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lunes, 13 de octubre de 2025

La huella de los dioses

 



Solo las poderosas manos de los dioses podrían haber elevado esos enormes monolitos hacia los cielos, las únicas huellas que perduraban de su divino paso por el mundo terreno. Semejante obra magna escapaba de las garras de la naturaleza salvaje como lo hacía de la primitiva comprensión de los hijos de hombre, y si bien era cierto que se hallaba en un estado muy avanzado de abandono, olvidada tiempo ha por quienes la moldearon, a ellos no correspondía entender los actos inescrutables de los Elevados sino venerarlos, como siempre recordaba el Primer Sabio a su rebaño de fieles.

Broadway, Pepsi, Wall Street, 5 AV, McDonald´s, Manhattan,… El incomprensible lenguaje divino se hallaba impreso por doquier, semejante al enrevesado rastro que dejan los pájaros sobre la arena mojada en su búsqueda de un molusco que echarse al buche. Hasta la llegada de un iluminado que supiera interpretarlo, los acogidos bajo la paternal guía del Primer Sabio se limitaban a cumplir su labor para con la Gran Madre, quien los abastecía en su infinita gracia de refugio y alimento. Y qué mejor forma que agradecérselo con toda suerte de sacrificios y danzas rituales cuando Su Hijo, el del áureo cabello, alcanzaba su altura máxima en el cielo, punto álgido sobre el que pivotaba la sencilla vida de aquella primitiva sociedad al marcar el inicio de la cosecha.

Dos veces al año, la luz del atardecer se alineaba a la perfección con la obra divina, fenómeno especialmente grandioso en los pasos marcados con los caracteres divinos W 34 th St y W 42 nd St. En ese momento, el de la faz ardiente arrancaba reflejos de oro a las superficies pulidas de los monolitos para formar un corredor de luz donde los hijos de hombre allí congregados podían sentir cómo se henchía de energía su yo interior, sintiéndose en comunión con la Gran Madre. Tras concluir los festejos de agradecimiento los fieles, ahora renovados, volverían a sus quehaceres como cazadores y recolectores.

En pocas lunas ocurriría la Ascensión del Hijo, la primera del ciclo, y hacia la huella de los dioses se encaminó la tribu en multitudinario peregrinaje. En su camino harían noche en la isla de la diosa del brazo en alto, la mensajera de la Buena Nueva, tras cruzar sus aguas sagradas en las embarcaciones portadas en andas desde el poblado entre cánticos, rezos y danzas de éxtasis. Cuánto regocijo podía albergar el corazón de aquella masa jubilosa de penitentes.

 

Quizás fuera el comienzo de una nueva Edad de Hielo o tal vez sólo una brusca y persistente bajada de las temperaturas provocada por el aleteo de una mariposa allá en los confines del mundo. Sea como fuere, el frío se prolongaba tanto en el tiempo que los hijos de hombre empezaron a ver con desesperación cómo los animales perecían congelados y los brotes verdes de las cosechas se negaban a salir. Anciano alguno fue testigo con anterioridad de semejante catástrofe; de alguna forma habían enfurecido a la Gran Madre y esta los expulsaba del Paraíso.

En grave asamblea en torno al fuego que abastecía de luz y calor al poblado, el Primer Sabio propuso a sus protegidos un doble éxodo a fin de asegurar el futuro de los hijos de hombre. El grupo principal, donde irían la totalidad de ancianos y niños por su naturaleza débil, lo haría por tierra, encabezando él mismo la marcha en pos de los animales salvajes en migración hacia zonas más cálidas. El otro, menos numeroso y a cargo del Segundo Sabio, se embarcaría en una peligrosa odisea para alcanzar las tierras allende las aguas, donde según las leyendas les aguardaba una promesa de futuro en forma de verdes valles y largos ríos llenos de vida.

Cuando ambas expediciones estuvieron preparadas, los dos grupos de hermanos se despidieron entre lágrimas y deseos de buena suerte, sabedores de no volver a encontrarse de nuevo en la vida mortal.

 

 

Más de cien generaciones habían transcurrido desde que los hijos de hombre pisaran la nueva tierra, uniéndose en pacífica convivencia con el pueblo allí establecido, adoradores como ellos de la Gran Madre y de Su Hijo. En la tradición oral de la nueva comunidad quedó perpetuada la Gran Migración como una leyenda sobre sus orígenes ancestrales, historia que compartían los viejos al abrigo de un buen fuego en las frías noches de verano.

