miércoles, 11 de julio de 2018

Érase un vez en Rebis - 24. AlPred



Resumen de los capítulos anteriores: El proyecto Churruca, la estatua de la diosa Mio y otros secretos de Rebis son semi-desvelados a base de diálogos entre los diferentes protagonistas.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Los pequeños amos lo llamaban cariñosamente AlPred, los duques se limitaban a un respetuoso «56», y hacía 13 años, 6 meses, 1 día, 5 horas, 37 minutos y 50 segundos, y 51 segundos, y 52 segundos,… que un operario anónimo, que bien podría haber respondido al nombre de Víctor, ejecutó el protocolo Alfa de encendido por el que AP-56 encendió los fotorreceptores a la vida. La razón de semejante código sólo sería un misterio en ciertas novelas de ciencia ficción. La realidad, siempre más vulgar, era que la creatividad de las empresas de robótica a la hora de elegir el nombre comercial de sus productos dejaba mucho que desear, y por ello el androide había recibido las siglas AP por su condición de asistente personal y el número 56 por ser el quincuagésimo sexto de la serie en la cadena de montaje.
Nada más salir al mercado, AP-56 fue adquirido para el servicio doméstico de los duques de Lago Glauco, con residencia en el sector sur de Rebis, pasando a ocuparse en exclusiva del cuidado de los herederos en cuanto estos llegaron. El androide los atendía como sólo sabe hacer un artificial que no tiene más fin en la vida que el programado y había que verlo jugar con los pequeños, disfrazado del capitán Garfio con un sombrero de ala ancha calado a lo pirata sobre la imprescindible peluca negra de tirabuzones, el mortal gancho en la diestra, para terminar siendo devorado tras cruenta batalla contra el mismísimo Peter Pan por un gran cocodrilo que se movía a golpes de tic-tac.
Pero el destino también se burla de los pequeños androides domésticos y la desgracia se cernió sobre AlPred algunos meses atrás, durante la última actualización de su sistema operativo. Un militante radicalizado del grupo pro-androide Sueño Artificial consiguió manipular algunos de los nuevos paquetes con un virus asesino e intratable, a fin de castigar a los esquiroles que traicionaban la lucha por los derechos de los artificiales con su actitud sumisa. AP-56 sólo fue consciente de la infección cuando tardó un milisegundo más de lo necesario en evitar que un camión de reparto atropellara al pequeño amo Juan y desde entonces los fallos de sistema se habían producido cada vez con mayor frecuencia, hasta que no le quedó otra salida que solicitar la desconexión para seguridad de los pequeños.
Tras exponer fría y objetivamente los hechos a sus amos, el androide quedó en silencio a la espera de la concesión de la sentencia liberadora. El duque miraba fijamente los pulidos ojos en forma de prismáticos que buscaban obstinados una mota que quitar del suelo, las manos entrelazadas bajo el mentón de líneas afiladas, meditabundo, mudo ante las soluciones imposibles dichas en voz alta por su esposa entre lágrimas secas y pañuelos de papel mojados, hasta que el timbre del teléfono rompió el lúgubre silencio que acompañaba al segundo acto de aquella tragedia. Una voz chillona se encargó de responder y tras una carrera marcada por el sonido amortiguado de sus pequeños pies desnudos, el pequeño Juan entregó el teléfono a su padre, sin ser consciente de la dolorosa escena que se desarrollaba en el despacho. En vez de eso, preguntó en su inocencia cuando volvería AlPred a jugar con ellos, a lo que el duque respondió con un seco «Ahora mismo» que el pequeño supo interpretar, poniendo pies en polvorosa.
Una vez marcando en el teclado virtual el código que protegía la línea de oídos ajenos, la figura encorvada del duque anduvo por la habitación hasta el mueble-bar, contestando con monosílabos y frases ambiguas como siempre hacía con las llamadas del trabajo cuando estaba acompañado. En un momento determinado el duque quedó inmóvil, la mirada perdida en el líquido traslúcido con reflejos de oro viejo con el que llenaba dos panzudas copas de licor, la voz al otro lado de la línea respetuosamente a la expectativa. «Ahora te llamo», dijo, y colgó con el botón lateral, para encaminarse con una copa en cada mano hacia las dos figuras que le aguardaban inmóviles.
–AlPred –dijo mientras ofrecía una de las copas a su esposa, que lo miraba sorprendida de escuchar aquel apodo cariñoso en labios de su marido. Era la primera vez que llamaba así al pequeño androide, descubriendo al hombre tras la máscara de hielo y la alta estima que sentía hacia él–. No dejaremos que sufras más de lo necesario.
»Me encargaré personalmente de ello.
Era materialmente imposible que AP-56 llorara pues no contaba con el equipamiento de serie de los androides de compañía que incluía, entre otras sutilezas demandadas por el mercado, con unos minúsculos orificios en los ojos por donde fluían lágrimas artificiales cuando la situación era identificada como «emotiva». En su lugar, la placa base empezó a ganar temperatura de forma peligrosa, siendo necesaria una refrigeración de emergencia. Una vez pasado el peligro, AlPred volvió a pecar de humano e internamente, para su satisfacción personal, no dejó de reproducir en bucle las palabras de su dueño: «Me encargaré personalmente de ello. Me encargaré personalmente de ello. Me encargaré…». ¡Qué gran honor!

