viernes, 11 de abril de 2025

Anomalía Willis

 



Parque de Doñana. 2025

 

–Jodie, en verdad es una visión sobrecogedora… Y fascinante –dice el Dr. Melvin a su colega británica sin poder apartar la mirada–. Jamás te hubiera creído si no lo estuviera viendo con mis propios ojos.

–Yo nunca te mentiría.

–¡Venga ya, Jodie! Que nos conocemos desde hace tiempo.

–Me ofendes –responde la aludida con fingido dolor y ambos se echan a reír, crueles, pues saben de lo que el otro es capaz por su único y exclusivo bien.

–Volviendo a nuestro asunto. ¿Está verificada su procedencia exterior?

–Sin lugar a dudas –responde la mujer ahora seria y profesional; no por nada la Dra. Maloney es una eminente astroquímica–. Y por eso me han pedido que te contacte para el programa Correcaminos; un neurocientífico como tú nos sería de gran ayuda en el estudio de la naturaleza extraterrestre.

–Antes tendríais que localizar a los sujetos causantes de esto.

–Estamos a un paso de conseguirlo. Entonces… ¿Contamos contigo?

–¿Lo dudas?

–Estupendo.

Ambos miran de nuevo la larga hilera de cuerpos que reposan a sus pies. Doce, para ser exactos. Todas mujeres; ninguna mayor de los veinte. Yacen en el suelo sobre su lado derecho y en posición fetal, sólo vestidas con unas sencillas medias de las que se ajustan al muslo por una banda elástica. Para aumentar la turbación provocada por esos doce cuerpos semidesnudos en medio de Doñana, en paralelo a sus cabezas y a sus pies el responsable había erigido sendos muros de tierra apisonada, formando una suerte de corredor sin extremos y a cielo abierto de dieciséis metros de largo y nueve de ancho. Exactos.

El aviso lo había dado uno de los pocos excursionistas que se habían aventurado por las marismas durante la última tormenta y en menos de 24 horas la zona era ya un hervidero de especialistas vestidos con trajes EPI, vehículos oficiales y material científico de toda índole, los dos muros y la fila de cuerpos protegidos de los elementos y de las miradas curiosas por una gran carpa impermeable.

–¿Los medios de comunicación? –se interesó el Dr. Melvin.

–De momento contenidos.

–¿Y el excursionista?

–Silenciado.

–¿Por medios monetarios?

–¿Acaso importa?

–Realmente no.

Acuclillado ante la víctima número siete, el Dr. Melvin examina con curiosidad las medias que viste. «Compuesto desconocido –comenta su compañera desde arriba–. No he encontrado concordancia alguna con los materiales utilizados habitualmente para este tipo de prendas».

–¿Moda alienígena?

–Llamémoslo así.

–Y sin embargo, no veo maldad alguna en este grotesco… acertijo –se atreve el doctor a expresar en voz alta, la mirada fija en la placidez que muestra la joven ante él.

–Soy de la misma opinión.

–Y hablando de todo un poco, ¿cuál es la razón de llamar «Anomalía Willis» al primer contacto extraterrestre?

–Verás. Poco antes del aviso, los radiotransmisores de la zona captaron una señal. Una vez decodificada obtuvimos esta imagen.

Melvin toma el papel que le alarga su colega y no puede evitar un silbido de sorpresa.

–¿Bruce Willis?

–Eso creemos. Antes de raparse.

–¿De cuándo estamos hablando?

–Principios de los noventa, aproximadamente.

–¡Joder!

 

Sevilla. 33 años antes

 

Elizabeth Pavés –Eli para los amigos–, de dieciséis años de edad, llevaba con su familia desde las 9 de la mañana pateando el recinto de la Expo´92 y ni tan siquiera sufría una leve fatiga, entretenida como estaba con las innumerables atracciones. Fotos ante el pabellón de Japón, almuerzo en tierras australianas, bailoteo al paso de la cabalgata... Tras disfrutar de la frescura del pabellón de Chile a causa del iceberg antártico allí expuesto –la temperatura media exterior era de 40 grados–, ante una consola del Pabellón del Universo lanzó por radio un mensaje al espacio exterior, creyéndose muy ingeniosa. «Doce señoritas en un corredor. Tienen medias, zapatos no». Jua, jua, jua. ¡A ver si lo aciertas, ET! La adivinanza se la había enseñado su tía Encarni, la misma con la que se había marcado una picante lambada ante los azafatos brasileños para escándalo de la mojigata de su madre.

