viernes, 18 de enero de 2019

Pandemónium




Adriana Moreno. Adriana Moreno. Pase por secretaría, por favor.
Eran las diez de la mañana de un martes algo frío para la estación. Con la casa recogida y el almuerzo planteado, sólo quedaba disfrutar del segundo café del día en la tranquilidad de la terraza, a la espera de que el pequeño Carlos despertara del sueño de los justos que disfrutaba arropado como un gusanito. A través del sistema de megafonía del Elena Chaparro, colegio cercano perteneciente a la orden de las Hermanas del Dolor de María, Conchi llamaba a los alumnos con su voz cascada de fumadora empedernida.
Ana Carretero. Ana Carretero. Preséntese en secretaría, por favor.
La niebla que emanaba del café caliente veló una sonrisa evocadora. Recordaba con cariño a Conchi de cuando cursó sus estudios de EGB allá por los ochenta, y ya entonces regía el pequeño feudo de la secretaría con mano de hierro, gruñona siempre ante cualquier osado que se le acercara pidiendo un paquete de tizas o un puñado de folios. La buena de Conchi… ¿Cuándo se jubilaría el viejo dragón custodio?
Rodrigo Albarrán. Jimena Florido… Albarrán y Florido. Sus padres los esperan en secretaría.
¡Vaya! Eran muchos los niños a los que Conchi llamaba aquel día. Los medios hablaban de una nueva cepa de gripe que mantenía en jaque a los expertos, de extraordinaria velocidad de propagación y múltiples casos de fiebre de hasta 43 ºC, y se veía que en el Elena Chaparro el virus había encontrado un buen caldo de cultivo.
Juan Gil, Carla Adana, Alicia Ruíz,… Y también Isabel Jiménez. Pasen por secretaría.
»¡Déjenme trabajar, por favor!
A Conchi se la notaba agobiada. Podía imaginarse el descontrol que reinaría ante la ventanilla de la secretaría, con tanto padre reclamando a sus hijos enfermos. ¡Bonito lío para un martes! Para colmo, la pobre mujer se había dejado el micrófono encendido y el barullo llegaba hasta la calle a través de la megafonía. Sólo esperaba que no despertaran a Carlitos, después de la mala noche que había pasado. ¿Estaría incubado el virus? A pesar de no ser de espíritu supersticioso, se sorprendió golpeando con los dedos la mesita auxiliar de teca.
Que se presenten en secretaría Marta Polo, Leonardo Colorado, Alejandro Trejo, Marta Navarro, Ángela Prieto y… Sí, ya les he oído, también Paula Iglesias y David Martínez.
Con curiosidad, echó el cuerpo sobre la barandilla de la terraza, estirado el cuello para poder ver una pequeña porción de la calle que daba a la puerta principal del colegio, certificando lo que ya intuía: el caos era total. Los vehículos mal estacionados en doble e incluso triple fila estrangulaba la amplia vía hasta dejar un único carril para cada sentido, tan estrechos que los camiones de reparto difícilmente podían pasar, pandemónium circulatorio salpimentado con bocinazos, gritos e insultos que no llegaban a más gracias a los agentes policiales enviados al lugar.
Sara Sánchez, Gracia Fragoso y hermanos Garrán. María López, Miguel Ferrera, Mariana Calatayud y Teresa Contrera. Por favor, que todos se presenten en secretaría.
»¡Miguel Ángel! Estooo… Señor director. ¡Menos mal que ha llegado! Necesito ayuda; la situación es insostenible.
Para empezar, apague el micrófono. La escuchan hasta en San Lázaro.
Disculpe…
El director por fin bajaba de su parcela en el Olimpo para ayudar a la pobre secretaria. Conocía a Miguel Ángel de su época de estudiante. Sobrado y trepa, nunca dudó en hacerse enemigos entre sus compañeros por un positivo de más y ahora, gracias al apoyo de sus antiguos profesores y al respaldo familiar, había llegado por puro dedo a la dirección del colegio.
¡Atención! Les habla el director del centro. Los alumnos que sean llamados deben presentarse inmediatamente en secretaría. ¡En perfecto orden y silencio!
»Natalia Gallardo, Miguel Blanca, Paula González, Pilar Rodríguez, Rocío Larra, Nacho Robles y Javier Ejido.
»Que la junta directiva venga a mi despacho inmediatamente.
Valiente capullo estaba hecho el «director del centro». ¡Y encima había despertado a Carlitos con su llamada al orden! Ojalá el virus lo dejara una semanita encamado. De un sorbo apuró el café ya frío, yendo con la taza vacía en la mano al dormitorio decorado en tonos azules desde donde el pequeño llamaba a su madre.
Ramón Ramos, Gonzalo Mariscal, Martín Ruiz, Juan Serrano, Rodrigo Galán, Manuel Huerta, Bernardo Romera, Abril Corraliza,…
–Mamá está trabajando, Carlos. Vendrá a la hora de comer –consoló el hombre al pequeño con dulzura–. Te voy a preparar un bibi calentito y después nos vamos de paseo.
¡Ding, dong, ding! Al habla el director. Tras reunión de urgencia, la junta directiva ha decidido cerrar las instalaciones. Los alumnos aguardarán a sus familiares en perfecto orden y silencio.
»El cuerpo de profesores velará por el correcto desalojo de las instalaciones.
Carla Portillo, Rodrigo Rodríguez, Víctor Salgado, Irene Ramos, Carlos Mayoral, Irene Barrillo, Jaime Rubio, Nicolás García,…
Al otro lado de la cristalera que separaba la terraza de la del piso colindante, el cuerpo lacerado y putrefacto de la otrora entrañable doña Ramona reaccionó al balbuceo infantil que le llegaba a través del interfono encendido con un gemido antinatural, golpeando el cristal; arañándolo hasta dejar impresas en él irregulares líneas sanguinolentas.
Antonio Barragán, Elena Gallardo, Manuel López, Hugo Pinilla, Ignacio Prado, Pedro Cabrera, Jaime Montero, Begoña Álvarez,…
El cristal cedió con un chasquido lúgubre ante el envite de aquel cuerpo muerto que sólo buscaba satisfacer sus instintos primarios. ¡Crack!

