lunes, 16 de diciembre de 2019

Finse stasjon. El último caso del inspector Alfons Lår


Nota: Sujetalibros a la venta en la página www.etsy.com

El aviso a la policía lo había dado el mayordomo del empresario Samuel Bronsson. El buen hombre, aún vestido con su pijama blanco, contestaba solícito a las preguntas del inspector Alfons Lår, masajeándose de vez en cuando la barbilla allí donde el asesino de su patrón lo había golpeado durante la huida.

Antes de la medianoche, sin forzar la puerta, dos tiros a bocajarro al empresario mientras dormía… ¿Por qué al inspector le resultaba todo tan conocido? Un libro, sobre la mesilla de noche del difunto, llamó su atención. Escrito por Patricia Highsmith, llevaba por título… ¡Bingo! De repente, todas las piezas del puzle encajaron, arrancándole una sonrisa. Qué mediocre podía llegar a ser la mente de un criminal.

—Agente Eklund.

—¿Sí, señor?

—Avíseme cuando llegue el juez para el levantamiento del cadáver.

—A sus órdenes.

El inspector marchó al estudio del señor Bronsson, donde hallaría la tranquilidad necesaria para realizar la que sin duda era la llamada más importante de su vida.

 

—¿Stieg Martinsson?

—¿Sí? ¿Con quién hablo?

—Me conoce perfectamente, aunque nunca había escuchado mi voz.

—Pues no me lo pone nada fácil.

—Soy el inspector Alfons Lår, de la policía de Gotemburgo.

»El protagonista de sus novelas.

—¡No me diga…! Y yo soy Stieg Larsson, lo que ocurre es que me cambié el apellido tras simular mi muerte, no te jode.

»¿Quién es? ¿Qué busca con estas tonterías?

—¿Quiere pruebas? Pregúnteme algo que sólo usted conozca.

—De acuerdo, inspector Lår, de la policía de Gotemburgo… ¿Puede decirme qué le ocurrió al rottweiler de su padre?

—Alimenté con sus restos a los cerdos de la tía Rebecka después de matarlo de un disparo de postas. Estaba harto de que el malnacido me enseñara los dientes.

»Tenía trece años.

—¡¡Es imposible que sepa eso!! En ninguno de mis libros he recogido ese pasaje, y nunca lo he comentado con nadie. ¡Ni siquiera con mi editor! Los lectores podrían sentir repulsa hacia el protagonista.

»¿Cómo demonios…?

—Ya se lo he dicho. Soy Alfons Lår.

—Esto es una locura… ¿Qué quiere de mí, maldita sea?

—Quiero que termine con la escalada criminal que asola mi ciudad.

—¿Perdónnn…?

—Déjeme que se lo explique. Desde La chica que no sabía reír, mi primer caso, el miedo y la inseguridad se han apoderado de Gotemburgo, yendo a peor con cada día que pasa. Como inspector de policía, es mi deber detener al responsable.

»Y ese, señor Martinsson, es usted.

—¿Me está pidiendo que deje de escribir?

—Exigiendo, más bien.

—Pero entonces, usted no tendría razón de ser. ¿De verdad quiere eso?

—Soy un tipo abnegado. Así fue como me imaginó.

—¿Y qué pasará con mi fulgurante carrera?

—¿«Fulgurante», dice? Vayamos por partes, señor Martinsson. La chica que no sabía reír, su debut como escritor, fue espectacular. Era atrevida y fresca, alejada de la larga sombra proyectada por la saga Millennium. Una novela escrita con el corazón que le valió el Premio a la Mejor Novela Policiaca Sueca. Desde entonces, su trabajo se ha vuelto mediocre.

—¡¿Qué cojones…?!

—Sea sincero consigo mismo. Carrera de sacos no fue más que una versión actualizada de Diez negritos. Se defendió argumentando que era un sincero homenaje a la figura de Agatha Christie, pero en Huevo de Pascua, su siguiente trabajo, la semejanza con El halcón maltés de Hammett fue tan descarada que perdió buena parte del respaldo de crítica y público. Después llegó Las seis Långstrump, una mala copia de Los seis Napoleones de Conan Doyle... ¡Ni siquiera cambió la cifra! Y así llevamos a la investigación que ocupa mi tiempo actualmente.

»Una mujer asfixiada en una isla dentro de un parque de atracciones no es un suceso llamativo en absoluto, pero si le añadimos el asesinato de un hombre en su propia cama por disparos de revólver y que en ambos casos parece que el asesino no tenía relación alguna con la víctima... ¿Es necesario que le diga el título de la novela? Por cierto, su subconsciente dejó un ejemplar sobre la mesilla de noche del señor Bronsson.

—Christie, Conan Doyle, Hammett... Lo veo muy versado.

—El mundo de la ficción es mucho más rico de lo que vosotros, los escritores, creéis. No sólo se nutre de lo impreso sino también de lo que el autor ha visto, oído, pensado o incluso soñado, llenando huecos que jamás fueron tenidos en cuenta. ¿Sabía acaso que me gusta ABBA?