*        *        *

–Necesitaré un vehículo potente. Una de esas antiguallas que usan combustible orgánico. Ocúpate de conseguirlo.
»Yo llevaré al conductor y vigilaré que la misión se cumpla satisfactoriamente.
El duque cerró la línea telefónica protegida y quedó en la semioscuridad del despacho ahora vacío con la copa de licor de nuevo llena en una mano, reflexionando sobre la vida condenada del pequeño androide. ¡Cómo podía llegar a doler! AlPred era su confesor, su amigo, aunque jamás lo habría reconocido de no ser por las circunstancias, encadenado como estaba a su rígida educación, hecha ante todo y sobre todos de disciplinadas renuncias. El gran secreto que arrastraba la familia, su noble ascendencia que tan mal vista estaba por la clase dirigente de la estación, a la que debía pleitesía para garantizar la supervivencia de los suyos, siempre estuvo a salvo en la memoria del pequeño 56. AlPred era lo más parecido a un mayordomo al que un aristócrata de su generación podría aspirar, incorruptible a diferencia de sus homólogos humanos que siempre tenían un precio por el que venderse, y además estaba su entrega hacia los pequeños, aquel cariño con el que los cuidaba y que iba más allá de los cables y los microchips. Sus hijos... ¿Cómo les daría la noticia?
AlPred se merecía un final digno por tantos años de fiel servicio. Nadie más que él iniciaría el programa Omega de desconexión, y si calculaba el momento adecuado, el androide realizaría un último servicio a su amo, ayudándolo a rematar un peligroso cabo suelto. El duque estaría para siempre en deuda con el pequeño 56.
La línea abierta fue la que ahora llenó el silencio del despacho. El duque dibujó una mueca de desdén al comprobar en la pantalla que procedía de su otro trabajo, el oficial, aquel con el que se ganaba la vida a ojos de la estación, y tras apurar el licor de un trago, con voz firme y resuelta dijo:
–Instructor Ramiro Corbacho.

B.A.: 2.018


domingo, 1 de julio de 2018

En fuera de juego



Nota: El relato propuesto para el concurso "Historias de fútbol" convocado por Zenda.

Las fotografías de este montaje están sacadas de pixabay.com.


