martes, 10 de abril de 2018

Sueños rotos



Nota: Las fotografías de este montaje están sacadas de pixabay.com

_________________________

David. Emma. Hoy es vuestro día.
Hasta esta mañana, el 20 de septiembre no era más que un número marcado en rojo en el calendario, la meta hacia la que apuntaban todas vuestras decisiones, esfuerzos e ilusiones, y la satisfacción de ver cumplido tan hermoso sueño hará que desaparezcan todas las pequeñas dudas que pudieran ensombrecer, un poquito, tanto trabajo bien hecho, quedando en el recuerdo como meras anécdotas para contar en el futuro. ¿Qué puedo decir de este día? Simplemente que será una locura. Las horas pasarán veloces, solapándose los acontecimientos unos con otros. Fotos, besos, felicitaciones,… y cuando os queráis dar cuenta, ya estaremos todos brindando a la salud del nuevo matrimonio. Y aún así, será un loco sueño del que no querréis despertar.
¿Y después? Seguro que os habréis preguntado en alguna ocasión qué pasará tras el viaje de novios, cuando la vida vuelva a la rutina del día a día. El trabajo, la casa, las compras, las facturas. Para esa pregunta no tengo respuesta; sólo de vosotros dependerá que no se apague la llama de la nueva aventura que hoy comienza. Pero una cosa sí os puedo asegurar: cuando esta noche, madrugada tal vez, cerréis la puerta de vuestro acogedor piso, notaréis que algo ha cambiado. Esas paredes que fueron pintadas en los días más calurosos del año tras una larga obra mil veces pensada; aquel frigorífico del que sacaréis una botella de agua con la que refrescaros la garganta,... Ese cómodo sofá que os acunará vencidos por tan largo día. Lo que hasta ayer no eran más que las piezas sueltas de un proyecto común, formarán ahora vuestro hogar. Disfrutadlo.
¡¡Vivan los novios!!

*        *        *

Realmente era cómodo el sofá. El hombre dejó el texto enmarcado sobre la mesa del salón, entre álbumes abiertos de cualquier manera a los que habían dejado huérfanos de algunas fotografías. Le dedicó una última mirada al texto impreso en letra inglesa sobre papel marmolado, los bordes comidos de forma irregular hasta darle la apariencia de un pergamino antiguo, para después dejarla resbalar por algunas de las instantáneas supervivientes al expolio, deleitándose con los generosos escotes y las marcadas curvas vestidas de fiesta de las invitadas a la ceremonia, todo sonrisas cómplices dedicadas al objetivo del fotógrafo. ¿Dónde estarán ahora estas mujeres?, se preguntó el hombre. ¿Dónde sus sonrisas despreocupadas? ¿Estarán guardadas en maletas llenas a toda prisas entre montones de ropa arrugada o se descompondrán en las cunetas junto a móviles sin batería, documentos que en su día fueron importantes y pedazos de sueños rotos?
El hombre se dirigió a la cocina, donde reinaba el mismo caos que en el resto de la casa. Papeles, ropa y todo tipo de objetos de uso cotidiano se hallaban esparcidos por doquier. Y también cristales, muchos cristales, que lo mismo podrían haber sido copas que ventanas. Era curioso la cantidad de cristal que contiene una casa... y la alfombra que se puede tejer con ellos. Sin luz desde una semana atrás, los alimentos guardados en el frigorífico se habían descompuesto en la hermética oscuridad del electrodoméstico, y su fétido bostezo saludó al hombre cuando tiró de la manilla de la puerta, provocándole una arcada. Una vez repuesto, echó todas las cervezas que encontró en una bolsa de rafia, de las que se adquirían en los supermercados para luchar contra el uso incontrolado de plástico, y no pudo dejar de pensar mientras saboreaba una de las cervezas, caliente como el meado de una burra, que no sería el cambio climático lo que en ese momento desvelaría el sueño del joven matrimonio. Terminó su particular compra con algunos embutidos algo secos, una tableta de chocolate venido a menos y dos bricks de leche sin abrir, para salir de la cocina entre suspiros de cristales.
–¡Iván! –oyó que lo llamaba el sargento desde el exterior–. Saca tus manos del cajón de las bragas. Nos vamos en cinco minutos.
–A la orden, señor.
El hombre volvió a posar los ojos en los álbumes expoliados. Sin duda había sido la esposa la que había querido llevarse en su huida un pequeño retazo de la reciente felicidad –el 20 de septiembre no quedaba lejos en el calendario–, y deseándole lo mejor, el hombre brindó con la lata mediada, sabedor de que la rueda de la fortuna gira de forma caprichosa. Quién podía asegurarle que dentro de diez meses o diez años no sería él el refugiado al que ningún país de la democrática y humanitaria Unión Europea querría en sus tierras. Al menos, se consoló, la llamada Emma no tenía hijos que la retrasara.
Una hucha con forma de caja fuerte llamó su atención. «Sólo monedas de 2 euros», habían escrito con un indeleble alrededor de la pantalla del contador digital, que indicaba la cantidad de «335». Si realmente sólo habían echado monedas de 2 euros –«Cabezones», las llamaban en su pueblo–, el hombre tenía entre sus manos una pequeña fortuna.
–¡¡IVÁN!! ¡Mueve ya tu gordo culo!
–¡Sí, señor!
El hombre dejó la hucha donde estaba. El euro se había devaluado hasta poco más de su valor al peso desde que el Ejército de los Colorados encendiera la mecha de la guerra civil, y sólo podría canjear los Cabezones al otro lado de la frontera. En su lugar, cogió un volumen recopilatorio del cómic Batman: Año Uno, de Frank Miller, que encontró protegido del polvo en una funda plástica; en una guerra que se preveía larga, los orígenes del Caballero Oscuro resultarían mucho menos pesados y más satisfactorios que casi tres kilos de chatarra, y con el cómic entre las manos salió en busca de su unidad.

