martes, 10 de abril de 2018

Sueños rotos

 


 

David. Emma. Hoy es vuestro día.

Hasta esta mañana, el 20 de septiembre no era más que un número marcado en rojo en el calendario, la meta hacia la que apuntaban todas vuestras decisiones, esfuerzos e ilusiones, y la satisfacción de ver cumplido tan hermoso sueño hará que desaparezcan todas las pequeñas dudas que pudieran ensombrecer, un poquito, tanto trabajo bien hecho, quedando en el recuerdo como meras anécdotas para contar en el futuro. ¿Qué puedo decir de este día? Simplemente que será una locura. Las horas pasarán veloces, solapándose los acontecimientos unos con otros. Fotos, besos, felicitaciones,… y cuando os queráis dar cuenta, ya estaremos todos brindando a la salud del nuevo matrimonio. Y aún así, será un loco sueño del que no querréis despertar.

¿Y después? Seguro que os habréis preguntado en alguna ocasión qué pasará tras el viaje de novios, cuando la vida vuelva a la rutina del día a día. El trabajo, la casa, las compras, las facturas. Para esa pregunta no tengo respuesta; sólo de vosotros dependerá que no se apague la llama de la nueva aventura que hoy comienza. Pero una cosa sí os puedo asegurar: cuando esta noche, madrugada tal vez, cerréis la puerta de vuestro acogedor piso, notaréis que algo ha cambiado. Esas paredes que fueron pintadas en los días más calurosos del año tras una larga obra mil veces pensada; aquel frigorífico del que sacaréis una botella de agua con la que refrescaros la garganta,... Ese cómodo sofá que os acunará vencidos por tan largo día. Lo que hasta ayer no eran más que las piezas sueltas de un proyecto común, formarán ahora vuestro hogar. Disfrutadlo.

¡¡Vivan los novios!!

 

*        *        *

 

Realmente era cómodo el sofá. El hombre dejó el texto enmarcado sobre la mesa del salón, entre álbumes abiertos de cualquier manera a los que habían dejado huérfanos de algunas fotografías. Le dedicó una última mirada al texto impreso en letra inglesa sobre papel marmolado, los bordes comidos de forma irregular hasta darle la apariencia de un pergamino antiguo, para después dejarla resbalar por algunas de las instantáneas supervivientes al expolio, deleitándose con los generosos escotes y las marcadas curvas vestidas de fiesta de las invitadas a la ceremonia, todo sonrisas cómplices dedicadas al objetivo del fotógrafo. ¿Dónde estarán ahora estas mujeres?, se preguntó el hombre. ¿Dónde sus sonrisas despreocupadas? ¿Estarán guardadas en maletas llenas a toda prisas entre montones de ropa arrugada o se descompondrán en las cunetas junto a móviles sin batería, documentos que en su día fueron importantes y pedazos de sueños rotos?

El hombre se dirigió a la cocina, donde reinaba el mismo caos que en el resto de la casa. Papeles, ropa y todo tipo de objetos de uso cotidiano se hallaban esparcidos por doquier. Y también cristales, muchos cristales, que lo mismo podrían haber sido copas que ventanas. Era curioso la cantidad de cristal que contiene una casa... y la alfombra que se puede tejer con ellos. Sin luz desde una semana atrás, los alimentos guardados en el frigorífico se habían descompuesto en la hermética oscuridad del electrodoméstico, y su fétido bostezo saludó al hombre cuando tiró de la manilla de la puerta, provocándole una arcada. Una vez repuesto, echó todas las cervezas que encontró en una bolsa de rafia, de las que se adquirían en los supermercados para luchar contra el uso incontrolado de plástico, y no pudo dejar de pensar mientras saboreaba una de las cervezas, caliente como el meado de una burra, que no sería el cambio climático lo que en ese momento desvelaría el sueño del joven matrimonio. Terminó su particular compra con algunos embutidos algo secos, una tableta de chocolate venido a menos y dos bricks de leche sin abrir, para salir de la cocina entre suspiros de cristales.

–¡Iván! –oyó que lo llamaba el sargento desde el exterior–. Saca tus manos del cajón de las bragas. Nos vamos en cinco minutos.

–A la orden, señor.