El mensaje podía acompañarse de una foto y Eli decidió colocar ante el objetivo de la cámara un recorte de la revista Teleindiscreta que siempre llevaba consigo, en la que aparecía Bruce Willis con su característica sonrisa de sinvergüenza adorable. ¿Podía haber acaso un actor más sexy?

–¿Has terminado, Eli?

–¡Voy, tita! Y… enviar.

¡Click!

 

Estación científica en órbita aerosincrónica alrededor de Marte. Mismo día. Horas después

 

¡Cuán curiosas son las bromas del Destino! De los muchos mensajes lanzados por la Humanidad en su afán por contactar con inteligencias extraterrestres; de todos los intentos del hombre por demostrar que no estaba solo en el universo, fue la adivinanza de una adolescente chistosa la única comunicación terrestre que llegó a manos del científico Bleqqs-Prut.

Tras varias décadas de estudio junto a su colega y pareja sentimental Blaiqs-Pude, el de la voz cristalina como las aguas del lago Glensfuldu, Bleqqs-Prut consiguió darle sentido a todas las palabras por separado, no así al conjunto. Una vez expuestos los resultados ante el Consejo Superior Científico, se decidió mandar como respuesta una representación física del mensaje, señalando su localización con la imagen del supuesto responsable. La finalidad era demostrar a los terrícolas que los marcianos eran seres sintientes con quienes se podía establecer vínculos de hermandad. Imposible saber de antemano que las doce humanas seleccionadas para el primer contacto no resistirían el viaje interplanetario.

 

B.A.: 2025


domingo, 2 de marzo de 2025

Jamás duró una flor dos primaveras

 


0-8-0-9

¡CLAVE ERRÓNEA! TIENE 2 INTENTOS

 

¿Cómo era, maldita sea? Ah, ya.

 

0-9-0-8

¡CLAVE ERRÓNEA! TIENE 1 INTENTO

 

¡Me cago…!

Los cuatro cuadrados de la pantalla del cajero parecen burlarse de ella, a la manera de la mueca grotesca de una calabaza de Halloween. Hacía meses que no pagaba su parte de la hipoteca que compartía con Pedro, su ex, a través de un cajero pero la aplicación está en mantenimiento y no le permite hacer transferencias. La clave de esa tarjeta había sido idea de Pedro y él siempre usaba fechas importantes para sus números secretos. Si pudiera recordar qué fue aquello tan importante que ocurrió cuando abrieron la cuenta…

A ver, se dice Trini, esta cuenta conjunta la abrimos para comprar nuestra futura casa. Yo lo taché de loco, pues hacía apenas tres meses que estábamos saliendo, y él me derritió con su sonrisa pícara… ¡Joder! ¿Cómo pude olvidarme? 0-7-0-9. 7 de septiembre, nuestra primera cita.

Mientras introduce uno a uno los números, Trini se pregunta en qué momento esa fecha dejó de ser especial para convertirse en 4 dígitos sin sentido alguno. Se nos rompió el amor, decía La más grande, de tanto usarlo. Quizás esa fue la causa o tal vez lo fuera el hecho de que tampoco lo usaron tanto. Con un chirrido metálico el cajero se traga su contribución a un futuro muerto –Jamás duró una flor dos primaveras, que decía la chipionera– y Trini se olvida de Pedro hasta el próximo mes.

 

B.A.: 2025


lunes, 10 de febrero de 2025

Las dos piezas de cobre de Joseph Dombey

 


–No es más que un pirata.

–¡Un pirata! ¡¿Un pirata, dice?! ¿Acaso bebo ron y tengo un loro sobre el hombro que me ríe las gracias?

–No sé si tiene un loro ni sus preferencias en el beber pero ha abordado mi navío, haciéndome prisionero por la fuerza, y eso, señor mío, es cuanto hacen los piratas.

–¡Por San Jorge! Soy corsario de Su Majestad Británica, así que no me insulte.

–Corsario, pirata,… No veo la diferencia.

–¿He de mostrarle mi patente de corso?

–El que robe, mate y violente con el beneplácito de su rey no me hará cambiar de opinión.

–Tómese su té, señor Dombey, no se le vaya a enfriar.

