–Eso
son cosas de hombres. Asuntos que ni entendemos ni nos interesan.
»Y arréglate ya si has terminado de
preparar el almuerzo, que tus hermanos salen del colegio en una hora.
Cosas de hombres… ¡Ja! Irse de juerga
con los compañeros del trabajo para terminar donde mujer alguna debería poner
los pies. Pero Madre defiende al mayor de los hermanos como lo hacía con Padre
antes de su fallecimiento a causa de una cirrosis que él mismo se buscó. Y con
igual ardor defenderá a los dos renacuajos cuando empiecen a mocearse,
anteponiendo sus intereses varoniles a los de ella, por supuesto, pues la mujer
poco papel tiene en aquel tiempo salvo el de ser obediente hija, sumisa esposa
y madre abnegada. Pero para eso ha nacido, según tiene inculcado a sangre y
fuego, y por rebelarse a ello, aunque sea de pensamiento y no de obra, se ha
ganado una confesión con el padre Adelino.
Aquel día había quedado con algunas
compañeras del Servicio Social para una merienda temprana antes de disfrutar de
los rayos de un sol ya tenue, con obligada parada en la biblioteca donde tal
vez, solo tal vez, podría cruzarse con… Pero no, su hermano mayor les avisó la
víspera de la inesperada reunión, esas «cosas de hombres» que defendía Madre, y
a ella correspondía la organización y planchado de la ropa, aunque eso supusiera sacrificar sus planes.
¡Y nada de quejas!, o más tardes podría perderse.
Camino del colegio llama su atención el escaparate
de la juguetería Cuevas de San Francisco. El joven mancebo –Berto, recuerda que
se llama– prepara los expositores para la próxima campaña de Reyes, colocando
con buen hacer la nueva colección de figuras articuladas de la empresa
juguetera Campyno. Sus hermanos pequeños poseen varios de aquellos carísimos
Campynoman, muñecos de treinta centímetros vestidos y pertrechados de toda
suerte de oficios. Militares, héroes del espacio, vaqueros,… los Campynoman
siempre estaban preparados para la acción pues su naturaleza plástica no había
sido concebida para el Arte o las Ciencias. Pero a ella, los que realmente
llaman su atención son los exploradores. Quién pudiera haber nacido al otro
lado del espectro del sexo para embarcarse en la búsqueda del nacimiento del
río Amazonas, recorrer de un extremo a otro la milenaria ruta de la seda o ser
el primero en poner el pie en el Polo Sur. No por nada, sus libros favoritos,
aquellos que lee sin el conocimiento de Madre, son los Viajes extraordinarios de Julio Verne, con sir Phileas Fogg y su
fiel Passepartout como héroes de
cabecera.
Casualidades de la vida, el joven Berto
está colocando en ese momento a un bien equipado explorador de la Bretaña
colonial. Luce un elegante traje color arena, botas bien lustradas de caña alta
y el indispensable salacot. En una mano le coloca con sumo cariño un gran
machete para que se abra camino a través de selvas imaginarias mientras en la
otra porta un bien modelado rifle de dos cañones. La joven se queda absorta en
la contemplación del pequeño aventurero y no puede reprimir en su cabeza un:
«¡Tú sí que tienes suerte, cabrón!» que a ella misma escandaliza, sorprendida
por la furia con la que ha surgido de sus entrañas. Tamaña inconveniencia queda
apuntada para la próxima confesión con don Adelino. La lista se alarga
considerablemente.
«Quién estuviera en tu cuerpo de
plástico y vivir una aventura tras otra», le dice más calmada al ser inanimado
que la mira desde el otro lado del escaparate, fija la mirada en los ojos de
aquella joven donde se adivinan el apunte de unas lágrimas, pequeñas gotas de
amargura que pretenden diluir su impotencia ante una vida que no le pertenece y
de donde no puede escapar. Y de pronto se le aclara la vista, repentinamente
libre de humedad, y con terror siente que su cuerpo no le responde. Con los
ojos bien abiertos, imposibles de cerrar, mira cuanto tiene ante sí y esto no
es más que una enorme cristalera en la que se refleja el mundo de cajas y
muñecos que le rodea y, al otro lado, una joven que la mira embelesada. Y si
acaso recuerda que durante años ese fue su cuerpo y su existencia, la evocación
dura lo que un suspiro, como lo hace el miedo, colmado hasta el último gramo de
su nueva naturaleza de la ilusión por las cientos de aventuras que la aguardan.
El monigote animado que antes ocupó la
joven, vacío ahora de alma y conciencia, libre de sueños y frustraciones,
retoma su camino hacia el colegio donde esperan sus hermanos, una gota más en
la corriente de vida sin esperanza que inunda las calles del país.
En
una estantería, cubierto por una manta de polvo y suciedad, un soldado
futurista ha sido testigo del extraordinario suceso. Es un flamante Campynoman
de nombre Sargento «Bazuca» Vásquez, y si no se halla en el cuarto de un niño
es porque en su día se negó a ser lo que su naturaleza le dictaba. Nunca
permitió que su dueño pudiera disparar la bazuca que le daba nombre y jamás
sujetó pistola o cuchillo alguno; él deseaba ser agricultor. El niño, harto de
no poder jugar a la guerra, lo cambió por un modelo que sí disparaba, como en
los anuncios, ¡BUMMM!, y desde entonces ese «Bazuca» Vásquez, de alma
agricultor, espera su oportunidad. ¿Será este año?
B.A.: 2026

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