viernes, 12 de noviembre de 2021

Sin atenuantes

 


En un país cualquiera. En la guerra de siempre.

 

Corrían por el barrio toda clase de rumores sobre él, malsano pasatiempo éste de la maledicencia fomentado quién sabe si por su cara marcada a navaja o por pecar de mirada huidiza: que si fue condenado por asesinato; que si era un traidor del bando enemigo; que si le gustaban los niños; que si… Yo contaba por aquel entonces diez años. Era impresionable e imaginativo, y cuando de la noche a la mañana desapareció mi amigo Manu junto a toda su familia mis pensamientos volaron ineludiblemente hacia Caracortada, como lo bauticé un día nada inspirado.

Instigado por la imagen de mis héroes de cartón piedra sentí la súbita necesidad de buscar venganza y así, sin vacilación alguna, me presenté en comisaría a fin de denunciarlo. El insano ambiente de guerra, tan proclive a buscar traidores y espías bajo las piedras, contribuyó a que me tomaran en serio en vez de despedirme con un capón y el tipejo fue ejecutado tras un juicio sumarísimo.

Mucho tiempo después me sorprendió ver a mi desaparecido amigo en un reportaje sobre aquellos tumultuosos años. Resultó que Caracortada formaba parte del movimiento clandestino que ayudaba a los perseguidos por el gobierno militar a ponerse a salvo al otro lado de la frontera, siendo la familia de Manu su última misión.

Mis buenas intenciones no atenúan el delito cometido. Soy culpable de la muerte de Caracortada y pagaré por ello hasta el fin de mis días.

 

B.A.: 2021


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lunes, 11 de octubre de 2021

El estudio del Dr. Melvin

 


–Bueno. A ver cómo se comportan hoy las musas.

–¿Musas? ¿Hay más yo?

–Es una forma de hablar, muchacho. Ya nos conoces.

–Yo conozco tú. Sólo.

–Tampoco nos diferenciamos mucho los unos de otros. ¿Empezamos?

La criatura clava aterrada sus ahuevados ojos en el hombre cubierto con una bata que en tiempos lejanos fue blanca, lienzo donde incontables manchurrones rojos y ocres dibujan una obra abstracta de tintes siniestros. Canturreando por lo bajini una tonadilla de moda, acompañamiento musical de la marca de refrescos Tombolina, el hombre prepara los útiles necesarios para la jornada en ciernes, con la esperanza de que sea fructífera. «¿Empezamos?», vuelve a preguntar al ser, inmovilizado por decenas de correajes a la plancha de acero pulido donde yace desde no sabría decir cuándo. A través de un suero intravenoso le llegan gota a gota los nutrientes indispensables para la subsistencia y desde su informe cabeza parten decenas de electrodos que se pierden en las entrañas de diversos aparatos electrónicos.

–¡FAVOR PARARRR…! –grita el ser nada más iniciado el proceso de extracción pues resulta altamente doloroso–. ¡¡PARAR TUUU…!!

–Relájate, muchacho, o será peor –le aconseja el hombre sin dejar de juguetear con los mandos de un aparato de televisión de aspecto casero. Neurocientífico de profesión, vinculado desde sus orígenes al programa Correcaminos para el estudio de la naturaleza extraterrestre, al doctor Melvin se le da bastante bien la tecnología, siendo de su invención la mayoría de los aparatos allí expuestos. Aún así, para su fastidio y hartazgo, no consigue eliminar las interferencias que llenan la pantalla.

–¡Hicimos un trato! –le reprocha el doctor tras abortar la extracción, el índice amenazante como el cañón de una pistola amartillada–. Yo te liberaba si tú me dabas lo que necesito, y últimamente no hallo en ti colaboración alguna.

»¿Acaso quieres disgustarme? ¿Crees que no te denunciaría?

–No importa mi.

–¿Serás desagradecido? –casi escupe el doctor a pocos centímetros de la cara del prisionero, a suficiente distancia para que no le alcance con sus mandíbulas en forma de pico como ya ocurriera en una ocasión anterior, al inicio del programa, cuando a punto estuvo de perder parte de la nariz–. Creo que es hora de recordarte nuestras particulares técnicas de estudio.

