martes, 19 de junio de 2018

Érase un vez en Rebis - 23. Diálogos (I)



Resumen de los capítulos anteriores: Sebastián, víctima del insomnio, quizás haya encontrado la explicación del fantástico don de César entre las líneas de un viejo relato.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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César y Sebastián

–Señor Canela. Querría preguntarle una cosa.
–César… Tutéame, por favor. ¿Cuántas veces tendré que repetírtelo?
–Lo siento, señor Canelll… Sebastián.
–Mucho mejor.
»Ahora tu pregunta.
–Pues bien. Hay una chica que me gusta desde siempre. Estamos saliendo y…
–Julia, ¿verdad?
–¿Cómo…?
–No sé de qué te extrañas; debemos saberlo todo de los que incorporamos a Mundo Feliz.
–Claro, claro. Estooo… Volviendo a Julia, me preguntaba si…
–Me temo que es imposible.
–¡Pero si es muy buena piloto! Sería de gran ayuda y…
–¡No insistas, César, por favor! Julia es una buena chica; excelente piloto, como bien dices, pero su corazón pertenece a Rebis.
»Jamás entendería nuestra causa.
–Pero yo la quiero.
–Por eso mismo debes seguir esforzándote como hasta ahora. Incluso más. Sólo de esa forma lograrás salvarla del aciago futuro que le espera si fracasamos.
»Además, sois muy jóvenes. ¿Quién te dice que en el futuro no podréis retomar vuestra relación?
–La amo…
–Lo siento mucho, César, pero es mi última palabra.
»Espero que algún día puedas perdonarme.

Nacho y Tina

–¡Hola Nacho! ¿Cómo te ha ido el día?
–Bien…
–¿Ha ocurrido algo?
–Pues sí, y bastante raro.
–Cuenta, cuenta. Me tienes intrigada.
–Verás, cuando regresaba a casa se me ha acercado una chica en una motocicleta y…
–¿Una chica? ¡¿Qué quería «ésa» de ti?!
»¿Cómo era? ¿Qué te dijo?
–Deja que te cuente, cariño.
–Está biennn… Te escucho.
–Al parecer pertenece a una especie de club privado. ¿Te suena algo llamado Proyecto Churruca?
–De nada.
–Pues me ha dicho que cumplo los requisitos necesarios para ingresar en él.
–¿Requisitos?… ¡¿Qué requisitos son esos?!
–No lo sé. Era todo como muy misterioso. Me ha citado esta tarde para contarme los detalles.
–Pues no vayas y punto. A saber qué quiere esa bruja de ti.
–Tenía pensado ir. Me tiene muy intrigado, la verdad.
–Mmmm…
–Si a ti no te importa, claro.
–Por supuesto que no me importa; sabes que confío en ti. Pero tienes que llamarme en cuanto termines.
–Ja, ja, ja. Ya veo lo que confías en mí.
–Hasta mañana, y no dejes que ésa te líe con sus historias de espías.
–Por supuesto que no.
»Un beso, cariño.

Samuel y Mio

–Señora. Cada vez me cuesta más trabajo estar lejos de usted.
»A duras penas consigo centrarme en mis deberes. Oigo cómo murmuran los compañeros a mis espaldas, Sebastián recela de mi trabajo y aún así no hago otra cosa que pensar en que está encerrada aquí abajo. Sola en la oscuridad.
»Indefensa…
»…
»La noche ya no me proporciona el descanso que necesito y mi cuerpo afiebrado rechaza cualquier tipo de alimento…
»No sé cuánto tiempo pasará antes de que pierda la cordura.
»…
»Si al menos obtuviera una palabra suya.
»…
»…
»He de irme. En unos días vendrán para llevarse la última gárgola y al fin será libre del círculo de horrores que la aprisionaba.
»…
»He dejado morir mi ficus.