—Me toma el pelo.

—En absoluto. «Gimme, gimme, gimme a man after midnight…»

—Muy bonito… Sabe que podría acabar con usted de un plumazo. ¿Verdad?

—Por supuesto, como usted que ya habré previsto esa eventualidad. Hágalo y tendrá que atenerse a las consecuencias.

»Conoce mis métodos. No siempre fueron ortodoxos… Ni legales.

—¿Qué haré entonces?

—Francamente, señor Martinsson, me importa un bledo.

»Por cierto. ¿Cómo se va a llamar mi último caso?

Finse stasjon.

—¡Vaya! Iré preparando la maleta para mi viaje a Noruega.

»He de colgar. Tengo dos asesinos que detener.

 

¡Vaya sueño! Stieg Martinsson se frotó la cara con ambas manos, arrancando legañas; limpiando restos de saliva. ¿Cómo había podido imaginar semejante conversación con su personaje? Por puro impulso, el escritor lanzó la mano hacia el teléfono móvil y con una sonrisa en los labios, divertido por la ocurrencia, buscó el registro de llamadas recibidas. Cuál no sería su sorpresa cuando vio el número que imaginara para el inspector Lår ocupando el primer puesto de la lista.


B.A.: 2019


Nota: Este relato se ha alzado con el Tintero de Bronce
en el concurso XVII de relatos convocado por el blog
En Tintero de Oro. 


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viernes, 22 de noviembre de 2019

Un hombre peligroso



El profesor Jaime Moreno era un hombre peligroso, aunque no de la forma en que nos tiene acostumbrados el cine. No sabía absolutamente nada de armas ni jamás se había peleado, pero esgrimía argumentos cargados de cordura, honestidad y espíritu crítico con el acierto del mejor tirador olímpico, algo que a no pocos resultaba de lo más molesto.
Su país se hallaba sumido desde hacía tres largos años en una devastadora guerra civil. El bueno del profesor, impulsado por el loable deseo de acabar con ella, daba puntual testimonio de las atrocidades cometidas a ambos lados de las barricadas, condenando con igual saña a Verdes y Colorados ante todo aquel que lo quisiera escuchar. Sus argumentos convencían, sin duda, pero no a la velocidad exigida por las dramáticas circunstancias. Y mientras tanto, miles de inocentes morían víctimas del fuego cruzado.
En el mismísimo corazón de la Unión Europea, ante el centenar de periodistas desplazados para la ocasión, el profesor Moreno intentaba sacar de la neutralidad a la política internacional cuando un fuerte estampido lo lanzó desmadejado al suelo. No importaba el color de los billetes recibidos por el sicario, si verdes o colorados, tal vez incluso estuvieran mezclados, lo cierto era que la vida le abandonaba sin remedio a través de un agujero humeante abierto en la cabeza.
Lo que sus verdugos no pudieron predecir fue que junto con la vida también escaparon todas aquellas ideas que por falta de tiempo y medios el profesor tenía enquistadas en su interior, sueños de libertad que alcanzaron a cuanto periodista había sido testigo del cruento atentado. Lo último que Jaime vio antes de expirar fueron sus bolígrafos rasgando folios a toda velocidad, los mensajes que colgaban con urgencia en las redes sociales, sus llamadas a través de los móviles,… Y entonces sonrió.

B.A.: 2019


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martes, 22 de octubre de 2019

Barcos en la niebla


Nota: Imagen extraídas de Pixabay e Internet. 


—¡Susanaaa…! ¡¡SUSI!! ¿Eres tú?
—…
—¿Quién anda ahí? Conteste, por favor.
—¡No se acerque!
—Que no me acerque… ¿Adónde? ¡¡No veo una mierda con esta maldita niebla!!
—Quédese donde está. Se lo ruego.
—¿Qué podría hacerle? Mido un metro sesenta y estoy sola.
—También estaba sola la mujer que pedía ayuda cerca del chiringuito y cuando llegué hasta ella intentó atracarme con un cúter.
—¿¡Se encuentra bien!?
—Nada serio que lamentar.
—¡Menos mal!
—Pues sí.
—Mire, sé que es difícil pero le juro que puede confiar en mí.
—Está bien…
—¿Busca a alguien?
—A mis dos hijos, Róber y Lina. Los dejé junto a las boyas. Lina tenía sed y me acerqué a por unos refrescos.
»¿No los habrá…?
—No, lo siento. Usted es el primero con el que me cruzo. Yo también estoy buscando a una amiga. Se llama Susana.
—¿Cómo se separaron?
—Hacía tan buen tiempo que quiso darse un baño. A mí no me apetecía y entonces…
—Cayó la niebla.
—…
—¡Ei, ei! Seguro que está bien. Me llamo Nicolás. ¿Y usted?
—Beba.
—Mire, Beba. Siento lo de antes, estaba muy alterado.
—Es comprensible, dadas las circunstancias… ¿No le resulta extraña esta niebla?
—¡Y que lo diga! Tan densa, tan repentina… ¿Funciona su teléfono?
—No.
—Tampoco el mío. Beba…
—¿Sí?
—Estooo… ¿Le parece bien que los busquemos juntos?
—¿Podrá fiarse de mí?
—¿Qué puedo temer de su metro sesenta?
—Je, je. Tome mi mano.
»La orilla está a la izquierda.
—¡¡LINAAA…!! ¡¡RÓBERRR…!!
—¡¡SUSIII…!! ¿¡Me oyes, cariño!?