El hombre volvió a posar los ojos en los álbumes expoliados. Sin duda había sido la esposa la que había querido llevarse en su huida un pequeño retazo de la reciente felicidad –el 20 de septiembre no quedaba lejos en el calendario–, y deseándole lo mejor, el hombre brindó con la lata mediada, sabedor de que la rueda de la fortuna gira de forma caprichosa. Quién podía asegurarle que dentro de diez meses o diez años no sería él el refugiado al que ningún país de la democrática y humanitaria Unión Europea querría en sus tierras. Al menos, se consoló, la llamada Emma no tenía hijos que la retrasara.

Una hucha con forma de caja fuerte llamó su atención. «Sólo monedas de 2 euros», habían escrito con un indeleble alrededor de la pantalla del contador digital, que indicaba la cantidad de «335». Si realmente sólo habían echado monedas de 2 euros –«Cabezones», las llamaban en su pueblo–, el hombre tenía entre sus manos una pequeña fortuna.

–¡¡IVÁN!! ¡Mueve ya tu gordo culo!

–¡Sí, señor!

El hombre dejó la hucha donde estaba. El euro se había devaluado hasta poco más de su valor al peso desde que el Ejército de los Colorados encendiera la mecha de la guerra civil, y sólo podría canjear los Cabezones al otro lado de la frontera. En su lugar, cogió un volumen recopilatorio del cómic Batman: Año Uno, de Frank Miller, que encontró protegido del polvo en una funda plástica; en una guerra que se preveía larga, los orígenes del Caballero Oscuro resultarían mucho menos pesados y más satisfactorios que casi tres kilos de chatarra, y con el cómic entre las manos salió en busca de su unidad.

Un papel cuadrado que sobresalía de entre las páginas llamó su atención. Una ecografía. «Este es tu primer regalo por el día del padre. Felicidades, cariño», habían escrito en su trasera bajo un pequeño corazón. Vaya, se dijo, los jóvenes iban a ser papás; acababan de perder su ventaja en la carrera por la supervivencia. Lástima.

 

B.A.: 2.018


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Este relato forma parte del libro recopilatorio Ahora, que nadie nos oye, déjame que te cuente, resultado del gran esfuerzo realizado por David Rubio Sánchez desde su blog Relatos en su tinta.

 El recopilatorio está disponible en Amazon. Pulse en la imagen para acceder a la página.





jueves, 18 de enero de 2018

Apocalipsis de rebaja



Para Naty no había un credo que mereciera su atención; tampoco era una «roja», como la llamaba su padre cuando se enzarzaban en alguna de las muchas discusiones que caracterizó su vida en común, nostálgico de una dictadura largo tiempo extinta. No, Naty era una activista convencida y practicante, y veía de una obscenidad enfermiza las llamadas «rebajas de enero» que marcaban el comienzo de cada nuevo año. Eran muchas las penalidades a las que su labor humanitaria la había arrastrado con la sola compañía de su vieja mochila, y ahora, cuando las fuerzas ya la habían relegado al activismo distante y virtual de las redes sociales, estaba más que convencida de que el fin del mundo llegaría para limpiar la faz de la tierra del mal humano, y de que éste coincidiría con uno de aquellos días de consumismo egoísta y desenfrenado
Naty no tenía idea de cómo se produciría, si seguiría las profecías de los textos religiosos –fuera cual fuese el dios al que elevaban sus cánticos y alabanzas– o si simplemente la Madre Naturaleza se rebelaría como un perro contra las pulgas que le sangran la vida. De lo que sí estaba segura la vieja activista era de que a ella la pillaría al pie del cañón, luchando por lo que creía a través de las 27 pulgadas de su monitor Apple de alta resolución. Por eso, todos los 7 de enero desde hacía cinco años, se la veía en uno de los mayores supermercados de la ciudad, allí donde las rebajas eran sólo un recordatorio sugerido a través del sistema de megafonía con acompañamiento musical, aprovisionándose para su particular hibernación de toda suerte de conservas y encurtidos, leche vaporizada, agua embotellada y, su gran debilidad, tabletas de chocolate al 82% de cacao.
–Buf, señora… ¿Piensa acaso que va a producirse un holocausto nuclear? –con la llegada de la última caja de provisiones, subida al cuarto sin ascensor a lomos de un esmirriado repartidor, Naty cerró con doble vuelta la puerta de su apartamento y se dispuso a esperar la llegada del fin del mundo. Y los días pasaron, 8 de enero, 9 de enero, 10 de enero,… y las pilas de alimento menguaron al ritmo en que aumentaban las bolsas de residuos que la anciana almacenaba con metódica clasificación recicladora en dormitorios y pasillos –si el mundo no se iba al traste esas rebajas, no sería ella quien le pusiera la zancadilla–, los restos orgánicos debidamente depositados en la compostera que ocupaba buena parte de la terraza.
28 de enero
29 de enero
30 de enero
31 de enero
1 de febrero
2 de febrero


