lunes, 12 de octubre de 2020

Titiritero



Nota: Para la XXIII edición del Tintero de oro, David nos reta a escribir un relato escrito en primera persona en el que el protagonista sea un psicópata. Esta es mi propuesta.


*    *    *

–¿Le interesan las Hermes Ultimate?

Me mira con recelo. Cualquier mujer se muestra desconfiada cuando un desconocido le dirige la palabra. Y no es para menos según los tiempos que corren. Debo soltar algo de sedal o se me escapará, y para ello nada mejor que la aparición del lameculos del encargado.

–¡Qué pasa, Matías! ¿Haciendo horas extra?

–Ya me iba, Jaime. Sólo quería ayudar a esta señora a elegir sus deportivas.

–Por un momento creí que querías quitarme el puesto.

–¡Qué jodío! –me despido con el desenfado del perfecto compañero de trabajo; debo cuidar mi imagen a ojos de la potencial «clienta».

–¿Trabaja usted en Podium? –me pregunta la mujer, menos suspicaz.

–Así es. Matías Ovejero, responsable de la sección de running. Acabo de terminar el turno pero la vi tan indecisa…

Dejo la frase en el aire, mi mejor sonrisa de niño bueno dibujada en la cara. Tiene que llevarse esas zapatillas. DEBE llevarse las Hermes Ultimate, o mi plan se irá al garete.

–No quisiera molestarle.

–Para nada –un imperceptible cerrar de ojos me avisa; he de ir más despacio–. Hasta dentro de media hora no sale mi tren, y la estación está aquí mismo.

La perspectiva de que tenga que coger el tren hace que me vea como a alguien de paso, y baja un poco las defensas. He resuelto el traspié por la mínima.

–Entonces… ¿Qué puede decirme de las Ultimate? –pregunta al fin, interesada.

–Ah, las Ultimate. Son lo mejor de la marca Hermes para el running –afirmo contundente y paso a enumerarle las supuestas cualidades de la ridícula zapatilla vendida por Podium en exclusividad. Para ser sinceros, las deportivas son una auténtica mierda, fabricadas en uno de los muchos zulos que en Bangladés llaman taller–. Pesan poquísimo, la mitad de esas que lleva usted ahora mismo, y el precio no está nada mal.

»Y fíjese en lo flexibles que son, gracias a su tecnología de estrías de flexión. ¿Dónde suele ir a correr?

De nuevo aquella sombra de duda en la mirada. En verdad es una presa difícil y debo recurrir a una de mis mejores artimañas. La llamo «El calzonazos». Repentinamente hago como si me vibrara el móvil y tras disculparme escenifico para su incomodidad la típica escena del hombre de carácter débil subyugado a la voluntad de su pareja. «Hola cariño. Ya salgo... No, no voy a perder otra vez el tren. Por supuesto que me paso por el súper. Adiós, adiós.» El resultado es instantáneo y la mujer deja de sentirse amenazada.

–Le estoy entreteniendo.

–No diga eso, por favor.

–Su tren…

–Tengo tiempo. De verdad.

–Está bien… Suelo ir al Parque de las Tres Chimeneas, cerca de la iglesia de San Lázaro.

–Perfecto.

–¿Cómo dice?

–Digo que estas zapatillas son perfectas –casi vuelvo a meter la pata por la puñetera precipitación–. La amortiguación de gel hace que sean las más apropiadas para practicar running en cinta o carretera, y ese parque está asfaltado.

–¿Sabe? Me ha convencido.

La joven se despide con un sincero «gracias», llevándose bajo el brazo unas Hermes Ultimate de la talla 38 ½, y yo corro en dirección opuesta para no perder el tren, pues realmente mi casa se encuentra a un cuarto de hora de viaje en el cercanías.

Ya acomodado en el vagón no puedo más que sonreírle a mi reflejo en el cristal. No soy un psicópata a la manera de lo que nos tiene acostumbrado Hollywood: no acuchillo a nadie en la ducha disfrazado de mi madre ni me como el hígado del encargado del censo con habas y un buen Chianti. ¡Fffftttt! No. Yo soy un artista, un maestro del títere que maneja a su antojo los hilos de los protagonistas del drama humano, y actualmente ocupo mi tiempo con un interesante proyecto relacionado con la Ultimate.

