El 16 de noviembre de 1974, desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico), se envió un mensaje de radio al espacio con información sobre el planeta Tierra y la especie humana que tardará 25 milenios en llegar a su meta, un cúmulo de estrellas llamado M13. «Mensaje de Arecibo: Relatos desde el planeta Tierra» está dedicado a este solitario cowboy del espacio; espero que mis relatos aplaquen la soledad de su destino final.
–¡Nahna, Bruja
del Páramo. Abra en el nombre del rey!
–Ya va. Ya vaaa… ¡Qué prisas!
»¡Hola, Grillo! ¿Cómo tú por aquí?
–Shhhh… No me llames Grillo delante de mis hombres. Vengo como representante de Su
Majestad, no como hijo de tu hijo.
–Perdone usted, Regio, Cazador de linces.
–Tampoco te pases.
–Perdonaaa… Dime qué te trae a mi humilde
páramo.
–¿Esta receta es tuya?
–Un momento que me ponga los lentes...
–¿Qué nueva magia es esa?
–No es magia, tontorrón, es optometría.
Veamos… «Una cola de genio azul, secada a la luz de la luna llena en la época
de celo de la esfinge. Tomar la píldora resultante antes del acto procreador.»
–¿Genio azul?
–Un pitufo.
–Ahhh… ¡Bueno! ¿Es tuya?
–Así es.
–Entonces tienes un problema.
–¿Por?
–El remedio, en vez de solventar ciertos
problemillas del Cabeza del reino en
su noche de bodas con Felipa, Bella sobre
el arcoíris, digamos que ha dejado su virilidad a la altura de la grasa
para lustrar botas.
–¡Imposible! Llévame inmediatamente ante
Sam, Y veme por esto otro, mayordomo
personal del rey.
–A estas horas estará en la taberna de
Eldelbar.
–Pues vayamos al Grifo de cerveza.
* * *
–Dígame Sam. ¿Encargó la píldora de genio azul donde
Solrak, Hijo de Carnicero, como receté?
–No, señora.
–¿Y eso?
–Su Majestad pensó que era un carero, así
que me envió ante Gúguel, El que todo lo
sabe y si no se lo inventa.
–¿¡Gúguel!? ¿Me está diciendo que ese
charlatán ha hecho negocios a costa de mi trabajo?
–Pues... ¿Sí? Me vendió el mismo remedio
a un precio más barato. Viene de Oriente.
»Guardé una muestra por si…
–Ya me imagino para qué. Déjeme
examinarla… ¡Esto es una verruga de troll coloreada con pasta de arándano! Gúguel
no solo ha estafado a Su Majestad, El del
puño cerrado, sino que ha agravado su dolencia. Mucho me temo que durante
un buen tiempo no podrá cumplir con sus deberes maritales.
–¿Puede ayudarle?
–Habrá que cosechar la mandrágora que
nazca a los pies de un ahorcado, y solo yo sé cuándo es el momento oportuno
para ello.
»Estos serían mis honorarios.
–¡Qué escándalo! Su Majestad no pagará
tal cantidad.
–Entonces, querido Sam, como el rey no
encierre a su flamante esposa en la torre más alta del castillo ya puede ir
acuñando en las monedas de su primogénito el sobrenombre de El bastardo, porque La bella sobre el arcoíris tendrá un primogénito antes de final de
año. No lo dude. A diferencia de otros, ella paga de buen grado los remedios
de Nahna.
–…
–¡Salud,
Regio! Vente a comer este sábado. Prepararé el jabalí al Erimanto que tanto te
gusta.
Antes de abrir la puerta repasó una última
vez el discurso por el que había recorrido media galaxia. Más que discurso,
eran cinco palabras que el comité de Presentación había seleccionado tras años
de estudios y discusiones: «Venimos en son de paz». Aún así, como le señaló uno
de sus miembros, lo realmente importante no eran las palabras, sino la actitud.
Debía mostrarse ante los nativos como alguien en quien confiar, evitando a toda
costa que el miedo o la duda arraigara en sus primitivos corazones pues corría
el riesgo de provocar reacciones inesperadas.
