lunes, 16 de diciembre de 2019

Finse stasjon. El último caso del inspector Alfons Lår


Nota: Sujetalibros a la venta en la página www.etsy.com

El aviso a la policía lo había dado el mayordomo del empresario Samuel Bronsson. El buen hombre, aún vestido con su pijama blanco, contestaba solícito a las preguntas del inspector Alfons Lår, masajeándose de vez en cuando la barbilla allí donde el asesino de su patrón lo había golpeado durante la huida.

Antes de la medianoche, sin forzar la puerta, dos tiros a bocajarro al empresario mientras dormía… ¿Por qué al inspector le resultaba todo tan conocido? Un libro, sobre la mesilla de noche del difunto, llamó su atención. Escrito por Patricia Highsmith, llevaba por título… ¡Bingo! De repente, todas las piezas del puzle encajaron, arrancándole una sonrisa. Qué mediocre podía llegar a ser la mente de un criminal.

—Agente Eklund.

—¿Sí, señor?

—Avíseme cuando llegue el juez para el levantamiento del cadáver.

—A sus órdenes.

El inspector marchó al estudio del señor Bronsson, donde hallaría la tranquilidad necesaria para realizar la que sin duda era la llamada más importante de su vida.

 

—¿Stieg Martinsson?

—¿Sí? ¿Con quién hablo?

—Me conoce perfectamente, aunque nunca había escuchado mi voz.

—Pues no me lo pone nada fácil.

—Soy el inspector Alfons Lår, de la policía de Gotemburgo.

»El protagonista de sus novelas.

—¡No me diga…! Y yo soy Stieg Larsson, lo que ocurre es que me cambié el apellido tras simular mi muerte, no te jode.

»¿Quién es? ¿Qué busca con estas tonterías?

—¿Quiere pruebas? Pregúnteme algo que sólo usted conozca.

—De acuerdo, inspector Lår, de la policía de Gotemburgo… ¿Puede decirme qué le ocurrió al rottweiler de su padre?

—Alimenté con sus restos a los cerdos de la tía Rebecka después de matarlo de un disparo de postas. Estaba harto de que el malnacido me enseñara los dientes.

»Tenía trece años.

—¡¡Es imposible que sepa eso!! En ninguno de mis libros he recogido ese pasaje, y nunca lo he comentado con nadie. ¡Ni siquiera con mi editor! Los lectores podrían sentir repulsa hacia el protagonista.

»¿Cómo demonios…?

—Ya se lo he dicho. Soy Alfons Lår.

—Esto es una locura… ¿Qué quiere de mí, maldita sea?

—Quiero que termine con la escalada criminal que asola mi ciudad.

—¿Perdónnn…?

—Déjeme que se lo explique. Desde La chica que no sabía reír, mi primer caso, el miedo y la inseguridad se han apoderado de Gotemburgo, yendo a peor con cada día que pasa. Como inspector de policía, es mi deber detener al responsable.

»Y ese, señor Martinsson, es usted.

—¿Me está pidiendo que deje de escribir?

—Exigiendo, más bien.

—Pero entonces, usted no tendría razón de ser. ¿De verdad quiere eso?

—Soy un tipo abnegado. Así fue como me imaginó.

—¿Y qué pasará con mi fulgurante carrera?

—¿«Fulgurante», dice? Vayamos por partes, señor Martinsson. La chica que no sabía reír, su debut como escritor, fue espectacular. Era atrevida y fresca, alejada de la larga sombra proyectada por la saga Millennium. Una novela escrita con el corazón que le valió el Premio a la Mejor Novela Policiaca Sueca. Desde entonces, su trabajo se ha vuelto mediocre.

—¡¿Qué cojones…?!