César y Cecilia

–¿Trafalgar?
–Sí, madre. Fue una batalla naval de principios del XIX. Franceses y españoles contra ingleses.
»Napoleón andaba por medio.
–¿Y dices que tu padre era descendiente de alguien que participó en ella?
–Eso me han asegurado. George Hamilton, artillero del tres puentes inglés Victory.
–Hamilton…
–Murió aquel día.
–Caray. Tu padre nunca lo hubiera imaginado.
–La Fundación Dimaco, a través del Proyecto Churruca, busca y reúne a los descendientes de los que participaron en la batalla.
»¿Qué opinas, madre?
–Creo que puede venirte muy bien, César. Apenas conociste a tu padre y ésta puede ser una buena oportunidad de conectar con él.
–Mmmm… Sí. Eso pensaba yo…
–¿Sabes? Quizás yo también tengo un antepasado que luchara en Baltasar.
–Trafalgar, madre. Baltasar es uno de los Reyes Magos.
–Eso he dicho.
–Me temo que no. Estooo… Ya lo han investigado.
»Lo siento.
–Lástima. Podríamos haber asistido juntos a las reuniones.
»Puedes ir, por supuesto, pero no descuides tus estudios; Rebis está por encima de todo. Hasta del recuerdo de tu padre.
–Descuida, madre.

Nacho y Tina

–Nacho.
–Mmmm…
–¿Ya no te gusto?
–¿Por qué dices eso?
–Porque últimamente te encuentro raro. Estás como distraído y apenas me hablas.
»¿Has conocido a otra?
–¡No digas tonterías…!
–¿Entonces qué te pasa? ¿Acaso se debe a ese club tuyo súpermegaguay?
–Se llama Proyecto Churruca
–Me importa una mierda cómo se llame.
–¿Sabes, Tina? Creo que hablas así porque tienes envidia de que yo haya entrado y tú no.
–¿Sabes, Nacho? Creo que eres imbécil.
–¿Qué quieres que te diga? Será que tengo muchas cosas en la cabeza.
–Entonces abandona el proyecto ese.
–No puedo hacerlo, Tina. Ahora no.
–Hazlo por mí, cariño.
–…
–Te lo suplico.
–Ten un poco de paciencia. Te prometo que volveré a ser el Nacho del que te enamoraste.
–¡Me lo has prometido!
–¿Cuándo he roto yo una promesa?

César y Cecilia

–César. Hoy me ha citado Gustavo Tamizo a su despacho.
–¿Para qué, madre?
–Tus profesores han notado una caída generalizada de tu rendimiento. Sólo la profesora Jero, de Comunicación y Criptografía, ha alabado tu trabajo de los últimos meses. Le dijo al señor Tamizo, y no te infles como un pavo real, que no hay nota que te califique. ¡Incluso llegó a pensar que hacías trampas!
»He observado que esta situación comenzó con tu ingreso en el Proyecto Churrusca.
–Estooo… No sé cómo puede haberme beneficiado el Proyecto Churruca para las clases de la señorita Jero; siempre fui bueno en ellas.
–No te hagas el gracioso, muchachito. Sabes que me refería al resto de tus asignaturas.
–Lo siento, madre. Era una broma.
–Tu trabajo en la estación es lo más importante, César. «Unidos y libres por Rebis», ¿recuerdas? Y si eso significa tener que renunciar al recuerdo de tu padre, por mucho que me duela, así será.
»El futuro depende de lo que hagas ahora.
–No hago otra cosa que pensar en ello.
–¿Qué mascullas?
–Nada, madre.

Samuel y Mio

–Ahí va el último de sus centinelas, mi señora. Por fin es libre.
»Ha costado más de la esperado; como si hubiera luchado con todas sus fuerzas para que no se lo llevaran.
»¿Qué locura, no?
»…
»En fin… Debo marcharme ya. César llegará en breve a las oficinas de Dimaco para estudiar el nuevo material capturado a Nelson. ¡El chico es una auténtica máquina de descifrar! No hay mensaje que se le resista; domina el Zamenjoff con mi misma soltura e incluso es capaz de mantener una conversación con los hiliones en su lengua materna… ¡Lo siento, mi señora!
»No debería molestarla con mi aburrida vida.
–Samuelll… Háblame de ese chico.
–¿Señoraaa…?
–Samuel, hace tiempo te confié mi nombre.
»Úsalo para que pueda volver a ser quien fui.
–Mio.
–Eso es.
–¡Oh, mi señora! Su nombre se funde en mi lengua com…
–¡El chico, Samuel! Háblame del chico.
»Por favor.
–Estooo… No sé si debería…
–Llevas meses suplicándome una palabra, y cuando al fin puedo satisfacer tu deseo me niegas el mío a causa de tus absurdos celos.
»Me siento insultada.
–¡Señora…!
–Creo que me equivoqué al elegirte como mi campeón.
–¡NO! No, mi señora… Mio. Lo siento. No volverá a ocurrir.
»¿Qué deseas saber?