–¡Lo harás y punto!
»Me debes obediencia.
–Obediencia…
–Así es.
–Ya veo.
La chica frunce con falsa inocencia los labios en torno a la pajita a través de la que da cuenta del zumo de naranja con el que se quita el calor, los ojos glaucos clavados en el que así le habla. Rara vez se enfada o molesta por las airadas salidas de tono a las que tan propenso es su acompañante, y tras mediar el refresco de una larga chupada se despereza lentamente con sensualidad felina, quedando repantingada sobre la hamaca de tela estampada, las piernas estiradas ante sí y los brazos cruzados bajo el pecho, que tensa por generoso la tela de su vestido ligero. «Soy tu musa desde que te haces llamar escritor; el ser intangible reflejo de tus intereses y de tus... gustos», apostilla con una sonrisa pícara mientras contornea en el aire sus voluptuosas curvas, imposibles de salir airosas de la batalla contra la gravedad si pertenecieran al mundo real.
Y si no te gusta el fútbol… ¿Cómo voy a inspirarte sobre un mundillo al que eres ajeno para que puedas ganar el concurso de relatos ese al que quieres presentarte? No hace falta que te recuerde que la relación más positiva que has tenido con un balón fue la película Evasión o victoria, y porque actuaba Stallone.
»¡Si ni siquiera seguiste la serie de Oliver y Benji! Por el amor de Dios…
–Pero algo podrás hacer.
–Como no me lea el Marca...
La musa se recoge el pelo en un moño alto, afianzándolo con el lápiz que le ha robado al escritor tras un guiño descarado. Una vez satisfecha con el resultado, apoya los codos sobre la mesa y encaja el perfecto óvalo de su cara en la bandeja que crea con los dedos entrelazados, dispuesta a acompañar con su silencio la desesperación del escritor cogido en fuera de juego. Sólo cuando el travieso juego de la musa roza el sadismo decide apiadarse de él y frunciendo el ceño, donde se marcan dos graciosas arrugas verticales de la más pura concentración, zarpa hacia el inmisericorde mar de las ideas a la caza de una buena pieza que ofrecerle. «Si escribieras relatos eróticos –reflexiona en voz alta con la vista llena del limpio cielo mediterráneo–, podríamos usar el fútbol como excusa para una escena de lo más tórrida. Tampoco habría problema si lo tuyo fuera la denuncia social, pues podría sugerirte el drama de un refugiado que encuentra asilo en un país europeo gracias a su pasado como entrenador».
–Pero eres un apasionado de la ciencia ficción –le reprocha apuntándolo con un dedo acusador–, y para colmo ahora te ha dado por el apocalipsis zombi. Fútbol y zombis. ¿Me quieres decir cómo puedo trabajar con semejante material?
–Tienes que darme algo –suplica el escritor con cara de cordero degollado–. Por favor.
–A ver. Déjame pensar... Vale. Imagínate una sociedad distópica, superviviente a un brote zombi. Está dirigido por un gobernador, o pseudo-rey, que con mano de hierro mantiene la paz en el territorio.
–No sé si...
–¿Puedo acabar? –corta la musa con severidad los balbuceos de su compañero. Se encuentra inspirada y le molesta sobremanera la negatividad del otro–. Un gobierno totalitario, como te decía, donde al que es detenido infringiendo la ley se le obliga a jugar al fútbol contra un equipo de zombis. Un uno contra once putrefacto y mortal. Si marca antes de que lo devoren será puesto en libertad; si pierde... Pues eso, se lo comen. Fútbol Z, podría llamarse, o Z-occer.
–¿Es lo mejor que puedes darme?
–¡Anda y que te zurzan!

B.A.: 2.018

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martes, 19 de junio de 2018

Érase un vez en Rebis - 23. Diálogos (I)



Resumen de los capítulos anteriores: Sebastián, víctima del insomnio, quizás haya encontrado la explicación del fantástico don de César entre las líneas de un viejo relato.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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César y Sebastián

–Señor Canela. Querría preguntarle una cosa.
–César… Tutéame, por favor. ¿Cuántas veces tendré que repetírtelo?
–Lo siento, señor Canelll… Sebastián.
–Mucho mejor.
»Ahora tu pregunta.
–Pues bien. Hay una chica que me gusta desde siempre. Estamos saliendo y…
–Julia, ¿verdad?
–¿Cómo…?
–No sé de qué te extrañas; debemos saberlo todo de los que incorporamos a Mundo Feliz.
–Claro, claro. Estooo… Volviendo a Julia, me preguntaba si…
–Me temo que es imposible.
–¡Pero si es muy buena piloto! Sería de gran ayuda y…
–¡No insistas, César, por favor! Julia es una buena chica; excelente piloto, como bien dices, pero su corazón pertenece a Rebis.
»Jamás entendería nuestra causa.
–Pero yo la quiero.
–Por eso mismo debes seguir esforzándote como hasta ahora. Incluso más. Sólo de esa forma lograrás salvarla del aciago futuro que le espera si fracasamos.
»Además, sois muy jóvenes. ¿Quién te dice que en el futuro no podréis retomar vuestra relación?
–La amo…
–Lo siento mucho, César, pero es mi última palabra.
»Espero que algún día puedas perdonarme.