B.A.: 2019

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lunes, 30 de septiembre de 2019

Píldoras de genio azul



Nota: Imagen propiedad de Pixabay y de Peyo.

(¡POM, POM, POM!)

–¡Nahna, Bruja del Páramo. Abra en el nombre del rey!
–Ya va. Ya vaaa… ¡Qué prisas!
»¡Hola, Grillo! ¿Cómo tú por aquí?
–Shhhh… No me llames Grillo delante de mis hombres. Vengo como representante de Su Majestad, no como hijo de tu hijo.
–Perdone usted, Regio, Cazador de linces.
–Tampoco te pases.
–Perdonaaa… Dime qué te trae a mi humilde páramo.
–¿Esta receta es tuya?
–Un momento que me ponga los lentes...
–¿Qué nueva magia es esa?
–No es magia, tontorrón, es optometría. Veamos… «Una cola de genio azul, secada a la luz de la luna llena en la época de celo de la esfinge. Tomar la píldora resultante antes del acto procreador.»
–¿Genio azul?
–Un pitufo.
–Ahhh… ¡Bueno! ¿Es tuya?
–Así es.
–Entonces tienes un problema.
–¿Por?
–El remedio, en vez de solventar ciertos problemillas del Cabeza del reino en su noche de bodas con Felipa, Bella sobre el arcoíris, digamos que ha dejado su virilidad a la altura de la grasa para lustrar botas.
–¡Imposible! Llévame inmediatamente ante Sam, Y veme por esto otro, mayordomo personal del rey.
–A estas horas estará en la taberna de Eldelbar.
–Pues vayamos al Grifo de cerveza.

*        *        *

–Dígame Sam. ¿Encargó la píldora de genio azul donde Solrak, Hijo de Carnicero, como receté?
–No, señora.
–¿Y eso?
–Su Majestad pensó que era un carero, así que me envió ante Gúguel, El que todo lo sabe y si no se lo inventa.
–¿¡Gúguel!? ¿Me está diciendo que ese charlatán ha hecho negocios a costa de mi trabajo?
–Pues... ¿Sí? Me vendió el mismo remedio a un precio más barato. Viene de Oriente.
»Guardé una muestra por si…
–Ya me imagino para qué. Déjeme examinarla… ¡Esto es una verruga de troll coloreada con pasta de arándano! Gúguel no solo ha estafado a Su Majestad, El del puño cerrado, sino que ha agravado su dolencia. Mucho me temo que durante un buen tiempo no podrá cumplir con sus deberes maritales.
–¿Puede ayudarle?
–Habrá que cosechar la mandrágora que nazca a los pies de un ahorcado, y solo yo sé cuándo es el momento oportuno para ello.
»Estos serían mis honorarios.
–¡Qué escándalo! Su Majestad no pagará tal cantidad.
–Entonces, querido Sam, como el rey no encierre a su flamante esposa en la torre más alta del castillo ya puede ir acuñando en las monedas de su primogénito el sobrenombre de El bastardo, porque La bella sobre el arcoíris tendrá un primogénito antes de final de año. No lo dude. A diferencia de otros, ella paga de buen grado los remedios de Nahna.
–…
–¡Salud, Regio! Vente a comer este sábado. Prepararé el jabalí al Erimanto que tanto te gusta.

B.A.: 2019

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martes, 30 de julio de 2019

Desencuentro

Nota: Imagen base extraída de Pixabay

Antes de abrir la puerta repasó una última vez el discurso por el que había recorrido media galaxia. Más que discurso, eran cinco palabras que el comité de Presentación había seleccionado tras años de estudios y discusiones: «Venimos en son de paz». Aún así, como le señaló uno de sus miembros, lo realmente importante no eran las palabras, sino la actitud. Debía mostrarse ante los nativos como alguien en quien confiar, evitando a toda costa que el miedo o la duda arraigara en sus primitivos corazones pues corría el riesgo de provocar reacciones inesperadas.
Una vez fuera de la astronave, anduvo hasta colocarse en el centro exacto de la plataforma de bajada, como estaba estudiado, y abriendo los brazos hacia la masa expectante, entonó para ellos sus aullidos, ladridos y jadeos más exquisitos, proclamando a la humanidad un sincero: «Venimos en son de paz». Y para subrayar tan excelsos deseos de buena voluntad, ofreció a los congregados una pieza de orfebrería delicadamente trabajada que simbolizaba la llave con la que los terrícolas podrían abrir las puertas de su mundo. La reacción no se hizo esperar.
–¡Es un ser de lo más agresivo, señor –transmitió al centro base el capitán del destacamento que debía cubrir el primer encuentro alienígena, subiendo el volumen de voz para imponerse a los gritos histéricos de los civiles en desbandada–. Aúlla y gruñe como un perro rabioso, y ahora nos apunta con una extraña arma!
»¡Espero órdenes!
–Fuego a discreción en tres, dos, uno…

B.A.: 2019

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jueves, 20 de junio de 2019

Un plan marciano



Nota: El Plan 9 que aparece detallado en este relato
está sacado de la película "Plan 9 del espacio exterior",
del director Ed Wood.

