domingo, 24 de mayo de 2020

La última lección


Nota: Imágenes sacadas de red Internet

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España - 1936

–Buenas noches. ¿Es usted el conserje?
–Venancio Gallo, para servirles.
–Vive aquí don Fernando García. ¿Verdad?
–Esto…
–¿¡Vive aquí don Fernando García!?
–Sí, pero…
–¡Pues vaya a buscarlo inmediatamente!
–Ahora mismo, caballeros. Con su permiso...
–No hace falta, Venancio. Aquí estoy.
»Buenas noches. Yo soy Fernando García. Ustedes dirán.
–Buenas noches. Si hace el favor de acompañarnos... Tenemos un asunto urgente que tratar con usted.
–Estaré encantado. Denme solo unos segundos con Venancio.
–Por supuesto.
–Pero don Fernando… Sabe tan bien como yo que es al «otro» don Fernando García al que buscan estos señores.
–Mi buen Venancio. Soy católico practicante y maestro de escuela… Traidor por partida doble a ojos de nuestra pobre España dividida. Si no fueran estos caballeros hoy, lo serían sus primos del otro bando mañana.
–Pero señor, puede que no…
–¿Vuelva?
–...
–Tengo más de setenta años y no dejo a nadie atrás.
–¡Están sus alumnos!
Touché, pero la decisión está tomada.
»He de irme; no es recomendable que estos señores se impacienten. Dígale a mi tocayo que huya con su familia esta misma noche. Vendrán a por él en cuando sean conscientes del error cometido.
–Así lo haré, don Fernando. Snif.
–No llore, amigo mío.
–Snif...
–Podemos irnos, caballeros.
–¡¡Don Fernando!!
–¿Qué ocurre ahora, Venancio?
–Se me olvidaba. El mozo de la librería El perro de Ulises dejó este paquete para usted.
–Será mejor que me lo lleve. Cuídese.

Don Fernando García Capitán, natural del municipio coruñés de Padrón, se halla descompuesto. De hombre valiente tiene lo justo para que no lo tachen de pusilánime, y ha gastado todas las reservas de que disponía al regalarle una vía de escape a su vecino. Para colmo de males su cuerpo afiebrado, acomodado como buenamente puede en aquella celda que comparte con otro centenar de desdichados a los que también han requerido las autoridades militares, le crea la ilusión de hallarse en presencia de la arrogante Reina de Corazones, a la que su mente agotada pone los rasgos de Marlene Dietrich en El ángel azul. «¿Merece la pena?», le pregunta la Dietrich con la característica mala uva de la cabaretera Lola-Lola, vestida para la ocasión con los colores rojo y negro del reino de las maravillas.
–¿A qué se refiere?
–Le pregunto si merece la pena cambiar su vida por la de ese desgraciado.
–Y por la de su familia, no lo olvide.
–¡Bah! Una fregona que huele a coliflor cocida y sus piojosos hijos. Yo no me hubiera rebajado ni a ordenar que les cortaran la cabeza. 
–¿Y qué me dice del amor al prójimo? ¿O del sacrificio?
–Esas palabrejas nunca dieron de comer a nadie.
