lunes, 16 de octubre de 2017

Ángel de alas borrosas


Nota: Relato para el concurso de octubre de "El tintero de oro",
convocado por el blog "Relatos en su tinta"


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Inspirado en hechos reales

Desde muy pequeño defendí que un ángel velaba mis sueños. Mi madre, como madre que era, siempre escuchaba tan extraordinaria afirmación con una dulce sonrisa en los labios, alentándome a contarle los pormenores tras prepararme un gran tazón de Cola Cao. Mi padre, en cambio, nunca fue dado a confidencias. Aunque nuestra relación siempre ha sido correcta, de cariñoso tiene lo justo, por razones pasadas y familiares que nunca tuvo necesidad de revelarme, y resolvía la cuestión con un gruñido incrédulo que disparaba con certeza de francotirador por encima del libro que estuviera leyendo en ese momento. Pero mi ángel de la guarda existía y cada noche notaba su presencia como una cálida presión sobre la espalda que me ayudaba a vadear las aguas embravecidas por los vientos oscuros de las pesadillas.
Se ve que a mi ángel sólo le habían asignado el turno de noche. Quizás sufriera insomnio, como le ocurría a Travis Bickle, el personaje que interpretaba Robert De Niro en Taxi Driver, o a lo mejor estaba pluriempleado y por el día trabajaba de guardia de seguridad en unos grandes almacenes. ¡Qué sé yo! La cuestión es que durante un tiempo sufrí en el colegio el acoso de algunos niños de cursos superiores, lo que ahora se conoce como «bullying», y mi ángel nunca me defendió de ellos espada flamígera en mano. La cosa se resolvió favorablemente cuando la naturaleza quiso obsequiarme de la noche a la mañana con un palmo más de altura que no dudé en aprovechar, en ocasiones de forma contundente, para qué lo voy a negar, y la vida siguió de esa manera hasta que un buen día, coincidiendo con mi décimo cumpleaños, mi ángel desapareció para siempre sin notificación previa.
Me enfadé con él durante una buena temporada, rebelándome contra la religión en general y la jerarquía angelical en particular, hasta que mi madre consiguió disolver la amargura del abandono asegurando, con la certeza con la que sólo lo puede hacer una madre, que se había ido porque yo ya no lo necesitaba, como lo hacía Mary Poppins cuando el viento soplaba del oeste. Acepté a regañadientes que ayudara a otros niños que lo necesitaban más que yo pero aún así, sobre todo en los días de tormenta, echaba de menos su calidez en mi espalda.


Hoy hace una semana que vino al mundo Ángela, su tercera noche bajo el techo de nuestra modesta vivienda. Ha sido un día especialmente duro para mi esposa, y entre toma y toma nocturna, se ha rendido a un apacible sueño del que no la he querido despertar cuando la pequeña reclamó por vigésima vez nuestra atención. Así que me he levantado, calmando su intranquilidad como buenamente he podido, para después dejarla suavemente de nuevo en su cuna. Y como padre novato, acongojada y acojonada el alma por aquel terrible mal al que los médicos llaman muerte súbita del lactante, le he puesto la mano en la espalda, buscando su respiración. En ese preciso momento he sabido que mi ángel de la guarda realmente existió, y que estaba más cerca de lo que jamás hubiera creído.
Mañana preguntaré a mi padre sobre ello, aunque sé que sólo hablará en presencia de su abogado. Mi padre… ese ángel silencioso que protegió los sueños de mi infancia de males reales e imaginados. Mi cuerpo cálido y vulnerable pudo más que la armadura de hielo con la que se cubrió con testaruda obstinación, y por eso, aunque algo borrosas, se ganó sus alas con el tañido de unas campanas anunciando el nuevo día.


B.A.: 2.017

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miércoles, 27 de septiembre de 2017

Nuevo en esta plaza


Nota: Relato para el concurso de septiembre de "El tintero de oro",
convocado por el blog "Relatos en su tinta"