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Soy una taza, una tetera
una cuchara y un cucharón…

Notrom´Obb entra con aplomo en el laboratorio del científico Chua´Jos, al que pilla en pleno desarrollo de la conspiración que juntos han urdido bajo las mismas narices del Ministro de Invasión marciano.

Un plato hondo, un plato llano
un cuchillito y un tenedor…

–¿Avanzamos, doctor?
–Mucho, señor –contesta el científico tras bajar el volumen de un aparato reproductor de indiscutible procedencia terrestre–. Haremos caer a su Excelencia el señor ministro de Invasión, estoy convencido de ello.
–¡Senoj´Cox! –explota su interlocutor con desprecio–. Se llama Senoj´Cox. Olvide el protocolo cuando hable ante mí de ese usurpador. Sabe tan bien como yo que el Ministerio debía ser mío; estoy más capacitado que él para el puesto, pero Padre jamás consintió que su bastardo desplazara al legítimo heredero de los ´Cox.
»Con su ayuda, mi buen doctor, lo conseguiré.
–Me dejo la piel en ello, Excelencia.
–Aún no soy «excelente», amigo mío. Aún no… El día de la invasión a la Tierra se acerca y debemos tener un plan B sin fisuras que ofrecer al Gerifalte Máximo cuando falle el de mi hermanastro… Porque fallará. ¿Verdad, doctor?
–Estrepitosamente, señor. Nos hemos ocupado de ello.
–Resúmamelo, por favor.
Y a ello se lanza el científico, con la pedagogía propia de un profesor de la Universidad Piramidal. «El plan 9 de su Excelencia… de Senoj´Cox trata, como recordará, de la resurrección de los muertos. Consiste en disparar electrodos de largo alcance a la hipófisis de los muertos recientes, creando lo que los humanos llaman zombis.»
–Estos seres sin raciocinio, guiados por sus instintos primarios, deben aniquilar a la raza humana, facilitando nuestro asentamiento en el planeta.
–¿Y funciona? –pregunta no sin interés Notrom´Obb.
–Lamento decirle que sí. Han hecho ensayos en un lugar llamado Haití, con resultados satisfactorios. Ahora ultiman los detalles de una prueba de mayor envergadura para ejecutarla ante nuestro Gerifalte Máximo.
–¿Y qué vamos a hacer para sabotearla?
–«¿Qué hemos hecho?», sería la pregunta apropiada. Desde que supimos las bases del Plan 9, hemos saturado la cultura terrícola con toda clase de series, películas, libros y videojuegos de temática zombi, enseñándoles cómo combatirlos. Se producirán muchas bajas humanas durante la prueba, eso es inevitable, pero los terrícolas estarán física y, sobre todo, psicológicamente preparados para enfrentarse a sus muertos, venciéndolos sin mucho esfuerzo, y el Gerifalte Máximo no autorizará la ejecución global del Plan 9. Entonces querrá una segunda opinión y ahí estará usted para ofrecérselo.
La cara de satisfacción de Notrom´Obb ilumina la sala, paladeando por anticipado la caída en desgracia de su despreciable hermanastro.
–¿En qué estado se encuentra su trabajo?
–Muy avanzado. Lo más difícil ha sido encontrar un interés común para todo el planeta. Debía ser un ritmo pegadizo, acompañado de una coreografía fácil de ejecutar, algo que creímos haber conseguido con el Macarena. ¿Se acuerda? «Dale a tu cuerpo alegría Macarena, que tu cuerpo es pa'darle alegría cosa buena…» Nos equivocamos, pues hubo terrícolas inmunes a su encanto. El mismo resultado negativo obtuvimos con los siguientes temas que pusimos a prueba, como el Gangnam Style que sembramos en Corea o el más reciente Despacito, así que me pregunté: ¿Qué es aquello que no podemos ignorar por mucho que nos esforcemos? Y la respuesta me la dio una comida familiar. ¡Los niños! Ya sean padres, abuelos o tíos, los humanos, como nosotros mismos, están rodeados de niños, y a estos es fácil meterles una canción en la cabeza, siendo tan pesados que «contagiarán» con ella a todo su entorno.
»Hemos completado satisfactoriamente varios temas: Soy una taza, Chu chu ua,… Y ahora estamos desarrollando uno que se llamará Baby Shark. Mai´Mir, la importante coreógrafa, se encarga personalmente del baile que lo acompañará. Cuando el Gerifalte Máximo apruebe nuestro proyecto, que lo hará, saturaremos todo el planeta con estas canciones, las veinticuatro horas del día, alienando la voluntad del terrícola, que no podrá hacer otra cosa que cantarlas y bailarlas allí donde se encuentren. Quedarán totalmente a nuestra merced; sólo tendremos que decidir qué hacer con ocho mil millones de humanos en desenfrenado baile.
–Pero… ¿Cómo llegarán a todos los terrícolas?
–Ah. Esa es mi más genial idea –Chua´Jos sonríe con una mano sobre el pecho, exultante ante una imaginaria platea que se rinde extasiada a su prodigioso cerebro–. ¿Le suena los términos «YouTube», «Tecnoglobalización» o «5G»?
–Pues no.
–¿Quizás «Redes Sociales»?
–Tampoco.
–Bueno, le basta con saber que en unos escasos cincuenta años, algo más de la media de vida de un humano pero una minucia para la naturaleza marciana, he conseguido la conexión total, e instantánea, del planeta. Por supuesto, hay zonas tecnológicamente atrasadas, pero son las menos. Y lo mejor de todo es que los investigadores terrícolas creen que fueron ellos los responsables de tal avance. Je, je, je,… Pobres idiotas; no saben lo que se les viene encima.
El científico activa una pista en el reproductor y toda la sala se llena con un rítmico «Baby shark, doo doo doo doo doo doo. Baby shark, doo doo doo doo doo doo. Baby shark, doo doo doo doo doo doo. Baby shark!», al que el marciano acompaña uniendo sus verdes manos a la manera de mandíbulas de tiburón.
–Es un buen plan –comenta satisfecho Notrom´Obb siguiendo el ritmo con la cabeza–, sin lugar a dudas.
–Todo un plan marciano.