Una vez fuera de la astronave, anduvo
hasta colocarse en el centro exacto de la plataforma de bajada, como estaba
estudiado, y abriendo los brazos hacia la masa expectante, entonó para ellos sus
aullidos, ladridos y jadeos más exquisitos, proclamando a la humanidad un
sincero: «Venimos en son de paz». Y para subrayar tan excelsos deseos de buena
voluntad, ofreció a los congregados una pieza de orfebrería delicadamente
trabajada que simbolizaba la llave con la que los terrícolas podrían abrir las
puertas de su mundo. La reacción no se hizo esperar.
–¡Es un ser de lo más
agresivo, señor –transmitió al centro base el
capitán del destacamento que debía cubrir el primer encuentro alienígena, subiendo
el volumen de voz para imponerse a los gritos histéricos de los civiles en
desbandada–. Aúlla y gruñe como un perro
rabioso, y ahora nos apunta con una extraña arma!
Nota: El Plan 9 que aparece detallado en este relato
está sacado de la película "Plan 9 del espacio exterior",
del director Ed Wood.
_________________________ Soy
una taza, una tetera
una
cuchara y un cucharón…
Notrom´Obb
entra con aplomo en el laboratorio del científico Chua´Jos, al que pilla en
pleno desarrollo de la conspiración que juntos han urdido bajo las mismas
narices del Ministro de Invasión marciano.
Un
plato hondo, un plato llano
un
cuchillito y un tenedor…
–¿Avanzamos, doctor?
–Mucho, señor –contesta el científico
tras bajar el volumen de un aparato reproductor de indiscutible procedencia
terrestre–. Haremos caer a su Excelencia el señor ministro de Invasión, estoy
convencido de ello.
–¡Senoj´Cox! –explota su interlocutor
con desprecio–. Se llama Senoj´Cox. Olvide el protocolo cuando hable ante mí de
ese usurpador. Sabe tan bien como yo que el Ministerio debía ser mío; estoy más
capacitado que él para el puesto, pero Padre jamás consintió que su bastardo
desplazara al legítimo heredero de los ´Cox.
»Con su ayuda, mi buen doctor, lo
conseguiré.
–Me dejo la piel en ello, Excelencia.
–Aún no soy «excelente», amigo mío. Aún
no… El día de la invasión a la Tierra se acerca y debemos tener un plan B sin
fisuras que ofrecer al Gerifalte Máximo cuando falle el de mi hermanastro…
Porque fallará. ¿Verdad, doctor?
–Estrepitosamente, señor. Nos hemos
ocupado de ello.
–Resúmamelo, por favor.
Y a ello se lanza el científico, con la
pedagogía propia de un profesor de la Universidad Piramidal. «El plan 9 de su
Excelencia… de Senoj´Cox trata, como recordará, de la resurrección de los
muertos. Consiste en disparar electrodos de largo alcance a la hipófisis de los
muertos recientes, creando lo que los humanos llaman zombis.»
–Estos seres sin raciocinio, guiados por
sus instintos primarios, deben aniquilar a la raza humana, facilitando nuestro
asentamiento en el planeta.
–¿Y funciona? –pregunta no sin interés
Notrom´Obb.
–Lamento decirle que sí. Han hecho
ensayos en un lugar llamado Haití, con resultados satisfactorios. Ahora ultiman
los detalles de una prueba de mayor envergadura para ejecutarla ante nuestro
Gerifalte Máximo.
–¿Y qué vamos a hacer para sabotearla?
–«¿Qué hemos hecho?», sería la pregunta
apropiada. Desde que supimos las bases del Plan 9, hemos saturado la cultura
terrícola con toda clase de series, películas, libros y videojuegos de temática
zombi, enseñándoles cómo combatirlos. Se producirán muchas bajas humanas
durante la prueba, eso es inevitable, pero los terrícolas estarán física y,
sobre todo, psicológicamente preparados para enfrentarse a sus muertos,
venciéndolos sin mucho esfuerzo, y el Gerifalte Máximo no autorizará la
ejecución global del Plan 9. Entonces querrá una segunda opinión y ahí estará
usted para ofrecérselo.
La cara de satisfacción de Notrom´Obb
ilumina la sala, paladeando por anticipado la caída en desgracia de su
despreciable hermanastro.
–¿En qué estado se encuentra su trabajo?