B.A.: 2.019


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lunes, 10 de diciembre de 2018

Cinco años de Mensaje de Arecibo


Nota: Imágenes extraídas de Pixabay.
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Cinco son los dedos de la mano, y también los de los pies. Cinco los continentes habitados de nuestro planeta, y cinco los anillos entrelazados que los representa en la bandera olímpica. Cinco son los lados de un pentágono, las puntas de la estrella inscrita en él y los brazos de los asteroideos, también llamados estrellas de mar.
El cinco tiene mala fama por culpa de ciertas mentes infantiles encerradas en cuerpos adultos –¿Cuántas veces nos habremos llevado «el premio» por usarlo en nuestro día a día?–, pero ante esto sólo podemos poner cara de circunstancias y solidarizarnos con tan interesante número, pues cinco son los sentidos, los océanos y las vocales. Y si queremos rizar el rizo, cinco fueron los Jackson, los elementos según el director de cine Luc Besson, y los jóvenes detectives creados por la escritora inglesa Enid Blyton.
Cinco son también los años de vida de este blog.
El 2 de diciembre de 2013, inicié mi aventura literaria con el relato de corte fantástico La actuación del crucificado. Desde entonces he subido al blog algo más de 70 relatos, participado en algún que otro concurso con dispar suerte y escrito 30 capítulos de la space opera Érase una vez en Rebis. Este 2018 ha sido especialmente interesante, pues antes de terminar saldrá a la luz dos proyectos literarios de los que formo parte con orgullo y satisfacción, que diría aquel. Por un lado está el libro recopilatorio de relatos Ahora, que nadie nos oye, déjame que te cuente, resultado del gran esfuerzo realizado por David Rubio Sánchez desde su blog Relatos en su tinta. En este libro no sólo participo con un par de relatos que fueron premiados por los compañeros participantes, sino que también me he encargado del diseño de la portada, trabajando en ella con todo mi cariño y buen hacer. Ahora, que nadie nos oye… ya se encuentra a la venta en Amazon, así que dejo el enlace por si a alguien le apetece hacer un buen regalo estas navidades a precio irrisorio.