Nacho y Tina

–¡Hola Nacho! ¿Cómo te ha ido el día?
–Bien…
–¿Ha ocurrido algo?
–Pues sí, y bastante raro.
–Cuenta, cuenta. Me tienes intrigada.
–Verás, cuando regresaba a casa se me ha acercado una chica en una motocicleta y…
–¿Una chica? ¡¿Qué quería «ésa» de ti?!
»¿Cómo era? ¿Qué te dijo?
–Deja que te cuente, cariño.
–Está biennn… Te escucho.
–Al parecer pertenece a una especie de club privado. ¿Te suena algo llamado Proyecto Churruca?
–De nada.
–Pues me ha dicho que cumplo los requisitos necesarios para ingresar en él.
–¿Requisitos?… ¡¿Qué requisitos son esos?!
–No lo sé. Era todo como muy misterioso. Me ha citado esta tarde para contarme los detalles.
–Pues no vayas y punto. A saber qué quiere esa bruja de ti.
–Tenía pensado ir. Me tiene muy intrigado, la verdad.
–Mmmm…
–Si a ti no te importa, claro.
–Por supuesto que no me importa; sabes que confío en ti. Pero tienes que llamarme en cuanto termines.
–Ja, ja, ja. Ya veo lo que confías en mí.
–Hasta mañana, y no dejes que ésa te líe con sus historias de espías.
–Por supuesto que no.
»Un beso, cariño.

Samuel y Mio

–Señora. Cada vez me cuesta más trabajo estar lejos de usted.
»A duras penas consigo centrarme en mis deberes. Oigo cómo murmuran los compañeros a mis espaldas, Sebastián recela de mi trabajo y aún así no hago otra cosa que pensar en que está encerrada aquí abajo. Sola en la oscuridad.
»Indefensa…
»…
»La noche ya no me proporciona el descanso que necesito y mi cuerpo afiebrado rechaza cualquier tipo de alimento…
»No sé cuánto tiempo pasará antes de que pierda la cordura.
»…
»Si al menos obtuviera una palabra suya.
»…
»…
»He de irme. En unos días vendrán para llevarse la última gárgola y al fin será libre del círculo de horrores que la aprisionaba.
»…
»He dejado morir mi ficus.

César y Cecilia

–¿Trafalgar?
–Sí, madre. Fue una batalla naval de principios del XIX. Franceses y españoles contra ingleses.
»Napoleón andaba por medio.
–¿Y dices que tu padre era descendiente de alguien que participó en ella?
–Eso me han asegurado. George Hamilton, artillero del tres puentes inglés Victory.
–Hamilton…
–Murió aquel día.
–Caray. Tu padre nunca lo hubiera imaginado.
–La Fundación Dimaco, a través del Proyecto Churruca, busca y reúne a los descendientes de los que participaron en la batalla.
»¿Qué opinas, madre?
–Creo que puede venirte muy bien, César. Apenas conociste a tu padre y ésta puede ser una buena oportunidad de conectar con él.
–Mmmm… Sí. Eso pensaba yo…
–¿Sabes? Quizás yo también tengo un antepasado que luchara en Baltasar.
–Trafalgar, madre. Baltasar es uno de los Reyes Magos.
–Eso he dicho.
–Me temo que no. Estooo… Ya lo han investigado.
»Lo siento.
–Lástima. Podríamos haber asistido juntos a las reuniones.
»Puedes ir, por supuesto, pero no descuides tus estudios; Rebis está por encima de todo. Hasta del recuerdo de tu padre.
–Descuida, madre.

Nacho y Tina

–Nacho.
–Mmmm…
–¿Ya no te gusto?
–¿Por qué dices eso?
–Porque últimamente te encuentro raro. Estás como distraído y apenas me hablas.
»¿Has conocido a otra?
–¡No digas tonterías…!
–¿Entonces qué te pasa? ¿Acaso se debe a ese club tuyo súpermegaguay?
–Se llama Proyecto Churruca
–Me importa una mierda cómo se llame.
–¿Sabes, Tina? Creo que hablas así porque tienes envidia de que yo haya entrado y tú no.
–¿Sabes, Nacho? Creo que eres imbécil.
–¿Qué quieres que te diga? Será que tengo muchas cosas en la cabeza.
–Entonces abandona el proyecto ese.
–No puedo hacerlo, Tina. Ahora no.
–Hazlo por mí, cariño.
–…
–Te lo suplico.
–Ten un poco de paciencia. Te prometo que volveré a ser el Nacho del que te enamoraste.
–¡Me lo has prometido!
–¿Cuándo he roto yo una promesa?