B.A.: 2019



Para los interesados, este es el enlace
de "Plan 9 del espacio exterior". El Plan 9
se detalla alrededor del minuto 23.

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miércoles, 29 de mayo de 2019

El soplido del lobo feroz



Imágenes extraídas de "Los tres cerditos" y de "Terminator 2".
Efectos descargados de Pixabay.com


Este relato ha conseguido la segunda plaza
en la convocatoria de mayo del Tintero de Oro.

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Había una vez tres cerditos que vivían en las profundidades del bosque. Como el lobo feroz siempre los estaba persiguiendo decidieron construir una casita en la que poder protegerse. El menor la hizo de paja, el mediano de madera y el mayor, más trabajador, de ladrillo y cemento.

–○O○–

Largo había sido el camino recorrido por George Imahara desde su Colorado natal. Al primer y único miembro de la familia Imahara nacido en los Estados Unidos, la noticia del ataque japonés a la base de Pearl Harbor le había sorprendido ejerciendo su trabajo de repartidor en la farmacia del señor Kobayashi. Contaba entonces dieciséis años, y era huérfano de padres desde hacía solo dos.
–Preveo malos tiempos para todos nosotros –comentó con desasosiego Noriyuki Mochida, el más anciano de los clientes allí congregados.
–¿Por qué dice eso, señor? –le preguntó extrañado el joven Imahara–. Nada tenemos que ver con el ataque.
»Además, ya somos muchos los que hemos nacido en los Estados Unidos, ciudadanos por derecho de nacimiento.
–¿Tan seguro estás, joven? ¿De verdad crees que tus «compatriotas» van a ver la diferencia entre unos ojos rasgados y otros.
»Hazle caso a este viejo loco; la vida se va a poner muy fea para los nuestros, más si cabe para los que vivimos tan cerca del Océano Pacífico y de la Marina Imperial Japonesa. Se nos acusará de traidores, y sufriremos las consecuencias. Huye al interior del país si tienes la posibilidad, aunque lo más sensato sería retornar a Japón y buscar abrigo entre los familiares que dejamos allí.
Al anciano no le faltaba razón. Las muestras de rechazo hacia todo lo japonés comenzaron a las pocas horas del ataque a la base americana, auspiciadas por el propio Gobierno, en una imparable escalada de odio que culminaría meses después con la Orden Ejecutiva 9066, firmada de puño y letra del presidente Roosevelt, por la que todos los japoneses residentes en los Estados Unidos debían ser confinados en campos de concentración llevando consigo una sola maleta en la que transportar los escombros de su sueño americano.

–○O○–

–Déjame entrar, cerdito –dijo el lobo–. No voy a hacerte daño...
–¡Ni pensarlo malvado lobo! –respondió el cerdito sintiéndose protegido tras los muros de paja.
–¡Pues entonces soplaré y soplaré y la casa derribaré!
Y el lobo empezó a soplar, y a soplar, y lo hizo con tanta fuerza que la débil casita se vino abajo.

