lunes, 29 de mayo de 2017

En tierra de nadie


Nota: «En tierra de nadie» fue mi propuesta para el reto especial convocado por la comunidad Relatos Compulsivos para celebrar su primer año de vida. El relato debía tener una extensión máxima de 350 palabras y empezar por la frase «Hoy hace un año».

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Hoy hace un año que nos conocimos en Ypres. Era la primera Navidad que pasaríamos alejados de la familia, hundidos en la miseria de una guerra que duraba ya cinco meses, y todos, a ambos lados de la treintena de metros que separaba nuestras trincheras, echábamos en falta el calor del hogar.
No tardamos en entonar más mal que bien Stille Nacht, heilige Nacht ante los pequeños abetos con los que adornamos nuestras defensas, canto al que pronto os unisteis con vuestro Silent Night; distintas voces para una misma nostalgia. Lentamente, uno tras otro, cientos de jóvenes temerosos, ateridos y comidos por las pulgas, ocupamos la yerma tierra de nadie, confraternizando con aquellos a los que nos mandaban combatir desde cómodos despachos de luces doradas y música de gramófono. Cigarros, alcohol, chocolate,... incluso botones intercambiamos aquel día. Jugamos al fútbol con el balón que algún jodido loco había llevado a la guerra, para después, o antes, ya me fallan los recuerdos, entonar el Salmo 23 en honor a nuestros muertos.
Conocía tu idioma lo suficiente como para mantener una conversación. «Ian Hamilton», te presentaste dubitativo, y al poco estábamos disfrutando del pudín de ciruelas de tu madre, tras despachar las salchichas y el pan negro que Sonja me había enviado desde Westfalen. Entre risas y tragos de cerveza sacaste la fotografía de tu prometida Laura de la pequeña Biblia que guardabas junto al corazón, contándome las mil y una excusas que inventaste para poder visitarla al taller de bicicletas que atendía en Staffordshire. Fue entonces cuando un inesperado estampido dio por terminado el armisticio, y volvimos a nuestras trincheras con la cabeza enterrada entre los hombros.
No te había vuelto a ver desde ese día. Los mandos han hecho lo imposible para que no se volviera a producir una tregua como la de aquella Navidad y hoy, un año después, tengo en mis manos la Biblia que guarda la fotografía de Laura.
Te juro por lo más sagrado, amigo mío, que viviré lo suficiente para hacérselos llegar, como me llamo Konrad Baumann.
El Señor es mi pastor, nada me falta...

B.A.: 2.017


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miércoles, 17 de mayo de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 11. Dentro del laberinto



Resumen de los capítulos anteriores: Tras creer que el ejercicio de fuego real había sido un completo desastre, Samuel Faro informa a Julia que se les ha dado por bueno, provocando un acercamiento entre la chica y César largo tiempo esperado.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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El virus funcionó con la eficacia esperada. El programa ejecutado por Samuel eliminó del dispositivo de Julia cualquier pista que pudiera señalarlo como responsable del envío del archivo sonoro –«Te mando un canto a la esperanza, pero también de lucha contra la opresión», había escrito en el mensaje adjunto–, medida más que necesaria en aquella cueva de lobos que era Rebis; nunca se sería lo suficientemente precavido en la estación. Tras comprobar que el borrado se había realizado de manera satisfactoria, Samuel se reunió con los seis soldados que lo acompañaban, centrando como ellos la atención en el trabajo metódico y cauteloso del androide de carga.

miércoles, 3 de mayo de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 10. Bocho, Los Suaves y el Kobayashi Maru


Resumen de los capítulos anteriores: El ejercicio con fuego real fue superado gracias a la alianza no esperada entre César y Benjamín. Pero los miembros del pentágono Sirio no contaban con el instructor Corbacho, que dio la victoria por nula alegando que habían hecho trampas.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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A Benjamín le volvía a sangrar la nariz. Con la culpabilidad tiñéndole de rojo las mejillas, Julia hurgó en todos y cada uno de los bolsillos del traje de combate que aún vestía, a la búsqueda de un pañuelo con el que parar la hemorragia de su compañero. Fue entonces cuando un ángel desaliñado acudió en su ayuda, ofreciéndoles un paquete de pañuelos sin desprecintar con tanta diligencia que rayaba el servilismo.