jueves, 14 de enero de 2021

Entre tinieblas y agua de azahar



Nota: El Tintero de Oro propone para el mes de enero escribir un relato de 250 palabras que esté narrado en primera persona por un personaje ciego de nacimiento. Aquí está mi propuesta.

 

–––––––––––––––––––––


–Cati, coge mi mano.

–Pero es mi casa y tú eres…

–Confía en mí.

Es un apagón generalizado. La ciudad no está preparada para tan tremenda ola de calor y los cortes de luz son una constante. Sin los móviles a mano, Cati proponer llegar a la cocina, donde afirma tener alguna vela con la que burlar las tinieblas. Al menos las suyas, pues yo vivo en ellas desde que nací.

Cati agarra mi mano, decidida, y una corriente eléctrica recorre mi cuerpo, recordándome la razón por la que estoy allí. «Tengo algo que confesarte», fue el críptico mensaje de mi amiga y ante su puerta me presenté con la esperanza de ser la razón de sus desvelos. Pues Cati está enamorada, no necesito los poderes de Daredevil para saberlo, y toda la información que recibo de su cuerpo afiebrado me lo confirma, desde su alegría apenas contenida al nerviosismo de su conversación, llena de evasivas. Y ese perfume de azahar, tan distinto de la colonia de baño que utiliza a diario. Nunca me ha ido mal en el amor, pero Cati es Cati.

Me muevo sin dudar por el piso, guiándola para que no tropiece con sus propios muebles. Ya en la cocina, animada por la intimidad que da la vela, Cati se deja de rodeos, y es entonces cuando percibo la nota discordante.

–¿Conozco al afortunado? –corto la confesión apenas iniciada, desilusionado.

–¿Cómo sabes…?

–No hace falta ser Daredevil –digo y compongo mi más honesta sonrisa de amigo.

 

B.A.: 2021


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viernes, 11 de diciembre de 2020

Un cumpleaños y un adiós

 


«Mensaje de Arecibo: Relatos desde el planeta Tierra» cumple este diciembre siete años de andadura. Aprovecho la oportunidad de participar como invitado en la edición XXIV del Tintero para celebrarlo con todos vosotros.

 

Un cumpleaños y un adiós

 

Los noto a mis espaldas cada vez que enciendo el ordenador. Me erizan con su aliento los pelillos del cogote, sobre el que hacen planear alguna que otra colleja cada vez que las musarañas atrapan mi atención –hay que entenderlos, no están aquí para perder el tiempo–. También me acompañan durante la tediosa tarea de la limpieza diaria, distrayendo mi imaginación con frases ingeniosas dichas en voz queda, y los hallo junto a mi cama cuando a las tres de la mañana me despierto con unas pocas líneas atrapadas en mi cabeza –«¡Libre! La pluma escapó del encierro del edredón con un ¡pop! más imaginado que audible, y aprovechó el primer barrido de la semana para salir por el hueco de la ventana, a la búsqueda del recuerdo de lo que fuera un día», es lo último que escribí en la aplicación de notas de mi teléfono móvil con ojos legañosos bajo su supervisión–. Son inexistentes como los sueños a la luz del alba, y aun así de una realidad cierta, poderosa, guías serenos de las palabras tecleadas por mis torpes dedos sobre un teclado QWERTY de lo más normalucho y un punto cochambroso.

Ian Fleming, Orson Scott Card, Jerry Pournelle,… Ray Bradbury me contempla con sus ojos engurruñados a través de unas gruesas gafas de pasta. Lleva en las manos un ejemplar de su obra de referencia, Crónicas marcianas, a la que dediqué un sincero homenaje el pasado mes de abril, recién estrenada esta maldita pandemia de cuyo final aún no sabemos nada a ciencia cierta. A su lado se encuentra Arturo Pérez-Reverte. El responsable del sillón T de la Real Academia de la Lengua ve pasar la vida con una mueca sarcástica, tan característica de quien viene de vuelta de todo, para después intercambiar unas palabras con Julio Verne. ¡Cómo no iba a estar él ocupando un sitio de honor en la fila de mis musas! ¿Qué hubiera sido de mí sin su Dueño del mundo? Puedo decir sin lugar a error que sobre su obra se articula todo mi trabajo, por muy fría que le resulte a algunos de sus personajes. ¿No es así, don Arturo?

