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domingo, 19 de junio de 2022

El latido del hombre muerto


Fotos de Pixabay e Internet

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Nota: El reto de la última convocatoria de este año consiste en escribir un relato de terror gótico en el que deberá aparecer algún personaje, objeto o localización de cualquiera de los relatos de Poe. Yo he utilizado como base el relato «El corazón delator», enfocándolo desde el punto de vista del anciano asesinado por su joven asistente. Espero que os guste mi visión. 

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Oscuridad. Silencio y oscuridad. Nada oye, nada ve… Nada siente. ¿Estará soñando quizás? Lo último que recuerda el anciano es haberse despertado de un sobresalto para sentarse en la cama, la espalda apoyada contra la cabecera, a la búsqueda del motivo de su desvelo. Se hallaba solo en el dormitorio. Los postigos seguían cerrados, según acostumbraba por temor a los ladrones, y aún así algo hacía que los pelillos se le pusieran enhiestos. Algo oculto en la oscuridad. Una… presencia junto a la puerta de entrada. Tal era el miedo padecido que por espacio de una hora quedó despierto con la vista clavada en aquella dirección.

A cada minuto que pasaba más rápido latía su corazón. Pu-pum, pu-pum, hacía, drenándole gota a gota la vitalidad y la cordura. Pupum-pupum, pupum-pupum. Un dolor repentino en su atormentado pecho le avisó de estar al borde de un ataque pero... ¿Qué podía hacer? El terror atenazaba sus miembros, anclándolo a la cama, y la garganta seca y cerrada le negaba el auxilio del grito. Solo cuando el viejo órgano se paró tras un súbito temblor el ansiado chillido pudo escapar por entre sus agrietados labios, señal para que aquello que aguardaba junto a la puerta saltara sobre él, las manos hacia delante, dispuesto a extirparle el último hálito de vida. Ahora lo recuerda.

Nada oye, nada ve, nada siente… ¿Había sucedido en realidad o no era más que un mal sueño? Convencido de ser víctima de una pesadilla el anciano lucha con todas sus fuerzas para vencer la oscuridad, algo que al fin parece conseguir cuando a sus oídos llega el chirrido de una sierra, como si estuvieran cortando leña, y el goteo de un líquido sobre una superficie cerámica. ¿Tiene sentido aquello? También empieza a ver: al fondo las ventanas cerradas con postigos y sobre su cabeza el dosel de la cama. Junto a ella la mesita de noche con una lámpara sorda abierta al máximo y ante el cono de luz su joven asistente arrodillado en el suelo... Un momento. ¿Por qué se halla él en su dormitorio en hora tan intempestiva? ¿Qué está haciendo, por el amor de Dios? Es el joven quien está usando una sierra de carpintero para cortar. Trabaja sobre algo duro, en vista de la fuerza empleada, que finalmente logra separar con un bufido de satisfacción. Cuál no es la sorpresa del anciano cuando un brazo cercenado queda visible a la luz de la lámpara; un miembro que reconoce al instante pues aún viste la manga de su camisón de dormir. ¡Realmente ha sido asesinado por aquel demente! ¿Entonces qué es ahora? ¿Un fantasma? ¿El recuerdo incorpóreo de aquello que fuera en vida?

Desearía enloquecer. Correr por la habitación entre gritos descarnados... Atacar a quien veía como a un buen asistente y mejor compañero. En vez de eso permanece en una esquina del cuarto viendo cómo continúa el ultraje de sus restos mortales pues al brazo derecho le sigue la amputación del izquierdo, para rematar tan macabra tarea con las piernas. La cabeza, envuelta en trapos, fue lo primero que se violentó.

El asesino ha acompañado su incansable trabajo con confidencias hechas en voz alta. «¿Acaso un loco hubiera actuado con semejante sangre fría?» –se defiende ante un invisible tribunal; ante la figura de alguna eminencia psiquiátrica presente solo para su afiebrada mente–. ¿Un enajenado hubiera utilizado un barreño para no manchar el suelo de sangre?». El anciano es incapaz de imaginar la causa de tal violencia. No era un hombre desmesuradamente rico y siempre trató a su asistente con exquisita cortesía. Con afectuosidad, diría. El joven, sin duda, ha perdido la razón, por mucho que defienda lo contrario.

Los seis grotescos bultos en que ha quedado dividido el cuerpo del anciano descansan al fin bajo los maderos del suelo. El cuarto se halla en perfecto orden no bien asoman los primeros cabellos de la diosa Aurora, momento en que alguien anuncia su llegada con la aldaba de la puerta. Toc, toc, toc. Con total tranquilidad el joven baja las escaleras para volver al dormitorio seguido de tres hombres, oficiales de policía según se presentan, quienes investigan un supuesto grito oído en mitad de la noche.