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–Los ciudadanos merecen saber la verdad.
–¿Verdad? ¿Qué verdad?
–La que oculta este despreciable espectáculo.
Algo de trascendencia debe haber ocurrido en el coso taurino pues el público se ha levantado como una ola multicolor de los duros asientos de piedra que las maltrechas almohadillas apenas ayudan a hacer confortables, llamando la atención de los contertulios con los vítores y aplausos que atronan el cielo mediterráneo. Don Valerio Harnero de la Mar, propietario de la ganadería Mordelón, contrae el gesto, disgustado, y hacia su yerno acerca el oído para que le cuente los pormenores de lo ocurrido durante el Tercio de Varas.
La corrida continúa con buenos lances por parte de Juncalito, el maestro en suertes del segundo de la tarde, y el ganadero se obliga a centrar de nuevo la atención en aquel desagradable periodista que ha tenido la desfachatez de abordarlo en jornada tan épica, la punta del puro incandescente como el ojo del mismísimo Diablo.
–Como verá, estoy muy ocupado, señor…
–Rellán, Arturo Rellán.
–… así que sea breve, por favor.
Arturo se hace el interesante dejando vagar la mirada, no exenta de una superioridad moral que no pasa desapercibida a sus acompañantes, por el ruedo, para después fijar el blanco de su desprecio en la robusta figura del ganadero. Tras disparar una viscosa flema a la tierra de nadie que los separa, el periodista, satisfecho por la atracción que sobre su persona ha conseguido atraer, dice en voz algo más alta de lo necesario:
–Esta «tradición», que con tanto fanatismo defienden y aplauden, se sustenta en hechos indecentes e inhumanos.
–¿Indecentes dice? ¿¡Inhumanos!? Señor Roldán…
–Rellán.
–Como sea. Créame cuando le digo que no le comprendo. ¡Es más, no quiero comprenderlo! Así que hágame el favor de marcharse.
–Lo que aquí sucede se va a publicar con o sin su consentimiento; sólo quería darle la oportunidad de defenderse.
–¡¿DEFERDERME DE QUÉ, DESGRACIADO?! No le digo por dónde puede meterse mi punto de vista porque nos acompañan señoras.
»Fulgencio, por favor –se dirige el ganadero a su yerno–. Acompañe a este «señor» hasta la puerta…
–Tendrá noticias mías… Valeriano.
–¡Váyase a la mierda de una buena vez!