–○O○–

Solo como estaba, sin familiar alguno al que recurrir en toda Norteamérica, George decidió seguir el consejo del profético anciano y huir hacia la relativa protección que suponía el nutrido grupo de los Imahara allá en la lejana Japón, queriendo el destino que consiguiera escapar antes de la promulgación de la injusta ley. El recelo hacia los japoneses nacidos en los Estados Unidos aún no había arraigado en el país nipón, y para cuando empezó la persecución de todos ellos, George ya ocultaba su peligroso origen en la ciudad de Hiroshima, una gota de lluvia diluida en un mar de cuatrocientas mil almas. Allí, asentado en una granja familiar a las afueras de la ciudad, encontraría el amor en la joven lugareña llamada Kaiyo.

–○O○–

–¡Soplaré y soplaré y la casa derribaré!
Y el lobo empezó a soplar, y a soplar, pero esta vez le costó mucho más trabajo derribar la casita. Los dos cerditos salieron como bien pudieron de entre los tablones de madera, huyendo en dirección a la casa del hermano mayor.

–○O○–

Las sirenas anunciaron un nuevo ataque aéreo. George, al que todos en el barrio conocían con el falso nombre de Fujita, buscó refugio en las entrañas de un colegio cercano, dejando la bicicleta con la que repartía los frutos de su trabajo en el campo olvidada de cualquier manera en la calle. Con el corazón ligero pues no temía por la vida de su esposa, protegida por la distancia a la que se encontraba la granja, el joven intentó consolar el profundo terror que sentían los escolares con él recluidos, asustados como los tres cerditos de aquel cortometraje animado que disfrutara en una de las pocas veces que había pisado un cine en su infancia estadounidense, tan lejana ya en el espacio y en el tiempo. Y a la narración del cuento se lanzó el joven, ahuyentando lentamente el miedo de los niños con su templada voz. «El lobo, incapaz de echar abajo con sus soplidos la casa de ladrillo, decidió entrar en ella a través de la chimenea –contaba a su atenta audiencia–, sin saber que el hermano mayor, conociendo sus intenciones, había puesto al fuego un caldero con agua.»
–¿Resistirá el colegio, señor? –interrumpió el relato uno de los pequeños.
–¡Claro que sí! –respondió George con una seguridad que no sentía en absoluto–. Estas paredes fueron construidas por el más trabajador de los tres cerditos.
»¿No os lo había dicho?
Perfilándose en el azul de una mañana totalmente despejada, el bombardero Enola Gay sobrevolaba en ese instante el cielo sobre la isla de Shikoku en torno a los nueve mil quinientos metros de altitud. Eran las ocho y nueve minutos del 6 de agosto de 1945, y en sus entrañas transportaba el soplido del lobo feroz.

–○O○–

Los dos cerditos aprendieron la lección, y con gran felicidad se pusieron a cantar:
¿Quién teme al lobo feroz?
Al lobo, al lobo…
¿Quién teme al lobo feroz?

B.A.: 2019





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martes, 23 de abril de 2019

Space cowgirl



Homenaje a Beatriz Fontana,
space cowgirl patria de la serie Diego Valor.

Los científicos aseguraban que no soñaríamos durante el hipersueño. Se equivocaron, como en tantas otras cosas, y durante ciento catorce años mis pensamientos han vuelto una y otra vez a ti, Álex, a tu rostro surcado de lágrimas aquel lejano 26 de octubre, cuando un «Por favor, mami, no te vayas» apenas susurrado traspasó mi alma partiéndola en dos. Hace mucho que habrás muerto, nadie vive eternamente, y yo me aferro a esta misión para no perder la cordura, consciente de que nunca más volveré a sentir tu cálido cuerpo entre mis brazos, ni a oír las risas soterradas que eras incapaz de contener cuando jugábamos al escondite en casa de los abuelos. Mi pequeño Álex. Mi amor. Cuánto te echo de menos, cariño mío.
El viaje exploratorio al planeta Tellus, en el que la moribunda Tierra había puesto todas sus esperanzas, debía durar poco menos de dos años, pero algo salió mal y la Fénix nos ha despertado huérfanos de todo aquello de lo que nos despedimos, incapaces de contactar con los sucesores de los que organizaron esta misión, si los hubiera, un shock difícil de asimilar que ya se ha cobrado la vida de dos de nuestros compañeros de infortunio y mermado la razón al resto. Afortunadamente, los víveres han aguantado bien en las cámaras frigoríficas, aunque la tortilla ha pasado a ser un mazacote de huevo que hace cabrear al bueno de Badejo, nuestro abnegado capitán. Entre bocado y bocado a esa masa insípida, menta a la madre del que dijo que aquello era una tortilla –«Omelette» afirma optimista el envase plástico–, haciéndonos olvidar con sus histriónicas salidas de tono el dolor que lacera nuestros corazones, aunque solo sea por unos instantes. Yo le paso un panecillo untado en queso, con olor a pomada antihemorroidal, y él lo devora de una dentellada, ñam, como un perro famélico, arrancándonos una nueva carcajada. No tengo palabras para agradecer a Control que lo pusiera al mando de la misión; Badejo sabe que debe mantener lo que queda de su tripulación lo más entera posible y a ello se entrega con la pasión de un buen líder.
Nos acercamos a Tellus a velocidad de crucero. Con el planeta centrado en el ventanal rectangular del mirador panorámico, semejante a un zafiro rutilante que nadara solitario entre las estrellas, mis pensamientos vuelven a ti, Álex, haciéndome desesperar. Lloro desconsolada ante la fotografía que te hice antes de partir, sonriente tras la tarta de tu tercer cumpleaños, y soy yo la que ahora sopla sus velas deseando que tuvieras una vida plena y feliz. Y rezo. Sí, también rezo. Rezo egoísta a un dios en el que nunca creí para que en tu lecho de muerte perdonaras la ausencia de tu madre, pues todo lo hice para conseguirte un futuro mejor.
Bip, bip. Me llega un mensaje urgente de la piloto Ferro; acaban de encontrar muerto al capitán. Se ha cortado las venas en el baño comunitario y en su carta de despedida me pide perdón por pasarme el mando de la Fénix. ¡Qué considerado el muy cabrón! En contra de lo que opina la mayoría de la que ahora es mi tripulación, vamos a completar el estudio del planeta Tellus. No es que me importe saber si realmente es apto para la vida humana, máxime cuando puede que a nuestro regreso a la Tierra no quede nadie en ella a quien entregarle los resultados que llevaremos con nosotros, pero he de darle un sentido a la causa de tu pérdida, mi querido Álex. Solo así mi alma torturada descansará; solo entonces podré reunirme contigo sin apartar la mirada.
Te veré pronto, cariño mío.