César y Cecilia

–César. Hoy me ha citado Gustavo Tamizo a su despacho.
–¿Para qué, madre?
–Tus profesores han notado una caída generalizada de tu rendimiento. Sólo la profesora Jero, de Comunicación y Criptografía, ha alabado tu trabajo de los últimos meses. Le dijo al señor Tamizo, y no te infles como un pavo real, que no hay nota que te califique. ¡Incluso llegó a pensar que hacías trampas!
»He observado que esta situación comenzó con tu ingreso en el Proyecto Churrusca.
–Estooo… No sé cómo puede haberme beneficiado el Proyecto Churruca para las clases de la señorita Jero; siempre fui bueno en ellas.
–No te hagas el gracioso, muchachito. Sabes que me refería al resto de tus asignaturas.
–Lo siento, madre. Era una broma.
–Tu trabajo en la estación es lo más importante, César. «Unidos y libres por Rebis», ¿recuerdas? Y si eso significa tener que renunciar al recuerdo de tu padre, por mucho que me duela, así será.
»El futuro depende de lo que hagas ahora.
–No hago otra cosa que pensar en ello.
–¿Qué mascullas?
–Nada, madre.

Samuel y Mio

–Ahí va el último de sus centinelas, mi señora. Por fin es libre.
»Ha costado más de la esperado; como si hubiera luchado con todas sus fuerzas para que no se lo llevaran.
»¿Qué locura, no?
»…
»En fin… Debo marcharme ya. César llegará en breve a las oficinas de Dimaco para estudiar el nuevo material capturado a Nelson. ¡El chico es una auténtica máquina de descifrar! No hay mensaje que se le resista; domina el Zamenjoff con mi misma soltura e incluso es capaz de mantener una conversación con los hiliones en su lengua materna… ¡Lo siento, mi señora!
»No debería molestarla con mi aburrida vida.
–Samuelll… Háblame de ese chico.
–¿Señoraaa…?
–Samuel, hace tiempo te confié mi nombre.
»Úsalo para que pueda volver a ser quien fui.
–Mio.
–Eso es.
–¡Oh, mi señora! Su nombre se funde en mi lengua com…
–¡El chico, Samuel! Háblame del chico.
»Por favor.
–Estooo… No sé si debería…
–Llevas meses suplicándome una palabra, y cuando al fin puedo satisfacer tu deseo me niegas el mío a causa de tus absurdos celos.
»Me siento insultada.
–¡Señora…!
–Creo que me equivoqué al elegirte como mi campeón.
–¡NO! No, mi señora… Mio. Lo siento. No volverá a ocurrir.
»¿Qué deseas saber?