Para adquirir el libro en papel pulsad AQUÍ
Para adquirir el ebook pulsad AQUÍ

Por otro lado, ya en prueba de imprenta, tenemos 66 relatos compulsivos, otro libro recopilatorio desarrollado desde la comunidad Relatos compulsivos, cuya principal fuerza motora es la gran creadora Sue Celentano. Como he dicho, este libro saldrá a la venta antes de final de año, así que ya daré su enlace de compra cuando esté disponible. Otro buen regalo navideño.

¿Qué ocurrirá el año que viene? Este 2.018 ha sido redondo para mí y para mi blog, así que sólo puedo decir: Virgencita, virgencita, que me quede como estoy. ¿Seguiré ampliando el universo zombi del que tantas muestras he dado ya o tiraré hacia temas más realistas? ¿Me perderé de nuevo en las calurosas arenas del Oeste? ¿Volverá Diego Leal? ¿Me decidiré a embarcarme en la publicación física de mi space opera Érase un vez en Rebis? Respecto a esto último he de confesar que ganas no me faltan pero, como decían en Conan el Bárbaro, esa es otra historia.
Muchas gracias a todos por vuestra amistad y compañía.

B.A.: 2.018


P.D.: Si queréis acceder a Easter eggs, un relato de humor con el que celebré el 4º aniversario de Mensaje de Arecibo, pulsad AQUÍ

viernes, 9 de noviembre de 2018

Tres generaciones



Nota: Imágenes extraídas de Pixabay y de Estudio 1 (RTVE.es).


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–Estrella... ¿Qué pintas son esas que llevas?
–Abuela, voy disfrazada de la Catrina, una tradición del Día de Muertos de México.
»He quedado con mis amigas para almorzar, y de paso celebraremos Halloween.
–Jálogüin… ¡Valiente mamarrachada! Nada más que sangre y dráculas y cosas por el estilo. ¿Dónde quedó nuestro Día de los Difuntos? Cada vez son menos los que van al cementerio a visitar a sus seres queridos; es una pena cómo ha cambiado todo... ¡Si ni siquiera se comen ya castañas asadas ni huesos de santo!
»¡¿Y el Tenorio?! ¿También nos hemos olvidado de Don Juan Tenorio y Doña Inés?
–El Tenorio… ¿En serio, abuela? Qué antigua eres.
»Eso ya no se lleva.
–¡¡Anaaa!! ¡Mira lo que me está diciendo tu hija! Ahhh, si hubieras nacido en mi época... A tu edad ya llevaba diez años tu madre en el mundo, y yo trabajaba a destajo en la conservera de aceitunas para llevar cuatro pesetas a casa.
»Un escarmiento bien grande es lo que necesitáis, y no tanta tontería.
–¿Qué te pasa ahora con la niña, mamá?
–Que me ha faltado al respeto, eso es lo que me pasa. Si hubiera más mano dura otro gallo nos cantaría, pero como ahora todo son traumas…
–¡Deja a Estrella que se divierta, mamá! Ya tendrá tiempo para casarse y tener hijos.
–Tiene veintinueve años…
–Son otros tiempos.
»Y tú no vuelvas tarde. ¿Estamos?
–No te preocupes, mamá. Te llamo cuando salga de la fiesta.
–Llevarás cargado el móvil esta vez. ¿No?
–Sí, mamá… ¿No se te olvidará nunca?
–Anda. Vete ya y diviértete mucho.
»Te quiero, cariño.
–Y yo a ti. Y a ti también, abuela… ¡Mua! Aunque seas tan carca.
–Encima me llama «carca», la desvergonzada…
–Deja a la niña, mamá. Las cosas no son como antes.
–¡Por supuesto que no! Con tu edad estaría en el cementerio, ayudando a mi madre a limpiar las lápidas de la familia y rezando por ellos.
–Claro que sí, mamá, mientras papá se gastaba lo que habías ganado en la conservera en la tasca del pueblo…
»O comprándole vestiditos a la Manuela.
–¡No te consiento…!
–¡¿Qué es lo que no me consientes?! ¿Acaso has olvidado ya el infierno que nos hizo pasar?
–Pero hija…
–Y ahora me saldrás con que lo único que importaba era mantener unida a la familia, por muchas palizas que nos diera… A pesar de la vergüenza que nos hacía pasar todos los domingos y fiestas de guardar cuando le daba la paz a esa fulana delante de nuestras narices, para choteo y disfrute de todo el pueblo.
»Si callé entonces fue ti, pero ahora no lo haré.
–Tu padre lleva muerto ya casi veinte años; creo que ya va siendo hora de que le perdones.
–No lo haré mientras viva.
»Te has arreglado… ¿Vas al cementerio?
–Por supuesto.
–Anda, espérame un momento a que coja las llaves del coche. Está diluviando y no quiero que te enfríes.
–Gracias hija.
–Pero no me pidas que entre a verlo.
–Descuida… Esta noche ponen al Tenorio en la tele. ¿Te apetecería…?
–No me lo perdería por nada. A ver, como era… «¿No es verdad, ángel de amor, que en esta apartada orilla…?»
«¿…más pura la luna brilla y se respira mejor?». Te quiero, hija mía.
–Y yo a ti, mamá.