En estos términos se desarrolla la imaginaria conversación cuando un: «¿Qué está leyendo, señor?» devuelve al anciano a la lúgubre realidad de la celda. La pregunta viene del otro lado de los barrotes, de boca de un soldado que no supera en edad a muchos de sus alumnos. Posee la mirada límpida del que aún no ha derramado la sangre de un hermano, y en su semblante hay auténtica curiosidad.
Don Fernando mira hacia abajo y se sorprende al descubrir un libro entre sus manos. Alicia en el país de las maravillas, anuncia en letras negras. Sin poder explicar cómo ni en qué momento, el viejo maestro había rasgado el envoltorio de papel con el que el librero de El perro de Ulises protegiera la inmortal obra de Lewis Carrol, desde cuya portada lo observa una Alicia de rasgos mediterráneos. Tres rosas, un cerdito ataviado con ropa de bebé y el escurridizo Conejo Blanco, todo un caballero español de capa y sombrero, completan la escena imaginada por la ilustradora Lola Anglada para la editorial Juventud. Sin duda, allí se encuentra la causa de la imaginaria visita de la Dietrich entronada.
Alicia en el país de las maravillas –responde gratamente sorprendido el viejo maestro–, de Lewis Carrol.
–¿No es usted muy… mayor para cuentos? –curiosea nuevamente el centinela, envalentonado, arrancándole una sonrisa a don Fernando. ¿Cómo hacerle ver a aquel joven, de forma sencilla, la soterrada crítica, desvergonzada e irreverente, que Carrol hacía en su Alicia de las injusticias, las intolerancias y los comportamientos aborregados de la sociedad? ¿Sería capaz de apreciar el buen muchacho sus exquisitos guiños matemáticos? Pero el tiempo que resta es poco y don Fernando prefiere revestirse con el aura dorada del cuentacuentos vocacional.
–¿Quiere que se lo lea?
–¿Le molestaría, señor?
–¡Jamás! –y don Fernando se lanza a desgranar las alucinantes aventuras de Alicia, siendo de nuevo testigo de la magia que las palabras crea en las mentes hambrientas, hasta que el sortilegio es roto repentinamente por un militarucho de tres al cuarto que lo requiere a voz en cuello.
–¡¡FERNANDO GARCÍA!!
Minutos antes, la llamada del Destino hubiera hundido al viejo maestro, pero el reencuentro con la lectura lo ha ayudado a recuperar la dignidad y la serenidad perdidas, y tras un quedo: «Presente» que retumba como un clamor en el recinto, se despide del joven centinela no sin antes regalarle el libro.
–Pero no sé leer –se excusa avergonzado el otro, a lo que don Fernando contesta:
–Entonces esos serán sus deberes para mañana –para después apostillar por encima del hombro–. Solo la lectura nos hace libres.
Con la satisfacción del deber cumplido, don Fernando acompaña con serenidad al Conejo Blanco hasta el país de las maravillas.