La opinión pública aún no sabe que la ciudad se halla bajo el terror de un asesino en serie. Actúa en el entorno de las Tres Chimeneas, siendo todas sus víctimas corredores que calzan el mismo modelo de zapatillas, unas Hermes Ultimate. No sé si será un inmigrante asiático que perdió algún familiar en el reciente derrumbe del taller bangladesí donde se confeccionaba el material de la marca Hermes, por un sueldo de poco más de un euro al día, o si simplemente es alguien de la competencia con ganas de hundir Podium. ¡Qué más da! Lo cierto es que ya ha acabado con la vida de tres mujeres, un hombre y un niño. La policía conoce la relación entre los casos pero Podium ha recurrido a sus más importantes contactos para que no se haga pública la información, por razones obvias.

Me enteré de tan perfecta oportunidad para practicar el arte de la manipulación por pura casualidad, a través de un amigo policía de tendencia bocazas, y subrayo su condición de «perfecta» porque ya trabajaba en la sección de running de Podium y conocía las puñeteras zapatillas. Desde entonces, no hago más que contar a mis clientes las excelencias de la Ultimate, recomendándoles de paso el parque de las Tres Chimeneas. Puedo afirmar sin lugar a error que he sido el propiciador de dos de los fatales encuentros ocurridos en él.

¡Vaya! El pesado de mi vecino viene hacia aquí.

–¡Matías! Contigo quería yo hablar.

–¿En qué puedo ayudarte?

–Como trabajas en Podium… ¿Podrías recomendarme unas?

–Por supuesto.

 

B.A.: 2.020


Safe Creative #2010095575190

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Desintonizados

 


Según el reto del Tintero de oro, este relato está basado en el siguiente argumento generado por Storynator.


Una bibliotecaria que no soporta a los idiotas y un barrendero que hace un drama de todo lo que le ocurre, serán elegidos para viajar a una realidad paralela y recuperar una tecnología que les fue robada en su realidad de origen, pero una empresa armamentística se cruzará en sus caminos, en una historia detallista que habla sobre los prejuicios y la belleza interior.

 

*         *         *

 

–¡Esto no me puede estar pasando! Como aquella vez que derramé el café y…

–¿Es usted idiota?

–¡Oiga! No le consiento...

–¡Deje de quejarse de una maldita vez! Estúpido barrendero.

–«No juzguéis y no seréis juzgados». Lucas 6:37.

–¿Cómo dice?

–¿Acaso yo la juzgo por sus ropas grisáceas? ¿O por esa forma de moverse tan suya que le da el aspecto de un pulpo fuera del agua? A mí sólo me interesa lo que pueda ocultar en su interior.

–Me va a hacer llorar.

La apertura del portal transdimensional, un enorme vórtice morado que gira ante ellos como el ojo enorme de un hipnotizador, acalla la réplica del hombre, que al instante es absorbido, junto a su pareja, con un audible «pop».

 

–Por favor, Dr. Laya. Explíqueme por qué, entre tantos candidatos mucho más capacitados, el Consejo ha enviado a una bibliotecaria septuagenaria de maneras desagradables y a un barrendero de talante algo negativo a recuperar la tecnología Silentnight.

–La respuesta, amigo Ricardo, es simple y compleja a la vez.

–¿Y es…?

–Los estudios aseguran que ellos dos son los únicos capaces de estar en sintonía con la realidad paralela que hemos bautizado como Tiempo 4. Si cualquier otro de los ocho mil millones de habitantes de la Tierra cruzara el portal, desaparecería nada más asomar la nariz por el lado de allá.

–¿Me está diciendo que el futuro de ambos mundos depende de tan incompatible pareja?

–Me temo que sí.

–¡Dios bendito…!

Alea iacta est, que dijo Julio César.