 Sin atender las súplicas de quien respondiera en otro tiempo al nombre de Bleqqs-Prut, el hombre pulsa el botón de Play de un reproductor de vídeo, llenando cuanta pantalla se halla encendida con lo que parece una película snuff de tema fantástico. Atados a sendas mesas de mármol blanco dos seres de fisonomía pulpoide, congéneres sin atisbo de duda del horrorizado cautivo, son estudiados por una serie de individuos ataviados con equipo médico que cortan aquí, punzan allá, no siempre con el «paciente» misericordiosamente sedado. Las imágenes tienen el volumen en silencio y aún así es tangible el dolor sufrido por los dos especímenes, desnudos y expuestos como meros animales en un laboratorio de investigación.

–Estas grabaciones se han realizado hoy mismo. Tiene escenas realmente deliciosas.

–¡¡NOOO…!! –grita el ser, y su sufrimiento se debe más a la empatía que siente hacia sus compañeros de viaje que a la posibilidad de sufrir semejante crueldad–. ¡Parar, favor!

–¡Si ahora viene lo mejor! A nuestro amigo de la izquierda… –«Blaiqs-Pude –se dice el ser, recordando los bellos momentos vividos junto a su amigo y pareja en aquella aventura que fuera el reconocimiento del planeta azul donde hallarían tanto infortunio–. Se llama Blaiqs-Pude, ¡mil veces seas maldito!, y tiene la voz cristalina como las aguas del lago Glensfuldu».

»…y al otro le van a abrir en dos su blandurria cabeza con el escalpelo láser. Si te fijas bien verás cómo…

–¡FAVORRR…! Haré todo.

–Por supuesto que lo harás.

El despreciable hombre tarda un poco más de lo necesario en detener la reproducción, regodeándose en el sufrimiento del cautivo cuando ve cómo el cerebro de su compañero es expuesto a la luz de los focos entre indescriptibles dolores.

–No debería ser tan considerado. ¿Acaso no fui yo quien se la jugó para sacarte de allí? Y desde entonces te he protegido y alimentado. Limpio tus excrementos. ¡Incluso te he enseñado nuestro idioma para que puedas hacerme partícipe de tus necesidades! A cambio sólo quiero plasmar en mis lienzos cuantos recuerdos y sueños poseas. Gracias a mí, la memoria de tu pueblo vivirá eternamente. Consuélate pensando en ello.

–¿Y ciencia tuya?

–¿Quién quiere ser un siervo anónimo al servicio de la ciencia cuando tiene en su mano la posibilidad de convertirse en el mayor artista de los últimos tiempos? Y que conste que lo dicen los que saben, no yo.

»¿Seguimos entonces?

El dolor vuelve a aguijonear el musculoso cuerpo del que una vez amó a quien tenía la voz clara como las aguas del Glensfuldu. De su cerebro convulsionado es extraído un tsunami de señales eléctricas que toman forma en las pantallas gracias a la tecnología diseñada por el neurocientífico, siendo aquellas imágenes imposibles de colores nunca antes vistos por el ojo humano que la mano experta del doctor reproduce con fidelidad sobre una docena de lienzos.

–¡Qué maravilla! ¡Qué formas, qué colores…! ¡Qué mundo el tuyo, amigo mío!

Gotas de tinta negra cubre el cuerpo de Bleqqs-Prut cuando es sacudido por una violenta descarga. «Un día, hermanos míos matarán vosotros», profetiza la criatura con sus últimas migajas de fuerza.

–Posiblemente, muchacho, y les deseo lo mejor. Hasta entonces...

 

B.A.: 2021

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jueves, 9 de septiembre de 2021

Una habitación con vistas

 


—Esto es lo que quiero para mi casa.

Las vistas desde la terraza de la habitación del hotel donde pasan las vacaciones son espectaculares. El mar se agita ante él tranquilo como un bello animal adormilado, cubierto por un cielo limpio de nubes en el que revolotean decenas de gaviotas de blanco purísimo. Cádiz dibuja una línea quebrada hacia su izquierda, colmada de luz, y a su puerto recala en lenta maniobra la enorme estructura de un crucero con su cargamento de turistas ávidos de sol. Desde luego, un horizonte así es imposible en su ciudad de residencia, interior y calurosa como pocas, pero se conformaría con un ático desde donde poder disfrutar del verdor de un parque centenario o del ajedrezado de las azoteas del barrio viejo, erizado de antenas de televisión entre líneas infinitas de colada puesta a secar.