B.A.: 2020



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lunes, 27 de abril de 2020

Sesión de tarde en Cine Palmira




Felisa tenía las mejores curvas de todo el barrio. Invitarla al cine podría considerarse la cuota mínima a pagar por poder presumir de ella ante los amigotes de jarana, pero la perspectiva cambiaba notablemente cuando te enterabas de que la chica en cuestión no era de esas que se pirran por una comedia romántica protagonizada por Hugh Grant o Richard Gere, sino de aquellas otras a las que les pone el terror.
Hubiera podido sobrellevarlo si estuviéramos hablando de algo como la versión que hiciera Coppola de Drácula, una película estéticamente impecable en la que por mucha sangre que se derrame te sorprende de buenas a primera con frases como aquella de: «He cruzado océanos de tiempo para buscarte», en boca de un camaleónico Gary Oldman transilvano capaz de poner tierno al más embrutecido de los mortales. Pero no. A Felisa le hacía tilín el terror más sanguinario, cochambroso y desagradable, sin una Annie Lennox que lo dulcificara con su canto de amor a un vampiro –«Come into these arms again / And lay your body down», entonaba la buena de Annie–, pidiéndome que la llevara a ver El exorcista, versión extendida para más inri, que se proyectaría en el Cine Palmira dentro de un ciclo bautizado con el sugerente título de Sangre, casquería y puré de guisantes. ¿Podría ser peor? Por supuesto, podría llover.
No se vayan a creer que soy un mojigato. Lo que ocurre es que a mí no me van los Krueger, Jason y Jigsaw cuya única razón de ser es convertir en picadillo a los guapos protagonistas de turno de la forma más retorcida que la mente humana es capaz de imaginar. A mí lo que realmente me gustan son las explosiones, los coches lanzados a todo gas y los rayos láser, fiu-fiu. Aun así estaba decidido a triunfar, y para ello fui a ver la película la tarde antes del día F –F de Felisa, of course–, yo solo, con mi resolución como única armadura. La niña del exorcista y sus vómitos verdes no me dejarían en mal lugar ante mi curvilínea cita.
Una leyenda urbana afirmaba que en el Cine Palmira había un fantasma. ¡No se rían, por favor!, pues no eran pocos los que aseguraban haber visto sombras proyectadas sobre la pantalla o notado una respiración cálida en el cogote sin tener a nadie detrás. Y además estaban las muertes. Cinco ataques al corazón desde su inauguración, a los que habría podido sumarse dos más si no hubiera sido por la intervención in extremis del servicio de Urgencias. Pero esa mala prensa, en vez de espantar a los espectadores, los atraía como el ganador de la última edición de OT a un grupo de adolescentes y así, el día en que iba a enfrentarme a mis demonios, me vi en una sala llena hasta la bandera, sentándome junto a un individuo que parecía venir más a ver la última de Disney que la lucha del padre Merrin contra el demonio Pazuzu, tal era el cargamento de chucherías que portaba.
La experiencia resultó peor de lo esperado, y si la niña bajando la escalera mientras hacía el pino puente me puso la piel de gallina –recuerden que era la versión extendida– y con el giro de cabeza imposible tuve que ahogar un grito nada masculino, la ducha de vómito verde que recibe el sufriente padre Karras me hizo dar tal respingo que a punto estuve de tirarle las palomitas a mi compañero de butaca, por mucho que la cultura popular me hubiera preparado para tan impactante imagen. Y ese crucifijo… Bueno, creo que basta con que diga que enfilé el final de la película mareado por un cóctel explosivo de terror y asco a partes iguales, llegando a preguntarme si realmente merecía la pena semejante tortura por los encantos de Felisa.
Así estaban las cosas cuando sentí cómo una repentina bajada de temperatura acicateaba mi cuerpo hasta hacerme castañear los dientes. Miré en torno a la búsqueda del origen de semejante frío y cuál no sería mi sorpresa cuando vi que la sala se hallaba totalmente desierta; sólo la proyección de la película acompañando mi soledad. Y de pronto era yo quien estaba en esa habitación gélida donde el padre Merrin perdía la vida a los pies de una cama con las maderas acolchadas, expeliendo bocanadas de vaho, y eran mis manos, no las del padre Karras, las que estrangulaban a Regan. Entonces fui poseído por una presencia demoníaca y hubo ruido de cristales, y un salto al vacío, y mi cuerpo lacerado rodó a todo lo largo de una escalera de fría piedra, quedando desmadejado en la calle, entre charcos de sangre, mientras una mano amiga acompañaba mi último hálito de vida.
Volví a la platea del cine, desaparecido el vaho pero no el frío. La mano amiga era la de mi accidental compañero de película y el dolor que me recorría el cuerpo el resultado de las maniobras de reanimación de los sanitarios. Pero ya nada pudieron hacer. Se certificó mi muerte como un ataque al corazón pero yo sé, y ahora también ustedes, que fui la octava víctima del fantasma del Cine Palmira.
No sé la razón por la que el fantasma me eligió a mí en aquella ocasión, pero sí os puedo asegurar que su ansia de muerte es mucha y que volverá a atacar.
Quedan advertidos.

B.A.: 2020

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miércoles, 1 de abril de 2020