Desde el rincón el anciano es testigo de cómo su asesino explica a los oficiales que fue él quien gritó a causa de un mal sueño. Apunta de paso que su viejo compañero se halla de viaje, aclaraciones todas ellas que ofrece sentado en el mismo sitio donde yace el cuerpo humillado. Tamaña desfachatez es imposible soportar. El ente siente la necesidad de vengar su muerte y así, usando los dones de su nueva naturaleza, consigue arrancar un latido a su frío corazón, pu-pum, tan débil como el de un gorrión. Pero a este le sigue otro, y otro más, y cuanto más golpea bajo las tablas más lívido se pone el joven, pu-pum, pu-pum, pu-pum, quien salta de su asiento como si lo hubieran pinchado con un alfiler. Entonces intenta acallar los latidos solo por él escuchados con toda suerte de argucias. Habla alocadamente, se encara a gritos con los oficiales, gesticula con viveza,… hasta que la presión le vence y aúlla:

–¡Malditos! No disimuléis más. Yo lo maté, lo confieso. ¡Ahí está, bajo esas tablas! ¡Escuchad latido de su monstruoso corazón!

El anciano, consumada su venganza, se deja arropar por los brazos amorosos del Más Allá.

 

B.A.: 2022


Safe Creative #2204271006893

lunes, 12 de octubre de 2020

Titiritero



Nota: Para la XXIII edición del Tintero de oro, David nos reta a escribir un relato escrito en primera persona en el que el protagonista sea un psicópata. Esta es mi propuesta.


*    *    *

–¿Le interesan las Hermes Ultimate?

Me mira con recelo. Cualquier mujer se muestra desconfiada cuando un desconocido le dirige la palabra. Y no es para menos según los tiempos que corren. Debo soltar algo de sedal o se me escapará, y para ello nada mejor que la aparición del lameculos del encargado.

–¡Qué pasa, Matías! ¿Haciendo horas extra?

–Ya me iba, Jaime. Sólo quería ayudar a esta señora a elegir sus deportivas.

–Por un momento creí que querías quitarme el puesto.

–¡Qué jodío! –me despido con el desenfado del perfecto compañero de trabajo; debo cuidar mi imagen a ojos de la potencial «clienta».

–¿Trabaja usted en Podium? –me pregunta la mujer, menos suspicaz.

–Así es. Matías Ovejero, responsable de la sección de running. Acabo de terminar el turno pero la vi tan indecisa…

Dejo la frase en el aire, mi mejor sonrisa de niño bueno dibujada en la cara. Tiene que llevarse esas zapatillas. DEBE llevarse las Hermes Ultimate, o mi plan se irá al garete.

–No quisiera molestarle.

–Para nada –un imperceptible cerrar de ojos me avisa; he de ir más despacio–. Hasta dentro de media hora no sale mi tren, y la estación está aquí mismo.

La perspectiva de que tenga que coger el tren hace que me vea como a alguien de paso, y baja un poco las defensas. He resuelto el traspié por la mínima.

–Entonces… ¿Qué puede decirme de las Ultimate? –pregunta al fin, interesada.

–Ah, las Ultimate. Son lo mejor de la marca Hermes para el running –afirmo contundente y paso a enumerarle las supuestas cualidades de la ridícula zapatilla vendida por Podium en exclusividad. Para ser sinceros, las deportivas son una auténtica mierda, fabricadas en uno de los muchos zulos que en Bangladés llaman taller–. Pesan poquísimo, la mitad de esas que lleva usted ahora mismo, y el precio no está nada mal.

»Y fíjese en lo flexibles que son, gracias a su tecnología de estrías de flexión. ¿Dónde suele ir a correr?

De nuevo aquella sombra de duda en la mirada. En verdad es una presa difícil y debo recurrir a una de mis mejores artimañas. La llamo «El calzonazos». Repentinamente hago como si me vibrara el móvil y tras disculparme escenifico para su incomodidad la típica escena del hombre de carácter débil subyugado a la voluntad de su pareja. «Hola cariño. Ya salgo... No, no voy a perder otra vez el tren. Por supuesto que me paso por el súper. Adiós, adiós.» El resultado es instantáneo y la mujer deja de sentirse amenazada.

–Le estoy entreteniendo.

–No diga eso, por favor.

–Su tren…

–Tengo tiempo. De verdad.

–Está bien… Suelo ir al Parque de las Tres Chimeneas, cerca de la iglesia de San Lázaro.

