Solo las poderosas manos de los dioses podrían haber
elevado esos enormes monolitos hacia los cielos, las únicas huellas que
perduraban de su divino paso por el mundo terreno. Semejante obra magna
escapaba de las garras de la naturaleza salvaje como lo hacía de la primitiva
comprensión de los hijos de hombre, y si bien era cierto que se hallaba en un
estado muy avanzado de abandono, olvidada tiempo ha por quienes la moldearon, a
ellos no correspondía entender los actos inescrutables de los Elevados sino
venerarlos, como siempre recordaba el Primer Sabio a su rebaño de fieles.
Broadway, Pepsi,
Wall Street, 5 AV, McDonald´s, Manhattan,… El incomprensible lenguaje divino se hallaba impreso
por doquier, semejante al enrevesado rastro que dejan los pájaros sobre la
arena mojada en su búsqueda de un molusco que echarse al buche. Hasta la
llegada de un iluminado que supiera interpretarlo, los acogidos bajo la
paternal guía del Primer Sabio se limitaban a cumplir su labor para con la Gran
Madre, quien los abastecía en su infinita gracia de refugio y alimento. Y qué
mejor forma que agradecérselo con toda suerte de sacrificios y danzas rituales cuando
Su Hijo, el del áureo cabello, alcanzaba su altura máxima en el cielo, punto
álgido sobre el que pivotaba la sencilla vida de aquella primitiva sociedad al
marcar el inicio de la cosecha.
Dos veces al año, la luz del atardecer se
alineaba a la perfección con la obra divina, fenómeno especialmente grandioso
en los pasos marcados con los caracteres divinos W 34 th St y W 42 nd St. En
ese momento, el de la faz ardiente arrancaba reflejos de oro a las superficies
pulidas de los monolitos para formar un corredor de luz donde los hijos de
hombre allí congregados podían sentir cómo se henchía de energía su yo
interior, sintiéndose en comunión con la Gran Madre. Tras concluir los festejos
de agradecimiento los fieles, ahora renovados, volverían a sus quehaceres como
cazadores y recolectores.
En pocas lunas ocurriría la Ascensión del
Hijo, la primera del ciclo, y hacia la huella de los dioses se encaminó la
tribu en multitudinario peregrinaje. En su camino harían noche en la isla de la
diosa del brazo en alto, la mensajera de la Buena Nueva, tras cruzar sus aguas
sagradas en las embarcaciones portadas en andas desde el poblado entre
cánticos, rezos y danzas de éxtasis. Cuánto regocijo podía albergar el corazón de
aquella masa jubilosa de penitentes.
Quizás fuera el comienzo de una nueva Edad de Hielo o
tal vez sólo una brusca y persistente bajada de las temperaturas provocada por
el aleteo de una mariposa allá en los confines del mundo. Sea como fuere, el
frío se prolongaba tanto en el tiempo que los hijos de hombre empezaron a ver
con desesperación cómo los animales perecían congelados y los brotes verdes de
las cosechas se negaban a salir. Anciano alguno fue testigo con anterioridad de
semejante catástrofe; de alguna forma habían enfurecido a la Gran Madre y esta
los expulsaba del Paraíso.
En grave asamblea en torno al fuego que
abastecía de luz y calor al poblado, el Primer Sabio propuso a sus protegidos
un doble éxodo a fin de asegurar el futuro de los hijos de hombre. El grupo
principal, donde irían la totalidad de ancianos y niños por su naturaleza
débil, lo haría por tierra, encabezando él mismo la marcha en pos de los
animales salvajes en migración hacia zonas más cálidas. El otro, menos numeroso
y a cargo del Segundo Sabio, se embarcaría en una peligrosa odisea para
alcanzar las tierras allende las aguas, donde según las leyendas les aguardaba
una promesa de futuro en forma de verdes valles y largos ríos llenos de vida.
Cuando ambas expediciones estuvieron
preparadas, los dos grupos de hermanos se despidieron entre lágrimas y deseos
de buena suerte, sabedores de no volver a encontrarse de nuevo en la vida mortal.
Más de cien generaciones habían transcurrido desde que
los hijos de hombre pisaran la nueva tierra, uniéndose en pacífica convivencia
con el pueblo allí establecido, adoradores como ellos de la Gran Madre y de Su
Hijo. En la tradición oral de la nueva comunidad quedó perpetuada la Gran
Migración como una leyenda sobre sus orígenes ancestrales, historia que
compartían los viejos al abrigo de un buen fuego en las frías noches de verano.
Nada quedaba ya del paso de los dioses
por el mundo terreno. Desde tiempos remotos toda huella divina había sido
borrada de la faz de la tierra a causa de catástrofes naturales o de la
incesante acción de los elementos, quedando para los hijos de hombre un mundo
virgen en el que dejar su propia huella.
Como fieles adoradores de la Gran Madre y
de Su Hijo, el Primer Sabio decidió levantar, a semejanza de lo recogido en las
viejas leyendas, una estructura circular de enormes monolitos de piedra; un
recinto que se alinearía perfectamente con El Hijo cuando su fulgor alcanzara
la máxima altura en el cielo, invitándolos con su dorada sonrisa a iniciar la
cosecha.
Siglos después, los descendientes de
aquellos hijos de hombre conoceremos esa estructura con el nombre de
Stonehenge.
B.A.: 2025