El aristócrata y botánico Joseph Dombey remueve el contenido de su taza con una cucharilla de plata, con seguridad fruto del pillaje a algún navío compatriota pues su exquisito repujado es de evidente estilo francés. Nunca ha soportado el té con leche, y menos con los dos terrones de azúcar que le ha añadido su «anfitrión» sin consulta previa, pero está en ese camarote para negociar su libertad y si ello exige martirizarse el paladar con tan edulcorado brebaje hará de tripas corazón.

Más allá del ventanal por donde entra la luz natural en la cabina, el prisionero puede ver cómo un denso rebaño de oscuras nubes se desplaza velozmente de izquierda a derecha. Quién sabe si forma parte de la tempestad por la que ha caído a manos de los corsarios o de la formación de una nueva; no quiere ni imaginarse cómo será navegar por esas aguas del Caribe en plena época de huracanes. Tras un nuevo sorbo a su té, repentina arcada oculta tras la taza de porcelana, vuelve a dirigirse al corsario para pedir su liberación.

–Señor…

–Llámeme Smith. John Smith. Como si fuera un expósito del Foundling Hospital de Londres.

–¿Acaso no es su verdadero nombre?

–Son «varios» mis verdaderos nombres, vistiéndolos según la ocasión.

–¿Y cuál es la razón de usar conmigo el de un huérfano?

–Sé que no hay nada más incómodo para un aristócrata estirado como usted que el saberse en manos de un desheredado.

–Extraño juego el suyo… Señor Smith.

–Juego de piratas –le contesta el otro con evidente mala fe.

–En fin, señor Smith –continúa Joseph Dombey con forzado aplomo–. Estoy ante usted para solicitar mi inmediata liberación pues viajo a la ciudad de Filadelfia en misión oficial de la República.

–Ah, sí, su misión… Aquella por la que se disfrazó de marinero cuando tomamos su navío y quiso engañarnos con un más que deplorable español.

–Debía intentarlo.

–Me hago cargo. Y esa misión es…

–No puedo rebelársela aunque no es perjudicial en modo alguno para su país.

–Eso lo decidirá el gobernador de Monserrat, isla hacia la que nos dirigimos.

–¡Esta situación es inaceptable!

–Mire, señor Dombey. Ha tenido la mala suerte de ser reconocido por un compañero más ilustrado que yo. No debe dudar de la total legalidad de su retención como igual de legítima será la petición de rescate que haremos llegar a sus compatriotas.

»Aunque le cueste creerlo, yo soy su mayor valedor ante el gobernador. Así que cuénteme, por favor.

Joseph Dombey se toma unos instantes para reflexionar pues es consciente de no haber sido totalmente franco con el corsario. Tras dos expediciones botánicas que acabaron con buena parte de los especímenes perdidos y el menoscabo de su salud física y mental, el gobierno francés, a fin de estrechar lazos con unos Estados Unidos recién independizados, le había encomendado la ambiciosa misión de viajar hasta Filadelfia con dos singulares piezas de cobre: una vara y una pesa, los estándares de longitud y masa de medición franceses. La idea era presentar sendos objetos a Thomas Jefferson, el secretario de estado estadounidense, a fin de que éste convenciera al congreso para su adopción nacional. En caso de completar de manera satisfactoria la misión encomendada no solo se facilitarían los tratos comerciales con Estados Unidos al utilizar las mismas unidades de medida sino que supondría un doloroso revés para la pérfida Albión pues hasta entonces la naciente potencia de ultramar se regía por el modelo imperial británico.

–Mucho me temo que me es imposible –contesta el prisionero apesadumbrado pero con firmeza.

–Entonces, señor Dombey, podemos dar por terminada nuestra conversación. Espero que el gobernador de Monserrat tenga más suerte.

»¿Otra taza de té?

 

Las fiebres martirizan el cuerpo consumido de Joseph Dombey. No ha vuelto a saber del llamado señor Smith desde su desembarco en Monserrat, donde lo dejara a cargo del gobernador de la isla, responsable de tramitar la solicitud de rescate. En la celda donde se haya cautivo los días pasan inexorables, unos iguales a otros, mezclándose presente, pasado y futuro en realidades imposibles. Espera que el gobierno de la República acepte con prontitud las exigencias de Su Majestad y confiando en que sus captores hayan respetado las piezas de cobre de tan singular valor cae en un sueño del que ya nunca despertará.

