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viernes, 13 de febrero de 2026

Mil y una maneras de morir


Nota: Para este reto he desempolvado y dado lustre a un viejo relato de antes del Tintero de Oro. Espero que sea de vuestro agrado. 

––––––––––––––––––––––––––– 

Premonición

En algún lugar de Louisiana

21 de mayo de 1934. 03:19 horas

 

Dos jóvenes duermen agotados envueltos en la penumbra anónima de un motel de carreteras. Él respira profundamente, abrazado al menudo cuerpo de la chica; ella, por el contrario, tiene el corazón desbocado. En la duermevela siente las manos crispadas y cómo el sudor le pega a la cara su precioso pelo trigueño. Humo, fuego y olor a carne quemada puebla su pesadilla, de donde consigue escapar con un grito sofocado.

 

–Cariño. ¿Estás despierto?

–Mmmmmmmm...

–He tenido una pesadilla.

–Mmmm... Sí, princesa. Estoy despierto...

»¿Qué decías?

–Te decía, dormilón, que he tenido una pesadilla. He soñado que era Jeanne de Arc.

–Yan de… ¿qué?

–Jeanne de Arc. Es francés, tontito.

–Yean.

–Jeanne.

–Me rindo, preciosa, pero soy todo oídos. ¿Y quién es esa mujer?

–«Era». Murió hace mucho.

–Mejor ella que nosotros.

–Calla, bruto. ¡Y quita esas manazas! Debes saber que fue una valiente guerrera a la que el Papa hizo santa.

»La llamaban la Doncella de Orleans.

–¿Doncella? Eso significa que…

–Sí, cariño, que no intimó con ningún hombre.

–¡Vaya desperdicio!

–Eres un troglodita, ¿lo sabías?

–Por eso te gusto. ¿Cómo murió?

–La quemaron en la hoguera con apenas veinte años.

–¿Y eso por qué?

–No sabría decirte. No entendí lo que me contó el profesor Hall cuando trabajaba de camarera en Marco’s Cafe.

–Entonces has soñado que eras una santa francesa muy antigua, virgen además, a la que asaron como a un pavo en Acción de Gracias.

–Exacto.

–¡Qué noche más movidita has tenido, preciosa!

–¡Y tanto! Pero lo más sorprendente es que hace unos días soñé que era una pasajera del Titanic que moría ahogada. Y hará menos de un mes fui un miembro de la banda de Jesse James al que ahorcaban, aunque en esa ocasión me parecía a ti, cariño, orejotas incluidas.

»Dicen que existen mil maneras de morir, y yo las estoy viviendo una por una en mis sueños.

–Yo solo conozco las más vulgares. Vejez, enfermedad o sobredosis de plomo, y de esta última soy todo un experto; quien se interpone en nuestro camino se arriesga a no contarlo.

–Lo sé, cariño; tu fuerza siempre nos sacará de cualquier peligro. Pero no puedo dejar de preocuparme.

»Creo que el tiempo se nos agota, amor.

–No sufras, princesa. Estoy seguro de que morirás rodeada de nietos, con tu lindo cabello pintado de plata.

 »Para entonces, yo llevaré ya mucho tiempo criando malvas.

–¡Eso ni en broma! ¡¿Me estás escuchando?! No se te ocurra irte sin mí. El día que dejes de respirar será también el último que yo pase con vida. Acuérdate de mi poema:

 

Algún día se irán a pique juntos

y juntos descansarán sus cuerpos para siempre.

Habrá unos pocos afligidos,

para la ley será un alivio,

pero para Bonnie & Clyde será la muerte.

 

–Por amor… Esa podría ser tu manera mil y una de morir.

»Te quiero, Bonnie Parker.

–Y yo a ti, Clyde Barrow.