Nada quedaba ya del paso de los dioses por el mundo terreno. Desde tiempos remotos toda huella divina había sido borrada de la faz de la tierra a causa de catástrofes naturales o de la incesante acción de los elementos, quedando para los hijos de hombre un mundo virgen en el que dejar su propia huella.

Como fieles adoradores de la Gran Madre y de Su Hijo, el Primer Sabio decidió levantar, a semejanza de lo recogido en las viejas leyendas, una estructura circular de enormes monolitos de piedra; un recinto que se alinearía perfectamente con El Hijo cuando su fulgor alcanzara la máxima altura en el cielo, invitándolos con su dorada sonrisa a iniciar la cosecha.

Siglos después, los descendientes de aquellos hijos de hombre conoceremos esa estructura con el nombre de Stonehenge.



 

B.A.: 2025



miércoles, 7 de febrero de 2024

Lágrimas de claro de luna

 


Cuentan quienes lo vieron que la belleza de la joven Illarguia era abrumadora. Viajera infatigable en un mundo recién despierto, Illarguia trazaba su camino siempre en pos del brillo de la estrella del este, solventado entuertos y disputas donde el errante deambular la llevara, tal era su naturaleza armónica. En ella habitaban la luz y la oscuridad en perfecto equilibrio y afirman los trovadores que cantaron sus alabanzas que los hijos de hombre la tenían en elevada estima pues las suyas eran las más justas de las decisiones.

Pero a la manera de las leyendas y los cuentos de antaño, donde un espíritu maligno dificulta la suerte del héroe con sus negras intensiones, en el camino de Illarguia se cruzó un abominable hijo de hombre quien por medio de las peores artes de la alquimia, motivado por una ferviente envidia –hacia su singular belleza o por el aprecio que le mostraban sus congéneres; por ambas causas a la vez o por otras totalmente desconocidas–, la transformó en áspera roca para lanzarla después hacia el cielo nocturno donde quedó colgada para siempre. La identidad de este innoble ser no quedó registrada en los anales de la Historia pero sí se sabe que tuvo un mal final pues si sus actos hacia Illarguia fueron despiadados los de sus hermanos lo fueron aún más para con él, dándole brutal muerte al verse huérfanos de la buena guía de la joven.

Muchos fueron los nombres con los que se bautizó a la nueva naturaleza de Illarguia. Selene para unos, Luna para otros,… Ilargia en boca de quienes habitaban los bosques del norte. Ya fuera Áine, Chandra o Nisha, la brillante esfera en que transformaran a la desgraciada joven salía todas las noches para bendecir con su fulgor la dura tierra a sus pies, mostrándose siempre plena a ojos de los hijos de hombre. Pero Illarguia era equilibrio, y si su lado luminoso protegía la vida bajo su manto, regulaba los ciclos naturales y daba lugar a las mareas, su imagen especular reflejada en las infinitas aguas origen de vida era la maldad en su estado más puro.

Sin el contrapeso de la luz, el mal que habitaba en Illarguia se derramó libremente por la faz del mundo. El nuevo astro del cielo atraía la vista y los suspiros de los hijos de hombre pero era inalcanzable, y la naturaleza oscura de Illarguia, consciente de este anhelo insatisfecho, lo aprovechó para satisfacer su sed de venganza.

Devorada por un rencor que se hacía mayor con cada nuevo amanecer, el daño sufrido a manos de uno supondría el fin de cientos y así, ya fuera desde un océano, un riachuelo o el más apacible de los pantanos, Illarguia la Oscurecida se mostraba bellísima ante los hijos de hombre, ilusoriamente cercana, nublándoles la voluntad para atraerlos al asfixiante abrazo de las frías aguas.

Desde entonces el bello rostro de Illarguia pasó a ser la encarnación del mal. Los hijos de hombre dejaron de frecuentar los caminos desde la atardecida, máxime en los meses de copiosa lluvia, temerosos de caer en el embrujo del demonio líquido de la noche. Solo los muy valientes, o los muy inconscientes, se atrevían a desafiar a la Oscurecida, siendo pocos los que conservaron la vida para poder contarlo. Mientras tanto, Illarguia la Radiante lloraba desconsolada lágrimas de claro de luna. 