 

B.A.: 2.020


Safe Creative #2009235416943

viernes, 3 de julio de 2020

Escape room




No sabía cómo había llegado hasta allí. Recordaba dirigirse al trabajo como cada día, con la misma masa apresurada de siempre a su alrededor, cuando de pronto le sobrevino un narcótico y espeso desvanecimiento del que logró salir imposible determinar cuánto tiempo después.
La vivienda en la que se encontraba era un espacio diáfano que cumplía la doble función de salón y dormitorio, al que media docena de apliques LED resolvía la ausencia de luz natural. Arreglada con lujo e indiscutible buen gusto, la estancia de planta rectangular se hallaba dominada por una cocina americana propia de las mejores revistas de decoración, llenos sus muebles de almacenajes de los más delicados manjares. Y en generosas cantidades. Envases al vacío de jamón ibérico, caña de lomo, mojama y queso; conservas del mejor producto nacional y de importación; aceites y vinos que harían las delicias del gourmet con el paladar más exigente;... Frente a ella, ocupando la esquina izquierda de la pared, un pequeño baño levantado con placas de yeso daba solución a las necesidades de higiene de su ocupante.
Dos puertas daban acceso a la vivienda. Con el miedo bien acomodado en el cuerpo se dirigió a la más cercana a la cocina, hallándola cerrada. No quedaba otra que dirigirse a la frontera, su segunda opción, pues la coronaba un siniestro luminoso donde podía leerse «EXIT?», así escrito, punteada la palabra con una interrogación tan afilada como la hoja de una guadaña.
Súbitamente, ya con la mano sobre la manija, se echó a reír, y fue la suya una risa nerviosa, incontrolada y un punto delirante. ¡Estaba en un escape room! ¡¡Un escape room!! No podía ser de otra forma. Sin duda, con la fecha de la boda ya tan cercana, sus familiares y amigos le habían preparado aquella broma para celebrar sus últimos días de soltería. ¡Pues se iban a enterar! Los minutos de terror que había padecido les iban a salir muy caros.
Con algo de hambre y mucha gula, atacó las exquisiteces que almacenaba la cocina sin orden sin concierto, regándolas con buenos tragos de vino que bebía a gollete. Cuando el estómago le protestó de puro lleno, algo embotados los sentidos por efecto del alcohol, se encaminó de nuevo hacia la puerta del luminoso, cuya manija sí estaba desbloqueada, cruzando triunfante el umbral tras el que sin duda hallaría el final de aquel juego de tan mal gusto. No fue así. En vez de sonrisas traviesas y codazos cómplices, lo que aguardaba al otro lado era una habitación estanco de 2x2 rematada con otra puerta que sólo pudo franquear cuando la que acababa de cruzar se cerró con un aciago clic. Una nueva vivienda llenó entonces su vista, de iguales proporciones y distribución que la que acababa de dejar, pero menos lujosa en cuanto a mobiliario, con alimentos no tan selectos a su disposición y, lo que era más espeluznante, en menor cantidad. Sobre la puerta frontera, un luminoso con la palabra «EXIT?» le dio la bienvenida a modo de burla.
Cruzó con irritación a una tercera estancia, e incluso tuvo la suficiente fuerza de voluntad para acceder a una cuarta, el miedo sustituyendo paulatinamente a la furia, y en cada ocasión se encontró en una estancia más modesta que la anterior y peor aprovisionada. Lo único que permanecía inmutable era el luminoso de «EXIT?».
¡Tenía que ser una broma! Tal vez participaba sin saberlo en un programa de televisión de cámara oculta o en un experimento sociológico de objetivo incomprensible. Pero no. Algo en su interior le decía que aquello era real; que había sido víctima de un secuestro y que su responsable le estaba obligando a jugar según sus retorcidas reglas. ¿Y si aquel laberinto para ratones concluía en una habitación sin salida alguna? ¿Y si en ella sólo encontraba pan y agua para saciar sus necesidades? ¿Y si…? Tanteó la manija y comprobó que cedía a la presión, como había ocurrido hasta entonces con sus hermanas. Al otro lado hallaría la salida o una nueva habitación, con las pavorosas implicaciones que ello conllevaba. Debía tomar una decisión y no era para nada fácil.
Una fuerza combativa que no sabía que poseyera se superpuso a su instinto de supervivencia, más inclinado a esperar la ayuda exterior entre aquellas cuatro paredes donde aún la comida era abundante, y así, tras hacer acopio sobre una manta de cuanto se pudo agenciar –no era de recibo pecar de estupidez–, inspiró una buena bocanada de aire y accionó con resolución la manija para tirar de ella hacia sí. De una zancada se colocó en medio de la habitación estanco y cuando el esperado clic anunció el cierre de la puerta a sus espaldas, abrió la otra de un empellón.
Un luminoso con la palabra «EXIT?» bostezó ante su firmeza, como lo haría un espectador aburrido por una película de lo más previsible, indicando la ¿salida? de una vivienda amueblada con muebles de montaje en kit.