B.A.: 2018

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domingo, 1 de julio de 2018

En fuera de juego



Nota: El relato propuesto para el concurso "Historias de fútbol" convocado por Zenda.

Las fotografías de este montaje están sacadas de pixabay.com.


–¡Lo harás y punto!
»Me debes obediencia.
–Obediencia…
–Así es.
–Ya veo.
La chica frunce con falsa inocencia los labios en torno a la pajita a través de la que da cuenta del zumo de naranja con el que se quita el calor, los ojos glaucos clavados en el que así le habla. Rara vez se enfada o molesta por las airadas salidas de tono a las que tan propenso es su acompañante, y tras mediar el refresco de una larga chupada se despereza lentamente con sensualidad felina, quedando repantingada sobre la hamaca de tela estampada, las piernas estiradas ante sí y los brazos cruzados bajo el pecho, que tensa por generoso la tela de su vestido ligero. «Soy tu musa desde que te haces llamar escritor; el ser intangible reflejo de tus intereses y de tus... gustos», apostilla con una sonrisa pícara mientras contornea en el aire sus voluptuosas curvas, imposibles de salir airosas de la batalla contra la gravedad si pertenecieran al mundo real.
Y si no te gusta el fútbol… ¿Cómo voy a inspirarte sobre un mundillo al que eres ajeno para que puedas ganar el concurso de relatos ese al que quieres presentarte? No hace falta que te recuerde que la relación más positiva que has tenido con un balón fue la película Evasión o victoria, y porque actuaba Stallone.
»¡Si ni siquiera seguiste la serie de Oliver y Benji! Por el amor de Dios…
–Pero algo podrás hacer.
–Como no me lea el Marca...
La musa se recoge el pelo en un moño alto, afianzándolo con el lápiz que le ha robado al escritor tras un guiño descarado. Una vez satisfecha con el resultado, apoya los codos sobre la mesa y encaja el perfecto óvalo de su cara en la bandeja que crea con los dedos entrelazados, dispuesta a acompañar con su silencio la desesperación del escritor cogido en fuera de juego. Sólo cuando el travieso juego de la musa roza el sadismo decide apiadarse de él y frunciendo el ceño, donde se marcan dos graciosas arrugas verticales de la más pura concentración, zarpa hacia el inmisericorde mar de las ideas a la caza de una buena pieza que ofrecerle. «Si escribieras relatos eróticos –reflexiona en voz alta con la vista llena del limpio cielo mediterráneo–, podríamos usar el fútbol como excusa para una escena de lo más tórrida. Tampoco habría problema si lo tuyo fuera la denuncia social, pues podría sugerirte el drama de un refugiado que encuentra asilo en un país europeo gracias a su pasado como entrenador».
–Pero eres un apasionado de la ciencia ficción –le reprocha apuntándolo con un dedo acusador–, y para colmo ahora te ha dado por el apocalipsis zombi. Fútbol y zombis. ¿Me quieres decir cómo puedo trabajar con semejante material?
–Tienes que darme algo –suplica el escritor con cara de cordero degollado–. Por favor.
–A ver. Déjame pensar... Vale. Imagínate una sociedad distópica, superviviente a un brote zombi. Está dirigido por un gobernador, o pseudo-rey, que con mano de hierro mantiene la paz en el territorio.
–No sé si...
–¿Puedo acabar? –corta la musa con severidad los balbuceos de su compañero. Se encuentra inspirada y le molesta sobremanera la negatividad del otro–. Un gobierno totalitario, como te decía, donde al que es detenido infringiendo la ley se le obliga a jugar al fútbol contra un equipo de zombis. Un uno contra once putrefacto y mortal. Si marca antes de que lo devoren será puesto en libertad; si pierde... Pues eso, se lo comen. Fútbol Z, podría llamarse, o Z-occer.
–¿Es lo mejor que puedes darme?
–¡Anda y que te zurzan!