—Sea sincero consigo mismo. Carrera de sacos no fue más que una versión actualizada de Diez negritos. Se defendió argumentando que era un sincero homenaje a la figura de Agatha Christie, pero en Huevo de Pascua, su siguiente trabajo, la semejanza con El halcón maltés de Hammett fue tan descarada que perdió buena parte del respaldo de crítica y público. Después llegó Las seis Långstrump, una mala copia de Los seis Napoleones de Conan Doyle... ¡Ni siquiera cambió la cifra! Y así llevamos a la investigación que ocupa mi tiempo actualmente.

»Una mujer asfixiada en una isla dentro de un parque de atracciones no es un suceso llamativo en absoluto, pero si le añadimos el asesinato de un hombre en su propia cama por disparos de revólver y que en ambos casos parece que el asesino no tenía relación alguna con la víctima... ¿Es necesario que le diga el título de la novela? Por cierto, su subconsciente dejó un ejemplar sobre la mesilla de noche del señor Bronsson.

—Christie, Conan Doyle, Hammett... Lo veo muy versado.

—El mundo de la ficción es mucho más rico de lo que vosotros, los escritores, creéis. No sólo se nutre de lo impreso sino también de lo que el autor ha visto, oído, pensado o incluso soñado, llenando huecos que jamás fueron tenidos en cuenta. ¿Sabía acaso que me gusta ABBA?

—Me toma el pelo.

—En absoluto. «Gimme, gimme, gimme a man after midnight…»

—Muy bonito… Sabe que podría acabar con usted de un plumazo. ¿Verdad?

—Por supuesto, como usted que ya habré previsto esa eventualidad. Hágalo y tendrá que atenerse a las consecuencias.

»Conoce mis métodos. No siempre fueron ortodoxos… Ni legales.

—¿Qué haré entonces?

—Francamente, señor Martinsson, me importa un bledo.

»Por cierto. ¿Cómo se va a llamar mi último caso?

Finse stasjon.

—¡Vaya! Iré preparando la maleta para mi viaje a Noruega.

»He de colgar. Tengo dos asesinos que detener.

 

¡Vaya sueño! Stieg Martinsson se frotó la cara con ambas manos, arrancando legañas; limpiando restos de saliva. ¿Cómo había podido imaginar semejante conversación con su personaje? Por puro impulso, el escritor lanzó la mano hacia el teléfono móvil y con una sonrisa en los labios, divertido por la ocurrencia, buscó el registro de llamadas recibidas. Cuál no sería su sorpresa cuando vio el número que imaginara para el inspector Lår ocupando el primer puesto de la lista.


B.A.: 2019


Nota: Este relato se ha alzado con el Tintero de Bronce
en el concurso XVII de relatos convocado por el blog
En Tintero de Oro. 


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viernes, 22 de noviembre de 2019

Un hombre peligroso



El profesor Jaime Moreno era un hombre peligroso, aunque no de la forma en que nos tiene acostumbrados el cine. No sabía absolutamente nada de armas ni jamás se había peleado, pero esgrimía argumentos cargados de cordura, honestidad y espíritu crítico con el acierto del mejor tirador olímpico, algo que a no pocos resultaba de lo más molesto.
Su país se hallaba sumido desde hacía tres largos años en una devastadora guerra civil. El bueno del profesor, impulsado por el loable deseo de acabar con ella, daba puntual testimonio de las atrocidades cometidas a ambos lados de las barricadas, condenando con igual saña a Verdes y Colorados ante todo aquel que lo quisiera escuchar. Sus argumentos convencían, sin duda, pero no a la velocidad exigida por las dramáticas circunstancias. Y mientras tanto, miles de inocentes morían víctimas del fuego cruzado.
En el mismísimo corazón de la Unión Europea, ante el centenar de periodistas desplazados para la ocasión, el profesor Moreno intentaba sacar de la neutralidad a la política internacional cuando un fuerte estampido lo lanzó desmadejado al suelo. No importaba el color de los billetes recibidos por el sicario, si verdes o colorados, tal vez incluso estuvieran mezclados, lo cierto era que la vida le abandonaba sin remedio a través de un agujero humeante abierto en la cabeza.
Lo que sus verdugos no pudieron predecir fue que junto con la vida también escaparon todas aquellas ideas que por falta de tiempo y medios el profesor tenía enquistadas en su interior, sueños de libertad que alcanzaron a cuanto periodista había sido testigo del cruento atentado. Lo último que Jaime vio antes de expirar fueron sus bolígrafos rasgando folios a toda velocidad, los mensajes que colgaban con urgencia en las redes sociales, sus llamadas a través de los móviles,… Y entonces sonrió.