Asimov, King y Ende por su poderosa imaginación. Y también algunos autores nórdicos de novela negra, como Larsson o Nesbø. Arthur Conan Doyle y su eterno tándem formado por Sherlock Holmes y el doctor Watson, y cómo no iban a estar cineastas de la talla de Spielberg, Burton, Raimi, Leone, Besson, Kurosawa o Cameron. Y Lucas. No puedo olvidarme de George Lucas, a quien tanto debe la estación espacial Rebis. ¿Alguna vez verá la luz mi space opera? No lo sé.

Metal, cromo, rayos láser, aventura épica y malos muy malvados de dificultosa respiración; planetas imaginarios y vueltas al mundo en 79 días; androides de protocolo y astromecánicos de lenguaje grosero; cíborg defensores de la ley con recuerdos humanos, T-800 asesinos y aquellos otros, los llamados Nexus-6, que han visto brillar rayos-C en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser. Y también zombis, y vampiros y extraterrestres de toda índole, de piel verde o azul o anaranjada dependiendo del planeta donde nacieran. Vivos o ya muertos siempre vivos, el trabajo imperecedero de todos ellos ha hecho de mí al creador que soy hoy, con sus pocas virtudes y muchos defectos. Tengo tanto que agradecerles…

Este diciembre se cumplen siete años del inicio de la andadura de mi modesto blog de relatos, y precisamente el día 1 me llega la noticia del colapso del radiotelescopio Arecibo, aquel por el que fuera bautizado. Me urge la necesidad de escribir un microrrelato en su honor, así que husmeo en la web a la búsqueda y captura de información sobre los diversos intentos de la Humanidad por entablar contacto extraterrestre.

La investigación parece agradar a Julio Verne, tan puntillista en todo lo relacionado con la literatura científica, pero su aceptación vira al disgusto cuando ve cómo me conformo con sólo un puñado de datos. «Disculpa, maestro –me dirijo a su figura borrosa por el descontento–. Sólo busco algo de base para un relato de 900 palabras. Pero no lo defraudaré –aseguro convencido–; tengo previsto terminarlo de forma melodramática». No lo puedo evitar. Los finales felices se me escurren entre las manos como el agua de lluvia y mis pensamientos ya moldean el trágico fin de un radiotelescopio imaginario emplazado en la isla de Gran Canarias, donde llegaría la ansiada respuesta extraterrestre en el momento exacto de su desconexión, sin técnico ni científico alguno que diera testimonio del extraordinario acontecimiento. Para bien o para mal.

Y con una urgencia desbocada, sin convencer del todo al viejo escritor, me pongo a aporrear el teclado de mi ordenador.

 

Era una época de ilusión. El hombre había por fin dejado su huella impresa sobre la superficie lunar y el deseo de encontrar vida extraterrestre era cada vez más acuciante. Las sondas espaciales Voyager llevaban en sus tripas información sobre el planeta Tierra con la esperanza de un encuentro con vida inteligente, y desde Arecibo se lanzó al cúmulo globular M13 un mensaje de parecida índole de 1679 bits, que tardaría unos 25 milenios en llegar. Con tal derroche de presupuesto invertido por los más importantes organismos del mundo, nadie podía imaginar que los instrumentos alienígenas estuvieran en línea con un humilde radiotelescopio situado en suelo canario…

 

B.A.: 2020





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miércoles, 25 de noviembre de 2020

Ley de vida

 


Nota: En el reto del mes de noviembre de El Tintero de Oro, se nos anima a trabajar el Cliffhanger, recurso narrativo que consiste en construir una situación de gran tensión dramática que, sin embargo, queda interrumpida y deberá completarse más adelante. ¡Y todo en 250 palabras! A ver cómo sale.

*         *         *

Era el mejor trabajo del mundo. Tenía sus desventajas, por supuesto, como la vez que pasó toda la noche tirado en el suelo, el termómetro rozando los cero grados, o aquellas ocasiones, las más, en las que su pequeño dueño lo abrazaba con desmesurada fuerza pero… ¿Qué era eso para un perro de peluche comparado con el honor de proteger su sueño de pesadillas y monstruos legendarios? Tanta felicidad duró diez años. ¿O fueron once? Pluto ya no lo recuerda.

Sólo en dos ocasiones vio peligrar su privilegiada posición. La primera con Azuquita, una perra viejita adoptada que apenas molestaba con sus quedos ladridos, y la segunda con 1-0-3, mamá primeriza de una camada de perritos, de atractivo color arcoíris y acusado instinto protector. Afortunadamente, las dos eran seres imaginarios, imposibles de abrazar, y Pluto pudo ver desde la cabecera de la cama cómo su dueño se hacía un hombrecito, hasta olvidar todos sus juegos y miedos infantiles. Así debía ser.