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Corren malos tiempos para los hijos de hombre. El pueblo bajo se desvive por malvivir de lo que consigue arrancarle a los ingratos cultivos. Una reducida élite gobierna con puño de hierro tierras ganadas sin honor y solo los muy versados pueden comprender las verdades ocultas en los antiguos escritos. Pocos suspiran hacia la Radiante; nadie desafía el hambre insaciable de la Oscurecida.

Moviéndose no sin dificultad entre grimorios enmohecidos y anaqueles con productos químicos que derriten los tejidos blandos con sus corrosivos vapores, un hijo de hombre descifra a la luz incierta de una palmatoria los orígenes olvidados de Illarguia. El sabio, a quien el cruel Destino reserva una dolorosa muerte entre las llamas purificadoras de un auto de fe, acusado de brujería por aquellos a quienes está a punto de ayudar con sus conocimientos, acaba de descubrir la fórmula que dará término a la maldición de la Oscurecida. Dibuja figuras herméticas, purifica principios, destila extractos capaces de reiniciar el mundo, pues solo con el poder de la Energía Primigenia podrá restablecer el equilibrio injustamente robado a Illarguia.

Al término del proceso alquímico un estremecimiento recorre la columna vertebral del Universo, imperceptible en las distancias imposibles que lo trazan, suficiente para que la Luna comience lentamente a ocultar su fulgor. Y así, coincidiendo con la floración de la higuera en la víspera de San Juan, tanto la Radiante como su reflejo desaparecen por completo a ojos de los hijos de hombre.

La primera luna nueva es un momento de profunda intimidad para las dos naturalezas de Illarguia. El dolor por los muchos años perdidos es insignificante comparado con la alegría del reencuentro, y al igual que el mineral de plata derrite el hielo, la sonrisa argentina que se le dibuja en la cara a la Radiante funde el frío odio enquistado en el corazón de su gemela líquida. El equilibrio queda restablecido y con Illarguia nuevamente completa los hijos de hombre pueden disfrutar desde entonces de sus lágrimas de claro de luna, ahora y ya por siempre de felicidad.

 

B.A.: 2024





martes, 20 de diciembre de 2022

Navidades virtuales

Imágenes extraídas de Pixabay e internet

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Nota: Zenda e Iberdrola nos traen el séptimo concurso de Cuentos de Navidad. Dejo el enlace para los interesados.

Concurso Cuentos de Navidad

«Navidades virtuales» es mi propuesta.

#CuentosdeNavidad 2022

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Santa estaba feliz. Desde que la Humanidad al completo sucumbió a la realidad virtual de No-lugar podía hacer su trabajo desde la comodidad de su estudio, caldeado gracias al agradable fuego que chisporroteaba alegremente en la chimenea y solo vestido con unos indecentes shorts rojos adquiridos en la plataforma online de los almacenes de Alí. Su avatar pixelado –el anciano era de gustos retro– conseguía entrar subrepticiamente en las casas de No-lugar a golpes de click para dejar bajo esbeltos árboles de Navidad regalos virtuales a aquellos niños que habían sido buenos durante el año o iconos de carbón de negro RGB (0,0,0) para los no pocos diablillos a quienes era necesario una llamada de atención.

Desde entonces, Rodolfo y sus ocho compañeros recuperaron sus instintos naturales en las inclementes tierras laponas; los trabajadores elfos de puntiagudas orejas y vestidos extravagantes emigraron a Rivendel en pos de sus orígenes perdidos y la señora Claus disfruta de los entretenimientos y particularidades de la ciudad de Benidorm con un margarita en la mano. Cuentan que su avatar se asemeja mucho a Ursula Andress.

B.A.: 2022


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domingo, 19 de junio de 2022

El latido del hombre muerto


Fotos de Pixabay e Internet

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Nota: El reto de la última convocatoria de este año consiste en escribir un relato de terror gótico en el que deberá aparecer algún personaje, objeto o localización de cualquiera de los relatos de Poe. Yo he utilizado como base el relato «El corazón delator», enfocándolo desde el punto de vista del anciano asesinado por su joven asistente. Espero que os guste mi visión. 