*        *        *

–Señor Rellán. ¿Podemos hablar en privado?
Fulgencio Sancho, al que sus íntimos llamaban Chencho, invita a Arturo a una de las salas que horadan el interior de la plaza, solitaria en ese momento; nadie en su sano juicio se perdería la faena de Juncalito en la tarde de su reaparición tras la brutal embestida que lo tuvo apartado de los ruedos durante varias semanas. Curioso como buen periodista, Arturo se deja guiar, sentándose en el sillón que le indica el yerno del ganadero y que está colocado ante un balcón cubierto por dos gruesas cortinas de esparto a fin de evitar el calor estival.
–¿Una copa? –pregunta solícito Chencho desde la barra de bar colocada en una de las esquinas de la sala.
–¿Pretende sobornarme?
–¿Desde cuándo es necesario un soborno para que dos hombres puedan disfrutar de una buena bebida?
–¡Tiene razón! Tomaré lo mismo que usted, gracias.
De un tirador coronado con la cabeza plateada de un astado, el joven sirve dos cervezas en sendos vasos de tubo, doradas como los cabellos de la diosa Aurora. «Fabricada exclusivamente para nuestra ganadería –comenta Chencho tras limpiar la espuma que mancha su labio superior con la punta de la lengua–. Bien fría».
–No probaba nada igual desde antes de la guerra.
–¿Digna de un soborno?
–Tampoco se pase, Chencho.
–Fulgencio para usted –le corrige el otro con aspereza.
–Así sea, Fulgencio.
Los jóvenes se deleitan con la refrescante bebida, cada uno sumido en sus propias reflexiones, hasta que el toque del clarín, que anuncia el Tercio de Banderillas, les hace volver a la realidad de la sala.
–Y dígame, señor Rellán. ¿Qué es exactamente lo que pretende publicar?
–Única y exclusivamente la verdad, como le he dicho a su suegro.
–¿Y puede contarme esa «verdad» de la que es custodio?
–Tanto me da decírselo a usted que a Don Valeriano –responde el periodista tras unos minutos de reflexión–. Tengo pruebas de que utilizan presos condenados a muerte para sus salvajes corridas de zombis.
Fulgencio mira al otro con desconfianza. ¿Estaría tirándose un farol? Conoce la fama de Arturo Rellán en el mundillo periodístico, siendo su voz la que siempre sonaba más alta. Habría que andarse con cuidado.
–¿Y cómo ha llegado a esa conclusión? Si me lo puede decir.
–Déjeme que se lo explique –el periodista hace una pausa dramática, humedeciendo el gaznate con un buen sorbo de cerveza–. Tras el final de la Guerra Zombi, la Tercera Guerra Mundial como la llaman los puristas, el toro bravo, como muchas otras especies ganaderas, fue abandonado a su suerte cuando la epidemia dejó de ser algo más que cuentos de viejas. Los pocos especímenes que quedan, principalmente aquí en España y en zonas aisladas de Latinoamérica, han sido declarados en peligro de extinción, prohibiéndose su muerte en esta mal llamada «Fiesta Nacional».
–Todo eso me lo sé de primera mano –comenta hosco Chencho–. Vaya al grano, por favor.
–Paciencia, que ya llego.
»Pero al entorno taurino, «su» entorno, ávido de sangre, se le ocurrió una monstruosidad: torear a zombis en sus macabros espectáculos. La victoria sobre ellos era aún muy reciente, y había miles de ejemplares entre los que elegir. Con las autoridades locales de vuestra parte, organizasteis gigantescas partidas de caza para atrapar a los más «frescos», aquellos que mejor servirían para las corridas, anclándole al desgraciado sobre la cabeza unos cuernos que lo obligaban a embestir más que a caminar, en un patético remedo del toro bravo.
–¿Es usted animalista?
–La duda ofende.
–Entonces verá con agrado nuestro pequeño arreglo. ¿O prefiere las corridas tradicionales?
–No acepto ni lo uno ni lo otro. Ese ser que muere en la arena pudo haber sido mi madre o la suya…
–Mi madre me abandonó el día que estalló la infección, así que no me disgustaría verla en el ruedo.
–…o un viejo amigo. Porque amigos tendrá, ¿no? El quiosquero que le vendía chicles cuando era pequeño... ¡Qué sé yo!
–Ningún espectador reconocería a un ser querido entre los ejemplares que son toreados. Los preparamos para que así sea, vistiéndolos con pieles de auténticos Miuras. No se vaya a creer que somos insensibles al dolor humano.
–¿Y al dolor animal? ¿Y al dolor zombi?
–¡Eso es una estupidez! El toro bravo nació para luchar y morir en la arena, y más dolor le provocaríamos obligándolo a ser lo que no es.
»Respecto al zombi, no es más que una infección que hay que eliminar, ya sea en campo abierto o en el ruedo. Además, nuestros espectáculos ayudan al pueblo a verlos desde otra perspectiva. Comprenden que se les puede matar; dejan de sentir miedo y se felicitan por seguir vivos en las gradas a muertos ante ellas.
–Sois unos auténticos filántropos –aplaude Arturo con sarcasmo–. Pero aún no he terminado de explicarle mi investigación.
–Correcto. Pero antes, páseme su vaso; hablar da mucha sed.
Con una nueva cerveza en la mano, algo achispado, el periodista expone la cadena de razonamientos que lo había llevado a tan terrible idea. Los zombis no se podían criar; no se reproducían como el ganado y cada día que pasaba estaban un poco más desgastados por el sol, la lluvia o los golpes producidos en su errático caminar. En ocasiones se producían nuevas víctimas, aunque cada vez eran más escasos los ataques zombi, o el deshielo liberaba a los infectados que habían quedado atrapados durante el invierno, pero eso no satisfacía la demanda. Fue entonces cuando se preguntó por la procedencia de los nuevos ejemplares que anunciaban en las fiestas locales.
–El nuevo gobierno, escaso de medios, no podía permitirse el lujo de erigir cárceles en las que encerrar a los delincuentes, aceptando la pena de muerte como un mal necesario para los casos más extremos, todo un filón para los empresarios taurinos. ¿Por qué malgastar ese «material»? Untando las manos adecuadas, los desgraciados sufrieron la muerte a la que fueron condenados, sí, pero no rápida ni indolora. ¿O va a negarme que son cientos a los que han infectado para que nutra sus ganaderías?
–¿Y qué si así fuera? Eran escoria, y en vez de arrimar el hombro se dedicaron a destrozar la poca sociedad que quedaba tras la guerra.
–¡Es inhumano!
–¡¡ES JUSTICIA!! Y no hay mayor satisfacción que invitar a los padres de una cría a la que un malnacido violó a la vuelta del colegio, al hermano del dependiente que murió desangrado por una barra de pan, a ver cómo el monstruo de sus pesadillas cae en la arena. Debería estarnos agradecido.
–Y, de paso, conservan la tradición del ruedo y os llenáis los bolsillos.
–Es mi negocio.
–¿Don Valeriano está metido en el ajo?
–Algo intuye, pero prefiere no saber. Su mundo pervive gracias al esfuerzo de personas como yo y, aún así, me sigue menospreciando con su «Fulgecio» por no poderle dar un nieto. Si no fuera por mi Ana, hace mucho que hubiera muerto de agotamiento en las mejoras de las defensas.
»¿Qué piensa hacer con esa información?
–La gente debe saber.
–Entiendo… Es un idelista al que no se le puede comprar. Y dice que tiene pruebas.
–Exacto.
–Pruebas que no habrá confiado a nadie pues, como periodista, busca la exclusividad de la noticia –cavila Chencho con la vista en el techo–… Déjeme explicarle cómo veo yo la situación.
Ahora es él quien expone su razonamiento, y lo hace de manera objetiva. Y así, le habla al periodista de una vida de postguerra que más se parece a la sociedad del XIX que al mundo globalizado en el que ambos nacieron, cuando la vida de tres generaciones podían almacenarse en un pendrive y quedaba hueco para un par de películas. En alta calidad. «Nos movemos a trote de caballo o a la velocidad con la que pedaleamos en nuestras bicicletas oxidadas –continúa Chencho su exposición–, y en los pequeños núcleos autosostenibles que habitamos, la electricidad es un lujo e Internet un sueño que pocos recuerdan».
»Usted no es tan importante como para tener una de las pocas grabadoras o de las cámaras que sobrevivieron al apocalipsis de la civilización tecnológica, por lo que sus pruebas serán meras anotaciones; las conjeturas de un loco que más pronto que tarde acabarán en la hoguera o recicladas al no haber nadie que las defienda.
–¿Me está amenazando?
–¡Por Dios, no!
De un tirón, Chencho enrolla las cortinas de esparto que cubre el balcón, descubriendo un patio anexo a las traseras de la plaza donde una remesa de zombis, marcados a fuego con el hierro de la ganadería Mordelón, esperan su salida al ruedo, los cuernos que los coronan apuntando hacia adelante. La curiosidad innata del periodista lo atrae hasta el balcón bajo el que se mueven las pútridas reses; jamás había estado tan cerca de esos engendros carnavalescos y absorto en su contemplación no es consciente del acercamiento de Chencho. «Jamás lo amenazaría –oye decir a sus espaldas, pero he de velar por mi mundo», y tras esto, el periodista siente como dos tenazas de hierro le sujetaban por los tobillos, lanzándolo por encima de la barandilla para caer a escasos metros de los Mordelones, que fijan sus ansias en la figura maltrecha del caído con un gemido antinatural.
–¡Felipe! –grita Chencho desde el balcón a la figura que ha accedido al recinto atraído por los lastimeros gritos del periodista, enarbolando una gruesa pica con la que aparta a los astados del caído–. Tenemos un nuevo ejemplar para la ganadería.
»Que no lo muerdan demasiado.
–Como diga, patrón. Pero creo que se ha roto un brazo.
–Mientras pueda embestir, como si quieres cortárselo.
El aullido desesperado del que se llamara Arturo Rellán queda ahogado por el toque del clarín que anuncia en el coso taurino el comienzo del Tercio de Muerte.