–Muy avanzado. Lo más difícil ha sido
encontrar un interés común para todo el planeta. Debía ser un ritmo pegadizo,
acompañado de una coreografía fácil de ejecutar, algo que creímos haber
conseguido con el Macarena. ¿Se
acuerda? «Dale a tu cuerpo alegría
Macarena, que tu cuerpo es pa'darle alegría cosa buena…» Nos equivocamos,
pues hubo terrícolas inmunes a su encanto. El mismo resultado negativo
obtuvimos con los siguientes temas que pusimos a prueba, como el Gangnam Style que sembramos en Corea o
el más reciente Despacito, así que me
pregunté: ¿Qué es aquello que no podemos ignorar por mucho que nos esforcemos?
Y la respuesta me la dio una comida familiar. ¡Los niños! Ya sean padres,
abuelos o tíos, los humanos, como nosotros mismos, están rodeados de niños, y a
estos es fácil meterles una canción en la cabeza, siendo tan pesados que
«contagiarán» con ella a todo su entorno.
»Hemos completado satisfactoriamente
varios temas: Soy una taza, Chu chu ua,… Y ahora estamos
desarrollando uno que se llamará Baby
Shark. Mai´Mir, la importante coreógrafa, se encarga personalmente del
baile que lo acompañará. Cuando el Gerifalte Máximo apruebe nuestro proyecto,
que lo hará, saturaremos todo el planeta con estas canciones, las veinticuatro
horas del día, alienando la voluntad del terrícola, que no podrá hacer otra
cosa que cantarlas y bailarlas allí donde se encuentren. Quedarán totalmente a
nuestra merced; sólo tendremos que decidir qué hacer con ocho mil millones de
humanos en desenfrenado baile.
–Pero… ¿Cómo llegarán a todos los
terrícolas?
–Ah. Esa es mi más genial idea –Chua´Jos
sonríe con una mano sobre el pecho, exultante ante una imaginaria platea que se
rinde extasiada a su prodigioso cerebro–. ¿Le suena los términos «YouTube»,
«Tecnoglobalización» o «5G»?
–Pues no.
–¿Quizás «Redes Sociales»?
–Tampoco.
–Bueno, le basta con saber que en unos
escasos cincuenta años, algo más de la media de vida de un humano pero una
minucia para la naturaleza marciana, he conseguido la conexión total, e instantánea,
del planeta. Por supuesto, hay zonas tecnológicamente atrasadas, pero son las
menos. Y lo mejor de todo es que los investigadores terrícolas creen que fueron
ellos los responsables de tal avance. Je, je, je,… Pobres idiotas; no saben lo
que se les viene encima.
El científico activa una pista en el
reproductor y toda la sala se llena con un rítmico «Baby shark, doo doo doo doo doo doo. Baby shark, doo doo doo doo doo
doo. Baby shark, doo doo doo doo doo doo. Baby shark!», al que el marciano
acompaña uniendo sus verdes manos a la manera de mandíbulas de tiburón.
–Es un buen plan –comenta satisfecho
Notrom´Obb siguiendo el ritmo con la cabeza–, sin lugar a dudas.
–Todo un plan marciano.
B.A.: 2019
Para los interesados, este es el enlace
de "Plan 9 del espacio exterior". El Plan 9
se detalla alrededor del minuto 23.
Imágenes extraídas de "Los tres cerditos" y de "Terminator 2".
Efectos descargados de Pixabay.com
Este relato ha conseguido la segunda plaza
en la convocatoria de mayo del Tintero de Oro.
_________________________
Había una vez tres cerditos que vivían en las
profundidades del bosque. Como el lobo feroz siempre los estaba persiguiendo
decidieron construir una casita en la que poder protegerse. El menor la hizo de
paja, el mediano de madera y el mayor, más trabajador, de ladrillo y cemento.
–○O○–
Largo había sido el camino recorrido por George
Imahara desde su Colorado natal. Al primer y único miembro de la familia
Imahara nacido en los Estados Unidos, la noticia del ataque japonés a la base
de Pearl Harbor le había sorprendido ejerciendo su trabajo de repartidor en la
farmacia del señor Kobayashi. Contaba entonces dieciséis años, y era huérfano
de padres desde hacía solo dos.