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Oscuridad. Silencio y oscuridad. Nada oye, nada ve… Nada siente. ¿Estará soñando quizás? Lo último que recuerda el anciano es haberse despertado de un sobresalto para sentarse en la cama, la espalda apoyada contra la cabecera, a la búsqueda del motivo de su desvelo. Se hallaba solo en el dormitorio. Los postigos seguían cerrados, según acostumbraba por temor a los ladrones, y aún así algo hacía que los pelillos se le pusieran enhiestos. Algo oculto en la oscuridad. Una… presencia junto a la puerta de entrada. Tal era el miedo padecido que por espacio de una hora quedó despierto con la vista clavada en aquella dirección.

A cada minuto que pasaba más rápido latía su corazón. Pu-pum, pu-pum, hacía, drenándole gota a gota la vitalidad y la cordura. Pupum-pupum, pupum-pupum. Un dolor repentino en su atormentado pecho le avisó de estar al borde de un ataque pero... ¿Qué podía hacer? El terror atenazaba sus miembros, anclándolo a la cama, y la garganta seca y cerrada le negaba el auxilio del grito. Solo cuando el viejo órgano se paró tras un súbito temblor el ansiado chillido pudo escapar por entre sus agrietados labios, señal para que aquello que aguardaba junto a la puerta saltara sobre él, las manos hacia delante, dispuesto a extirparle el último hálito de vida. Ahora lo recuerda.

Nada oye, nada ve, nada siente… ¿Había sucedido en realidad o no era más que un mal sueño? Convencido de ser víctima de una pesadilla el anciano lucha con todas sus fuerzas para vencer la oscuridad, algo que al fin parece conseguir cuando a sus oídos llega el chirrido de una sierra, como si estuvieran cortando leña, y el goteo de un líquido sobre una superficie cerámica. ¿Tiene sentido aquello? También empieza a ver: al fondo las ventanas cerradas con postigos y sobre su cabeza el dosel de la cama. Junto a ella la mesita de noche con una lámpara sorda abierta al máximo y ante el cono de luz su joven asistente arrodillado en el suelo... Un momento. ¿Por qué se halla él en su dormitorio en hora tan intempestiva? ¿Qué está haciendo, por el amor de Dios? Es el joven quien está usando una sierra de carpintero para cortar. Trabaja sobre algo duro, en vista de la fuerza empleada, que finalmente logra separar con un bufido de satisfacción. Cuál no es la sorpresa del anciano cuando un brazo cercenado queda visible a la luz de la lámpara; un miembro que reconoce al instante pues aún viste la manga de su camisón de dormir. ¡Realmente ha sido asesinado por aquel demente! ¿Entonces qué es ahora? ¿Un fantasma? ¿El recuerdo incorpóreo de aquello que fuera en vida?

Desearía enloquecer. Correr por la habitación entre gritos descarnados... Atacar a quien veía como a un buen asistente y mejor compañero. En vez de eso permanece en una esquina del cuarto viendo cómo continúa el ultraje de sus restos mortales pues al brazo derecho le sigue la amputación del izquierdo, para rematar tan macabra tarea con las piernas. La cabeza, envuelta en trapos, fue lo primero que se violentó.

El asesino ha acompañado su incansable trabajo con confidencias hechas en voz alta. «¿Acaso un loco hubiera actuado con semejante sangre fría?» –se defiende ante un invisible tribunal; ante la figura de alguna eminencia psiquiátrica presente solo para su afiebrada mente–. ¿Un enajenado hubiera utilizado un barreño para no manchar el suelo de sangre?». El anciano es incapaz de imaginar la causa de tal violencia. No era un hombre desmesuradamente rico y siempre trató a su asistente con exquisita cortesía. Con afectuosidad, diría. El joven, sin duda, ha perdido la razón, por mucho que defienda lo contrario.

Los seis grotescos bultos en que ha quedado dividido el cuerpo del anciano descansan al fin bajo los maderos del suelo. El cuarto se halla en perfecto orden no bien asoman los primeros cabellos de la diosa Aurora, momento en que alguien anuncia su llegada con la aldaba de la puerta. Toc, toc, toc. Con total tranquilidad el joven baja las escaleras para volver al dormitorio seguido de tres hombres, oficiales de policía según se presentan, quienes investigan un supuesto grito oído en mitad de la noche.

