lunes, 28 de abril de 2014

«Al fin nos encontramos». Una fantasía

"Prendimiento de Cristo"
Alberto Durero
(1508)

No sé cómo he llegado hasta aquí, aunque tengo claro que ha sido cosa de Padre. Quiere que entienda porqué tuve que dar la vida por ellos, y por eso me hace saltar de un sitio a otro, viviendo épocas distintas. Estudiándolos; intentando comprender. Y a pesar de todo lo visto, o precisamente a causa de ello, cada vez estoy más confuso. He visto los horrores cometidos bajo la sombra de Padre, independientemente de la forma con la que fuera llamado, llorando amargo ante las injusticias perpetradas en el nombre de María. Y ahora me encuentro aquí, en una ciudad en aparente paz y clara festividad, sin saber qué se espera de mí.
La masa humana que me envuelve toma posiciones a ambos lados de la calle. Aguardan algo y me acerco. El tiempo trascurre, se ocupan los pocos espacios que aún quedan libres y noto cómo el nerviosismo aumenta, entre murmullo de conversaciones y algarabía de chiquillos, hasta que cae un significativo silencio plagado de siseos cuando una cruz enarbolada se hace visible al final de la calle. Le sigue una comitiva constante y ordenada de encapuchados silenciosos con cirios encendidos, en aparente penitencia, y de pronto la solemnidad con la que el público asiste a la procesión estalla en bullicio inexplicable cuando suenan cornetas y tambores, marcando el paso con el que se acerca un enorme escenario en el que se representa, detallista y sanguinaria, el momento de la crucifixión.
No puedo hacer otra cosa que estremecerme ante aquel pedazo de  Pasión, grotescamente acompañado por el jolgorio de la banda de música y los aplausos de los espectadores, y aún así no estoy preparado para la imagen entronada que cierra la comitiva; la representación de una María que nunca conocí, todo joyas y caros ropajes, tan extraña de esa otra que me diera de comer en su modesta casa, bella en su naturalidad, todo ternura en sus ojos… Y recuerdo su voz ligeramente ronca con la que entonaba cancioncillas populares con las que entretener las tediosas labores del hogar, tan dulce que ninguna banda de música, por muy alto que tacara, podría igualar.
Salgo de allí con pies ligeros, apartando bruscamente a la multitud que grita entusiasmada ante la imagen, lo que provoca algún que otro grito airado que se funde con el clamor de la fiesta, y llego como en una nube hasta una plaza cercana, en la que los niños juegan y los adultos conversan mientras disfrutan de una cerveza o un helado que calme el calor de la jornada. Sólo entonces detengo mi huida, respiro hondo y busco un lugar en el que sentarme; donde preguntarme cuál era la razón de Padre para traerme aquí, pues lo que he visto se aleja mucho de lo que entiendo por amor a Dios. Entonces una voz quiebra el rojo que tiñe mis ojos. Entona una canción infantil sobre barcos de papel y nubes de algodón, y la sigo hipnotizado hasta un banco de piedra donde una joven acuna entre sus brazos la figura durmiente de un bebé. Me siento enfrente, junto a otra persona de la que sólo podría dar cuenta de su silueta, y disfruto del amor que explota en cada palabra como si fueran palomitas de maíz. Sólo cuando mi acompañante me dirige un «al fin nos encontramos» miro hacia mi izquierda, enfrentándome a unos ojos oscuros del color del chocolate caliente que me sonríen con ternura entre espirales de arrugas. Y mi corazón se alegra, pues en verdad que al fin nos encontramos.
–Maestro… –es lo único que puedo decir.
–Judas. Te he echado mucho de menos.