B.A.: 2019


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martes, 22 de octubre de 2019

Barcos en la niebla


Nota: Imagen extraídas de Pixabay e Internet. 


—¡Susanaaa…! ¡¡SUSI!! ¿Eres tú?
—…
—¿Quién anda ahí? Conteste, por favor.
—¡No se acerque!
—Que no me acerque… ¿Adónde? ¡¡No veo una mierda con esta maldita niebla!!
—Quédese donde está. Se lo ruego.
—¿Qué podría hacerle? Mido un metro sesenta y estoy sola.
—También estaba sola la mujer que pedía ayuda cerca del chiringuito y cuando llegué hasta ella intentó atracarme con un cúter.
—¿¡Se encuentra bien!?
—Nada serio que lamentar.
—¡Menos mal!
—Pues sí.
—Mire, sé que es difícil pero le juro que puede confiar en mí.
—Está bien…
—¿Busca a alguien?
—A mis dos hijos, Róber y Lina. Los dejé junto a las boyas. Lina tenía sed y me acerqué a por unos refrescos.
»¿No los habrá…?
—No, lo siento. Usted es el primero con el que me cruzo. Yo también estoy buscando a una amiga. Se llama Susana.
—¿Cómo se separaron?
—Hacía tan buen tiempo que quiso darse un baño. A mí no me apetecía y entonces…
—Cayó la niebla.
—…
—¡Ei, ei! Seguro que está bien. Me llamo Nicolás. ¿Y usted?
—Beba.
—Mire, Beba. Siento lo de antes, estaba muy alterado.
—Es comprensible, dadas las circunstancias… ¿No le resulta extraña esta niebla?
—¡Y que lo diga! Tan densa, tan repentina… ¿Funciona su teléfono?
—No.
—Tampoco el mío. Beba…
—¿Sí?
—Estooo… ¿Le parece bien que los busquemos juntos?
—¿Podrá fiarse de mí?
—¿Qué puedo temer de su metro sesenta?
—Je, je. Tome mi mano.
»La orilla está a la izquierda.
—¡¡LINAAA…!! ¡¡RÓBERRR…!!
—¡¡SUSIII…!! ¿¡Me oyes, cariño!?

B.A.: 2019

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lunes, 30 de septiembre de 2019

Píldoras de genio azul



Nota: Imagen propiedad de Pixabay y de Peyo.

(¡POM, POM, POM!)

–¡Nahna, Bruja del Páramo. Abra en el nombre del rey!
–Ya va. Ya vaaa… ¡Qué prisas!
»¡Hola, Grillo! ¿Cómo tú por aquí?
–Shhhh… No me llames Grillo delante de mis hombres. Vengo como representante de Su Majestad, no como hijo de tu hijo.
–Perdone usted, Regio, Cazador de linces.
–Tampoco te pases.
–Perdonaaa… Dime qué te trae a mi humilde páramo.
–¿Esta receta es tuya?
–Un momento que me ponga los lentes...
–¿Qué nueva magia es esa?
–No es magia, tontorrón, es optometría. Veamos… «Una cola de genio azul, secada a la luz de la luna llena en la época de celo de la esfinge. Tomar la píldora resultante antes del acto procreador.»
–¿Genio azul?
–Un pitufo.
–Ahhh… ¡Bueno! ¿Es tuya?
–Así es.
–Entonces tienes un problema.
–¿Por?
–El remedio, en vez de solventar ciertos problemillas del Cabeza del reino en su noche de bodas con Felipa, Bella sobre el arcoíris, digamos que ha dejado su virilidad a la altura de la grasa para lustrar botas.
–¡Imposible! Llévame inmediatamente ante Sam, Y veme por esto otro, mayordomo personal del rey.
–A estas horas estará en la taberna de Eldelbar.
–Pues vayamos al Grifo de cerveza.