Desde el rincón el anciano es testigo de cómo su asesino explica a los oficiales que fue él quien gritó a causa de un mal sueño. Apunta de paso que su viejo compañero se halla de viaje, aclaraciones todas ellas que ofrece sentado en el mismo sitio donde yace el cuerpo humillado. Tamaña desfachatez es imposible soportar. El ente siente la necesidad de vengar su muerte y así, usando los dones de su nueva naturaleza, consigue arrancar un latido a su frío corazón, pu-pum, tan débil como el de un gorrión. Pero a este le sigue otro, y otro más, y cuanto más golpea bajo las tablas más lívido se pone el joven, pu-pum, pu-pum, pu-pum, quien salta de su asiento como si lo hubieran pinchado con un alfiler. Entonces intenta acallar los latidos solo por él escuchados con toda suerte de argucias. Habla alocadamente, se encara a gritos con los oficiales, gesticula con viveza,… hasta que la presión le vence y aúlla:

–¡Malditos! No disimuléis más. Yo lo maté, lo confieso. ¡Ahí está, bajo esas tablas! ¡Escuchad latido de su monstruoso corazón!

El anciano, consumada su venganza, se deja arropar por los brazos amorosos del Más Allá.

 

B.A.: 2022


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sábado, 11 de diciembre de 2021

En busca de Santa

 

Nota: Las palabras contenidas en las cartas que se ven más abajo están contabilizadas para que el relato no supere el máximo de 900. Por otro lado, al final del relato hay un dramatis personae donde se pueden consultar información sobre los personajes implicados.

 

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–Eres un egoísta, Noel.

Gaspar acompañó el reproche apuntando a la oronda figura con el índice de la diestra pero al anciano la pose de tipo duro de Su Majestad no le impresionó en absoluto. Muy al contrario, respondió a Gaspar con un «Llámame Claus, es más popular» que al otro tiñó la cara de un rojo tan vivo como el color de su espeso pelo.

–Dejémonos de tonterías –cortó de raíz Melchor–. Hemos venido para hacerte entrar en razón, Claus. El mundo te necesita. ¡Los niños te necesitan!

–¡Paparruchas! Los niños sólo necesitan el nuevo videojuego de la saga Zomblince o un teléfono móvil para subir sus gracietas a Tik Tok. En cuanto al resto del mundo, puede meterse sus necesidades por…

–¡¡Claus!! –exclamó su mujer escandalizada.

–Perdona, querida.

–Menudo cabezota –dijo Olentzero sin apartar la vista del fuego que ardía en la chimenea.

–Mira quién fue a hablar.

Un incómodo silencio cayó sobre los presentes. La estancia estaba tan caldeada que los tres Reyes se despojaron de sus pesadas capas para dejarlas en los solícitos brazos de la señora Claus. «¿Les apetece un refresquito? ¿Un Jerez, quizás?», ofreció a sus invitados mientras cortaba unas buenas porciones de bizcocho casero con la ayuda del ruso Ded Moroz.

–Déjate de meriendas, querida. La visita ya se marcha.

–Deja tú de refunfuñar. ¿Dónde están tus modales? Habrase visto…

»¿Le traigo un zumo de zanahorias, señor Conejo?

–Con el Jerez me apaño bien, gracias –respondió el genio de la Pascua dando buena cuenta de su copita.

La tensión se disipó rápidamente, en buena medida gracias a la hospitalidad de la dueña de la casa. Los tres Reyes departían con la bruja Befana mientras el Ratón Pérez y el Hada de los Dientes examinaban curiosos la colección de figuritas de la señora Claus, todas ellas representaciones de su marido en las poses más curiosas.

–Esto es un caganer –comentaba sobre una figurilla que representaba a Santa Claus en el momento de hacer de vientre–. Una tradición de tierras catalanas.

»¿No queda Cataluña cerca de donde usted vive? –preguntó mirando la robusta figura de Olentzero, carbonero de profesión.

–Sí, señora, pero no suelo ir mucho por allí, la verdad. Esa zona es del tió de Nadal. También de su esposo y de Sus Majestades los Reyes.

–Qué curioso.

–¡Basta de cháchara! –explotó Claus ante tan buen ambiente–. Santa Claus ya no existe para el mundo así que terminad vuestras bebidas y largaos de una maldita vez.