 

La trampa

Carretera estatal 154, Louisiana

23 de mayo de 1934. 08:23 horas

 

Según la información que le han pasado al Ranger de Texas Frank Hamer, líder del grupo policial, la pareja de fugitivos se dirige a la granja familiar de Henry Methvin, otro de los integrantes de la banda de Barrow. Los agentes llevan dos días apostados en el camino, sufriendo el calor abrasador del día, las picaduras de los insectos y la locura de la espera. El Ranger empieza a dudar de la fuente cuando una camioneta enfila la polvorienta carretera.

 

–Frank. ¿No es esa la camioneta del viejo Methvin?

–Eso parece, Maney.

–¿Habrá reconsiderado nuestra oferta de salvar a su hijo a cambio de la parejita?

–No sé lo que pensará ese cabezota pero su cacharro nos puede ser de utilidad.

»Con el consentimiento del Methvin, o sin él, quiero la camioneta a un lado del camino con una rueda quitada, como si hubiera sufrido un reventón. Clyde la conoce y seguro que reducirá la velocidad. Puede incluso que pare a ayudar.

–Si estamos en la pista correcta, Frank.

–Cruza los dedos para que así sea, Maney.

»¡¡ALTO!!

 

Final

Carretera estatal 154, Louisiana

23 de mayo de 1934. 09:13 horas

 

Tras parar en Ma Canfield's Cafe para comprar unos sándwiches, la pareja toma la carretera estatal 154 a bordo de un Ford V-8 robado.

 

–¿Está bueno el sándwich, Bonnie?

–Esta mortadela frita está deliciosa. ¿Y el BLT?

–Aún está en la bolsa pero huele que alimenta.

–Toma un bocado del mío.

–Mmmm… Pues sí. Realmente jugoso.

»Por cierto, con ese vestido rojo estás preciosa.

–Sabía que te gustaría. Esto… Cariño.

–¿Sí?

–¿No es esa la camioneta del padre de Methvin?

–Eso parece. Aminoraré la velocidad.

–¿Es prudente?

–No te preocupes. Los pies planos no nos siguen.

–Si estás tan seguro… ¡¡CLYDE!!

 

Epílogo

 

A las 9:15 del 23 de mayo de 1934, el Ford V-8 en el que viajaban Clyde Barrow y Bonnie Parker fue acribillado por una lluvia de balas. El grupo ejecutor descerrajó sobre el vehículo buena parte de la munición que portaba, recibiendo los cuerpos de la pareja más de cincuenta impactos.

Asesinos sin escrúpulos para unos, reflejo de una época turbulenta de la historia americana para otros,... Jóvenes enamorados ante todo y contra todos, la leyenda de Bonnie y Clyde no hizo más que despegar aquella sangrienta mañana de mayo.

 

B.A.: 2.026

lunes, 10 de febrero de 2025

Las dos piezas de cobre de Joseph Dombey

 


–No es más que un pirata.

–¡Un pirata! ¡¿Un pirata, dice?! ¿Acaso bebo ron y tengo un loro sobre el hombro que me ríe las gracias?

–No sé si tiene un loro ni sus preferencias en el beber pero ha abordado mi navío, haciéndome prisionero por la fuerza, y eso, señor mío, es cuanto hacen los piratas.

–¡Por San Jorge! Soy corsario de Su Majestad Británica, así que no me insulte.

–Corsario, pirata,… No veo la diferencia.

–¿He de mostrarle mi patente de corso?

–El que robe, mate y violente con el beneplácito de su rey no me hará cambiar de opinión.

–Tómese su té, señor Dombey, no se le vaya a enfriar.

El aristócrata y botánico Joseph Dombey remueve el contenido de su taza con una cucharilla de plata, con seguridad fruto del pillaje a algún navío compatriota pues su exquisito repujado es de evidente estilo francés. Nunca ha soportado el té con leche, y menos con los dos terrones de azúcar que le ha añadido su «anfitrión» sin consulta previa, pero está en ese camarote para negociar su libertad y si ello exige martirizarse el paladar con tan edulcorado brebaje hará de tripas corazón.