–Perfecto.

–¿Cómo dice?

–Digo que estas zapatillas son perfectas –casi vuelvo a meter la pata por la puñetera precipitación–. La amortiguación de gel hace que sean las más apropiadas para practicar running en cinta o carretera, y ese parque está asfaltado.

–¿Sabe? Me ha convencido.

La joven se despide con un sincero «gracias», llevándose bajo el brazo unas Hermes Ultimate de la talla 38 ½, y yo corro en dirección opuesta para no perder el tren, pues realmente mi casa se encuentra a un cuarto de hora de viaje en el cercanías.

Ya acomodado en el vagón no puedo más que sonreírle a mi reflejo en el cristal. No soy un psicópata a la manera de lo que nos tiene acostumbrado Hollywood: no acuchillo a nadie en la ducha disfrazado de mi madre ni me como el hígado del encargado del censo con habas y un buen Chianti. ¡Fffftttt! No. Yo soy un artista, un maestro del títere que maneja a su antojo los hilos de los protagonistas del drama humano, y actualmente ocupo mi tiempo con un interesante proyecto relacionado con la Ultimate.

La opinión pública aún no sabe que la ciudad se halla bajo el terror de un asesino en serie. Actúa en el entorno de las Tres Chimeneas, siendo todas sus víctimas corredores que calzan el mismo modelo de zapatillas, unas Hermes Ultimate. No sé si será un inmigrante asiático que perdió algún familiar en el reciente derrumbe del taller bangladesí donde se confeccionaba el material de la marca Hermes, por un sueldo de poco más de un euro al día, o si simplemente es alguien de la competencia con ganas de hundir Podium. ¡Qué más da! Lo cierto es que ya ha acabado con la vida de tres mujeres, un hombre y un niño. La policía conoce la relación entre los casos pero Podium ha recurrido a sus más importantes contactos para que no se haga pública la información, por razones obvias.

Me enteré de tan perfecta oportunidad para practicar el arte de la manipulación por pura casualidad, a través de un amigo policía de tendencia bocazas, y subrayo su condición de «perfecta» porque ya trabajaba en la sección de running de Podium y conocía las puñeteras zapatillas. Desde entonces, no hago más que contar a mis clientes las excelencias de la Ultimate, recomendándoles de paso el parque de las Tres Chimeneas. Puedo afirmar sin lugar a error que he sido el propiciador de dos de los fatales encuentros ocurridos en él.

¡Vaya! El pesado de mi vecino viene hacia aquí.

–¡Matías! Contigo quería yo hablar.

–¿En qué puedo ayudarte?

–Como trabajas en Podium… ¿Podrías recomendarme unas?

–Por supuesto.

 

B.A.: 2.020



Nota: «Titiritero» se ha llevado la segunda posición en la XXIII edición del Tintero de oro.