B.A.: 2020

Safe Creative #2007034643904

domingo, 24 de mayo de 2020

La última lección


Nota: Imágenes sacadas de red Internet

_________________________



España - 1936

–Buenas noches. ¿Es usted el conserje?
–Venancio Gallo, para servirles.
–Vive aquí don Fernando García. ¿Verdad?
–Esto…
–¿¡Vive aquí don Fernando García!?
–Sí, pero…
–¡Pues vaya a buscarlo inmediatamente!
–Ahora mismo, caballeros. Con su permiso...
–No hace falta, Venancio. Aquí estoy.
»Buenas noches. Yo soy Fernando García. Ustedes dirán.
–Buenas noches. Si hace el favor de acompañarnos... Tenemos un asunto urgente que tratar con usted.
–Estaré encantado. Denme solo unos segundos con Venancio.
–Por supuesto.
–Pero don Fernando… Sabe tan bien como yo que es al «otro» don Fernando García al que buscan estos señores.
–Mi buen Venancio. Soy católico practicante y maestro de escuela… Traidor por partida doble a ojos de nuestra pobre España dividida. Si no fueran estos caballeros hoy, lo serían sus primos del otro bando mañana.
–Pero señor, puede que no…
–¿Vuelva?
–...
–Tengo más de setenta años y no dejo a nadie atrás.
–¡Están sus alumnos!
Touché, pero la decisión está tomada.
»He de irme; no es recomendable que estos señores se impacienten. Dígale a mi tocayo que huya con su familia esta misma noche. Vendrán a por él en cuando sean conscientes del error cometido.
–Así lo haré, don Fernando. Snif.
–No llore, amigo mío.
–Snif...
–Podemos irnos, caballeros.
–¡¡Don Fernando!!
–¿Qué ocurre ahora, Venancio?
–Se me olvidaba. El mozo de la librería El perro de Ulises dejó este paquete para usted.
–Será mejor que me lo lleve. Cuídese.