–Preveo malos tiempos para todos nosotros
–comentó con desasosiego Noriyuki Mochida, el más anciano de los clientes allí
congregados.
–¿Por qué dice eso, señor? –le preguntó
extrañado el joven Imahara–. Nada tenemos que ver con el ataque.
»Además, ya somos muchos los que hemos
nacido en los Estados Unidos, ciudadanos por derecho de nacimiento.
–¿Tan seguro estás, joven? ¿De verdad
crees que tus «compatriotas» van a ver la diferencia entre unos ojos rasgados y
otros.
»Hazle caso a este viejo loco; la vida se
va a poner muy fea para los nuestros, más si cabe para los que vivimos tan
cerca del Océano Pacífico y de la Marina Imperial Japonesa. Se nos acusará de
traidores, y sufriremos las consecuencias. Huye al interior del país si tienes
la posibilidad, aunque lo más sensato sería retornar a Japón y buscar abrigo
entre los familiares que dejamos allí.
Al anciano no le faltaba razón. Las muestras de
rechazo hacia todo lo japonés comenzaron a las pocas horas del ataque a la base
americana, auspiciadas por el propio Gobierno, en una imparable escalada de
odio que culminaría meses después con la Orden Ejecutiva 9066, firmada de puño
y letra del presidente Roosevelt, por la que todos los japoneses residentes en
los Estados Unidos debían ser confinados en campos de concentración llevando
consigo una sola maleta en la que transportar los escombros de su sueño
americano.
–○O○–
–Déjame entrar, cerdito –dijo el
lobo–. No voy a hacerte daño...
–¡Ni pensarlo malvado lobo!
–respondió el cerdito sintiéndose protegido tras los muros de paja.
–¡Pues entonces soplaré y soplaré y
la casa derribaré!
Y el lobo empezó a soplar, y a soplar,
y lo hizo con tanta fuerza que la débil casita se vino abajo.
–○O○–
Solo como estaba, sin
familiar alguno al que recurrir en toda Norteamérica, George decidió seguir el
consejo del profético anciano y huir hacia la relativa protección que suponía el
nutrido grupo de los Imahara allá en la lejana Japón, queriendo el destino que
consiguiera escapar antes de la promulgación de la injusta ley. El recelo hacia
los japoneses nacidos en los Estados Unidos aún no había arraigado en el país
nipón, y para cuando empezó la persecución de todos ellos, George ya ocultaba
su peligroso origen en la ciudad de Hiroshima, una gota de lluvia diluida en un
mar de cuatrocientas mil almas. Allí, asentado en una granja familiar a las
afueras de la ciudad, encontraría el amor en la joven lugareña llamada Kaiyo.
–○O○–
–¡Soplaré y soplaré y la casa
derribaré!
Y el lobo empezó a soplar, y a
soplar, pero esta vez le costó mucho más trabajo derribar la casita. Los dos
cerditos salieron como bien pudieron de entre los tablones de madera, huyendo
en dirección a la casa del hermano mayor.
–○O○–
Las sirenas anunciaron un nuevo ataque aéreo. George,
al que todos en el barrio conocían con el falso nombre de Fujita, buscó refugio
en las entrañas de un colegio cercano, dejando la bicicleta con la que repartía
los frutos de su trabajo en el campo olvidada de cualquier manera en la calle.
Con el corazón ligero pues no temía por la vida de su esposa, protegida por la
distancia a la que se encontraba la granja, el joven intentó consolar el
profundo terror que sentían los escolares con él recluidos, asustados como los
tres cerditos de aquel cortometraje animado que disfrutara en una de las pocas
veces que había pisado un cine en su infancia estadounidense, tan lejana ya en
el espacio y en el tiempo. Y a la narración del cuento se lanzó el joven,
ahuyentando lentamente el miedo de los niños con su templada voz. «El lobo,
incapaz de echar abajo con sus soplidos la casa de ladrillo, decidió entrar en
ella a través de la chimenea –contaba a su atenta audiencia–, sin saber que el
hermano mayor, conociendo sus intenciones, había puesto al fuego un caldero con
agua.»
–¿Resistirá el colegio, señor?
–interrumpió el relato uno de los pequeños.
–¡Claro que sí! –respondió George con una
seguridad que no sentía en absoluto–. Estas paredes fueron construidas por el
más trabajador de los tres cerditos.