Más allá del ventanal por donde entra la luz natural en la cabina, el prisionero puede ver cómo un denso rebaño de oscuras nubes se desplaza velozmente de izquierda a derecha. Quién sabe si forma parte de la tempestad por la que ha caído a manos de los corsarios o de la formación de una nueva; no quiere ni imaginarse cómo será navegar por esas aguas del Caribe en plena época de huracanes. Tras un nuevo sorbo a su té, repentina arcada oculta tras la taza de porcelana, vuelve a dirigirse al corsario para pedir su liberación.

–Señor…

–Llámeme Smith. John Smith. Como si fuera un expósito del Foundling Hospital de Londres.

–¿Acaso no es su verdadero nombre?

–Son «varios» mis verdaderos nombres, vistiéndolos según la ocasión.

–¿Y cuál es la razón de usar conmigo el de un huérfano?

–Sé que no hay nada más incómodo para un aristócrata estirado como usted que el saberse en manos de un desheredado.

–Extraño juego el suyo… Señor Smith.

–Juego de piratas –le contesta el otro con evidente mala fe.

–En fin, señor Smith –continúa Joseph Dombey con forzado aplomo–. Estoy ante usted para solicitar mi inmediata liberación pues viajo a la ciudad de Filadelfia en misión oficial de la República.

–Ah, sí, su misión… Aquella por la que se disfrazó de marinero cuando tomamos su navío y quiso engañarnos con un más que deplorable español.

–Debía intentarlo.

–Me hago cargo. Y esa misión es…

–No puedo rebelársela aunque no es perjudicial en modo alguno para su país.

–Eso lo decidirá el gobernador de Monserrat, isla hacia la que nos dirigimos.

–¡Esta situación es inaceptable!

–Mire, señor Dombey. Ha tenido la mala suerte de ser reconocido por un compañero más ilustrado que yo. No debe dudar de la total legalidad de su retención como igual de legítima será la petición de rescate que haremos llegar a sus compatriotas.

»Aunque le cueste creerlo, yo soy su mayor valedor ante el gobernador. Así que cuénteme, por favor.

Joseph Dombey se toma unos instantes para reflexionar pues es consciente de no haber sido totalmente franco con el corsario. Tras dos expediciones botánicas que acabaron con buena parte de los especímenes perdidos y el menoscabo de su salud física y mental, el gobierno francés, a fin de estrechar lazos con unos Estados Unidos recién independizados, le había encomendado la ambiciosa misión de viajar hasta Filadelfia con dos singulares piezas de cobre: una vara y una pesa, los estándares de longitud y masa de medición franceses. La idea era presentar sendos objetos a Thomas Jefferson, el secretario de estado estadounidense, a fin de que éste convenciera al congreso para su adopción nacional. En caso de completar de manera satisfactoria la misión encomendada no solo se facilitarían los tratos comerciales con Estados Unidos al utilizar las mismas unidades de medida sino que supondría un doloroso revés para la pérfida Albión pues hasta entonces la naciente potencia de ultramar se regía por el modelo imperial británico.

–Mucho me temo que me es imposible –contesta el prisionero apesadumbrado pero con firmeza.

–Entonces, señor Dombey, podemos dar por terminada nuestra conversación. Espero que el gobernador de Monserrat tenga más suerte.

»¿Otra taza de té?

 

Las fiebres martirizan el cuerpo consumido de Joseph Dombey. No ha vuelto a saber del llamado señor Smith desde su desembarco en Monserrat, donde lo dejara a cargo del gobernador de la isla, responsable de tramitar la solicitud de rescate. En la celda donde se haya cautivo los días pasan inexorables, unos iguales a otros, mezclándose presente, pasado y futuro en realidades imposibles. Espera que el gobierno de la República acepte con prontitud las exigencias de Su Majestad y confiando en que sus captores hayan respetado las piezas de cobre de tan singular valor cae en un sueño del que ya nunca despertará.