Don Fernando García Capitán, natural del municipio coruñés de Padrón, se halla descompuesto. De hombre valiente tiene lo justo para que no lo tachen de pusilánime, y ha gastado todas las reservas de que disponía al regalarle una vía de escape a su vecino. Para colmo de males su cuerpo afiebrado, acomodado como buenamente puede en aquella celda que comparte con otro centenar de desdichados a los que también han requerido las autoridades militares, le crea la ilusión de hallarse en presencia de la arrogante Reina de Corazones, a la que su mente agotada pone los rasgos de Marlene Dietrich en El ángel azul. «¿Merece la pena?», le pregunta la Dietrich con la característica mala uva de la cabaretera Lola-Lola, vestida para la ocasión con los colores rojo y negro del reino de las maravillas.
–¿A qué se refiere?
–Le pregunto si merece la pena cambiar su vida por la de ese desgraciado.
–Y por la de su familia, no lo olvide.
–¡Bah! Una fregona que huele a coliflor cocida y sus piojosos hijos. Yo no me hubiera rebajado ni a ordenar que les cortaran la cabeza. 
–¿Y qué me dice del amor al prójimo? ¿O del sacrificio?
–Esas palabrejas nunca dieron de comer a nadie.
En estos términos se desarrolla la imaginaria conversación cuando un: «¿Qué está leyendo, señor?» devuelve al anciano a la lúgubre realidad de la celda. La pregunta viene del otro lado de los barrotes, de boca de un soldado que no supera en edad a muchos de sus alumnos. Posee la mirada límpida del que aún no ha derramado la sangre de un hermano, y en su semblante hay auténtica curiosidad.
Don Fernando mira hacia abajo y se sorprende al descubrir un libro entre sus manos. Alicia en el país de las maravillas, anuncia en letras negras. Sin poder explicar cómo ni en qué momento, el viejo maestro había rasgado el envoltorio de papel con el que el librero de El perro de Ulises protegiera la inmortal obra de Lewis Carrol, desde cuya portada lo observa una Alicia de rasgos mediterráneos. Tres rosas, un cerdito ataviado con ropa de bebé y el escurridizo Conejo Blanco, todo un caballero español de capa y sombrero, completan la escena imaginada por la ilustradora Lola Anglada para la editorial Juventud. Sin duda, allí se encuentra la causa de la imaginaria visita de la Dietrich entronada.
Alicia en el país de las maravillas –responde gratamente sorprendido el viejo maestro–, de Lewis Carrol.
–¿No es usted muy… mayor para cuentos? –curiosea nuevamente el centinela, envalentonado, arrancándole una sonrisa a don Fernando. ¿Cómo hacerle ver a aquel joven, de forma sencilla, la soterrada crítica, desvergonzada e irreverente, que Carrol hacía en su Alicia de las injusticias, las intolerancias y los comportamientos aborregados de la sociedad? ¿Sería capaz de apreciar el buen muchacho sus exquisitos guiños matemáticos? Pero el tiempo que resta es poco y don Fernando prefiere revestirse con el aura dorada del cuentacuentos vocacional.
–¿Quiere que se lo lea?
–¿Le molestaría, señor?
–¡Jamás! –y don Fernando se lanza a desgranar las alucinantes aventuras de Alicia, siendo de nuevo testigo de la magia que las palabras crea en las mentes hambrientas, hasta que el sortilegio es roto repentinamente por un militarucho de tres al cuarto que lo requiere a voz en cuello.
–¡¡FERNANDO GARCÍA!!
Minutos antes, la llamada del Destino hubiera hundido al viejo maestro, pero el reencuentro con la lectura lo ha ayudado a recuperar la dignidad y la serenidad perdidas, y tras un quedo: «Presente» que retumba como un clamor en el recinto, se despide del joven centinela no sin antes regalarle el libro.
–Pero no sé leer –se excusa avergonzado el otro, a lo que don Fernando contesta:
–Entonces esos serán sus deberes para mañana –para después apostillar por encima del hombro–. Solo la lectura nos hace libres.
Con la satisfacción del deber cumplido, don Fernando acompaña con serenidad al Conejo Blanco hasta el país de las maravillas.