B.A.: 2.019

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martes, 26 de marzo de 2019

Love Story sobre azul




Sabían que el suyo era un amor destinado al fracaso de la distancia. Por un lado un Boeing 747 fletado para cubrir vuelos internacionales, por otro un catamarán de los que conectaban Cádiz con el Puerto de Santa María… ¿Podía haber una pareja de enamorados más imposible que ésa? Y aún así, no dejaron de amarse desde la primera vez que cruzaron sus estelas sobre las aguas de la bahía gaditana. La aeronave comercial confesaría a un viejo 707 al borde de la jubilación que lo que más le atraía del catamarán era su coraje a la hora de enfrentarse al viento de levante, incapaz de quebrar con toda su furia desatada las rectas de espuma blanca que trazaba la embarcación sobre las aguas agitadas. Al catamarán… bueno, le volvía loco las aerodinámicas líneas del Jumbo acariciadas por el halo dorado del sol naciente.
El Boeing no veía el momento en que el trabajo lo llevara de vuelta a la costa gaditana. Cuando esto ocurría, buscaba con ansiedad la compacta figura de la embarcación para lanzarle un beso con forma de señal de radio que la otra recogía con un saltito gracioso y marinero. En una fracción de segundo la aeronave le contaba al barquito cuanto habían recogido sus instrumentos, desde la belleza de la nieve refulgiendo como llamas heladas en la cima del Teide hasta el alocado ir y venir de los vuelos transcontinentales en las proximidades del aeropuerto de Heathrow, sin olvidar los espectaculares campos holandeses de tulipanes a mediados del mes de abril, siendo tal la pasión con la que describía todas aquellas vivencias que el catamarán las sentía como propias. El barquito, menos viajado, le hablaba de los chillidos de alegría que lanzaban los niños cuando atracaba en el puerto, del graznido de las gaviotas y del aumento de la salinidad del mar durante el verano; del rielar del sol sobre las aguas calmas una vez pasada la tormenta y del eco de las comparsas y chirigotas callejeras que acompañaban su derrota en época de carnaval.
De esa forma continuó tan extraña relación hasta que un mal día de septiembre el catamarán no respondió a la llamada que la aeronave lanzaba desde las alturas. Preocupado por su silencio, el Jumbo recurrió al viejo 707, su fiel confidente y amigo, que indagando aquí y allá entre los conocidos del hangar supo de un accidente sufrido por el catamarán contra uno de los espigones del litoral. «Error humano», sentenció impotente el viejo Boeing con un encogimiento de alas. Tras permanecer dos largos meses sumergido en la dársena gaditana, el barquito fue reflotado para su traslado a tierra, donde quedó varado, con la popa al mar, a la espera de una recuperación que nunca se produciría.
Podríamos creer que aquí acabó esta extraordinaria historia de amor, con un melancólico tema para piano acompañando el solitario vuelo del 747 con rumbo al ocaso, pero afortunadamente no fue así. Nadie sabe exactamente cómo lo hizo el Jumbo –los pocos privilegiados que conocemos esta historia no nos ponemos de acuerdo sobre ello–, pero lo cierto es que el compás del catamarán, allí donde se encuentra el alma de todo barco, acabó escondido en las entrañas insondables de la aeronave, y desde entonces nuestros dos enamorados surcan juntos los infinitos llanos celestes.