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viernes, 3 de julio de 2020

Escape room




No sabía cómo había llegado hasta allí. Recordaba dirigirse al trabajo como cada día, con la misma masa apresurada de siempre a su alrededor, cuando de pronto le sobrevino un narcótico y espeso desvanecimiento del que logró salir imposible determinar cuánto tiempo después.
La vivienda en la que se encontraba era un espacio diáfano que cumplía la doble función de salón y dormitorio, al que media docena de apliques LED resolvía la ausencia de luz natural. Arreglada con lujo e indiscutible buen gusto, la estancia de planta rectangular se hallaba dominada por una cocina americana propia de las mejores revistas de decoración, llenos sus muebles de almacenajes de los más delicados manjares. Y en generosas cantidades. Envases al vacío de jamón ibérico, caña de lomo, mojama y queso; conservas del mejor producto nacional y de importación; aceites y vinos que harían las delicias del gourmet con el paladar más exigente;... Frente a ella, ocupando la esquina izquierda de la pared, un pequeño baño levantado con placas de yeso daba solución a las necesidades de higiene de su ocupante.
Dos puertas daban acceso a la vivienda. Con el miedo bien acomodado en el cuerpo se dirigió a la más cercana a la cocina, hallándola cerrada. No quedaba otra que dirigirse a la frontera, su segunda opción, pues la coronaba un siniestro luminoso donde podía leerse «EXIT?», así escrito, punteada la palabra con una interrogación tan afilada como la hoja de una guadaña.
Súbitamente, ya con la mano sobre la manija, se echó a reír, y fue la suya una risa nerviosa, incontrolada y un punto delirante. ¡Estaba en un escape room! ¡¡Un escape room!! No podía ser de otra forma. Sin duda, con la fecha de la boda ya tan cercana, sus familiares y amigos le habían preparado aquella broma para celebrar sus últimos días de soltería. ¡Pues se iban a enterar! Los minutos de terror que había padecido les iban a salir muy caros.
Con algo de hambre y mucha gula, atacó las exquisiteces que almacenaba la cocina sin orden sin concierto, regándolas con buenos tragos de vino que bebía a gollete. Cuando el estómago le protestó de puro lleno, algo embotados los sentidos por efecto del alcohol, se encaminó de nuevo hacia la puerta del luminoso, cuya manija sí estaba desbloqueada, cruzando triunfante el umbral tras el que sin duda hallaría el final de aquel juego de tan mal gusto. No fue así. En vez de sonrisas traviesas y codazos cómplices, lo que aguardaba al otro lado era una habitación estanco de 2x2 rematada con otra puerta que sólo pudo franquear cuando la que acababa de cruzar se cerró con un aciago clic. Una nueva vivienda llenó entonces su vista, de iguales proporciones y distribución que la que acababa de dejar, pero menos lujosa en cuanto a mobiliario, con alimentos no tan selectos a su disposición y, lo que era más espeluznante, en menor cantidad. Sobre la puerta frontera, un luminoso con la palabra «EXIT?» le dio la bienvenida a modo de burla.
Cruzó con irritación a una tercera estancia, e incluso tuvo la suficiente fuerza de voluntad para acceder a una cuarta, el miedo sustituyendo paulatinamente a la furia, y en cada ocasión se encontró en una estancia más modesta que la anterior y peor aprovisionada. Lo único que permanecía inmutable era el luminoso de «EXIT?».
¡Tenía que ser una broma! Tal vez participaba sin saberlo en un programa de televisión de cámara oculta o en un experimento sociológico de objetivo incomprensible. Pero no. Algo en su interior le decía que aquello era real; que había sido víctima de un secuestro y que su responsable le estaba obligando a jugar según sus retorcidas reglas. ¿Y si aquel laberinto para ratones concluía en una habitación sin salida alguna? ¿Y si en ella sólo encontraba pan y agua para saciar sus necesidades? ¿Y si…? Tanteó la manija y comprobó que cedía a la presión, como había ocurrido hasta entonces con sus hermanas. Al otro lado hallaría la salida o una nueva habitación, con las pavorosas implicaciones que ello conllevaba. Debía tomar una decisión y no era para nada fácil.
Una fuerza combativa que no sabía que poseyera se superpuso a su instinto de supervivencia, más inclinado a esperar la ayuda exterior entre aquellas cuatro paredes donde aún la comida era abundante, y así, tras hacer acopio sobre una manta de cuanto se pudo agenciar –no era de recibo pecar de estupidez–, inspiró una buena bocanada de aire y accionó con resolución la manija para tirar de ella hacia sí. De una zancada se colocó en medio de la habitación estanco y cuando el esperado clic anunció el cierre de la puerta a sus espaldas, abrió la otra de un empellón.
Un luminoso con la palabra «EXIT?» bostezó ante su firmeza, como lo haría un espectador aburrido por una película de lo más previsible, indicando la ¿salida? de una vivienda amueblada con muebles de montaje en kit.

B.A.: 2020

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jueves, 26 de mayo de 2016

Parte de la familia

Zenda convoca un nuevo concurso de relatos.
La única condición es que aparezca la palabra «amanecer».
Ésta es mi propuesta.

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–Tresco no existe. ¿Verdad?
–¿Estás fumao o qué te pasa?
Era amigo de Martín desde el primer año de instituto. La nuestra era la típica relación de amistad entre adolescentes, con sus confidencias y ocasionales peleas, entrando el uno en casa del otro como si fuera la propia. Compartíamos la hora de la merienda, los juegos de cartas con la familia las tardes de los domingos y las vacaciones en la playa. Y aún así, a pesar de esta inquebrantable complicidad, siempre planeó sobre nosotros la oscura sombra de Tresco.

miércoles, 18 de mayo de 2016

La vichyssoise de la mujer barbuda

Nota: Fotografías sacadas de
Internet y de Pixabay.

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Los siguientes datos están extraídos de WikiFarándula, la enciclopedia libre del espectáculo.

Todo en el Gran espectáculo de variedades y fenómenos de Monsieur Poussin era un fraude, salvo Monsieur Poussin. El hijo de Buffalo Bill difícilmente podría haber nacido en Chiclana en 1923 y el unicornio no era más que un jamelgo, de nombre Rocinante, al que el empresario engalanaba con un cuerno de madera. Aún así, o precisamente por ello, Jacques Poussin sigue siendo un referente mundial del show business.