Antes de la oscuridad eterna se le presenta la imagen de un futuro en el que la nación estadounidense permanece fiel al modelo británico, y aquello a lo que el moribundo, con las últimas migajas de consciencia, toma por un simple delirio fruto de las calenturas para otros, quizás iluminados por una fuerza o ente superior, supondría la certeza de una nefasta premonición.

 

B.A.: 2025


lunes, 26 de septiembre de 2022

Tragicomedia

 


Nota: Para el reto del Tintero de Oro en el que había que escribir un micro a partir de una cita, he elegido una del director y guionista Billy Wilder que dice: «Si te sientes realmente feliz, deberías escribir una tragedia; si te sientes verdaderamente desgraciado, deberías escribir una comedia», tomándome de paso la licencia de hacer viajar al genio polaco hasta nuestro Madrid de principios del XIX.

 

––––––––––––––––––––––––––––

 

Madrid, 2 de mayo de 1808. Tras el fracaso del levantamiento contra las fuerzas de ocupación, el general Murat dicta la siguiente orden:

 

«Serán arcabuceados todos cuantos durante la rebelión han sido presos con armas».

 

Escribía sobre un arrugado trozo de periódico. De esa forma pasaba las horas entre su captura en el cuartel de Monteleón y el futuro cierto ante un incierto muro acribillado a balazos. Y aún así sonreía, sorprendiendo a propios y extraños.

–¿Acaso escribe su testamento para desazón de algún hijo díscolo? –le preguntó un individuo renegrido cuyos ropajes se hallaban manchados de sangre más ajena que propia.

–No, mi buen amigo. Una comedia.

–¡¿Me toma el pelo?!

–No se sulfure y deje que me presente. Guillermo Limones, autor teatral. No sé si ha ido últimamente al teatro de la Cruz...

–No es mi zona de paso, lo siento.

–También yo –se lamentó Guillermo, socarrón, dándose palmaditas en el bolsillo de las monedas, lo que arrancó en el otro una carcajada.

–Tiene usted mucho arte.

–Mi sustento depende de ello. ¿Y con quién tengo el gusto de hablar?

–Juan de Dios, zapatero remendón. Para servirle.

–Encantado.

–¿Y por qué una comedia?, si me disculpa la indiscreción.

–Cierto genio dijo una vez: «Si te sientes realmente desgraciado deberías escribir una comedia».

–Pues la suya será del copón –aseguró el zapatero con la vista fija en el nuevo grupo de prisioneros que los franceses se llevaban en dirección al Paseo del Prado.

–Del copón. Usted lo ha dicho.

 

B.A.: 2022


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domingo, 24 de mayo de 2020

La última lección


Nota: Imágenes sacadas de red Internet

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España - 1936

–Buenas noches. ¿Es usted el conserje?
–Venancio Gallo, para servirles.
–Vive aquí don Fernando García. ¿Verdad?
–Esto…
–¿¡Vive aquí don Fernando García!?
–Sí, pero…
–¡Pues vaya a buscarlo inmediatamente!
–Ahora mismo, caballeros. Con su permiso...
–No hace falta, Venancio. Aquí estoy.
»Buenas noches. Yo soy Fernando García. Ustedes dirán.
–Buenas noches. Si hace el favor de acompañarnos... Tenemos un asunto urgente que tratar con usted.
–Estaré encantado. Denme solo unos segundos con Venancio.
–Por supuesto.
–Pero don Fernando… Sabe tan bien como yo que es al «otro» don Fernando García al que buscan estos señores.
–Mi buen Venancio. Soy católico practicante y maestro de escuela… Traidor por partida doble a ojos de nuestra pobre España dividida. Si no fueran estos caballeros hoy, lo serían sus primos del otro bando mañana.
–Pero señor, puede que no…
–¿Vuelva?
–...
–Tengo más de setenta años y no dejo a nadie atrás.
–¡Están sus alumnos!
–Touché, pero la decisión está tomada.
»He de irme; no es recomendable que estos señores se impacienten. Dígale a mi tocayo que huya con su familia esta misma noche. Vendrán a por él en cuando sean conscientes del error cometido.
–Así lo haré, don Fernando. Snif.
–No llore, amigo mío.
–Snif...
–Podemos irnos, caballeros.
–¡¡Don Fernando!!
–¿Qué ocurre ahora, Venancio?
–Se me olvidaba. El mozo de la librería El perro de Ulises dejó este paquete para usted.
–Será mejor que me lo lleve. Cuídese.