–Bueno –se dijo la anciana la mañana del 7 de marzo, fecha en que terminaban las rebajas en su ciudad, tras observar que la vida seguía su penosa andadura sin que ningún acontecimiento extraordinario en forma de agua, fuego o ángeles caídos del cielo hubieran acelerado su degradación–, el mundo no se ha ido a la mierda estas rebajas; habrá que esperar a las de verano–. Y como las veces anteriores en las que el apocalipsis se resistió a llegar, la anciana marcó el número de la empresa que se encargaría de retirar las bolsas de basura almacenadas durante la fallida espera, para comenzar a continuación la lista de la compra que realizaría en cuatro meses.


B.A.: 2.018

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jueves, 4 de enero de 2018

Prodigio de Navidad



La niebla se asemejaba a la nata montada. Gaspar vagaba perdido por aquel páramo de horizonte impenetrable, cubierto de espeso rocío nacarado que blanqueaba su característico cabello castaño hasta asemejarlo al buen Melchor, las manos engarzadas en torno al cofrecillo de maderas nobles donde atesoraba el preciado incienso traído de su lejana patria. Desde hacía tiempo nada sabía de la estrella errante que guiaba su largo peregrinar, engullida como sus compañeros de viaje por aquel denso telón de blanco impenetrable. En un momento indeterminado, sus pies rozaron el borde de un precipicio, haciéndolo trastabillar en busca de suelo firme. Recuperado el resuello, perdido como estaba, Gaspar consideró que aquel era un rumbo tan bueno como pudiera serlo cualquier otro, así que lo tomó como guía para caminar siempre hacia delante, dejando el peligroso borde del acantilado a su izquierda.

lunes, 4 de diciembre de 2017

Easter eggs


Nota: Mensaje de Arecibo cumple 4 años, y para celebrarlo os regalo
este relato cargado de humor y, por qué no, de autopromoción.
Muchas gracias a todos.

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–Sr. Vivas.
–¿Sí, maestro?
–Voy a corregir su trabajo.
»Acérquemelo, por favor.
–Ahora mismo, maestro. Y ya le digo que esta vez lo voy a sorprender.
–Miedo me da.

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Mensaje de Arecibo
Trabajo realizado por Álvaro Vivas Alborch (3A)

