Siempre aguardo con ganas el inicio del curso escolar. La eternidad en el exilio puede resultar muy tediosa y el colegio ofrece a este viejo demonio una gran variedad de divertimento con la que hacerla más llevadera, como empujar a Fulano a hacer una chuleta o a Mengano a saltarse Religión –y que los atrapen–. Pero cuando mejor me lo paso es haciendo llegar tarde a la mamá o al papá de turno. Permítanme que se lo explique.
Un
lunes cualquiera. Resaca del fin de semana, niño al que da el «apretón» en el
último momento, etcétera. Ya con el tiempo justito, el progenitor se ve
obligado a conducir contra un tráfico endiablado –obra vuestra, no mía–, y
cuando ya está a punto de llegar voy yo y corto la calle en mi papel de currito
que descarga su furgoneta, pantalones por las corvas y raja del culo al aire
incluidos. ¿Saben cuánto tarda en llegar el primer bocinazo? Pues depende de lo
ocupado que esté ese día el amigo Job, je, je, je. Entonces, todo indignado, me
vuelvo y grito: «¡Es qu’estoy trabajando! ¿No lo ve?», y de malos modos aparto
la furgona, acomodándome en el asiento para deleitarme con el largo ciempiés de
vehículos que he logrado reunir, y con la cara de cabreo de sus conductores.
¡Ah, cuán gratificante es la educación!
Si
os encontráis alguna vez una situación parecida sabréis que soy yo porque…
¡¡¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIII…!!!
–¡¿SE
PUEDE QUITAR?!
–¡¡ES
QU’ESTOY TRABAJANDO!! ¡¿NO LO VE?!

No hay comentarios:
Publicar un comentario