«Cuidado con lo que deseas, puede hacerse realidad». No termina de evocar la célebre frase atribuida a Oscar Wilde –él la conoce por El cuervo, película de culto noventera donde Brandon Lee hallaría fatídicamente la muerte–, cuando le sorprende verse saliendo de la recepción del hotel junto a su familia, cargados de todos los pertrechos necesarios para disfrutar de un plácido día de playa. Un chirrido de neumáticos seguido de un golpe seco le anuncian que la máxima se ha cumplido en esta ocasión, y con la fatalidad inherente de su nueva esencia fija la vista en un borreguito de espuma en medio del prado azul del mar.

 

B.A.: 2021



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viernes, 11 de junio de 2021

Huérfanos de Luna

 



La Luna se apagó y muy pocos lo notaron. En un mundo tecnificado, de almas artificiales y sueños sobre ovejas eléctricas, no había cabida alguna para los soñadores, y los enamorados ya no suspiraban a la luz de las estrellas.

Tiempo hacía que el cambio climático era una realidad. Las mareas se habían vuelto imprevisibles y las estaciones duraban lo que su antojo, unas veces más, otras el equivalente a un encogimiento de hombros. Así las cosas, cuando la vida transcurría en el seno de realidades virtuales en alta definición, quiso la Luna entender que había llegado el fin de su tiempo y entonces se dejó morir. Lenta, muy lentamente. De ella sólo quedó un pedazo de roca esférica sin luz alguna, eternamente eclipsada y en órbita de veintiocho días, y su árida superficie fue mancillada por publicistas que la consideraron el lugar idóneo para colocar grandes pantallas de cristal líquido desde donde promocionar el producto indispensable del momento.

La diosa Selene se durmió y muy pocos la arroparon, y de su faz taciturna, una única lágrima de luz cayó sobre la superficie de su eterna compañera de viaje, que en extraordinaria alquimia dio lugar a un niño de cara de luna llena.

 

El niño caminaba por la playa, cabizbajo. Hacía un viento fortísimo y su pelo enmarañado se hallaba emblanquecido a causa de la sal marina. Vestía un chaquetón enorme de corte indefinido, y un pantalón a rayas negras y rojas que parecía sacado de una vieja película de piratas rodada en Technicolor. Sus pies descalzos, encallecidos pues nunca usaron zapatos, eran inmunes a los afilados dientes de cuanta concha o piedra hallaban en su camino.

Nadie reparaba en él. El pequeño era un alma más de las muchas que deambulaban por aquella tierra inhóspita desprovista de corazón, y sin embargo nada tenía que ver con tantos otros náufragos de la vida. Un observador atento vería cómo las aguas se sentían atraídas por su escuálida presencia hasta besar con amor sus pies desnudos y los días, caprichosos desde tiempo atrás, ajustaban su duración a la cadencia de sus pasos.

El niño, quien no respondía a nombre alguno, se hallaba sumido en una perpetua turbación que duraba desde su primer recuerdo. Era incapaz de saber de dónde venía ni hacia dónde se dirigía. Dedicaba las jornadas a la mera supervivencia, deambulando sin rumbo fijo en busca de aquello que le diera sentido a su existencia.

 

Anochecía. El aire se volvió más frío y el viento arreció con virulenta fuerza. Aunque el mal tiempo era una constante, el niño no pudo más que sorprenderse cuando vio a dos jóvenes sentados en la punta de un rompeolas trazado con cubos de hormigón, impasibles a los elementos en lucha a su alrededor. Parecían seguir el lento avance de la roca publicitaria, cuyas pantallas pregonaban con fervor las virtudes y los beneficios de un buen trago de Tombolina Cola. Hacia ellos puso rumbo el niño, pues era mucha su curiosidad y nada lo que hacer.

La joven se hallaba arrebujada entre los brazos y piernas de su pareja. No hablaban; no se movían. Se limitaban a disfrutar del cuerpo afiebrado del otro como los enamorados de antaño y junto a ellos, a razonable distancia, se sentó el niño. Los jóvenes lo dejaron hacer.

–¿No es una belleza? –rompió inesperadamente el silencio la voz de la chica, dirigiéndose sin equívoco alguno hacia la figura envuelta en trapos que era el niño.