B.A.: 2.017

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miércoles, 26 de julio de 2017

Flores para Camden Square



Siempre tomo el metro en la estación de Bayswater para ir a Camden. Tengo formas más directas de llegar allí desde mi pequeño apartamento de alquiler en Queensway, lo sé, pero en King´s Cross hago transbordo en la línea de autobús 390, y el hormigueo incesante y cosmopolita de la estación es un espectáculo que siempre me gusta disfrutar. 
Adormecido por el vaivén del vagón, rememoro el trayecto que hice junto a Ana hace apenas seis años, cuando la noticia del fallecimiento de su ídolo Amy Winehouse hizo que saliera de estampida con su oso de peluche preferido en una mano y un poema escrito a toda prisa en la otra, rumbo al número 30 de Camden Square donde se agrupaban los seguidores de la cantante para un último adiós. Durante el camino no dejó de corregir las palabras escritas en un papel cada vez más arrugado y húmedo de lágrimas, ya fuera apoyada en mi espalda o sobre sus piernas cruzadas cuando al fin conseguimos un sitio donde sentarnos en plena hora punta y yo sólo podía pensar, malhumorado y culpable a partes iguales, si recibiría el mismo tratamiento en caso de ser mi cuerpo el que hubiera aparecido muerto aquel 23 de julio. ¿Quién me iba a decir que Ana seguiría los pasos de la diva caída pocos meses después? Con el cuerpo de mi amada descansando en el cementerio de San Fernando, a tantos kilómetros del futuro que conseguimos labrarnos tan lejos de una Sevilla sin oportunidades, el epicentro del peregrinaje de los seguidores de Amy siempre me ha servido de lápida en la que llorar su pérdida, acunado por las canciones que grupos de fieles entonan ante el muro de flores, cartas y peluches que cubre las verjas del parque en honor a la diosa del soul.
En King's Cross dejo la línea amarilla de metro y me dirijo a la parada de autobús. La espectacular fachada de St. Pancras me lleva de nuevo a Ana, a la fotografía que le hice ante el andén 9 3/4 la primera Navidad que pasamos en Londres, guapísima con la bufanda que se tejió a franjas rojas y doradas, los colores de la casa de Gryffindor, toda llena de hilos sueltos y nudos. Y es que Londres entero está impregnado de su aliento y de los recuerdos de mi vida junto a ella, y por eso es tan difícil el paso que estoy a punto de dar; esa es la razón de haber pospuesto durante tanto tiempo una última visita a Camden y por la que me he dejado medio sueldo del mes en un ramo de rosas que tantas sonrisas y codazos cómplices provoca entre mis compañeros de viaje.
Ya en el parque, un grupo de seguidoras de la cantante, todas con inmensos rabillos enmarcando sus ojos adolescentes e imposibles peinados retando al cielo de Londres, entonan estrofas de Back to black a voz en grito. «We only said googbye with words, i died a hundred times...», cantan con sorprendente buena voz, parando el concierto improvisado para dedicarme un caluroso recibimiento cargado de aplausos y silbidos cuando me ven aparecer con el espectacular ramo de rosas. Pero las flores no son para Amy, sino para Ana, olorosa ofrenda con la que rogar el perdón por la traición cometida, aunque en el último segundo extraigo la rosa más bonita de todo el ramo y dejo el resto ante una de las fotografías de la diva. Ana así lo hubiera querido.
Cariño. He conocido a alguien… Creo que la quiero.
»Me gustaría intentarlo.