B.A.: 2020



Safe Creative #2005214070588

lunes, 27 de abril de 2020

Sesión de tarde en Cine Palmira




Felisa tenía las mejores curvas de todo el barrio. Invitarla al cine podría considerarse la cuota mínima a pagar por poder presumir de ella ante los amigotes de jarana, pero la perspectiva cambiaba notablemente cuando te enterabas de que la chica en cuestión no era de esas que se pirran por una comedia romántica protagonizada por Hugh Grant o Richard Gere, sino de aquellas otras a las que les pone el terror.
Hubiera podido sobrellevarlo si estuviéramos hablando de algo como la versión que hiciera Coppola de Drácula, una película estéticamente impecable en la que por mucha sangre que se derrame te sorprende de buenas a primera con frases como aquella de: «He cruzado océanos de tiempo para buscarte», en boca de un camaleónico Gary Oldman transilvano capaz de poner tierno al más embrutecido de los mortales. Pero no. A Felisa le hacía tilín el terror más sanguinario, cochambroso y desagradable, sin una Annie Lennox que lo dulcificara con su canto de amor a un vampiro –«Come into these arms again / And lay your body down», entonaba la buena de Annie–, pidiéndome que la llevara a ver El exorcista, versión extendida para más inri, que se proyectaría en el Cine Palmira dentro de un ciclo bautizado con el sugerente título de Sangre, casquería y puré de guisantes. ¿Podría ser peor? Por supuesto, podría llover.
No se vayan a creer que soy un mojigato. Lo que ocurre es que a mí no me van los Krueger, Jason y Jigsaw cuya única razón de ser es convertir en picadillo a los guapos protagonistas de turno de la forma más retorcida que la mente humana es capaz de imaginar. A mí lo que realmente me gustan son las explosiones, los coches lanzados a todo gas y los rayos láser, fiu-fiu. Aun así estaba decidido a triunfar, y para ello fui a ver la película la tarde antes del día F –F de Felisa, of course–, yo solo, con mi resolución como única armadura. La niña del exorcista y sus vómitos verdes no me dejarían en mal lugar ante mi curvilínea cita.
Una leyenda urbana afirmaba que en el Cine Palmira había un fantasma. ¡No se rían, por favor!, pues no eran pocos los que aseguraban haber visto sombras proyectadas sobre la pantalla o notado una respiración cálida en el cogote sin tener a nadie detrás. Y además estaban las muertes. Cinco ataques al corazón desde su inauguración, a los que habría podido sumarse dos más si no hubiera sido por la intervención in extremis del servicio de Urgencias. Pero esa mala prensa, en vez de espantar a los espectadores, los atraía como el ganador de la última edición de OT a un grupo de adolescentes y así, el día en que iba a enfrentarme a mis demonios, me vi en una sala llena hasta la bandera, sentándome junto a un individuo que parecía venir más a ver la última de Disney que la lucha del padre Merrin contra el demonio Pazuzu, tal era el cargamento de chucherías que portaba.
La experiencia resultó peor de lo esperado, y si la niña bajando la escalera mientras hacía el pino puente me puso la piel de gallina –recuerden que era la versión extendida– y con el giro de cabeza imposible tuve que ahogar un grito nada masculino, la ducha de vómito verde que recibe el sufriente padre Karras me hizo dar tal respingo que a punto estuve de tirarle las palomitas a mi compañero de butaca, por mucho que la cultura popular me hubiera preparado para tan impactante imagen. Y ese crucifijo… Bueno, creo que basta con que diga que enfilé el final de la película mareado por un cóctel explosivo de terror y asco a partes iguales, llegando a preguntarme si realmente merecía la pena semejante tortura por los encantos de Felisa.
Así estaban las cosas cuando sentí cómo una repentina bajada de temperatura acicateaba mi cuerpo hasta hacerme castañear los dientes. Miré en torno a la búsqueda del origen de semejante frío y cuál no sería mi sorpresa cuando vi que la sala se hallaba totalmente desierta; sólo la proyección de la película acompañando mi soledad. Y de pronto era yo quien estaba en esa habitación gélida donde el padre Merrin perdía la vida a los pies de una cama con las maderas acolchadas, expeliendo bocanadas de vaho, y eran mis manos, no las del padre Karras, las que estrangulaban a Regan. Entonces fui poseído por una presencia demoníaca y hubo ruido de cristales, y un salto al vacío, y mi cuerpo lacerado rodó a todo lo largo de una escalera de fría piedra, quedando desmadejado en la calle, entre charcos de sangre, mientras una mano amiga acompañaba mi último hálito de vida.
Volví a la platea del cine, desaparecido el vaho pero no el frío. La mano amiga era la de mi accidental compañero de película y el dolor que me recorría el cuerpo el resultado de las maniobras de reanimación de los sanitarios. Pero ya nada pudieron hacer. Se certificó mi muerte como un ataque al corazón pero yo sé, y ahora también ustedes, que fui la octava víctima del fantasma del Cine Palmira.
No sé la razón por la que el fantasma me eligió a mí en aquella ocasión, pero sí os puedo asegurar que su ansia de muerte es mucha y que volverá a atacar.
Quedan advertidos.

B.A.: 2020

Safe Creative #2004193707690