–Claus. Recapacita, por favor –suplicó Baltasar con su voz grave–. No sabes el daño que estás haciendo.

–¿A qué viene este alarmismo? No llevamos regalos a nadie. ¡Son las familias y los allegados quienes se encargan de comprarlos!

–Somos quienes revestimos esos burdos objetos de brillante ilusión –explicó con dulzura Befana–. Sin nosotros no serían más que… cosas.

–Además, creo que es necesario hacer una puntualización –dijo Pérez alzando su garrita derecha en demanda de turno–. En muchas ocasiones, cuando la familia no tiene recursos, sí llevamos regalos. ¿O acaso has olvidado para quién tallas esos bellos juguetes de madera en tu taller?

–Hace años que no lo hago y no ha pasado nada.

–No ha pasado nada porque tanto nosotros, como aquellos que faltan hoy aquí, hemos hecho tu parte.

–No sé qué decir.

–¡Por fin conseguimos callarte! –aplaudió jubiloso Melchor–. Y si sigues sin estar convencido quizás estas misivas lo hagan.

–¿Con más peticiones me queréis disuadir?

–Lee de una vez –estalló Gaspar.

Con las gafas que le alargara su esposa bien ancladas sobre el puente de la nariz, el desconfiado Claus se dispuso a leer la primera de una gran pila de cartas recopiladas y traídas hasta Laponia por sus compañeros genios.

 

 

–¿Qué es esto?

–Son tus niños –explicó Befana a punto de romper a llorar–. Tuvieron sus regalos, ¡por supuesto que los tuvieron, esa es la magia de la Navidad!, pero son listos y notaron tu ausencia.

»Sigue leyendo, por favor.

 


 


Y así, en todas y cada una de las cartas, desde los más dispares lugares y encomendándose a su genio de la ilusión, los niños del mundo pedían como una sola voz el retorno de Santa Claus.

Ante tanto cariño recibido el viejo testarudo lloró un auténtico río de felicidad, emborronando las cartas que atesoraba entre sus manos crispadas. De repente, para su sorpresa, los papeles quedaron limpios de peticiones y mostraron en su lugar apresurados mensajes de agradecimiento. En el corazón de los demandantes una súbita calidez les había avisado de la buena nueva, dejando inmediatamente cuanto tenían entre manos para dar las gracias a sus benefactores.

–No tenía ni idea…

–Eso ya no importa –dijo Gaspar visiblemente emocionado–. Lo importante es que has vuelto con nosotros.

–Muchas gracias, Gaspar. Muchas gracias a todos, de corazón… ¿Señora Claus?

–¿Sí, querido?

»Zafarrancho de combate. La cuenta atrás para el retorno de Santa Claus ha comenzado; tenemos un saco repleto de ilusión que repartir la próxima Navidad. ¡¡Ho, ho, ho!!

(899 palabras)

 

B.A.: 2021

 

Dramatis personae (para quien no quiera recurrir a la Wikipedia)

 

Los tres Reyes Magos: Según la tradición cristiana, nombre de los tres sabios de Oriente (Melchor, Gaspar y Baltasar) que rindieron homenaje al recién nacido Jesús de Nazaret llevándole oro, incienso y mirra como regalo. Se celebra su llegada en la noche del 5 al 6 de enero.

Santa Claus (Papá Noel, San Nicolás,…): Personaje legendario que según la cultura occidental trae regalos a los niños por Navidad. La tradición cuenta que vive en Laponia junto a su esposa, la señora Claus.

Olentzero: Personaje de la tradición navideña vasca, carbonero de profesión, que trae regalos a los niños el día de Navidad en el área de Navarra y el País Vasco, así como en el País Vasco francés.

Bruja Befana: Figura del folclore italiano que reparte regalos durante las fiestas navideñas. Un cuento popular dice que ayudó a los tres Reyes Magos a encontrar el camino a Belén.

Ded Moroz: Figura de la tradición eslava recuperada a comienzos de siglo para ocupar el lugar de Santa Claus.

Tió de Nadal: Tradición navideña catalana. Su versión más extendida consiste en coger un tronco al inicio de Adviento para darle calor y comida. En Nochebuena los niños lo golpean con bastones para que cague regalos y dulces.