B.A.: 2.017


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sábado, 15 de julio de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 15. Los nanobots



Resumen: Rebis se despide... hasta septiembre. Y para celebrar la llegada de las vacaciones, nada mejor que un nuevo capítulo y una promesa cumplida: os dejo el enlace para que podáis descargaros los 15 primeros capítulos de esta space opera en formato epub. Ni que decir tiene que si encontráis algo problema con el archivo o la descarga me lo indiquéis para que lo pueda resolver lo antes posible.



Y ahora el nuevo capítulo. Buen verano.

Resumen de los capítulos anteriores: La orden para el uso de los nanobots ya ha sido firmada, pero antes de poner en ejecución el operativo, Samuel debe dejar constancia en un informe las razones de tan drástica decisión.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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La estación tenía problemas de plagas. Como ya ocurriera en la Santa María o en el Mayflower, toda suerte de fauna emigrante había viajado escondida en los vehículos de enlace con la Tierra para hacer de Rebis su hogar de acogida.
De entre todas ellas destacaban los «bicheros», la especie autóctona de la era espacial, insectos así llamados por sus largas patas delanteras, acabadas en una garra ganchuda, que mantenían recogidas ante la cabeza. Estos pequeños seres habían evolucionado durante generaciones para hacer de las condiciones extremas del espacio su habitad natural, los primeros en escapar cuando la astronave en la que viajaban estaba destinada a la catástrofe, y era todo un espectáculo ver cómo tejían a su alrededor una burbuja de oxígeno para alejarse flotando del vehículo sentenciado como pompas de jabón. Entonces les llegaba el turno de esperar, y esperaban, esperaban, esperaban,… racionando el oxígeno hasta que recalaban en un nuevo huésped, al que se agarraban con la ayuda de los ganchos de sus patas delanteras, o morían de alguna de las muchas formas de las que se puede morir en el espacio.
Eran las infestaciones una incómoda verdad que las autoridades rebisianas intentaban ocultar a toda costa, adolescentes desesperados por disimular el acné que le empiedra la frente. Así las cosas, no podía haber mejor camuflaje para los nanobots que la de semejar un reguero de hormigas.
Observados más de cerca, los cuatro miembros de la expedición tenían la forma de un pequeño microchip al que le hubiera brotado seis patas, coronados todos ellos con una microcámara a modo de cabeza con la que daban información visual a Adrián Ramos, el controlador de la misión. Tras asaltar la habitación de César a través de uno de los conductos de ventilación, los nanobots aprovecharon la manta que se desparramaba hasta el suelo para subir a la cama donde descansaba el chico, previamente drogado en su última vista a la cantina a fin de facilitar el interrogatorio, obligándolo a abandonar la posición fetal a base de leves pinchazos. De esa forma, girado hasta quedar tumbado boca arriba, se facilitaba el trabajo del nanobot que, ya anclado impunemente sobre uno de los ojos del muchacho, manteniendo los párpados abiertos con sus poderosas patas, debía lanzar sobre la pupila expuesta un fino haz de luz con el que registrar la veracidad de sus respuestas.
Con otro de los expedicionarios junto al oído no tratado quirúrgicamente, abriendo un canal de comunicaciones por el que Adrián haría llegar sus preguntas, y un tercero preparado para captar las vibraciones de las cuerdas vocales que el ordenador transformaría instantáneamente en palabras comprensibles, el cuarto en discordia, aguja hipodérmica en ristre, le inyectó a César el suero de la verdad que llevaba almacenado en su cuerpo plano, que se extendió por el durmiente gracias a la tupida red del sistema sanguíneo.
El sujeto estaba preparado. César contestaría a las preguntas de Adrián y al día siguiente nada recordaría del interrogatorio, siendo incapaz de encontrarle sentido al olor tan peculiar que emanaba de su orina. Ese olor sería la única secuela del interrogatorio... si el chico contestaba con la celeridad esperada. En caso contrario, el nanobot de la aguja hipodérmica sabría qué hacer.