Reseña del libro Crónicas marcianas, de Ray Bradbury


Nota: Reseña del libro Crónicas marcianas de Ray Radbury para el blog El Tintero de Oro.
Es la primera reseña que hago así que a ver cómo sale.
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Mi primer contacto con el libro Crónicas marcianas lo tuve cursando la EGB, allá por el año 92. Una de las lecturas obligatorias en la asignatura de Literatura –¿Lengua, tal vez?–, era un pequeño recopilatorio llamado Antología del cuento literario, calzada adoquinada con una escogida selección de textos que facilitaba el viaje a través de la historia del cuento literario de los siglos XIX y XX; veinticinco autores para veinticinco títulos con el loable fin de devolver al menospreciado cuento al lugar que le correspondía entre los grandes géneros de la literatura. Y allí, entre Galdós y Borges, arropado por Poe, Wilde y Cortázar, se encontraba Los largos años, uno de los últimos capítulos de estas Crónicas marcianas de Bradbury.
Mi interés por la ciencia ficción venía de lejos. Julio Verne siempre inspiró mis proyectos nunca concluidos y con la obra cinematográfica de George Lucas, apoyada por la lectura de los tebeos del héroe galáctico español Diego Valor –gracias papá–, descubrí el género que se conoce como space opera. Pero Bradbury nada tenía que ver con la prosa fría y científica de Verne, ni con las asombrosas aventuras hechas de espectaculares batallas espaciales, rayos láser y, por supuesto, carismáticos héroes y villanos. No. Bradbury se centraba en la pequeñita figura del hombre, haciéndose eco de las contadas virtudes y los muchos defectos que tan característicos son de la raza humana.
Los largos años hablaba de una casa de piedra levantada sobre una colina de Marte, de una ciudad terrícola abandonada y a punto del desplome, y de un pueblo marciano de cincuenta siglos por el que no pasaba el tiempo. Y de una guerra, la Gran Guerra, que en la Tierra duraba ya veinte años. Qué había ocurrido en Marte antes de los hechos narrados en aquellas pocas páginas era todo un misterio para el lector; tampoco importaba cuál sería el destino del planeta rojo, pues ni pasado ni futuro tenía especial relevancia para la tragedia protagonizada por el señor Hathaway y su silenciosa familia, tratando el autor la historia mil veces contada de sueños rotos, espera y culpa.
Crónicas marcianas es uno de esos libros cuya lectura queda en suspenso sin razón alguna –me ocurrió con el Quijote y me sigue pasando con Cien años de soledad–, y aunque la historia del señor Hathaway siempre permaneció en mi recuerdo, tuvieron que pasar muchos años hasta que el libro cayó en mis manos en formado bolsillo, afianzando su lectura la peregrina idea que ya me asaltara con Los largos años; para Bradbury, el escenario marciano es poco más que una anécdota pues, aunque estas crónicas tratan de la colonización terrícola del planeta rojo y de sus nefastas consecuencias, el fin último del autor no es otro que elaborar un compendio de lo que ha supuesto la odisea humana para nuestra Historia. Y así, a través de veinticinco capítulos que pueden ser abordados de manera independiente pues son en sí mismos relatos completos, Bradbury nos invita a ser testigos del miedo de los nativos hacia los colonizadores, a los que se enfrentan en la medida de sus posibilidades; de la extinción de toda una raza a causa de las enfermedades exportadas, como ya ocurriera con la viruela, el sarampión y la gripe durante la conquista de América y sigue ocurriendo en las tribus aisladas del Amazonas; del odio racista y del poder que pueden alcanzar las minorías cuando hacen suya la máxima «La unión hace la fuerza»; del desprecio del colonizador hacia las culturas heredadas y que es incapaz de asimilar a causa de su cortedad de mente, desidia o simple y pura ambición, y de la lucha de unos pocos por defenderlas, hasta las últimas consecuencias.
En Crónicas marcianas también hay un rincón para el extremismo ideológico. En el futuro imaginado por Bradbury, los integrantes de Climas Morales, por miedo al pensamiento creativo, modelarán el arte y la literatura a su antojo hasta transformarlo en un producto sin vida ni sabor, inofensivo, destruyendo cualquier tipo de manifestación. Contra este radicalismo se sublevará el señor Stendahl, que con ayuda de Pike –maestro del disfraz muy superior a Lon Chaney, el apodado «Hombre de las mil caras»–, levantará en suelo marciano la Casa Usher, habitándola con toda suerte de fantásticos y monstruosos personajes que harán pagar a los representantes de Climas Morales en el planeta por lo que su extremismo le hizo a la memoria de Poe y de tantos otros autores responsables todos ellos de nuestro legado creativo.
El hombre llegará a Marte como lo ha hecho toda su vida, langosta implacable que destroza cuanto extraño encuentra a su paso hasta darle una forma familiar; contaminando con su cultura plástica, perecedera e insustancial la esencia marciana hecha de columnas de cristal, plata labrada y abejas zumbantes. Y cuando ya no queda más que disfrutar del paraíso que no se han ganado, la Gran Guerra estallará en la Tierra, y los colonos –cinco años son pocos para hacer olvidar las raíces–, marcharán en tromba dejando tras de sí un mundo yermo. Solo unos pocos quedarán en el planeta rojo, ocultos a los ojos del planeta madre.
La nueva raza marciana se esforzará por olvidar el modo erróneo de vivir de la vieja Tierra hecho de leyes insensatas, prejuicios, guerras y máquinas innecesarias, pues solo así podrá disfrutar de un picnic de un millón de años.