Desde la estantería donde fue desterrado una vez innecesaria su celosa vigilia, Pluto contempla el discurrir de los días con resignación, semejantes a motas de polvo que cruzaran lentamente los rayos del sol vespertino. Hoy podría ser su último día y aun así no cambiaría nada de lo vivido... ¡Chitón! Llega su dueño. Habla por teléfono de una recolecta benéfica mientras echa en una bolsa cuanto libro, puzle y muñeco ha conservado por pura nostalgia para después, terminada la llamada, posar una mirada indecisa en su viejo protector.

 

(Continuará)



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lunes, 12 de octubre de 2020

Titiritero



Nota: Para la XXIII edición del Tintero de oro, David nos reta a escribir un relato escrito en primera persona en el que el protagonista sea un psicópata. Esta es mi propuesta.


*    *    *

–¿Le interesan las Hermes Ultimate?

Me mira con recelo. Cualquier mujer se muestra desconfiada cuando un desconocido le dirige la palabra. Y no es para menos según los tiempos que corren. Debo soltar algo de sedal o se me escapará, y para ello nada mejor que la aparición del lameculos del encargado.

–¡Qué pasa, Matías! ¿Haciendo horas extra?

–Ya me iba, Jaime. Sólo quería ayudar a esta señora a elegir sus deportivas.

–Por un momento creí que querías quitarme el puesto.

–¡Qué jodío! –me despido con el desenfado del perfecto compañero de trabajo; debo cuidar mi imagen a ojos de la potencial «clienta».

–¿Trabaja usted en Podium? –me pregunta la mujer, menos suspicaz.

–Así es. Matías Ovejero, responsable de la sección de running. Acabo de terminar el turno pero la vi tan indecisa…

Dejo la frase en el aire, mi mejor sonrisa de niño bueno dibujada en la cara. Tiene que llevarse esas zapatillas. DEBE llevarse las Hermes Ultimate, o mi plan se irá al garete.

–No quisiera molestarle.

–Para nada –un imperceptible cerrar de ojos me avisa; he de ir más despacio–. Hasta dentro de media hora no sale mi tren, y la estación está aquí mismo.

La perspectiva de que tenga que coger el tren hace que me vea como a alguien de paso, y baja un poco las defensas. He resuelto el traspié por la mínima.

–Entonces… ¿Qué puede decirme de las Ultimate? –pregunta al fin, interesada.

–Ah, las Ultimate. Son lo mejor de la marca Hermes para el running –afirmo contundente y paso a enumerarle las supuestas cualidades de la ridícula zapatilla vendida por Podium en exclusividad. Para ser sinceros, las deportivas son una auténtica mierda, fabricadas en uno de los muchos zulos que en Bangladés llaman taller–. Pesan poquísimo, la mitad de esas que lleva usted ahora mismo, y el precio no está nada mal.

»Y fíjese en lo flexibles que son, gracias a su tecnología de estrías de flexión. ¿Dónde suele ir a correr?

De nuevo aquella sombra de duda en la mirada. En verdad es una presa difícil y debo recurrir a una de mis mejores artimañas. La llamo «El calzonazos». Repentinamente hago como si me vibrara el móvil y tras disculparme escenifico para su incomodidad la típica escena del hombre de carácter débil subyugado a la voluntad de su pareja. «Hola cariño. Ya salgo... No, no voy a perder otra vez el tren. Por supuesto que me paso por el súper. Adiós, adiós.» El resultado es instantáneo y la mujer deja de sentirse amenazada.

–Le estoy entreteniendo.

–No diga eso, por favor.

–Su tren…

–Tengo tiempo. De verdad.

–Está bien… Suelo ir al Parque de las Tres Chimeneas, cerca de la iglesia de San Lázaro.

–Perfecto.

–¿Cómo dice?

–Digo que estas zapatillas son perfectas –casi vuelvo a meter la pata por la puñetera precipitación–. La amortiguación de gel hace que sean las más apropiadas para practicar running en cinta o carretera, y ese parque está asfaltado.

–¿Sabe? Me ha convencido.

La joven se despide con un sincero «gracias», llevándose bajo el brazo unas Hermes Ultimate de la talla 38 ½, y yo corro en dirección opuesta para no perder el tren, pues realmente mi casa se encuentra a un cuarto de hora de viaje en el cercanías.