Un papel cuadrado que sobresalía de entre las páginas llamó su atención. Una ecografía. «Este es tu primer regalo por el día del padre. Felicidades, cariño», habían escrito en su trasera bajo un pequeño corazón. Vaya, se dijo, los jóvenes iban a ser papás; acababan de perder su ventaja en la carrera por la supervivencia. Lástima.


B.A.: 2.018

Safe Creative #1804106525349

miércoles, 21 de marzo de 2018

Érase un vez en Rebis - 21. Cortinas de humo



Resumen de los capítulos anteriores: Tropas mercenarias y un control absoluto sobre la población que recibe el nombre de el Sistema. Todo ello lo conocerá César de la mano de Sebastián Canela.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

_________________________

–¿¡Quique!? –repitió César con un gallo adolescente haciéndole los coros–. Está en una misión.
»En una colonia minera.
–¿Fue eso lo que te dijo Gustavo Tamizo?
–¿Lo conoce?
–Lo conocemos bien. Samuel podría hablarte largo y tendido de sus debilidades... Y de sus gustos. Pero no nos desviemos del tema que nos ocupa.
»Como te dijo tan alto funcionario de Nivel 2, el señor Tilos está en una colonia minera, pero dejándose la vida en ella. Como el resto de su familia.
Un viento descorazonador azotó a César, que se estremeció dentro de su mono militar. Sebastián le concedió unos segundos, consciente del intenso dolor al que sucumbía el joven, para explicarle a continuación que terminar en un pentágono minero era lo menos malo que le podía pasar al que se enfrentaba al Sistema. «Cuando el Nivel 2 identifica a un elemento subversivo –la voz del presidente le llegaba al muchacho amortiguada por la bruma tejida con los momentos vividos junto a Quique–, lo quita de en medio antes de que extienda la ponzoña a su alrededor».
–A veces de forma definitiva.
El crujido de unas sandalias anunció la llegada de la hermana Constanza. Cruzó el despacho sin levantar la vista, los brazos enlazados bajo el pecho, colocándose silenciosa tras el presidente, que interpretó su presencia como una señal para continuar. «La lucha contra Nelson la ocultamos tras dos espesas cortinas de humo».
–Por un lado, la operación Mundo Feliz permite que nos movamos por Rebis bajo la cobertura de los viajes turísticos interplanetarios. Por otro, a través de la Fundación Dimaco, apoyamos el programa Che de Churruca, que pretende localizar a los descendientes del marino muerto en la batalla de Trafalgar y, por extensión, de cualquier artillero, grumete o calafateador que participó en ella, independientemente de su nacionalidad. Conocerás los hechos de aquel 21 de octubre… ¡¿No?! Pues te recomiendo los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. Como te decía, cuando nos topamos con alguien de nuestro interés, como es tu caso, le creamos al amparo de este programa una rama genealógica que lo conecta con alguno de los protagonistas de ese trocito de historia, pudiéndonos así reunir sin levantar sospechas con la excusa de una nueva actividad del exclusivo grupo.
»Y esta es la razón por la que llamamos Nelson a nuestro desconocido enemigo –concluyó Sebastián.
La figura a espaldas del presidente tosió de forma imperceptible, tendiéndole un par de folios que el otro cogió con un «Gracias, Constanza».
–Tus justificantes médicos –dijo alargándole los papeles al muchacho–. Así no tendrás que contestar preguntas incómodas. La hermana Constanza te llevará ahora a casa.
»Espero haber resuelto todas tus dudas.