Tras Arecibo se encuentra el escritor amateur que responde a las siglas B.A., de las que no ha trascendido su significado.
Desarrolla su infancia en los ochenta, y son las películas y series de televisión de aquel entonces las que inflaman su imaginación, siendo fácil de apreciar cierta nostalgia ochentera en todas y cada una de las entradas de su blog.
En sus relatos, que no suelen superar las 1200 palabras de extensión, ha tratado casi todos los temas, siendo el fantástico el que practica con mayor asiduidad, con predilección al subgénero del apocalipsis zombi, tan de moda gracias a la serie de televisión The Walking Dead. En la actualidad se halla embarcado en su proyecto más ambicioso y personal, la «space opera» de corte clásico que lleva el nombre de Érase una vez en Rebis.
Entre sus características principales se encuentra la búsqueda de nombres significativos con los que bautizar a sus personajes. Todos ellos tienen su razón de ser, siendo por lo general guiños literarios o cinematográficos, y así, mientras que la protagonista de La vichyssoise de la mujer barbuda se llama Andrea por el personaje que interpreta Victoria Abril en Kika, compartiendo con su homónima una cicatriz que le cruza la cara, el ficticio director de cine Edu del Bosque, creador de la saga de serie B Zomblince, extrae su nombre del injustamente llamado «Peor director de la historia», como se conoce a Ed Wood. Diego Leal, agente en suelo extranjero que ya ha protagonizado tres relatos, toma su nombre directamente de James Bond, el famoso 007 creado por Ian Fleming, pues tanto Diego como James (Jaime) son variantes del nombre propio de origen hebreo Ya'akov, y en cuanto a la recurrente figura del Diablo, encarnado por el banquero Adolfo Milton, no es difícil ver que toma su apellido del autor de El paraíso perdido.
Dejando a un lado el tema de los nombres, de lo que se podría hablar largo y tendido, otra característica de este autor novel es el uso continuado de los llamados huevos de pascua (easter eggs en inglés), referencias a relatos anteriores con las que crea un universo propio en constante expansión donde se mueven sus personajes con total familiaridad. Así, el bar La Capilla, que aparece en Las reglas del Muerto, es también el escenario donde arranca Una moneda para Caronte; el personaje secundario Sex Machine aparece tanto en También los piratas tienen madres como en El pasado perdido, y los centenarios muros de San Lázaro resisten la amenaza zombi en Instinto primario y en Riesgo biológico. La revista científica Qué curioso, el reverendo Hopkins, o la agencia de viajes Fiumicino & Sierra son otros easter eggs con los que nos podemos tropezar en la lectura del blog.
Se han dado casos de huevos de pascua muy complejos, hasta el punto de enlazar varios relatos. Como ejemplo, podemos nombrar la ficticia saga de películas de terror Zomblince que aparece tanto en el relato que lleva su nombre como en Juega conmigo. La cuarta parte de esta saga es el videojuego de moda en Paisaje nevado, y podemos conocer a Fina, una de sus programadores, en El laberinto Blackwood, donde también nos tropezaremos con la agencia de viaje Fiumicino & Sierra.
Otra cadena es la que empieza en La sonrisa delDiablo, donde Adolfo Milton, nuestro Diablo particular, conoce a un fan acérrimo de Óscar von Moebius, uno de los grandes magos del momento. A este mago lo veremos también en El pasado perdido, compartiendo relato con el pistolero Sex Machine y con Yuri Vasílievich, presidente de la república de Vinavitán, país ficticio surgido tras la disolución de la antigua Unión Soviética. Y será el embajador en España de Vinavistán quien aparezca en la aventura Siempre llueve en Torreblanca, del agente Diego Leal. De esta forma, podríamos seguir encadenando más y más títulos.
Participante asiduo en varios blogs y comunidades de escritores, ha ganado algunos certámenes […]

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–Sr. Vivas.
–¿Sí, maestro?
–No sé si usted se está cachondeando de mí o si realmente su cerebro encharcado de reguetón no da más.
–¿Por qué lo dice, maestro?
–En primer lugar, se nota a leguas que el trabajo lo ha realizado cortando y pegando de una página web.
»Copy/Paste, no sé si me explico.
–No es así, maestro. Lo he sacado todo de Internet, claro, pero he usado mis propias palabras…
»Como usted nos tiene dicho.
–A ver, criatura. Déjeme un momento… Sí, aquí. En el primer párrafo ha usado la palabra «trascendido».
»¿Sabe lo que significa?
–Mmmmm… Sí maestro. Que le gusta vestirse de mujer. ¿Verdad?
–Lo has clavado, macho. Lo has clavado…
–¡Y que quede claro que no estoy en contra de transcendidos!
–Por supuesto que no, Sr. Vivas. No lo pongo en duda… En segundo lugar, le recuerdo que NO estamos en clase de Lengua y Literatura de la Srta. Apellániz. Cuando os encargué un trabajo sobre el mensaje de Arecibo, me refería al mensaje lanzado desde el radiotelescopio de Arecibo en 1974, y que fue diseñado por Carl Sagan, junto con otros astrónomos. Aquí no nos interesa un escritorzuelo de tres al cuarto que deja sus paridas creativas en un blog de Internet.
»Ya veo la cuenta que echa en clase.
–No diga eso, maestro.
–No sé entonces que quiere que diga.
»Aunque llevaba razón en una cosa: me ha sorprendido.
–…
–Tome su trabajo con el correspondiente 0 y vuelva a entregármelo mañana, escrito con sus propias palabras, por supuesto.
–Ofú maestro.
–Pues eso.
»Y busque el significado de «trascender», por favor.