B.A.: 2.019

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miércoles, 6 de febrero de 2019

Otras formas de divertirse




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Don diablo se ha escapado
Tú no sabes la que ha armado
Ten cuidado, yo lo digo por si…

Cómodamente instalado ante los mandos de un espectacular Volkswagen Phaeton, oscuro como sus más inocentes intenciones, Adolfo Milton disfrutaba a todo volumen de las aventuras de aquel diablillo pícaro y presumido con el que tanto se identificaba, dibujándole al ángel caído una sonrisa de adorable sinvergüenza que cautivaba a cuantos se cruzaban en su camino. Era 5 de enero, sábado para más señas. Como la sucursal bancaria donde trabajaba cuando tomaba la forma del señor Milton se hallaba cerrada por ser fin de semana, no podía arrancar pequeñas migajas de vida a los mortales con la concesión de préstamos personales o de hipotecas a treinta años de desvelos, pero siempre había otras formas de divertirse; sólo tenía que buscar un pocoo.

Don diablo que es muy cuco
Siempre sale con el truco
Del futuro colorado colorín…

La larga y ordenada cola formada ante las puertas de la confitería La cochera llamó poderosamente su atención. Por su larga experiencia en asuntos demoníacos –tantos siglos transcurridos desde el fracaso de su rebelión contra el absolutismo divino daban para muchas y muy buenas diabluras–, sabía que la diversión podía encontrarse en los lugares más insospechados, y a la vista de los clientes que esperaban con paciencia a ser atendidos su retorcida mente elaboró las bases de un plan con el que joderles un poquito el día de Reyes. Así que aparcó el Volkswagen lejos de miradas curiosas para que sólo el espejo retrovisor fuera testigo mudo de la transmutación que se iba a producir en su interior, reflejando al momento cómo los atractivos ojos del banquero eran velados por el glaucoma propio de la vejez y la piel a su alrededor se convertía en un campo yermo surcado por profundas arrugas, el espeso cabello negro cortado a la moda sustituido por un nido enmarañado de pelo grisáceo. Como toque final, añadió unas motitas oscuras sobre la piel, hasta un total de seiscientas sesenta y seis, pues, ante todo y contra la opinión de todos, él era un profesional.

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Lucía un aspecto de lo más humilde. Seca de carnes, los ojos blanquecinos y llorosos, la ropa de baja factura que vestía se tensaba notablemente sobre la línea quebrada de su espalda, cruel recordatorio de la dureza con que la vida la había tratado. La anciana llegó a la confitería pasito a pasito, rebasando la cola que esperaba a ser atendida con un «Sólo voy a preguntar si ya tienen preparado mi roscón» dedicado a los más suspicaces pues, como le explicó a la primera de la fila, le dolían demasiado los huesos con la humedad del día como para esperar en balde.
–¿A que se cuela la vieja? –le dijo a su esposa el hombre que tenía el número de orden 23.
–Tranquilízate cariño –le apaciguó ésta–. Sólo quiere preguntar.
–Seguro. Ya verás cómo es la primera en salir con el rosco de Reyes.
El hombre siguió despotricando para sonrojo de su esposa, que con chistidos prudentes lo instaba a callar. Y cuanto más le chistaba, mayor era su enojo, que ya abarcaba a la tercera edad al completo, esgrimiendo contra ella toda clase de argumentos –sólidos desde su punto de vista como los cimientos de una catedral–, que siempre giraban en torno a la desvergüenza que manejaban con tanta impunidad. «Dicen lo que les apetece cuando les da la gana, sin importarles a quién tienen delante. Son los primeros en subirse al autobús en hora punta… ¡Y encima gratis! Y no me hagan hablar de las colas que forman en el médico a primera hora de la mañana», concluyó para los no pocos que prestaban atención a la diatriba mañanera del enojado orador, arrancándoles a los más jóvenes tímidos asentimientos de conformidad.
–¡Ves como tenía razón! –vociferó triunfante el hombre a su esposa cuando de la confitería salió la anciana con una gran caja entre las manos–. Te dije que la vieja se colaba.
–¿De verdad te molesta tanto?
–¡Tú me dirás! Aquí, quien más, quien menos, lleva media hora esperando su turno…
–¡Y qué más da, cariño! –zanjó la mujer con tal ternura que desarmó por completo a su enfurecido esposo–. No merece la pena enfadarse por una tontería.
»Y menos el día de Reyes.
–Es verdad. Tienes toda la razónnn… ¡¡ME CAGO EN LA VIEJA!!
Desde un automóvil de gama alta, tras llamar la atención de todos con un juego de luces, la anciana desfiló ante los asombrados clientes luciendo para ellos una sonrisa malintencionada. Y cuando desde el equipo de música Miguel Bosé cantó a toda potencia aquello de: «Un beso chiquitín con un swing, ¡haaa…! Un beso chiquitín con un swing», la anciana dibujó para el hombre un beso con sus labios arrugados, arrojando a sus pies la figurilla del Pato Donald que traía de regalo el roscón… Pato Donald que iba disfrazado de demonio, como no podía ser de otra forma.

Te agarra muy suavemente
Te acaba en un pis pas
No tiene moral
y es difícil de saciar
Te gusta y todo lo das.

B.A.: 2.019


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Serie Adolfo Milton


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