»¿No os lo había dicho?
Perfilándose en el azul de una mañana totalmente
despejada, el bombardero Enola Gay
sobrevolaba en ese instante el cielo sobre la isla de Shikoku en torno a los
nueve mil quinientos metros de altitud. Eran las ocho y nueve minutos del 6 de
agosto de 1945, y en sus entrañas transportaba el soplido del lobo feroz.
–○O○–
Los dos cerditos aprendieron la
lección, y con gran felicidad se pusieron a cantar:
Los
científicos aseguraban que no soñaríamos durante el hipersueño. Se equivocaron,
como en tantas otras cosas, y durante ciento catorce años mis pensamientos han
vuelto una y otra vez a ti, Álex, a tu rostro surcado de lágrimas aquel lejano
26 de octubre, cuando un «Por favor, mami, no te vayas» apenas susurrado
traspasó mi alma partiéndola en dos. Hace mucho que habrás muerto, nadie vive
eternamente, y yo me aferro a esta misión para no perder la cordura, consciente
de que nunca más volveré a sentir tu cálido cuerpo entre mis brazos, ni a oír
las risas soterradas que eras incapaz de contener cuando jugábamos al escondite
en casa de los abuelos. Mi pequeño Álex. Mi amor. Cuánto te echo de menos,
cariño mío.
El viaje exploratorio al planeta Tellus,
en el que la moribunda Tierra había puesto todas sus esperanzas, debía durar
poco menos de dos años, pero algo salió mal y la Fénix nos ha despertado
huérfanos de todo aquello de lo que nos despedimos, incapaces de contactar con
los sucesores de los que organizaron esta misión, si los hubiera, un shock
difícil de asimilar que ya se ha cobrado la vida de dos de nuestros compañeros
de infortunio y mermado la razón al resto. Afortunadamente, los víveres han
aguantado bien en las cámaras frigoríficas, aunque la tortilla ha pasado a ser
un mazacote de huevo que hace cabrear al bueno de Badejo, nuestro abnegado capitán.
Entre bocado y bocado a esa masa insípida, menta a la madre del que dijo que
aquello era una tortilla –«Omelette» afirma optimista el envase plástico–,
haciéndonos olvidar con sus histriónicas salidas de tono el dolor que lacera
nuestros corazones, aunque solo sea por unos instantes. Yo le paso un panecillo
untado en queso, con olor a pomada antihemorroidal, y él lo devora de una
dentellada, ñam, como un perro famélico, arrancándonos una nueva carcajada. No
tengo palabras para agradecer a Control que lo pusiera al mando de la misión;
Badejo sabe que debe mantener lo que queda de su tripulación lo más entera
posible y a ello se entrega con la pasión de un buen líder.
Nos acercamos a Tellus a velocidad de
crucero. Con el planeta centrado en el ventanal rectangular del mirador
panorámico, semejante a un zafiro rutilante que nadara solitario entre las
estrellas, mis pensamientos vuelven a ti, Álex, haciéndome desesperar. Lloro
desconsolada ante la fotografía que te hice antes de partir, sonriente tras la
tarta de tu tercer cumpleaños, y soy yo la que ahora sopla sus velas deseando
que tuvieras una vida plena y feliz. Y rezo. Sí, también rezo. Rezo egoísta a
un dios en el que nunca creí para que en tu lecho de muerte perdonaras la
ausencia de tu madre, pues todo lo hice para conseguirte un futuro mejor.
Bip, bip. Me llega un mensaje urgente de
la piloto Ferro; acaban de encontrar muerto al capitán. Se ha cortado las venas
en el baño comunitario y en su carta de despedida me pide perdón por pasarme el
mando de la Fénix. ¡Qué considerado el muy cabrón! En contra de lo que opina la
mayoría de la que ahora es mi tripulación, vamos a completar el estudio del
planeta Tellus. No es que me importe saber si realmente es apto para la vida
humana, máxime cuando puede que a nuestro regreso a la Tierra no quede nadie en
ella a quien entregarle los resultados que llevaremos con nosotros, pero he de
darle un sentido a la causa de tu pérdida, mi querido Álex. Solo así mi alma
torturada descansará; solo entonces podré reunirme contigo sin apartar la
mirada.