B.A.: 2.017


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lunes, 16 de octubre de 2017

Ángel de alas borrosas

 


Inspirado en hechos reales

 

Desde muy pequeño supe que un ángel velaba mis sueños. Mi madre, como madre que era, siempre escuchaba tan extraordinaria afirmación con una dulce sonrisa en los labios, alentándome a contarle los pormenores tras prepararme un gran tazón de Cola Cao. Mi padre, en cambio, nunca fue dado a confidencias. Aunque nuestra relación siempre ha sido correcta, de cariñoso tiene lo justo, por razones pasadas y familiares que nunca tuvo necesidad de revelarme, y resolvía la cuestión con un gruñido incrédulo que disparaba con certeza de francotirador por encima del libro que estuviera leyendo en ese momento. Pero mi ángel de la guarda existía y cada noche notaba su presencia como una cálida presión sobre la espalda que me ayudaba a vadear las aguas embravecidas por los vientos oscuros de las pesadillas.

Se ve que a mi ángel solo le habían asignado el turno de noche. Quizás sufriera insomnio, como le ocurría al protagonista de Taxi Driver, o a lo mejor estaba pluriempleado y por el día trabajaba de guardia de seguridad en unos grandes almacenes. ¡Qué sé yo! La cuestión es que en el colegio sufrí el acoso de algunos niños de cursos superiores, lo que ahora se conoce como «bullying», y mi ángel nunca me defendió de ellos con espada flamígera en mano. El problema se resolvió favorablemente cuando la naturaleza quiso obsequiarme de la noche a la mañana un palmo más de altura que no dudé en aprovechar, en ocasiones de forma contundente, para qué lo voy a negar, y la vida siguió de esa manera hasta que un buen día, coincidiendo con mi décimo cumpleaños, mi ángel desapareció para siempre sin notificación previa.

Me enfadé con él durante una buena temporada, rebelándome contra la religión en general y la jerarquía angelical en particular, hasta que mi madre consiguió disolver la amargura del abandono asegurando, con la certeza con la que solo lo puede hacer una madre, que se había ido porque yo ya no lo necesitaba, como lo hacía Mary Poppins cuando el viento soplaba del oeste. Acepté a regañadientes que ayudara a otros niños que lo necesitaban más que yo pero aún así, sobre todo en los días de tormenta, echaba de menos su calidez en mi espalda.

 

 

Hoy hace una semana que vino al mundo Ángela, su tercera noche bajo el techo de nuestra modesta vivienda. Ha sido un día especialmente duro para mi esposa, y entre toma y toma nocturna, se ha rendido a un apacible sueño del que no la he querido despertar cuando la pequeña reclamó por vigésima vez nuestra atención. Así que me he levantado, calmando su intranquilidad como buenamente he podido, para después dejarla suavemente de nuevo en su cuna. Y como padre novato, acongojada y acojonada el alma por aquel terrible mal al que los médicos llaman muerte súbita del lactante, le he puesto la mano en la espalda, buscando su respiración. En ese preciso momento he sabido que mi ángel de la guarda realmente existió, y que estaba más cerca de lo que jamás hubiera creído.

Mañana preguntaré a mi padre sobre ello, aunque sé que solo hablará en presencia de su abogado. Mi padre… ese ángel silencioso que protegió los sueños de mi infancia de males reales e imaginados. Mi cuerpo cálido y vulnerable pudo más que la armadura de hielo con la que se cubrió con testaruda obstinación, y por eso, aunque algo borrosas, se ganó sus alas con el tañido de unas campanas anunciando el nuevo día.

 

B.A.: 2.017

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Este relato forma parte del libro recopilatorio Ahora, que nadie nos oye, déjame que te cuente, resultado del gran esfuerzo realizado por David Rubio Sánchez desde su blog Relatos en su tinta.

 El recopilatorio está disponible en Amazon. Pulse en la imagen para acceder a la página.



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