B.A.: 2.018

lunes, 4 de junio de 2018

Archibaldo




Habían pasado dos años desde que lo acariciaron por última vez y ya apenas le quedaba sonrisa en la cara. Si hubiera sido personaje de cuento, Archibaldo bien podría haber cambiado su nombre por el de Garbancito; probablemente igualaría en tamaño a los gnomos de un país de fábula, y de nacer hombre sin duda habría sido fenómeno circense en el espectáculo de los empresarios Barnum y Bailey. Pero Archibaldo sólo era una figura de cera del tamaño de un pulgar, y de un pulgar dentro de la media, por si fuera poco.
Cuatro generaciones de Rivera habían desfilado ante el vajillero desde el que Archibaldo veía pasar la vida. Nadie sabía a ciencia cierta de dónde procedía, a quién perteneció o, lo más llamativo, qué representaba, pues las elevadas temperaturas del estío soportadas en tan longeva vida habían dejado su impronta en la figurilla, derritiendo sus facciones hasta lo irreconocible, la sonrisa convertida en una mueca desganada. ¿Era un duende de larga barba o la efigie de un santo? ¿Sería una escoba aquello que sostenía? Entonces, sin duda, tenían que vérselas ante San Martín de Porres pero… ¿Acaso no se asemejaba un poco al Moisés de Miguel Ángel? A la familia poco le importaba estas cuestiones, limitándose a quitarle el polvo que su cuerpo de cera no había absorbido los días que tocaba zafarrancho de limpieza. Sólo la bisabuela Ofelia mostró hacia Archibaldo alguna atención que podía calificarse de afectuosa, pero hacía ya dos años que la anciana residía en aquel rincón del cielo reservado para las viejecitas cariñosas, artríticas y arrugadas como uvas pasas.
Un buen día todas estas historias tienen un día así, ¿verdad?, la pequeña Ángela, en un despiste de la abuela María, abrió con sigilo la puerta acristalada del mueble vajillero para coger con sus cálidas manos la pequeña figura de cera. Sentada en el balcón de la casa, perfumada por el intenso olor a azahar que el calor de la primavera arrancaba a los naranjos que daban sombra en la calle, la pequeña inventó para Archibaldo toda clase de emocionantes historias, transmutando la anodina figurilla en cazadora de unicornios, zombi esclavo de sus instintos primarios y superhéroe que luchaba contra el mal al grito de «¡Tenorio en el aire!». De tal forma se metió en el juego que no fue consciente de la presencia de su abuela hasta que sólo pudo esconder a Archibaldo entre sus manos entrelazadas.
¿Qué ocultas, Angelita?
Nada, abu...
Venga. Enséñame las manos.
No fue necesario que la abuela añadiera nada más ¿cuándo lo es?, pero para sorpresa de ambas, entre los dedos temblorosos de la pequeña nada quedaba de Archibaldo; sólo una masa tibia, viscosa y amarillenta recordaba a la figurilla.
Estaba triste fue lo único que pudo alegar la pequeña en su defensa antes de romper a llorar, y lo hizo con tal desconsuelo que ni la batería especial de besos y caricias de la abuela pudo con él. «No pasa nada, cariño la intentaba calmar, no estoy enfadada».
Además, debe habérselo pasado muy bien contigo.
Razón no le faltaba a la anciana pues una muesca en forma de media luna parecía sonreírles desde la masa de cera que había sido Archibaldo. «¿Queréis volver a jugar?», propuso la abuela para entusiasmo de la pequeña, y con un cazo muy usado calentado a fuego lento y un molde para plastilina, Archibaldo tomó la forma de un niño con el que Ángela jugó y jugó y jugó, desgastándose poquito a poco con cada nueva aventura hasta que sólo quedó de él una gota dorada de pura felicidad.

B.A.: 2.018

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miércoles, 2 de mayo de 2018

Érase un vez en Rebis - 22. La memoria del Universo


Resumen de los capítulos anteriores: César ya conoce toda la verdad de lo que ocurre en la estación espacial Rebis. De la mano de Sebastián, Samuel y Constanza, ahora deberá encarar el nuevo futuro que se abre ante él.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Historias dentro de historias dentro de historias. En la oscuridad de su dormitorio, tapado hasta las orejas con las sábanas a causa de su naturaleza friolera, Sebastián reflexionaba sobre la cantidad de subtramas que podía albergar la búsqueda de Nelson, entreteniendo la espera del aleteo que anunciara la llegada del bueno de Morfeo. Como la copa de un árbol que se multiplica hacia el cielo, la causa de Los Hermanos contenía la vida de cientos de civilizaciones, de forma que un autor interesado en dejarla registrada para la posteridad se vería obligado a dejar en el tintero muchos datos que sólo tendrían valor para los propios interesados, como su gusto por las corbatas extravagantes o las razones por la que Constanza ingresó en la congregación de Las Hermanas del Dolor de María, elementos secundarios condenados al olvido por el único delito de distraer la atención del lector de la trama central. El noventa por ciento de lo vivido por Samuel, Constanza o DeAmiel Can, pues hasta el desagradable ministro hilión de Alianza y Guerra tenía sombras y luces sobre sus espaldas dignas de contar, quedaría perdido entre los pliegues del telón de fondo ante el que se interpretaba aquella opera del espacio, vivencias que únicamente saldrían a la luz en forma de precuelas, secuelas o spin-off –con sus correspondientes precuelas y secuelas–, si la obra resultaba un éxito comercial. En caso contrario, todos esos momentos se perderían como lágrimas en la lluvia, que dijo aquel, relegados a los foros de discusión para los fans más entregados.