*        *        *

La secretaria les despidió con un gruñido. César siguió a Constanza por el corredor hasta el ascensor y la calle comercial, para poner metros a todo lo que daba la amplitud de su hábito religioso, que no era poco, con el edificio desde donde Sebastián movía los hilos de aquella historia sin par, componiendo junto a la monja una curiosa estampa que no pasaba desapercibida entre los transeúntes. La cruz y la espada; ver para creer.
–Espérame un momento –le dijo Constanza al muchacho, detenido el avance sin previo aviso. Era la suya una voz severa, que obligaba a la obediencia aun cuando no había una nota más alta que otra–. Voy por las llaves del vehículo de la Orden –y sin más, entró en la pequeña capilla ante la que se habían parado, de donde escapaba un particular olor hecho de cera caliente y violetas. «Hermanas del Dolor de María», anunciaba una placa de metal bruñido.
Como ocurría en el resto de la estación, la presencia de vehículos privados era puramente anecdótica, hallándose estacionadas dos de aquellas curiosidades, dos motocicletas de líneas deportivas, frente a la capilla. «Viggo», llevaban escrito en las cachas laterales con letras futuristas. César había leído sobre los 120 cv de las Viggo, que les daban una aceleración de 0 a 100 en algo más de 3 segundos. ¡Genial! Junto a ellas, roja fuego una, dorada y negra la otra, un monovolumen, con más abolladuras que la Luna de Méliès, estropeaba el paraíso motero con su triste presencia de monstruo antediluviano. Un rosario colgaba del espejo retrovisor interior y una pegatina, con la silueta de un pez, aguantaba estoica la erosiva acción de las luces artificiales que iluminaban Rebis a todas horas del día. Sin otro vehículo al que dirigirse, César se desplomó con un bufido sobre el capó del monovolumen, y cuando fijó de nuevo la atención en las motocicletas vio sorprendido que una figura embutida en cuero se hallaba sentada a horcajadas sobre la dorada, la cabeza cubierta con un casco integral. La mujer –imposible ocultar tanta curva y contracurva en el festival para hormonas adolescentes que vestía–, tenía apoyado otro casco en el regazo, y sus ojos velados por la visera ahumada se hallaban fijos en él.
–¡Sube chico! –la voz de la hermana Constanza resultaba más inflexible al salir de las cavernosas profundidades del casco–. No tardaremos en llegar.
–Estooooo... 
–Y agárrate fuerte.
Giró la llave y con media vuelta de puño aceleró la bestia mecánica para cruzarse de mala forma con un camión de la compañía de refrescos Tombalina, que sólo pudo evitar el choque picando frenos hasta el fondo entre estrépito de latas y botellas de cristal. César, que había puesto tímidamente las manos apenas rozando la cintura de la monja, se vio obligado a rodearla con los brazos para no quedarse atrás, y la proximidad hizo que el olor del cuero bien curtido llenara sus sentidos con la fuerza de un perfume caro. «¿De qué va esto?», alcanzó a decirle allí donde tendría que estar su oído izquierdo.
–Nunca se sabe cuando hay que llevar un pedido urgente de rosarios –respondió Constanza volviendo a medias la cara, un punto socarrona. Se lo estaba pasando en grande a pesar de haber tenido que sustituir sus sobrios ropajes por aquel sucedáneo de dominatriz, pero no se podía conducir una Viggo con el vuelo del hábito batiendo el aire como las alas de una gallina vieja.
Tras una carrera demoníaca en la que la motocicleta sorteó el tráfico convertida en una línea dorada, Constanza detuvo la marcha en lo más profundo de un callejón cercano al domicilio de César, donde el chico se apeó con piernas temblorosas. Le devolvió el casco a la monja, que lo sujetó entre sus muslos para desasosiego del muchacho, descubriéndose ella también la cabeza. El cabello cortado a trasquilones, castaño a juego con sus ojos, estaba tieso por la electricidad estática, lo que le daba un aire muy fresco y juvenil, imagen que reforzaba la ausencia total de maquillaje, y César no pudo dejar de pensar que Constanza era la mujer más bella que había visto nunca, aun a riesgo de traicionar a su amada Julia.
–En breve recibirás un mensaje con la fecha y hora de tu primera reunión. Quince minutos antes de la cita fijada te estaré esperando en este mismo sitio.
»No nos conviene llamar la atención.
–Usted es una visión que jamás pasaría desapercibida –se despidió César de la figura que ya no era más que una gota de luz roja en el río del tráfico–, hermana Constanza.