Antes de la oscuridad eterna se le presenta la imagen de un futuro en el que la nación estadounidense permanece fiel al modelo británico, y aquello a lo que el moribundo, con las últimas migajas de consciencia, toma por un simple delirio fruto de las calenturas para otros, quizás iluminados por una fuerza o ente superior, supondría la certeza de una nefasta premonición.

 

B.A.: 2025


jueves, 12 de diciembre de 2024

La bruja que surgió del Páramo

 


Nota: Este relato forma parte de la serie «Érase una vez en el reino de Arcadia Bajo».

––––––––––––––––––––––––––––––

–Salud, Nahna, Bruja del Páramo.

–Saludos, Mirrena, de la Cueva de las Sirenas. Esto… Creía que nos íbamos a reunir a solas para hablar de lo que tú sabes.

–¿Lo dices por mi hermana Rosalinda, la Sorda de Sentolaf? He tenido que traerla conmigo porque la enfermera me ha fallado (nunca apuestes por la profesionalidad de una troll). Pero no debes preocuparte por la Sorda.

–¿¡ME HAS LLAMADO GORDA, MIRRENA!?

–No, Rosalinda, estoy hablando con una amiga.

–¡¿QUEEE…?!

–¡¡Que estoy hablando con una amiga!!

–¡¿QUEEE…?!

–¡¡UNA AMIGA!!

–¡¿UNA HORMIGA?! ¿Y PARA ESO ME MOLESTAS?

–Entiendo, Mirrena. Podemos hablar con tranquilidad.

–Ya te digo. Y en cuanto Eldercafé, Hijo de tostador de Achicoria, le traiga su chocolate con tejeringos de la Comarca ya no habrá Rosalinda por un buen rato.

»Ahora dime, ¿cómo te fue?

–Magnífico. A ese elfo engreído de Jénrricas se le ha acabado el negocio de las pociones.

–Ha declarado ante Su Majestad que muchos elfos murieron durante el incendio.

–¡Mentira! Sólo trata de ocultar la vergüenza que siente.

–¿Vergüenza?

–Déjame que te explique. Como bien sabes, el plan era introducirme en la propiedad de Jénrricas haciéndome pasar por elfa, a la manera de un personaje de Yonlecarré, el famoso trovador bretón.

–Me gustan las obras de Yonlecarré, como también las de ese compatriota suyo, Ianflemingas.

–Tampoco recita mal.

–Y para hacerte pasar por elfa necesitabas mi hechizo de transmutación. ¿Te resultó complicado?

–En absoluto. Esperé como me indicaste a la primera lágrima de Illarguia, Radiante en la noche, y al momento noté cómo mi vejestorio cuerpo ganaba en altura y lozanía. Hacía siglos que no me sentía tan…

–Prieta.

–Prieta, exacto. Y te confieso que, aun a sabiendas del propósito de tu fabuloso hechizo, no fue poca la sorpresa que me llevé cuando vi reflejado el rostro de una bella elfa en las aguas del pantano.

–Y dime. ¿Te has dado un homenaje con ese cuerpo prestado?

–¡Qué dices…! ¿No me irás a decir que tú…?

–Una tiene sus necesidades… y la forma de aplacarlas.

–¿Como elfa?

–Elfa, troll, duende, hada,… Hasta como unicornio.

–¡Valiente vieja verde estás hecha, Mirrena!!

–¡¿LA TAZA LLENA?! CLARO QUE QUIERO LA TAZA LLENA.

–¡YA LLEGA, ROSALINDA. TEN PACIENCIA!

»Sigue contando, Nahna.

–Gracias a tu hechizo pude colarme sin problemas en la propiedad de Jénrricas. No te puedes imaginar las de orejudos que trabajan para él. Con razón había saturado el mercado de las pócimas.

–Comprendo que estuvieras enfadada.

–Cabreada, dirás. Mi negocio se basa principalmente en los elixires, bebedizos y mejunjes, y Jénrricas me hacía una competencia desleal con su género de mala calidad y bajo precio. Y para colmo, cuando la población se retuerce en la cama por un brote diarreico a causa de uno de sus brebajes mal destilado, soy yo quien paga las consecuencias. No estoy en contra de una sana rivalidad comercial pero detesto el intrusismo. 