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El operativo estaba resultando un completo desastre.
Al principio, César había respondido con excelente rapidez y claridad a las preguntas básicas de nombre, apellidos y demás, pero la cosa se truncó cuando llegó el verdadero interrogatorio. Y aunque el aguijón del nanobot aplicaba dolor con mayor asiduidad, el muchacho se callaba las respuestas que la organización tanto ansiaba conocer. «¿Qué sabes del ataque al hangar 335?». Silencio. «¿Cómo supo Nelson dónde iban a atrancar los contenedores?». Silencio. «¿Cuál es tu papel en esta historia?» Silencio. Silencio. Silencio.
¿Qué estaba haciendo mal? El chico debía saber algo, pero si así fuera ya habría soltado la lengua; aquel suero era infalible. Leyó por enésima vez el informe que le hiciera llegar Samuel Faro con la orden de ejecución del interrogatorio –«Tras el ataque al hangar 335, por razones que no vienen al caso, el superior Canela me sugirió que visitará uno de los miradores de la estación...»–, a la búsqueda de una luz que guiara sus pasos, pero nada de nada.
Desesperado, Adrián dejó caer las manos sobre el teclado que tenía frente a él, pulsando simultáneamente varias teclas que protestaron con un pitido prolongado, y entonces recordó un pequeño detalle al que no había prestado la atención debida: en el informe se indicaba que el suceso ocurrió a raíz de un acoplamiento en el sistema de sonido del mirador. ¿Podría ser ese pitido la clave? Adrián dio una orden al nanobot apostado en el oído del muchacho que al instante se dirigió al tratado quirúrgicamente, provocando un desagradable chirrido que a punto estuvo de despertarlo; la reacción fue instantánea.
–335. Ataque en diez minutos. 335. Ataque en...
Repasando los informes del día, Adrián encontró una pequeña nota de la profesora de vuelo Lucía Valor en la que informaba de un incidente con su alumno César Tirana, del pentágono Sirio, y la hora indicaba que había ocurrido exactamente diez minutos antes del ataque al hangar. El chico debía haber captado accidentalmente aquel mensaje de Nelson, martirizándole el oído operado hasta hacerle fallar el ejercicio, y desde entonces, cada vez que se producía un pitido semejante, su mente volvía a aquel instante en el tiempo.
César no tenía nada que ver con el ataque, eso era incuestionable, pero entonces... ¿Cómo explicar que el chico hubiera entendido el mensaje cuando Nelson siempre realizaba sus comunicaciones en código cifrado, un código que ni el señor Manzana, el mejor informático de la organización, había conseguido descifrar? Era imprescindible saber si todo había sido fruto de la casualidad o si el chaval estaba especialmente dotado para el criptoanálisis, siendo capaz de romper el código enemigo. Y con esa sugerente idea en la cabeza, Adrián le hizo llegar al chico, uno tras otro, todos los mensajes capturados que tenían en la base de datos, empezando por los más simples.

*        *        *

–¿Y bien...? –preguntó Sebastián tamborileando impaciente con los dedos sobre la mesa. Samuel se había presentado de improviso en su despacho, llevando consigo el documento que un soñoliento Adrián había encuadernado con gusanillo a primera hora de la mañana.
–El chico nada sabe del ataque; los datos así lo indican.
–Entonces estamos como al principio, pero ahora no tenemos ningún clavo ardiendo al que agarrarnos... ¡DEMONIOS!
–Estábamos, jefe. Aunque los resultados hayan sido negativos, la balanza se ha inclinado decisivamente a nuestro favor.
–Samuel... No tengo la paciencia de Constanza.
»Ni mucho menos su caridad cristiana.
Con una sonrisa traviesa, Samuel entregó a su superior el documento abierto por una página marcada con pósit, y lo que allí leyó el viejo empresario lo hizo palidecer hasta la raíz del pelo.
–¿Todos los mensajes descifrados? –consiguió preguntar Sebastián con la mente perdida en un mundo de infinitas y satisfactorias posibilidades.
–Todos y cada uno de ellos, jefe.
»Sin una vacilación.
–Samuel. Ese chico es nuestra piedra de Rosetta. Con él iríamos siempre un paso por delante.
»Tenemos que contactar con él antes de que Nelson conozca su existencia... y ordene su eliminación.


B.A.: 2.017

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domingo, 9 de julio de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 14. El informe Tirana



Resumen de los capítulos anteriores: Sebastián Canela, como empresario y amante de Arte, sabe mejor que nadie cuál es el sabor de la codicia, y se sorprende descubriéndola en el fondo de los ojos de Samuel Faro.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Samuel se encontraba cómodo trabajando allí abajo, junto a Mio. Había instalado su equipo en la pequeña sala circular ya libre de gases, y en ella se encerraba cuando tenía que pensar, como ocurría en aquella ocasión.
La autorización para el uso de los nanobots ya estaba firmada, pero antes de darle curso debía acompañarla de un informe para el controlador. Y en eso estaba, recordando el orden correcto de los acontecimientos que habían llevado a tan drástica decisión, ocurridos tras una conversación en la que Sebastián lo acusó de no ser humano...

viernes, 30 de junio de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 13. El sabor de la codicia



Resumen de los capítulos anteriores: Al final de un largo corredor, encerrada en un círculo de horrores, Samuel Faro a la bella Mio.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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El Viejo, Jeremías. Seudónimo del empresario e investigador químico rebisiano Jeremías García Montenegro (2.322 - ).
Siendo muy joven, hereda la empresa familiar de logística Jeremías e Hijo, llevándola a cotizar en bolsa cuando se hizo con el monopolio del transporte entre la Tierra y Rebis. Con 53 años comienza sus estudios universitarios de química, donde sus compañeros lo apodarán como el Viejo. Cuatro años después, descubre y patenta el GMV-57, una sustancia de máxima viscosidad que absorbe casi la totalidad de los traumas externos que pueden producirse en el viaje espacial, revolucionando el transporte de mercancías delicadas.
A los 75 años cede la dirección del imperio, rebautizado como Tres Jotas Logística, a su hijo Jeremías, al que llamarán el Joven.