Don Fernando García Capitán, natural del municipio coruñés de Padrón, se halla descompuesto. De hombre valiente tiene lo justo para que no lo tachen de pusilánime, y ha gastado todas las reservas de que disponía al regalarle una vía de escape a su vecino. Para colmo de males su cuerpo afiebrado, acomodado como buenamente puede en aquella celda que comparte con otro centenar de desdichados a los que también han requerido las autoridades militares, le crea la ilusión de hallarse en presencia de la arrogante Reina de Corazones, a la que su mente agotada pone los rasgos de Marlene Dietrich en El ángel azul. «¿Merece la pena?», le pregunta la Dietrich con la característica mala uva de la cabaretera Lola-Lola, vestida para la ocasión con los colores rojo y negro del reino de las maravillas.
–¿A qué se refiere?
–Le pregunto si merece la pena cambiar su vida por la de ese desgraciado.
–Y por la de su familia, no lo olvide.
–¡Bah! Una fregona que huele a coliflor cocida y sus piojosos hijos. Yo no me hubiera rebajado ni a ordenar que les cortaran la cabeza. 
–¿Y qué me dice del amor al prójimo? ¿O del sacrificio?
–Esas palabrejas nunca dieron de comer a nadie.
En estos términos se desarrolla la imaginaria conversación cuando un: «¿Qué está leyendo, señor?» devuelve al anciano a la lúgubre realidad de la celda. La pregunta viene del otro lado de los barrotes, de boca de un soldado que no supera en edad a muchos de sus alumnos. Posee la mirada límpida del que aún no ha derramado la sangre de un hermano, y en su semblante hay auténtica curiosidad.
Don Fernando mira hacia abajo y se sorprende al descubrir un libro entre sus manos. Alicia en el país de las maravillas, anuncia en letras negras. Sin poder explicar cómo ni en qué momento, el viejo maestro había rasgado el envoltorio de papel con el que el librero de El perro de Ulises protegiera la inmortal obra de Lewis Carrol, desde cuya portada lo observa una Alicia de rasgos mediterráneos. Tres rosas, un cerdito ataviado con ropa de bebé y el escurridizo Conejo Blanco, todo un caballero español de capa y sombrero, completan la escena imaginada por la ilustradora Lola Anglada para la editorial Juventud. Sin duda, allí se encuentra la causa de la imaginaria visita de la Dietrich entronada.
–Alicia en el país de las maravillas –responde gratamente sorprendido el viejo maestro–, de Lewis Carrol.
–¿No es usted muy… mayor para cuentos? –curiosea nuevamente el centinela, envalentonado, arrancándole una sonrisa a don Fernando. ¿Cómo hacerle ver a aquel joven, de forma sencilla, la soterrada crítica, desvergonzada e irreverente, que Carrol hacía en su Alicia de las injusticias, las intolerancias y los comportamientos aborregados de la sociedad? ¿Sería capaz de apreciar el buen muchacho sus exquisitos guiños matemáticos? Pero el tiempo que resta es poco y don Fernando prefiere revestirse con el aura dorada del cuentacuentos vocacional.
–¿Quiere que se lo lea?
–¿Le molestaría, señor?
–¡Jamás! –y don Fernando se lanza a desgranar las alucinantes aventuras de Alicia, siendo de nuevo testigo de la magia que las palabras crea en las mentes hambrientas, hasta que el sortilegio es roto repentinamente por un militarucho de tres al cuarto que lo requiere a voz en cuello.
–¡¡FERNANDO GARCÍA!!
Minutos antes, la llamada del Destino hubiera hundido al viejo maestro, pero el reencuentro con la lectura lo ha ayudado a recuperar la dignidad y la serenidad perdidas, y tras un quedo: «Presente» que retumba como un clamor en el recinto, se despide del joven centinela no sin antes regalarle el libro.
–Pero no sé leer –se excusa avergonzado el otro, a lo que don Fernando contesta:
–Entonces esos serán sus deberes para mañana –para después apostillar por encima del hombro–. Solo la lectura nos hace libres.
Con la satisfacción del deber cumplido, don Fernando acompaña con serenidad al Conejo Blanco hasta el país de las maravillas.