*        *        *

–Dígame Sam. ¿Encargó la píldora de genio azul donde Solrak, Hijo de Carnicero, como receté?
–No, señora.
–¿Y eso?
–Su Majestad pensó que era un carero, así que me envió ante Gúguel, El que todo lo sabe y si no se lo inventa.
–¿¡Gúguel!? ¿Me está diciendo que ese charlatán ha hecho negocios a costa de mi trabajo?
–Pues... ¿Sí? Me vendió el mismo remedio a un precio más barato. Viene de Oriente.
»Guardé una muestra por si…
–Ya me imagino para qué. Déjeme examinarla… ¡Esto es una verruga de troll coloreada con pasta de arándano! Gúguel no solo ha estafado a Su Majestad, El del puño cerrado, sino que ha agravado su dolencia. Mucho me temo que durante un buen tiempo no podrá cumplir con sus deberes maritales.
–¿Puede ayudarle?
–Habrá que cosechar la mandrágora que nazca a los pies de un ahorcado, y solo yo sé cuándo es el momento oportuno para ello.
»Estos serían mis honorarios.
–¡Qué escándalo! Su Majestad no pagará tal cantidad.
–Entonces, querido Sam, como el rey no encierre a su flamante esposa en la torre más alta del castillo ya puede ir acuñando en las monedas de su primogénito el sobrenombre de El bastardo, porque La bella sobre el arcoíris tendrá un primogénito antes de final de año. No lo dude. A diferencia de otros, ella paga de buen grado los remedios de Nahna.
–…
–¡Salud, Regio! Vente a comer este sábado. Prepararé el jabalí al Erimanto que tanto te gusta.

B.A.: 2019

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martes, 30 de julio de 2019

Desencuentro

Nota: Imagen base extraída de Pixabay

Antes de abrir la puerta repasó una última vez el discurso por el que había recorrido media galaxia. Más que discurso, eran cinco palabras que el comité de Presentación había seleccionado tras años de estudios y discusiones: «Venimos en son de paz». Aún así, como le señaló uno de sus miembros, lo realmente importante no eran las palabras, sino la actitud. Debía mostrarse ante los nativos como alguien en quien confiar, evitando a toda costa que el miedo o la duda arraigara en sus primitivos corazones pues corría el riesgo de provocar reacciones inesperadas.
Una vez fuera de la astronave, anduvo hasta colocarse en el centro exacto de la plataforma de bajada, como estaba estudiado, y abriendo los brazos hacia la masa expectante, entonó para ellos sus aullidos, ladridos y jadeos más exquisitos, proclamando a la humanidad un sincero: «Venimos en son de paz». Y para subrayar tan excelsos deseos de buena voluntad, ofreció a los congregados una pieza de orfebrería delicadamente trabajada que simbolizaba la llave con la que los terrícolas podrían abrir las puertas de su mundo. La reacción no se hizo esperar.
–¡Es un ser de lo más agresivo, señor –transmitió al centro base el capitán del destacamento que debía cubrir el primer encuentro alienígena, subiendo el volumen de voz para imponerse a los gritos histéricos de los civiles en desbandada–. Aúlla y gruñe como un perro rabioso, y ahora nos apunta con una extraña arma!
»¡Espero órdenes!
–Fuego a discreción en tres, dos, uno…

B.A.: 2019

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