–Te entiendo perfectamente, Nahna, pero quemar el almacén…

–Mira, Mirrena. Le di a Su Majestad cuanta información pude reunir sobre los planes de Jénrricas y el Cabeza del Reino, en vez de intervenir, aprovechó para sacar tajada asociándose con él.

–Por algo apodan a Su Majestad como El del puño cerrado. ¿No temes haberte ganado la enemistad real?

–Todo ha sido orquestado por una elfa desconocida, ¿recuerdas?

–Cierto.

–Y nadie va a hablar de ello, ¿verdad?

–¿Qué voy a decir yo cuando el hechizo de transmutación está prohibido por orden real? Además, ya no es que tema acabar en el calabozo o quemada en la hoguera, eso son gajes del oficio, lo peor es que no volvería a disfrutar de… Me entiendes, ¿no?

–Te entiendo demasiado bien, Mirrena.

–¿Sentiste miedo en algún momento?

–Miedo no, pero sí desesperanza. La noche avanzaba y no me era posible acceder a los almacenes, donde guardaban los ingredientes más valiosos, tal era la vigilancia. Menos mal que me guardaba un as en la manga.

–¿Un plan B?

–Complementario, digámoslo así. Sabes lo organizados y meticulosos que son los orejudos, ¿verdad?

–Ya lo creo. Nadie desfila como ellos, sincronizados a la perfección. No son los mejores guerreros pero es una delicia verlos partir a la muerte.

–Pues también son muy aficionados a las coreografías.

–¿Como en las obras de los juglares bolibudienses?

–Exacto. Se pirran por un buen bailoteo. Es más, son incapaces de controlarse cuando suena la música.

–¿Y eso qué tiene que ver con tu «negocio»?

–Tiene que ver todo porque contraté a un grupo circense para que tocaran a las puertas de la propiedad a una señal mía. Tenías que ver cómo corrían los orejudos cuando entonaron la famosa coplilla del alquimista, esa que dice: «Mortero, probeta, caldero, calderón». No quedó ni uno de ellos en los edificios, por eso te digo que nadie murió quemado.

–¿Y Jénrricas?

–El primero que bailaba a ritmo del Macareniel. «Date cosas buenas, Macareniel, Cuerpo alegre,… »

–«…porque la vida es para eso… ¡Ay!». Ahora entiendo que estuviera avergonzado. Yo también lo estaría si hubiera perdido el negocio por mover las caderas, je, je, je.

–Fue un espectáculo digno de ver. Y con el campo despejado pude prenderle fuego a los almacenes y salir pitando.

–¿Y ahora qué, Nahna? ¿Celebramos tu buen hacer dándonos un garbeo como ninfas acuáticas por el barrio de los estibadores?

–No me tientes, Mirrena. No me tientes.

–¡TINTO, NO! ¡¡CHOCOLATE!!

–Creo que tus estibadores tendrán que esperar.

–No me digas.

 

B.A.: 2024

 

viernes, 11 de octubre de 2024

Guardia caminera de pinares y alcores

 


–¡¡Alto!! ¡¿Quién va!!

–Baja el mosquetón, Estébanez, o vas a provocar una desgracia.

–¡Sí, señor! Pero creo haber visto a alguien ocultarse tras esos arbustos.

–Pues claro que has visto a alguien. Pero no es el Tempranillo quien se esconde de nosotros sino un chaval llamado Vitorino. ¡Vamos, gorrión! Sal de una vez antes de que al Estébanez le tiemble el dedo.

»¿Quieres bajar el mosquetón de una puñetera vez?

–¡Sus órdenes!

–Pues eso.

El sol de la mañana hace pesadas las capas a los dos guardias civiles, y qué decir de los tricornios. Vigilantes de los caminos en torno al pequeño municipio de Alcalá del Abacoa, en la comarca sevillana de Los Alcores, Garralón y Estébanez han visto un poco de todo en su diario deambular entre los resinosos pinos de copas centenarias, o cuando sus pasos los llevan hasta las canteras de albero, donde las punteras de sus botas se cubren de tan característica pátina amarilla para disgusto del más joven de la pareja. Y como no han sido pocas las veces en las que se han topado con maleantes y ladrones en tiempos tan inciertos, el Jefe de Pareja entiende perfectamente la cautela de su compañero, aunque en esta ocasión está de más. Vitorino, pues de él se trata con certeza, es uno de los chavales del pueblo. De los menos traviesos, a decir verdad, por eso le escama tanto a Garralón verlo un domingo deambulando entre los pinares en vez de hallarse a las puertas del templo de San Juan Evangelista, más si cabe cuando el repique de campanas ya ha llamado a misa por primera vez y es bien sabido que don Venancio toma buena nota de los parroquianos ausentes para imponerles después la penitencia adecuada.