B.A.: 2020



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miércoles, 29 de mayo de 2019

El soplido del lobo feroz



Imágenes extraídas de "Los tres cerditos" y de "Terminator 2".
Efectos descargados de Pixabay.com


Este relato ha conseguido la segunda plaza
en la convocatoria de mayo del Tintero de Oro.

_________________________


Había una vez tres cerditos que vivían en las profundidades del bosque. Como el lobo feroz siempre los estaba persiguiendo decidieron construir una casita en la que poder protegerse. El menor la hizo de paja, el mediano de madera y el mayor, más trabajador, de ladrillo y cemento.

–○O○–

Largo había sido el camino recorrido por George Imahara desde su Colorado natal. Al primer y único miembro de la familia Imahara nacido en los Estados Unidos, la noticia del ataque japonés a la base de Pearl Harbor le había sorprendido ejerciendo su trabajo de repartidor en la farmacia del señor Kobayashi. Contaba entonces dieciséis años, y era huérfano de padres desde hacía solo dos.
–Preveo malos tiempos para todos nosotros –comentó con desasosiego Noriyuki Mochida, el más anciano de los clientes allí congregados.
–¿Por qué dice eso, señor? –le preguntó extrañado el joven Imahara–. Nada tenemos que ver con el ataque.
»Además, ya somos muchos los que hemos nacido en los Estados Unidos, ciudadanos por derecho de nacimiento.
–¿Tan seguro estás, joven? ¿De verdad crees que tus «compatriotas» van a ver la diferencia entre unos ojos rasgados y otros.
»Hazle caso a este viejo loco; la vida se va a poner muy fea para los nuestros, más si cabe para los que vivimos tan cerca del Océano Pacífico y de la Marina Imperial Japonesa. Se nos acusará de traidores, y sufriremos las consecuencias. Huye al interior del país si tienes la posibilidad, aunque lo más sensato sería retornar a Japón y buscar abrigo entre los familiares que dejamos allí.
Al anciano no le faltaba razón. Las muestras de rechazo hacia todo lo japonés comenzaron a las pocas horas del ataque a la base americana, auspiciadas por el propio Gobierno, en una imparable escalada de odio que culminaría meses después con la Orden Ejecutiva 9066, firmada de puño y letra del presidente Roosevelt, por la que todos los japoneses residentes en los Estados Unidos debían ser confinados en campos de concentración llevando consigo una sola maleta en la que transportar los escombros de su sueño americano.

–○O○–

–Déjame entrar, cerdito –dijo el lobo–. No voy a hacerte daño...
–¡Ni pensarlo malvado lobo! –respondió el cerdito sintiéndose protegido tras los muros de paja.
–¡Pues entonces soplaré y soplaré y la casa derribaré!
Y el lobo empezó a soplar, y a soplar, y lo hizo con tanta fuerza que la débil casita se vino abajo.