–No es más que otro absurdo anuncio de refrescos.

–Las pantallas no, tontorrón, la diosa Luna.

»Somos muchos los huérfanos que dejó atrás pero todos conservamos la esperanza de que algún día vuelva a brillar.

Y entonces la vio. Jamás hasta ese momento el niño había sido consciente de la presencia de la Luna, siempre oculta tras una mascarada de colores estrafalarios, y fue aquel un momento de suprema clarividencia pues entonces supo que su destino era alcanzarla. Desconocía la razón pero se le hacía insoportable pasar un segundo más sin poder abrazarla.

Inesperadamente, el mar ante ellos se plegó, atraído por el niño con una fuerza como nunca antes conociera el hombre. Los barcos en ruta estuvieron a punto de zozobrar y a todo lo largo de la costa las aguas se retiraron dejando tras de sí kilómetros de arena encharcada, peces boqueantes y almejas de brillante concha. Para sorpresa de los amantes, el niño moldeó con el movimiento de sus manos una lengua de agua y sal que se elevó al cielo estrellado a la manera del tentáculo de un monstruo de leyenda. El extraordinario prodigio arropó con extrema delicadeza el menudo cuerpo y con él en andas fue al encuentro de quien ahora el pequeño reconocía como su madre perdida.

Cuando los dos se fundieron en uno sobre la línea del horizonte, los recuerdos del niño hicieron ver a la Luna que su existencia aún tenía sentido y con una potente explosión que convirtió en lágrimas de cristal las pantallas sobre ella ancladas, el satélite recuperó el brillo perdido para dibujar en el cielo la más bella de las superlunas, sobre cuya superficie los jóvenes pudieron distinguir unos rasgos infantiles. Las aguas volvieron a su lugar entre salpicaduras de espuma batida y las mareas, de nuevo reguladas, marcaron desde entonces el paso de las estaciones.

Aquel día, los amantes y los soñadores dejaron de ser para siempre jamás huérfanos de Luna.

B.A.: 2021




Nota: «Huérfanos de Luna» se ha llevado la segunda posición
en la XXVII edición del Tintero de oro.


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viernes, 14 de mayo de 2021

Superproblema

 




Nota: En español no hay un término específico para la fobia a las cucarachas. En internet se puede encontrar la forma anglosajona katsaridaphobia así como la palabra blatofobia, que es un derivado de blatodeo, familia a la que pertenecen las cucarachas. 

––––––––––––––––––––– 

El eminente psiquiatra Edmundo Greyes atendía a Dorian Largo, su nuevo paciente, quien tumbado sobre el espectacular diván que dominaba el gabinete exponía con cierta turbación su fobia a las cucarachas. Recalcaba lo difícil que le resultaba para desarrollar su labor pero tras media sesión el psiquiatra aún no sabía a qué se dedicaba.

–¿En qué trabaja, señor Largo?

–Más que trabajo es una responsabilidad social.

–¿Y es?

–¿Confidencial?

–Absolutamente.

Dorian tomó aire y con una larga exhalación confesó–. Yo soy la Corredera Humana.

–El superhéroe.

–¿Sorprendido?

–Si supiera la de seres extraordinarios que pasan por mi consulta…

–No me cree. Se lo demostraré.

Antes de que el doctor pudiera declinar la oferta, el hombre ya se hallaba en suprema concentración y al instante una legión de cucarachas surgió de los más inesperados lugares. «He de cantarle las cuarenta al exterminador», pensó el psiquiatra.

–¿Convencido? Poseo una resistencia sobrehumana y me cuelo por doquier. Además, tengo total control sobre ellas. ¡Pero me dan un asco atroz! Sería el hazmerreir de los Centinelas del Futuro si se enteraran.

»Pudo atacarme una paloma radiactiva. O un gato. Pero no. Una cucaracha mutante se cagó en mi ensalada. Dita sea…

–No desespere. Intentemos que supere el malestar enfrentándole a su fobia en una situación controlada. Llame a una de ellas y manténgale la mirada.

–No creo…

–Inténtelo.

–Si insiste… Mmmmnnno. Imposible –claudicó al poco tiempo la Corredera Humana–. Se está riendo de mí.

–Jamás en la vida…

–Usted no. La cucaracha.

 

B.A.: 2021


Serie: Terapias del doctor Edmundo Greyes



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