Ratón Pérez: Personaje fantástico que se encarga de recoger los dientes que se les caen a los niños para cambiárselos por dulces, monedas u otros regalos.

Hada de los dientes: Personaje similar al Ratón Pérez propio de la cultura occidental de habla inglesa.

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martes, 7 de febrero de 2017

La leyenda de Selene y el gato


Nota: Relato presentado a un concurso de la comunidad "Relatos Compulsivos".

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Se cuenta que en el principio de los tiempos, cuando los continentes eran uno, la diosa Luna se asomaba todas las noches al inmenso espejo de aguas calmas que por entonces era el mar para ver reflejada su hermosura de plata.

viernes, 30 de octubre de 2015

Un cuento para Pablo: «La leyenda del cerezo y la nube»

Tres lágrimas de lluvia cayeron sobre un pequeño cerezo del valle del Jerte. «¿Qué te ocurre?», preguntó el arbolito a la desdichada nube. «Mis hermanas se meten conmigo –le contestó el nubarrón tras sonarse ruidosamente las narices con un retal de vapor de agua–. Ellas son grandes, blancas y esponjosas, mientras que yo soy densa y oscura. Así que estoy triste y tengo ganas de llorar». «No lo hagas –le dijo el cerezo–. Si debe haber alguien triste en este valle ése tendría que ser yo. Soy tan pequeñito que cuando llueve el agua llega primero a las ramas de mis hermanos mayores. Y si hace buen tiempo tampoco es mejor; siempre estoy a la sombra de ellos. ¡Así nunca podré crecer!», se quejó con una pátina de resina empañándole los ojos. Emocionada la nube con el árbol, entristecido el árbol por la desgracia de la nube, los dos desdichados se fundieron en un fuerte abrazo y el nubarrón lloró sobre el hombro rugoso de su nuevo amigo una tormenta de lágrimas. El amanecer los sorprendió aún abrazados y el sol, enternecido por la penuria de los nuevos amigos, los cubrió con sus primeros rayos, dándoles calor.
Hacia el mediodía de aquel primero de marzo, entre tirabuzones de niebla plateada, el pequeño cerezo lucía contento una copa de flores blancas como nunca antes habían visto las gentes del lugar, adelantando su floración varias semanas a la del resto de sus hermanos. Desde entonces se cuenta en el valle la leyenda del cerezo y la nube, afirmando los que lo vivieron, y no hay razón para dudar de ellos, que cuando la lluvia cubre con su manto el valle del Jerte, las gotas de agua repiquetean con júbilo sobre el tronco del cerezo, celebrando el reencuentro de los dos viejos amigos.
Así me lo contaron y así lo cuento yo.


B.A., 2.015
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miércoles, 29 de abril de 2015

Un cuento para Pablo: «Gus, el intrépido astronauta»

Pablo, hoy te voy a contar la historia de un astronauta muy especial.
Se llamaba Gustavo, aunque prefería que lo llamaran Gus, y desde siempre quiso viajar al espacio y explorar planetas fabulosos. Eso, me dirás, no es nada raro. Incluso puede que tú también hayas querido ser astronauta alguna vez. Pero si te digo que Gus era un globo, de esos redondos que adornan los cumpleaños de cualquier niño… entonces la cosa cambia, ¿verdad? Ahora es cuando digo aquello de «Érase una vez» y comienza la historia.

martes, 9 de septiembre de 2014

Un cuento antes de dormir

Flor Rodríguez de Almansa



Dedicado a quien pudo ser…

El Cuentacuentos recorría la Calle del Ángel todos los días pasados cinco minutos de las nueve de la noche. Montaba una flamante bicicleta color rubí con radios de plata, y con breves toques de timbre acompañaba sus cantos, que tomaban la forma de pajaritas de papel dorado. Los pequeños seguían el avance de la estela rojiza, sólo visible para sus ojos inocentes, con las naricillas pegadas al cristal de las ventanas, sintiendo cómo las pajaritas doradas se derretían sobre sus cabellos limpios y perfumados en forma de bellas historias de dragones y princesas que invitaban al sueño. Y cuando éste finalmente venciera, el primer suspiro que el niño dormido exhalara llegaría al Cuentacuentos en forma de botón, del tamaño, color y material más diverso, que éste guardaría con cariño en las alforjas de piel que llevaba su espalda.