–○O○–

Solo como estaba, sin familiar alguno al que recurrir en toda Norteamérica, George decidió seguir el consejo del profético anciano y huir hacia la relativa protección que suponía el nutrido grupo de los Imahara allá en la lejana Japón, queriendo el destino que consiguiera escapar antes de la promulgación de la injusta ley. El recelo hacia los japoneses nacidos en los Estados Unidos aún no había arraigado en el país nipón, y para cuando empezó la persecución de todos ellos, George ya ocultaba su peligroso origen en la ciudad de Hiroshima, una gota de lluvia diluida en un mar de cuatrocientas mil almas. Allí, asentado en una granja familiar a las afueras de la ciudad, encontraría el amor en la joven lugareña llamada Kaiyo.

–○O○–

–¡Soplaré y soplaré y la casa derribaré!
Y el lobo empezó a soplar, y a soplar, pero esta vez le costó mucho más trabajo derribar la casita. Los dos cerditos salieron como bien pudieron de entre los tablones de madera, huyendo en dirección a la casa del hermano mayor.

–○O○–

Las sirenas anunciaron un nuevo ataque aéreo. George, al que todos en el barrio conocían con el falso nombre de Fujita, buscó refugio en las entrañas de un colegio cercano, dejando la bicicleta con la que repartía los frutos de su trabajo en el campo olvidada de cualquier manera en la calle. Con el corazón ligero pues no temía por la vida de su esposa, protegida por la distancia a la que se encontraba la granja, el joven intentó consolar el profundo terror que sentían los escolares con él recluidos, asustados como los tres cerditos de aquel cortometraje animado que disfrutara en una de las pocas veces que había pisado un cine en su infancia estadounidense, tan lejana ya en el espacio y en el tiempo. Y a la narración del cuento se lanzó el joven, ahuyentando lentamente el miedo de los niños con su templada voz. «El lobo, incapaz de echar abajo con sus soplidos la casa de ladrillo, decidió entrar en ella a través de la chimenea –contaba a su atenta audiencia–, sin saber que el hermano mayor, conociendo sus intenciones, había puesto al fuego un caldero con agua.»
–¿Resistirá el colegio, señor? –interrumpió el relato uno de los pequeños.
–¡Claro que sí! –respondió George con una seguridad que no sentía en absoluto–. Estas paredes fueron construidas por el más trabajador de los tres cerditos.
»¿No os lo había dicho?
Perfilándose en el azul de una mañana totalmente despejada, el bombardero Enola Gay sobrevolaba en ese instante el cielo sobre la isla de Shikoku en torno a los nueve mil quinientos metros de altitud. Eran las ocho y nueve minutos del 6 de agosto de 1945, y en sus entrañas transportaba el soplido del lobo feroz.

–○O○–

Los dos cerditos aprendieron la lección, y con gran felicidad se pusieron a cantar:
¿Quién teme al lobo feroz?
Al lobo, al lobo…
¿Quién teme al lobo feroz?

B.A.: 2019





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lunes, 29 de mayo de 2017

En tierra de nadie


Nota: «En tierra de nadie» fue mi propuesta para el reto especial convocado por la comunidad Relatos Compulsivos para celebrar su primer año de vida. El relato debía tener una extensión máxima de 350 palabras y empezar por la frase «Hoy hace un año».
Compartió la tercera posición en el concurso con un gran autor, Héctor Fariña, por lo que tuvo el honor de ser leído en directo en el programa «Vérsame mucho» de Raquel Fraga. Al final del relato he colgado un pequeño vídeo con la lectura de aquel día.

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Hoy hace un año que nos conocimos en Ypres. Era la primera Navidad que pasaríamos alejados de la familia, hundidos en la miseria de una guerra que duraba ya cinco meses, y todos, a ambos lados de la treintena de metros que separaba nuestras trincheras, echábamos en falta el calor del hogar.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Corsarios del Rey

«¡Qué bonito es Vigo al amanecer!», pensó el capitán Santiago Rías mientras contemplaba desde cubierta el lento despertar de la ciudad. La cálida Aurora bañaba el puerto con sus lágrimas doradas, tiñendo con el color del hierro fundido las aguas por las que los pesqueros navegaban en pos del incierto futuro que ofrecía el nuevo día.