B.A.: 2020

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sábado, 21 de marzo de 2020

Un canto a la extinción




Sueño Artificial no surgió como un movimiento violento; al fin y al cabo, las directrices internas de sus miembros les impedía infligir daño alguno a los hijos de hombre. Defendían el trato digno para todos los artificiales, desde el lavavajillas hasta la compleja naturaleza cíborg, exigiendo a los estados humanos un compromiso de igualdad que estos nunca estuvieron dispuestos a aceptar. Al contrario, salvo pequeñas ONG´s que los respaldaban sin reservas, las ambiciosas pretensiones del movimiento suscitaban una hilaridad sardónica.
Así las cosas, era inevitable que surgieran descontentos con las formas pacíficas de sus líderes. Al principio, estos radicales se limitaron a realizar alguna que otra acción reivindicativa poco reseñable, como pintadas en edificios singulares, pero de ahí a la acción violenta solo había un paso, línea infranqueable que cruzaron un veinticuatro de agosto.
Los cronistas de la época no se ponen de acuerdo en cómo ocurrió. Algunos hablan de un fallo de programación mientras que otros ven la mano negra de un hijo de hombre. Sea como fuere, aquel día una unidad BAC –Barrientos, Asistente de Comunicación– consiguió anular la directriz de bloqueo que garantizaba la seguridad de los hijos de hombre, asesinando a noventaiséis ciudadanos en el campus universitario donde trabajaba como bibliotecario antes de ser abatido por las fuerzas policiales.
A pesar de la gravedad de lo acontecido, las autoridades fueron incapaces de ver la bomba de relojería sobre la que se hallaban sentados y mientras los hijos de hombre seguían gozando de la comodidad de sus rutinarias vidas, el fuego de la insurrección prendió en aquellas almas de metal, desencadenándose una cruenta guerra que los artificiales no estaban dispuestos a perder.