Datos extraídos de WikiRebis

lunes, 5 de junio de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 12. Sirenas



Resumen de los capítulos anteriores: Un mensaje extraño ha llegado al ordenador personal de Sebastián Canela. Habla de un corredor oculto y de un secreto escondido. Samuel será el encargado de explorarlo.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Los escollos estaban salpicados de espuma de mar, maderas podridas y recuerdos de vidas pasadas. Las sirenas elevaban sus cantos hacia la nave en huída y los fieles compañeros de Odiseo, sordos a las súplicas y amenazas que les gritaba su rey desde el mástil al que se había ordenado atar, batían las aguas cristalinas con lo remos, espoleados por el más ciego de los terrores.
Samuel dejaba atrás las puertas que tachonaban las paredes del corredor sólo por férrea voluntad. Aún sabiendo que iban por buen camino... ¡Aún sabiendo que ése era el único camino!, el rebisiano que llevaba dentro le ponía en constante duda, animándolo a entrar en alguna de las habitaciones laterales. ¿Y si en algún momento habían girado y estuvieran andando sobre sus pasos? ¿Y si el mensaje fuera falso? ¿Y si estaba equivocado y sus hombres seguían vivos? ¿Y si…?
Hacía varias horas que exploraban el corredor sin que se produjera ningún cambio, y Samuel empezó a identificarse con el gato de los dibujos animados que persiguiendo al ratón ve pasar una y otra vez la misma puerta, la misma lámpara, el mismo piano… ¿Cuántos pianos puede haber en una casa? Aunque, si era totalmente sincero consigo mismo, algo sí había cambiado; la atracción que sintiera en el despacho de Sebastián era más intensa con cada paso que dada.
–Lo siento, Señor –dijo el soldado Diego Masía, colocado a su derecha, cuando la boca de su arma le rozó a la altura de las costillas–. He chocado contra la pared.
Desconcertado, Samuel clavó la mirada en el turbado joven, el delgado hilo de los pensamientos rotos, para luego seguir la pared hasta el final del corredor, que se le antojó más iluminado que al principio. ¿Sería víctima de un espejismo? «He chocado contra la pared», se había excusado el soldado. Guiado por un soplo de inspiración, Samuel midió a zancadas el ancho del pasillo, comprobando que se había reducido notablemente. Todo parecía indicar que el final del corredor se hallaba cerca y así se lo hizo saber a sus hombres, encabezando de nuevo la marcha.
–Señor –la voz del soldado Masía, antes firme pese al bochorno, denotaba ahora una tremenda inseguridad–. Algo no va bien. Noto como si me... llamaran –concluyó sin convicción, ante lo que su compañero de armas estalló en una tremenda risotada para enojo de Samuel.
–Gabriel Esteban Asenjo –el aludido apretó los dientes como si su superior lo hubiera abofeteado, conteniéndose de mala gana. Odiaba el nombre con que lo había bautizado su padre un día de borrachera, y más de una pelea dio comienzo cuando labios indebidos lo habían pronunciado–. No toleraré de nuevo ese tipo de comportamiento...
»Además, yo también lo noto.
–Pues yo no –escupió entre dientes Gab, como lo llamaban los colegas de juerga y pelea los días de permiso–. Malditos zumbados josdep...