B.A.: 2.018

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lunes, 4 de junio de 2018

Archibaldo




Habían pasado dos años desde que lo acariciaron por última vez y ya apenas le quedaba sonrisa en la cara. Si hubiera sido personaje de cuento, Archibaldo bien podría haber cambiado su nombre por el de Garbancito; probablemente igualaría en tamaño a los gnomos de un país de fábula, y de nacer hombre sin duda habría sido fenómeno circense en el espectáculo de los empresarios Barnum y Bailey. Pero Archibaldo sólo era una figura de cera del tamaño de un pulgar, y de un pulgar dentro de la media, por si fuera poco.
Cuatro generaciones de Rivera habían desfilado ante el vajillero desde el que Archibaldo veía pasar la vida. Nadie sabía a ciencia cierta de dónde procedía, a quién perteneció o, lo más llamativo, qué representaba, pues las elevadas temperaturas del estío soportadas en tan longeva vida habían dejado su impronta en la figurilla, derritiendo sus facciones hasta lo irreconocible, la sonrisa convertida en una mueca desganada. ¿Era un duende de larga barba o la efigie de un santo? ¿Sería una escoba aquello que sostenía? Entonces, sin duda, tenían que vérselas ante San Martín de Porres pero… ¿Acaso no se asemejaba un poco al Moisés de Miguel Ángel? A la familia poco le importaba estas cuestiones, limitándose a quitarle el polvo que su cuerpo de cera no había absorbido los días que tocaba zafarrancho de limpieza. Sólo la bisabuela Ofelia mostró hacia Archibaldo alguna atención que podía calificarse de afectuosa, pero hacía ya dos años que la anciana residía en aquel rincón del cielo reservado para las viejecitas cariñosas, artríticas y arrugadas como uvas pasas.
Un buen día todas estas historias tienen un día así, ¿verdad?, la pequeña Ángela, en un despiste de la abuela María, abrió con sigilo la puerta acristalada del mueble vajillero para coger con sus cálidas manos la pequeña figura de cera. Sentada en el balcón de la casa, perfumada por el intenso olor a azahar que el calor de la primavera arrancaba a los naranjos que daban sombra en la calle, la pequeña inventó para Archibaldo toda clase de emocionantes historias, transmutando la anodina figurilla en cazadora de unicornios, zombi esclavo de sus instintos primarios y superhéroe que luchaba contra el mal al grito de «¡Tenorio en el aire!». De tal forma se metió en el juego que no fue consciente de la presencia de su abuela hasta que sólo pudo esconder a Archibaldo entre sus manos entrelazadas.
¿Qué ocultas, Angelita?
Nada, abu...
Venga. Enséñame las manos.
No fue necesario que la abuela añadiera nada más ¿cuándo lo es?, pero para sorpresa de ambas, entre los dedos temblorosos de la pequeña nada quedaba de Archibaldo; sólo una masa tibia, viscosa y amarillenta recordaba a la figurilla.
Estaba triste fue lo único que pudo alegar la pequeña en su defensa antes de romper a llorar, y lo hizo con tal desconsuelo que ni la batería especial de besos y caricias de la abuela pudo con él. «No pasa nada, cariño la intentaba calmar, no estoy enfadada».
Además, debe habérselo pasado muy bien contigo.
Razón no le faltaba a la anciana pues una muesca en forma de media luna parecía sonreírles desde la masa de cera que había sido Archibaldo. «¿Queréis volver a jugar?», propuso la abuela para entusiasmo de la pequeña, y con un cazo muy usado calentado a fuego lento y un molde para plastilina, Archibaldo tomó la forma de un niño con el que Ángela jugó y jugó y jugó, desgastándose poquito a poco con cada nueva aventura hasta que sólo quedó de él una gota dorada de pura felicidad.

B.A.: 2.018

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