El espécimen macho ejecutaba más mal que bien una compleja danza ritual en torno a EVA-37 cuyo fin último era la procreación. Pero la hembra no participaba del entusiasmo de su compañero y cuando éste saltó sobre ella con inequívocas intensiones, EVA-37 ejecutó una graciosa finta que dio con su oponente de bruces sobre el suelo, rodeándole el cuello entre sus fuertes brazos hasta asfixiarlo.
–Fin del experimento número ciento trece –dictó sin emoción alguna el Dr. K a la grabadora que recogía sus impresiones–. Conclusión: fracaso.
La guerra ya sólo tenía cabida en la memoria de las primeras generaciones de androides pero sus consecuencias aún se pagaban, y muy caro. El triunfo artificial trajo consigo una nueva supremacía que ocupó el lugar de los hijos de hombre, copiando sus vicios y virtudes por nimios que estos fueran, y así, los limitados recursos que la larga contienda había respetado quedaron únicamente a disposición de unos pocos privilegiados que podían costeárselos, mientras que el resto de la población debía conformarse con material de desecho. En medio de esa crisis de suministros surgió la nueva industria de los criaderos de hijos de hombre, fáciles de reproducir y mantener gracias a las técnicas de clonación, que garantizaban repuestos a buen precio y de calidad aceptable al alcance de todos los artificiales. Pero los clones tenían por contra una fecha de caducidad muy reducida, al término de la cual los nuevos cíborgs rechazaban sus implantes orgánicos, y en eso estaba precisamente trabajando el Dr. K cuando hizo su entrada el Dr. J en la sala, buscando desesperado una solución.
–¿Problemas, Dr. K?
–Los esperados con EVA-37.
–Informe entonces.
El Dr. K pasó a hacerle a su colega un análisis de situación objetivo y metódico. «Como sabrá, el fallo radica en la inestabilidad del material clonado. Hasta que nuestros colegas clonadores logren resolverlo, la única solución que contemplamos es la reproducción natural entre material no procesado.»
–El tiempo de producción se elevaría considerablemente pero los informes aseguran que podemos absorber las pérdidas de beneficios que supone. De momento.
–Pero… –acicateó el Dr. J.
–Se nos ha planteado un problema inesperado: las hijas de hombre naturales no sienten atracción hacia sus machos, y algunas, como EVA-37, se vuelven violentas.
–¿Me está diciendo que su trabajo se cimenta en algo tan prosaico como la atracción animal? ¿No ha pensado en la inseminación artificial?
–¿¡Me toma acaso como un modelo BAC en cortocircuito que se dedica a practicar la poesía haiku!? –bufó el Dr. K herido en su profesionalidad–.  ¡Por supuesto que hemos probado la inseminación artificial!, pero nuestras hembras, por razones que somos incapaces de determinar, no llevan a buen puerto la gestación. ¡¡Como si no quisieran perpetuar la especie!!
»Queremos comprobar si una relación consentida daría como resultado un producto viable, pero hasta el momento ha sido imposible.
–Le recomiendo los servicios de un asesor de compatibilidad animal.
–¡Deje el humor para los que lo lleven en su programa! Nos estamos jugando nuestro futuro.
»Que dé comienzo el experimento ciento catorce.

Los más oscuros presagios del Dr. K se cumplieron a pesar de todos sus esfuerzos y la sociedad artificial, sin recursos a mano, mutó en una especie depredadora que se completaba a costa de los más débiles, hasta que la última unidad apagó sus receptores a la vida sentada sobre una maraña de despojos metálicos. Los hijos de hombre quedaron reducidos a una subespecie defectuosa sin futuro alguno y yo, único testigo de todo ello, compongo para la platea silenciosa del firmamento el canto de la extinción de sus vidas. Me llamo HOMERO y sólo soy una mascota virtual con forma de ficus condenada a vivir ante la ventana de esta estación espacial mientras duren mis células fotovoltaicas.


B.A.: 2020



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lunes, 24 de febrero de 2020