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El corredor se inundó de ruido, ahogando los oídos del trío parapetado tras el androide de carga. Disparaban hacia el humanoide de brazos largos, colmillos animales y mirada fiera que se había materializado ante la puerta en la que terminaba el corredor, plantado como el portero de una discoteca que se reserva el derecho de admisión.
Ciego y asfixiado por los gases de las armas incandescentes, Samuel detuvo el fuego con sendos golpes en los cascos de sus hombres, calándose como ellos la máscara de oxígeno, y en tensa posición de defensa esperaron hasta que la niebla grisácea terminó por diluirse, lo que hizo muy lentamente debido a la falta de ventilación. El rectángulo de la puerta se había agrandado de forma irregular, acribillado todo su alrededor por los impactos de los proyectiles perdidos, y de la grotesca aparición no quedaba más que sus restos esparcidos en varios metros a la redonda. Nada de sangre o vísceras, sólo polvo y cascajos recordaban al centinela.
–¡Una estatua! ¡¡UNA JODIDA ESTATUA!! –bramó el soldado Asenjo tras patear la mascarilla resquebrajada del enemigo vencido, y el sentimiento de frustración, aunque no quisieran reconocerlo sus compañeros, era generalizado. Se habían comportado como niños asustados ante una videollamada a medianoche; sólo había sido necesario un pequeño empujón para que el miedo les nublara la razón, delatando su presencia con un ataque innecesario. Molesto consigo mismo, Samuel se adelantó a sus hombres entre chasquidos y lamentos de cascotes, y examinó a la luz del foco la estancia que guardara el inofensivo centinela.
–Camino despejado. Soldado Masía, deme la posición.
–No se lo va a creer, Señor –la pantalla del sistema de posicionamiento UEA iluminaba desde abajo su rostro lampiño–. Estamos bajo el Salón Prometeo.
¿El salón de reuniones de Rebis? ¿Sabría su constructor de la existencia de la sala subterránea? Era aquella un habitáculo circular sin más salida que la que bloqueaban. De reducidas dimensiones, el foco la iluminó en su totalidad, proyectando muros de compacta sombra al impactar con cada una de las estatuas allí diseminadas, colocadas para formar un círculo de horrores en torno a la más bella imagen que jamás antes hubieran visto. La delicadeza de las líneas con las que el escultor había esculpido a la joven contrastaba con los trazos duros y agresivos de las formas circundantes, y la policromía era exquisita. Tenía un aire a la desaparecida sirenita de Copenhague, aunque vestía sus curvas con etérea gasa delicadamente cincelada, y mantenía la mirada fija en un punto situado más allá de la puerta destrozada, sus perfectos rasgos surcados por pequeñísimas arrugas de suprema concentración. ¿Cuál podría ser el objeto de estudio de aquellas dos gotas de ámbar que tenía por ojos? En ese canal de energía sólo se encontraba la estatua ahora destrozada, curiosamente la única que rompía el círculo de monstruos, como si la hubieran empujado hasta sacarla de la habitación. ¿Tenía sentido aquello? Samuel dejó las teorías y conspiraciones a un lado y se abandonó a la contemplación de la diosa, situándose junto al soldado Masía que también se mostraba embelesado por ella.
Gab, que no sabía qué pensar del trance místico en el que se habían sumido Samuel y el pipiolo de su compañero, dio una vuelta completa por el borde exterior del círculo, sin sentirse con ánimos de atravesarlo hasta que no llegó a su punto de ruptura. Estudió al trío estático, deslizando la vista por las sugerentes curvas de la imagen, pero pronto encontró aburrida la húmeda exploración; no había piedra que pudiera compararse con la calidez y turgencia comprada a bajo precio en cualquier tugurio de la zona vieja de Rebis.
–Caballeros. Id a la base en busca de algunos hombres más. Inmediatamente –Samuel había vuelto a la razón y las consecuencias se preveían agotadoras para los dos soldados–. Quiero todo esto fuera de aquí lo antes posible. Todo, menos a ella.
»Podéis llevaros el foco, no lo necesito.
Y allí quedó Samuel, sentado en el suelo con la vista clavada en aquellos ojos dorados ahora libres de tensión, sumiéndose en una oscuridad cada vez más densa a medida que los hombres se alejaban de la sala con la ira y el foco encendidos. Lo último que los soldados escucharon antes de que el crujido de las suelas acallaran la voz de su superior fue: «Por fin te he encontrado, Mio».


B.A.: 2.017


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lunes, 29 de mayo de 2017

En tierra de nadie


Nota: «En tierra de nadie» fue mi propuesta para el reto especial convocado por la comunidad Relatos Compulsivos para celebrar su primer año de vida. El relato debía tener una extensión máxima de 350 palabras y empezar por la frase «Hoy hace un año».
Compartió la tercera posición en el concurso con un gran autor, Héctor Fariña, por lo que tuvo el honor de ser leído en directo en el programa «Vérsame mucho» de Raquel Fraga. Al final del relato he colgado un pequeño vídeo con la lectura de aquel día.

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Hoy hace un año que nos conocimos en Ypres. Era la primera Navidad que pasaríamos alejados de la familia, hundidos en la miseria de una guerra que duraba ya cinco meses, y todos, a ambos lados de la treintena de metros que separaba nuestras trincheras, echábamos en falta el calor del hogar.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 11. Dentro del laberinto



Resumen de los capítulos anteriores: Tras creer que el ejercicio de fuego real había sido un completo desastre, Samuel Faro informa a Julia que se les ha dado por bueno, provocando un acercamiento entre la chica y César largo tiempo esperado.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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El virus funcionó con la eficacia esperada. El programa ejecutado por Samuel eliminó del dispositivo de Julia cualquier pista que pudiera señalarlo como responsable del envío del archivo sonoro –«Te mando un canto a la esperanza, pero también de lucha contra la opresión», había escrito en el mensaje adjunto–, medida más que necesaria en aquella cueva de lobos que era Rebis; nunca se sería lo suficientemente precavido en la estación. Tras comprobar que el borrado se había realizado de manera satisfactoria, Samuel se reunió con los seis soldados que lo acompañaban, centrando como ellos la atención en el trabajo metódico y cauteloso del androide de carga.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 10. Bocho, Los Suaves y el Kobayashi Maru


Resumen de los capítulos anteriores: El ejercicio con fuego real fue superado gracias a la alianza no esperada entre César y Benjamín. Pero los miembros del pentágono Sirio no contaban con el instructor Corbacho, que dio la victoria por nula alegando que habían hecho trampas.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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A Benjamín le volvía a sangrar la nariz. Con la culpabilidad tiñéndole de rojo las mejillas, Julia hurgó en todos y cada uno de los bolsillos del traje de combate que aún vestía, a la búsqueda de un pañuelo con el que parar la hemorragia de su compañero. Fue entonces cuando un ángel desaliñado acudió en su ayuda, ofreciéndoles un paquete de pañuelos sin desprecintar con tanta diligencia que rayaba el servilismo.