–¡Venga, Vitorino! Que es para hoy.

–Ya salgo, mi Coronel.

–Coronel… ¡Qué más quisiera! Tendría ampollas en los pies si lo fuera. ¡Y baja los brazos, hombre de Dios! Que nadie te va a disparar. ¿Verdad, Estébanez?

–Al menos un cacheo rápido.

–Vaya día me estás dando, Estébanez.

De detrás de los frondosos matorrales sale un chicuelo encanijado vestido con ropa de diario, manchadas por lo que ha debido ser una larga caminata. Lleva del manillar la bicicleta de su difunto padre, quien fuera hojalatero de profesión, donde porta un par de alforjas.

–¡Qué susto m´an dao! Casi me jiño encima.

–Esa boca, Vitorino –le reprende el Jefe de Pareja–, o te planto un pescozón que ni los de don Venancio. ¿Cómo tú por aquí?

–Vengo de la Venta la Noria de haserle un recao a la aguela.

–¿Un recado para doña Cruz?

–Sí. Anda pachucha y tenía que verse con un señó.

»Yo me ofresio pa ayudarla –sonríe con orgullo el pilluelo–, pero ma costao convenserla, no se vaya a creer.

–Y ese señor es…

–Lo llaman el Lima. No sé si lo conose usté.

–Lo conozco muy bien

–Estaba con otro señó, un estranjero con un diente de oro.

–¿Un diente de oro? –pregunta el guardia civil con semblante repentinamente serio–. Espero que te tratara bien.

–¡Vaya que sí! Hasta ma invitao a una tostá con manteca colorá.

–Qué alma más caritativa. ¿Y cuál ha sido el recado?

–Poca cosa. Le cambiao al Lima veinte azumbres de vinagre y unos muy buenos manojos de espárragos por picadura de tabaco. Y aquí las llevo –dos golpecitos a las alforjas–, pa dárselo a la aguela.

El rostro del chiquillo resplandece, feliz en su desconocimiento por el delito cometido, mientras que al joven Estébanez, entre sorprendido e indignado, se le escapan los ojos de las órbitas, contenido a duras penas por una significativa mirada de su superior.

–Vamos, gorrión. Si te das prisa puedes dejar la carga en casa y ahorrarte una buena ristra de Padrenuestros y Avemarías.

–Grasia, mi Coronel.

–Y dale recuerdos a doña Cruz… Da igual, ya se los daré yo.

El chicuelo y su bicicleta no son más que una mancha oscura contra el encalado de las primeras casas del pueblo cuando Estébanez ya no puede aguantarse más y le espeta a su superior: «¡Pero si eso es contrabando! ¿No vamos a hacer nada?». El reproche de Estébanez suena a insubordinación, apresurándose el joven a disculparse con los ojos clavados en la tierra de nadie que separan a los dos guardias.

–Mira, chaval. Llevas poco tiempo de patrulla conmigo y no sabes de la misa la mitá. Doña Cruz, como buena parte del pueblo y de media España, quedó de la noche a la mañana sin marido ni hermanos varones, y solo a base de cojones pudo sacar adelante a su familia, ayudando de paso a cuantos la rodeaban. De esto hace ya más de veinte años pero estoy seguro de que la buena señora repartirá ese tabaco entre los vecinos, quienes lo venderán por unas perras con las que aliviar sus puercas miserias.

»Por eso vamos a hacer la vista gorda, aunque hablaré con ella para que deje al Vitorino fuera de esto.

–¿Y el Lima? –pregunta esperanzado Estébanez.

–El Lima es un desgraciado del lugar pero ese otro, el del diente de oro… O mucho me equivoco o es el Portugués, un cabrón sin escrúpulos con quien me gustaría intercambiar más que palabras. Quizás sigue en la Venta de la Noria. ¿Llevas el mosquetón cargado? Pues andando, que es gerundio.

 

B.A.: 2024