*        *        *

La joven asiste silenciosa a nuestra charla. El crío duerme profundamente y ya no es necesaria una canción que encauce su sueño. A sus jóvenes ojos somos dos viejos amigos que se reencuentran después de mucho tiempo. Lo que no podría siquiera imaginar es lo mucho que llevamos separamos.
Oír de nuevo su voz me llena de alegría, pero también me transporta al dolor de la tragedia compartida, lo que hace que me quede callado unos instantes. El Maestro me sonríe como un viejo lobo de mar que recuerda desde la lejanía las tempestades a la que tuvo que enfrentarse en el pasado, y se hace partícipe de mi dolor.
–Sufriste mucho, Judas…
–Infinitamente mucho menos que tú, Maestro.
–Puede ser. Pero tu nombre es maldito desde entonces, y eso no lo puedo remediar.
–Ese era el papel que me fue asignado. Así tenía que ser.
–Y así fue, lo que no deja de dolerme.
–Dime Maestro… ¿Valió la pena? –me mira con sus hipnóticos ojos de antaño, sin un reproche ante la duda lanzada; comprensivo como siempre ante la confusión–. Fuimos muchos los que dimos la vida para que tu pudieras salvar al hombre y, hasta ahora, lo único que he visto son las villanías y el horror de siempre.
–Te confesaré una cosa. En ocasiones, yo también dudo, y cuando eso ocurre vengo hasta este preciso momento, a este banco, y la escucho a ella. ¿No crees que quien derrocha tanto amor y sacrificio hacia algo tan indefenso merece ser salvada? Aunque sólo fuera por esta joven madre… Puedes creerme cuando te digo que mereció la pena.
Suenan tambores en la plaza y los dos nos giramos hacia la dirección de la que procede la música. Al parecer se aproxima una nueva procesión y nos quedamos esperando el desfile.
–¿Y qué piensas de toda esta… idolatría?
–Judas… –me reprocha con cariño–. No olvides que el hombre es de mente débil. Necesita que se le recuerden las cosas, y esto es una forma como otra cualquiera de mostrarle mi camino. Además, no deja de ser un bello espectáculo.
–¿Qué barbaridad veremos ahora…?
–Es la hermandad de El beso de Judas.
La voz nos coge por sorpresa. Un joven, sin duda el esposo de la chica, sostiene con delicadeza al niño dormido. Está a pocos metros de nosotros, erguido para ver la procesión, y sin duda ha escuchado mi pregunta. Sin embargo no muestra hostilidad, sólo curiosidad por esta pareja que asiste estupefacta a la fiesta de su ciudad.
–Sois extranjeros. ¿Me equivoco?
–Venimos de lejos, desde luego –le contesta el Maestro.
–Habláis muy bien, para… venir de lejos. Como os decía, esa es la hermandad de El beso de Judas.
–¿También lo sacáis a él… en procesión? –no puedo dejar de preguntar boquiabierto.
–Por supuesto. Aquí tenemos un dicho: «Si no hubiera existido Judas, lo habríamos inventado». Sin él, no tendríamos nuestra Semana Santa.
–«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» –se me escapa en voz alta, desternillándome de risa ante la joven pareja, que se aleja perpleja para ver la procesión.
–Judas…
–Lo siento Maestro. No lo pude evitar.


B.A., 2014

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6 comentarios:

  1. Me gusta la forma en la que presentas la historia desde otro punto de vista, como si, repentinamente, iluminases la escena con un foco en el que nadie había reparado, situado por detrás de quien presencia la historia, de quien la lee.
    Enhorabuena

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    1. Gracias por tus palabras, Isidoro.
      Como bien has comprendido, quería jugar con la idea de que Judas no era el traidor que teníamos entendido sino un partícipe más (y además necesario) de la salvación del hombre, tratando el tema desde el más sincero respeto, por supuesto.
      Se me ocurrió enfrentarlo a una situación tan ajena a la época en la que vivió porque tenía curiosidad en saber cómo reaccionaría el personaje, y reconozco que he quedado gratamente sorprendido con el resultado.
      Un saludo.

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  2. Me ha encantado esta nueva versión de lo que fue y es Judas. Da que pensar en una vida en la que los traidores fueron condenados hasta la eternidad. A lo mejor no fue tan traidor...
    Genial para dar que pensar.
    Un besillo.

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    1. Como dices, María, a lo mejor Judas no hizo más que cumplir su parte de la obra, aunque eso significara ser repudiado durante toda la eternidad.
      Un saludo y muchas gracias por tu comentario.

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  3. Me ha encantado Bruno, me parece un relato espectacular y muy bien narrado. Solo te diré un fallo muy tonto que no desmerece en nada al texto y es algo muy fácil de solventar; se trata de un "las" que sobra, y está en esta frase:
    "las tediosas las labores del hogar, tan dulce que ninguna banda de música, por muy alto que tacara, podría igualar." Me refiero al segundo "las". Y por lo demás, me ha resultado una fantasía genial de semana santa. Llevo mucho tiempo leyendo teorías sobre Judas –entre otras figuras biblicas–, y no me parece nada descabellado que su traición fuera un "pacto" o una invención. Incluso han llegado a encontrar evangelios sobre él y se ha demostrado en muchas ocasiones que la religión Cristiana ha sido muy manipuladora con su historia; un claro ejemplo es María Magdalena, a la que tildaron de prostituta hasta hace unos años, en la que limpiaron su nombre. Y todo por las teorías del matrimonio de Jesús, cosas a parte, jejeje –todo esto es opinática personal, sin ánimo de ofender, desde luego–. Mejor lo dejo aquí que el debate puede ser muy largo, jeje. Un abrazo! ; )

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    1. Gracias Ramón por tu interés y por comentarme ese fallo que has detectado; no hay nada que me moleste más que esos lapsus que consiguen escabullirse al escrutinio más consienzudo. Lo corrijo ahora mismo.
      En cuanto al relato, me alegra enormemente que te haya gustado tanto. Es una fantasía, o no, quién puede saberlo, pero no me parece descabellado que su papel en la Pasión fuera algo preestablecido y asumido por Judas hasta la última consecuencia.
      Un abrazo, amigo.

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