Ya acomodado en el vagón no puedo más que sonreírle a mi reflejo en el cristal. No soy un psicópata a la manera de lo que nos tiene acostumbrado Hollywood: no acuchillo a nadie en la ducha disfrazado de mi madre ni me como el hígado del encargado del censo con habas y un buen Chianti. ¡Fffftttt! No. Yo soy un artista, un maestro del títere que maneja a su antojo los hilos de los protagonistas del drama humano, y actualmente ocupo mi tiempo con un interesante proyecto relacionado con la Ultimate.

La opinión pública aún no sabe que la ciudad se halla bajo el terror de un asesino en serie. Actúa en el entorno de las Tres Chimeneas, siendo todas sus víctimas corredores que calzan el mismo modelo de zapatillas, unas Hermes Ultimate. No sé si será un inmigrante asiático que perdió algún familiar en el reciente derrumbe del taller bangladesí donde se confeccionaba el material de la marca Hermes, por un sueldo de poco más de un euro al día, o si simplemente es alguien de la competencia con ganas de hundir Podium. ¡Qué más da! Lo cierto es que ya ha acabado con la vida de tres mujeres, un hombre y un niño. La policía conoce la relación entre los casos pero Podium ha recurrido a sus más importantes contactos para que no se haga pública la información, por razones obvias.

Me enteré de tan perfecta oportunidad para practicar el arte de la manipulación por pura casualidad, a través de un amigo policía de tendencia bocazas, y subrayo su condición de «perfecta» porque ya trabajaba en la sección de running de Podium y conocía las puñeteras zapatillas. Desde entonces, no hago más que contar a mis clientes las excelencias de la Ultimate, recomendándoles de paso el parque de las Tres Chimeneas. Puedo afirmar sin lugar a error que he sido el propiciador de dos de los fatales encuentros ocurridos en él.

¡Vaya! El pesado de mi vecino viene hacia aquí.

–¡Matías! Contigo quería yo hablar.

–¿En qué puedo ayudarte?

–Como trabajas en Podium… ¿Podrías recomendarme unas?

–Por supuesto.

 

B.A.: 2.020



Nota: «Titiritero» se ha llevado la segunda posición en la XXIII edición del Tintero de oro.


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miércoles, 23 de septiembre de 2020

Desintonizados

 


Según el reto del Tintero de oro, este relato está basado en el siguiente argumento generado por Storynator.


Una bibliotecaria que no soporta a los idiotas y un barrendero que hace un drama de todo lo que le ocurre, serán elegidos para viajar a una realidad paralela y recuperar una tecnología que les fue robada en su realidad de origen, pero una empresa armamentística se cruzará en sus caminos, en una historia detallista que habla sobre los prejuicios y la belleza interior.

 

*         *         *

 

–¡Esto no me puede estar pasando! Como aquella vez que derramé el café y…

–¿Es usted idiota?

–¡Oiga! No le consiento...

–¡Deje de quejarse de una maldita vez! Estúpido barrendero.

–«No juzguéis y no seréis juzgados». Lucas 6:37.

–¿Cómo dice?

–¿Acaso yo la juzgo por sus ropas grisáceas? ¿O por esa forma de moverse tan suya que le da el aspecto de un pulpo fuera del agua? A mí sólo me interesa lo que pueda ocultar en su interior.

–Me va a hacer llorar.

La apertura del portal transdimensional, un enorme vórtice morado que gira ante ellos como el ojo enorme de un hipnotizador, acalla la réplica del hombre, que al instante es absorbido, junto a su pareja, con un audible «pop».

 

–Por favor, Dr. Laya. Explíqueme por qué, entre tantos candidatos mucho más capacitados, el Consejo ha enviado a una bibliotecaria septuagenaria de maneras desagradables y a un barrendero de talante algo negativo a recuperar la tecnología Silentnight.

–La respuesta, amigo Ricardo, es simple y compleja a la vez.

–¿Y es…?

–Los estudios aseguran que ellos dos son los únicos capaces de estar en sintonía con la realidad paralela que hemos bautizado como Tiempo 4. Si cualquier otro de los ocho mil millones de habitantes de la Tierra cruzara el portal, desaparecería nada más asomar la nariz por el lado de allá.

–¿Me está diciendo que el futuro de ambos mundos depende de tan incompatible pareja?

–Me temo que sí.

–¡Dios bendito…!

Alea iacta est, que dijo Julio César.

 

B.A.: 2.020


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