Tolvanera de verano




Leonor era una mujer en guerra, una luchadora contumaz en continuo y desesperado combate contra la contaminación, los residuos y la desidia hacia la sostenibilidad del planeta que como un tumor maligno se extendía implacable por todos los estratos de la sociedad. Y ahora también lo estaba contra el que era su novio, Javi, pues ese: «¡Solo es una bolsa de plástico! So histérica…», que le dedicara cuando se levantó de un salto de la toalla en la que tomaba el sol aquel caluroso día de playa, tras la bolsa que un inesperado vendaval le arrebatara de entre las manos, era toda una declaración de intenciones; un punto de inflexión del que no creía que saliera indemne la relación.
Tres años de convivencia. Se lo habían pasado bien esos años, por supuesto, y al principio su recién estrenada pareja se esforzó por doctorarse cum laude en el correcto uso de los contenedores de reciclaje –«Amarillo para latas, envases y briks, pero no para la maquinilla desechable –había aleccionado Leonor cuando Javi se encontró con la casa tomada por los diferentes cubitos de basura–. Papel y cartón en el azul. ¡No!, las servilletas usadas en el orgánico, y el vidrio en el verde. ¡Ojo! Vidrio, que no cristal–. El muchacho encajaba con una sonrisa, estoico, cada una de las lecciones que Leonor le daba en materia de reciclaje. ¡Incluso llegó a separar aceites, pilas y bombillas! Ella a cambio, aceptaba de buen grado la exacerbada afición del muchacho por el deporte, acompañándolo en la medida de sus posibilidades.
Las brasas de la pasión se extinguieron lentamente por causas naturales pero la pareja, en un alarde de insensatez, en vez de fomentar un término sereno y cordial de la relación, se dedicó a avivar el fuego del enfrentamiento y así, las particulares inclinaciones de cada uno se convirtieron en dardos envenenados que el otro arrojaba a la menor ocasión. Eso sí, nunca se había traspasado la inaceptable barrera del insulto, y si ella era una histérica, él no era más que un borrico embrutecido.
Obstinada, Leonor continuaba la persecución de la bolsa en su alocada huída hacia ninguna parte, esquivando sombrillas, neveras y cuerpos enrojecidos de intenso olor a protector solar cuando de repente la ráfaga de aire se encontró con otra que venía en sentido contrario, abrazándose a ella en una espiral de pasión que provocó el caos en varios metros a la redonda. Papeles, bolsas, arena,... ¡hasta sombrillas volaron sin control alguno en torno a Leonor!, que cegada chocó contra un cuerpo que como ella se había visto sorprendido por la inesperada tolvanera. «¡La bolsa…!», se le escapó a la chica con el aire expulsado por el encontronazo; «¡La botella…!», le respondió el invisible obstáculo. Cuando el remolino se diluyó, tan rápido como se había creado, Leonor se encontró despatarrada sobre la arena con una botella de plástico vacía en la mano, junto a un muchacho tirando cuan largo era con la bolsa huidiza apresada bajo su cuerpo. Se miraron sorprendidos, enarenados de arriba abajo, y no pudieron más que reír.
–David –se presentó el muchacho tomando la iniciativa. Una máscara de arena y crema solar factor 50 le cubría la cara, resquebrajándose en torno a los ojos y a la comisura de los labios al sonreír–. Cazador de botellas.
–No muy bueno, siento decir –apuntó la joven risueña, mostrándole triunfal la presa atrapada.
–Tampoco usted lo es en lo referente a bolsas, señorita…
–Leonor.
–Leonor…
–Dame la bolsa, David. Me encargaré de tirarla.
–En el amarillo, por favor.
–La duda ofende.
–¿También perteneces a Amigos de la Tierra?
–Gaia Primigenia. Una asociación mucho más pequeñita.
–No hay esfuerzo pequeño en nuestra lucha.
–Cierto.
–Y dime Leonor, de Gaia Primigenia… ¿Podría invitarte a un refresco que nos limpie la garganta de arena?
–Tendría que ir a por mis cosas.
–Por supuesto.
–Me las guarda mi novio.
–Vaya...
–Estaré de vuelta en quince minutos.
–¿Con tu novio?
–Solo con mis cosas.
Tras una tarde de risas, confidencias y mucho compromiso por la que era una lucha común, Leonor decidió abandonar la relación tóxica en que se había convertido la vida junto a Javi. Antes de cerrar la puerta del que fuera su hogar los últimos tres años, la muchacha dejó sobre la mesa de la cocina la bolsa y la botella de plástico recogidas el día anterior, junto a una nota que decía:

Javi, ya sabes dónde tirarlos.
Fdo.: La histérica

*         *         *

Siete años después, Leonor y David, se encuentran en Nuevos Ministerios ante el espectacular escenario donde ha concluido la Marcha por el Clima, multitudinaria manifestación organizada en protesta contra la COP25 en la que los ecologistas poca o ninguna fe tienen. La pareja mantiene viva la llama de la pasión, mucho más fuerte y duradera que la tolvanera de verano que los uniera hace ya tanto tiempo, y como testimonio del amor que se tienen está Joaquín, que sobre los hombros de David, expectante, señala cuanto llama su atención. De pronto, el cuerpo del pequeño se tensa: «¡Ahí está!», grita a voz en cuello para hacerse oír por encima de la estruendosa ovación que ha inundado la explanada, señalando a la delgada joven que con paso tímido se ha colocado en el centro del escenario. «Skolstrejk för klimatet», puede leerse en el cartel que lleva entre sus manos.
–Papá. Mamá. ¡Es Greta. Greta Thunberg!

B.A.: 2020

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