contemplando las transparentes aguas que él mismo había contribuido a limpiar y escribiendo algún que otro haiku al amor perdido. Aún así, una vez al año, coincidiendo con el día de Reyes que nada tenía de festivo para su país, capitaneaba uno de los cargueros en recuerdo a aquella primera travesía en la que nadie creyó.
Quiso la casualidad que ese día de Reyes el señor Todoroki se pusiera a los mandos del nuevo Kissy Maru, una enorme estructura de estilizadas formas que sustituía al abuelo de la flotilla, ya demasiado achacoso como para aguantar un nuevo viaje, yendo todo como la seda a bordo de la ultramoderna máquina cuando la luz de la cabina viró al rojo sin previo aviso, los mandos dejaron de funcionar y la astronave con su carga arrastrada –aproximadamente siete kilómetros de residuos debidamente asegurados– se precipitó hacia la locura desatada en una de las tierra de nadie que se extendían entre las rutas comerciales establecidas, zonas muertas que por ser excesivamente imprevisibles sólo frecuentaban traficantes y contrabandistas. Por el rabillo del ojo vio cómo su segundo lo abandonaba entre lastimeros llantos y con gusto lo hubiera seguido si su profundo sentido del deber no le hubiera impulsado a intentar salvar a todos aquellos desgraciados sobre los que se cernía la Muerte a velocidad de crucero.
–¡¡MAYDAY, MAYDAY, MAYDAY!! Al habla el capitán del Kissy Maru. He perdido el control de la astronave. ¡¡Apártense inmediatamente si no quieren que les arrolle!!
Después vino el choque, la sangre fluyendo a través de la ceja abierta y el aviso de que la carga salía disparada, sin razón aparente, como si hubiera sido disparada por un resorte.

*        *        *

La desesperada llamada de marcado acento oriental les llego a todos los combatientes a través del canal de emergencias, aunque pocos fueron los que le prestaron alguna atención hasta que la enorme proa del carguero se abrió paso entre la masa de astronaves como la de un rompehielos en aguas árticas. Crupier tampoco había advertido su presencia debido al poderoso escudo de invisibilidad que extrañamente envolvía a la astronave de carga y en la mesa 3D, sobre la que asistía al desarrollo de la batalla, sólo vio cómo una enorme fuerza separaba de improviso las aguas de aquel Mar Rojo hecho de puntitos luminosos verdes y naranjas, apagando algunos, fragmentando otros, que únicamente cesó cuando se interpuso en su camino la masa de superestructuras de Nelson. La batalla perdió impulso durante unos minutos.


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