B.A.: 2.018

lunes, 4 de junio de 2018

Archibaldo




Habían pasado dos años desde que lo acariciaron por última vez y ya apenas le quedaba sonrisa en la cara. Si hubiera sido personaje de cuento, Archibaldo bien podría haber cambiado su nombre por el de Garbancito; probablemente igualaría en tamaño a los gnomos de un país de fábula, y de nacer hombre sin duda habría sido fenómeno circense en el espectáculo de los empresarios Barnum y Bailey. Pero Archibaldo sólo era una figura de cera del tamaño de un pulgar, y de un pulgar dentro de la media, por si fuera poco.
Cuatro generaciones de Rivera habían desfilado ante el vajillero desde el que Archibaldo veía pasar la vida. Nadie sabía a ciencia cierta de dónde procedía, a quién perteneció o, lo más llamativo, qué representaba, pues las elevadas temperaturas del estío soportadas en tan longeva vida habían dejado su impronta en la figurilla, derritiendo sus facciones hasta lo irreconocible, la sonrisa convertida en una mueca desganada. ¿Era un duende de larga barba o la efigie de un santo? ¿Sería una escoba aquello que sostenía? Entonces, sin duda, tenían que vérselas ante San Martín de Porres pero… ¿Acaso no se asemejaba un poco al Moisés de Miguel Ángel? A la familia poco le importaba estas cuestiones, limitándose a quitarle el polvo que su cuerpo de cera no había absorbido los días que tocaba zafarrancho de limpieza. Sólo la bisabuela Ofelia mostró hacia Archibaldo alguna atención que podía calificarse de afectuosa, pero hacía ya dos años que la anciana residía en aquel rincón del cielo reservado para las viejecitas cariñosas, artríticas y arrugadas como uvas pasas.
Un buen día todas estas historias tienen un día así, ¿verdad?, la pequeña Ángela, en un despiste de la abuela María, abrió con sigilo la puerta acristalada del mueble vajillero para coger con sus cálidas manos la pequeña figura de cera. Sentada en el balcón de la casa, perfumada por el intenso olor a azahar que el calor de la primavera arrancaba a los naranjos que daban sombra en la calle, la pequeña inventó para Archibaldo toda clase de emocionantes historias, transmutando la anodina figurilla en cazadora de unicornios, zombi esclavo de sus instintos primarios y superhéroe que luchaba contra el mal al grito de «¡Tenorio en el aire!». De tal forma se metió en el juego que no fue consciente de la presencia de su abuela hasta que sólo pudo esconder a Archibaldo entre sus manos entrelazadas.
¿Qué ocultas, Angelita?
Nada, abu...
Venga. Enséñame las manos.
No fue necesario que la abuela añadiera nada más ¿cuándo lo es?, pero para sorpresa de ambas, entre los dedos temblorosos de la pequeña nada quedaba de Archibaldo; sólo una masa tibia, viscosa y amarillenta recordaba a la figurilla.
Estaba triste fue lo único que pudo alegar la pequeña en su defensa antes de romper a llorar, y lo hizo con tal desconsuelo que ni la batería especial de besos y caricias de la abuela pudo con él. «No pasa nada, cariño la intentaba calmar, no estoy enfadada».
Además, debe habérselo pasado muy bien contigo.
Razón no le faltaba a la anciana pues una muesca en forma de media luna parecía sonreírles desde la masa de cera que había sido Archibaldo. «¿Queréis volver a jugar?», propuso la abuela para entusiasmo de la pequeña, y con un cazo muy usado calentado a fuego lento y un molde para plastilina, Archibaldo tomó la forma de un niño con el que Ángela jugó y jugó y jugó, desgastándose poquito a poco con cada nueva aventura hasta que sólo quedó de él una gota dorada de pura felicidad.

B.A.: 2.018

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