B.A.: 2.018


Safe Creative #1803216298594

sábado, 24 de febrero de 2018

Érase un vez en Rebis - 20. Érase una vez en Rebis: Volumen 2


Resumen de los capítulos anteriores: Tras la reunión con los hiliones, Sebastián empieza a contarle a César cómo se creó la estación espacial Rebis.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

_________________________

Si los ejercicios en gravedad cero eran siempre un fiasco, lo de aquel día había sido una verdadera tragedia, tan embotada tenía César la cabeza. Los instructores Flú y Mota tuvieron que salir tras él cuando rebotó con más fuerza de la necesaria contra la pared exterior de la estación, vagando durante unos angustiosos segundos hacia la bóveda celeste mientras aleteaba inútilmente con los brazos, a la manera de los personajes animados. Y encima no sabía qué responder al implacable interrogatorio al que lo sometía Julia desde esa mañana –«¿Cómo te fue ayer con el teniente Faro? ¿Qué es lo que quería? ¡NO TE HABRÁ CASTIGADO…!»–. Así las cosas, el que Samuel lo arrancase de clase con la excusa de un reconocimiento médico fue de agradecer.

miércoles, 31 de enero de 2018

Érase un vez en Rebis - 19. Érase una vez en Rebis: Volumen 1



Resumen de los capítulos anteriores: Las señales así lo indican. Un señor de la guerra intergaláctico pretende someter a todos los sistemas en el mayor despliegue bélico que el Universo haya conocido. Contra él se han alzado Los Hermanos, y César será una pieza fundamental para la alianza. aunque eso signifique renunciar a su vida en Rebis.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

_________________________

Una losa de incomodidad cayó sobre César tras el click de la puerta al cerrarse. Su enigmático anfitrión jugueteaba de nuevo con los pulgares, aunque en esa ocasión acompañaba el entretenimiento con una cancioncilla entonada. Cuando el estribillo se hizo hueco a empujones en el cerebro entumecido de César, el muchacho se vio obligado a salir de su ensimismamiento al reconocer la sintonía de una serie muy popular en los círculos adolescentes. Podría ser algo premeditado… «Seguramente» era algo premeditado, pero su efectividad fue incuestionable, y César centró toda su atención en el viejo empresario. Sabía que se esperaba que fuera él quien diera el primer paso, y ya no tenía fuerzas para luchar contra aquella maquinaria desprovista de piedad; debía continuar la partida a la que se había comprometido a jugar.

jueves, 18 de enero de 2018

Apocalipsis de rebaja



Para Naty no había un credo que mereciera su atención; tampoco era una «roja», como la llamaba su padre cuando se enzarzaban en alguna de las muchas discusiones que caracterizó su vida en común, nostálgico de una dictadura largo tiempo extinta. No, Naty era una activista convencida y practicante, y veía de una obscenidad enfermiza las llamadas «rebajas de enero» que marcaban el comienzo de cada nuevo año. Eran muchas las penalidades a las que su labor humanitaria la había arrastrado con la sola compañía de su vieja mochila, y ahora, cuando las fuerzas ya la habían relegado al activismo distante y virtual de las redes sociales, estaba más que convencida de que el fin del mundo llegaría para limpiar la faz de la tierra del mal humano, y de que éste coincidiría con uno de aquellos días de consumismo egoísta y desenfrenado
Naty no tenía idea de cómo se produciría, si seguiría las profecías de los textos religiosos –fuera cual fuese el dios al que elevaban sus cánticos y alabanzas– o si simplemente la Madre Naturaleza se rebelaría como un perro contra las pulgas que le sangran la vida. De lo que sí estaba segura la vieja activista era de que a ella la pillaría al pie del cañón, luchando por lo que creía a través de las 27 pulgadas de su monitor Apple de alta resolución. Por eso, todos los 7 de enero desde hacía cinco años, se la veía en uno de los mayores supermercados de la ciudad, allí donde las rebajas eran sólo un recordatorio sugerido a través del sistema de megafonía con acompañamiento musical, aprovisionándose para su particular hibernación de toda suerte de conservas y encurtidos, leche vaporizada, agua embotellada y, su gran debilidad, tabletas de chocolate al 82% de cacao.
–Buf, señora… ¿Piensa acaso que va a producirse un holocausto nuclear? –con la llegada de la última caja de provisiones, subida al cuarto sin ascensor a lomos de un esmirriado repartidor, Naty cerró con doble vuelta la puerta de su apartamento y se dispuso a esperar la llegada del fin del mundo. Y los días pasaron, 8 de enero, 9 de enero, 10 de enero,… y las pilas de alimento menguaron al ritmo en que aumentaban las bolsas de residuos que la anciana almacenaba con metódica clasificación recicladora en dormitorios y pasillos –si el mundo no se iba al traste esas rebajas, no sería ella quien le pusiera la zancadilla–, los restos orgánicos debidamente depositados en la compostera que ocupaba buena parte de la terraza.
28 de enero
29 de enero
30 de enero
31 de enero
1 de febrero
2 de febrero


–Bueno –se dijo la anciana la mañana del 7 de marzo, fecha en que terminaban las rebajas en su ciudad, tras observar que la vida seguía su penosa andadura sin que ningún acontecimiento extraordinario en forma de agua, fuego o ángeles caídos del cielo hubieran acelerado su degradación–, el mundo no se ha ido a la mierda estas rebajas; habrá que esperar a las de verano–. Y como las veces anteriores en las que el apocalipsis se resistió a llegar, la anciana marcó el número de la empresa que se encargaría de retirar las bolsas de basura almacenadas durante la fallida espera, para comenzar a continuación la lista de la compra que realizaría en cuatro meses.


B.A.: 2.018

Safe Creative #1801105348559

jueves, 4 de enero de 2018

Prodigio de Navidad



La niebla se asemejaba a la nata montada. Gaspar vagaba perdido por aquel páramo de horizonte impenetrable, cubierto de espeso rocío nacarado que blanqueaba su característico cabello castaño hasta asemejarlo al buen Melchor, las manos engarzadas en torno al cofrecillo de maderas nobles donde atesoraba el preciado incienso traído de su lejana patria. Desde hacía tiempo nada sabía de la estrella errante que guiaba su largo peregrinar, engullida como sus compañeros de viaje por aquel denso telón de blanco impenetrable. En un momento indeterminado, sus pies rozaron el borde de un precipicio, haciéndolo trastabillar en busca de suelo firme. Recuperado el resuello, perdido como estaba, Gaspar consideró que aquel era un rumbo tan bueno como pudiera serlo cualquier otro, así que lo tomó como guía para caminar siempre hacia delante, dejando el peligroso borde del acantilado a su izquierda.