El 16 de noviembre de 1974, desde el radiotelescopio de Arecibo (Puerto Rico), se envió un mensaje de radio al espacio con información sobre el planeta Tierra y la especie humana que tardará 25 milenios en llegar a su meta, un cúmulo de estrellas llamado M13. «Mensaje de Arecibo: Relatos desde el planeta Tierra» está dedicado a este solitario cowboy del espacio; espero que mis relatos aplaquen la soledad de su destino final.
miércoles, 1 de abril de 2020
Reseña del libro Crónicas marcianas, de Ray Bradbury
sábado, 21 de marzo de 2020
Un canto a la extinción
lunes, 24 de febrero de 2020
Tolvanera de verano
martes, 21 de enero de 2020
Ocurrió en Chamalán
Érase una vez una pequeña aldea
de nombre Chamalán. Si la buscas en los mapas no la localizarás pues se
encuentra más allá de donde muere el arcoíris, en un precioso valle abrazado
por enormes montañas siempre coronadas de nieve. Un río de aguas cristalinas
nutre con placidez las oscuras tierras de cultivo, cubriéndolas de lozano
verdor, y árboles frutales de la más diversa índole dan sombra y suculentos
frutos a los vecinos durante todo el año. Por cierto… ¿Os he dicho ya que
Chamalán está habitada por animales? ¡¿No?! Me lo temía.
Por supuesto se producían algunos roces entre los vecinos, como aquella
vez en la que Tony Zorro vendió una sortija falsa a Paca Asno; o aquella otra
en la que los gemelos Mapache robaron las galletas recién horneadas de Carlos
Oca; o aquella otra en la que Napoleón Cerdo, el alcalde, convirtió las calles
en un lodazal para dar la bienvenida a su numerosa familia; o aquella otra...
Bueno, creo que podríamos abreviar diciendo que era una agradable comunidad en la
que se convivía en razonable armonía, pues los vecinos entendían los pequeños
vicios y defectos de los demás como algo natural, aceptándolos de buen grado.
Ahora bien, aunque Doña Luisa Urraca era de lo más tacaña, las hermanas
Gallina no dejaban de cacarear y a Antonio Gato había que bajarlo un día sí y
otro también del árbol al que trepaba, lo que nadie en la aldea podía soportar
eran los ronquidos de Bernardo Oso. ¡Y eso que su osera se hallaba en una de
las montañas más altas! Pero es que el grandullón y peludo plantígrado era
capaz de hacer temblar hasta la casa más alejada de la aldea con sus resuellos,
situación que empeoraba durante los meses de hibernación. Tal era así que tras
una noche especialmente mala los vecinos se reunieron con el alcalde para
presentarle sus quejas.
—¡Mis pequeños no pueden descansar y por el día están
inagua-gua-guantebles! —ladraba lastimera Jaimita Galgo.
—Estoy tan estresada que mmmis ubres dammm requesómmm —mugía triste Lola
Vaca.
—Al meeenos tu terneeero pueeede disfrutaaaar del requesónnn… —balaron
las ovejas como una sola—. Nosotras sólo daaamos leche desnataaadaaa…
Tantos fueron los argumentos en contra que Napoleón Cerdo no pudo más que
solicitar avíos de escritura a su secretario, el señor Comadreja, para firmar de
su pezuña y letra la orden de expulsión del caído en desgracia.
Ya mojaba la pluma en el tintero que solícito le tendía su secretario
cuando un inesperado redoble de tambor hizo vibrar las paredes de piedra que
rodeaban el valle, dejándolos a todos paralizados. A la sorpresa le siguió una
buena pizca de curiosidad y a esta el miedo más desorbitado al ver cómo un
numeroso grupo de individuos, de especie desconocida, doblaba la esquina para
tomar la plaza del ayuntamiento con evidente actitud hostil. Mamíferos en
apariencia, su cuerpo recordaba mucho al de Chita Chimpancé, aunque no lucían
el espeso y bello pelaje de esta. Empuñaban agujones afiladísimos que dirigían
a la muchedumbre y se cubrían con un caparazón que brillaba como el agua con
las luces de la mañana.
—¿Qué prodigio es este? —gruñó el que parecía ser el jefe de la manada al
toparse con el concurrido grupo. Montaba a lomos de un pariente de Paca Asno,
bien lejano sin lugar a dudas, pues la luz de la inteligencia no iluminaba sus
ojos, y desde su elevada posición examinó lentamente los rostros hacia él
dirigidos—. ¡Gran día el de hoy! —exclamó satisfecho al término del escrutinio
para después, pendón en mano, declarar a voz en cuello:
»¡¡Reclamo esta tierra y todo lo que contiene en el nombre de…!!
—¡¡¡JJJJJJRRRRRRRRRR…!!!
El extraño no pudo terminar las palabras que dirigía a los aldeanos pues
un ronquido, el más fuerte que nunca antes se escuchara en el valle, los
sacudió con la fuerza de un tornado. Y a este le siguió otro, y otro más,
sembrando el temor en el corazón acorazado de los invasores.
—¡¡Nos hallamos ante las mismísimas puertas del infierno!! —gritó
asustado el mandamás a sus soldados, intentando en vano imponerse al
sobrecogedor estruendo—. ¡Compañeros, huyamos cuanto antes de esta tierra
infecta!
Los vecinos contemplaron estupefactos cómo la jauría de invasores huía en
tropel de la aldea de Chamalán, descompuestos cual alma que lleva el diablo.
Aunque los acontecimientos apenas habían durado lo que diez resuellos, no les
resultó difícil comprender que se habían salvado de un terrible peligro gracias
a la inesperada intervención de Bernardo.
—¡Pobre Bernardo! —se oyó decir de pronto a Petra Araña—. Seguro que pasa
frío en su osera. Voy a tejerle una manta bien calentita.
—¡Y nosotras vamos a llevarle mucha comida! —gritaron entusiasmadas las
obreras del clan Hormiga—. Seguro que se despierta con un hambre atroz.
—¡Y miel! —dijo Guillermina Abeja—. No puede faltar miel.
Y de esa forma, poco a poco, todos los habitantes de la aldea agradecieron
de la mejor forma que sabían la ayuda que les había prestado,
inconscientemente, Bernardo Oso. Y ocurrió que cuando este despertó de su
hibernación se vio tan arropado por sus vecinos que también dejó de ver los
defectos que los caracterizaban, sumándose gustoso a la mejorada comunidad.
Y fueron felices y comieron lo que cocinaban las perdices.
Moraleja: No repudies al prójimo por sus faltas; felicítalo por sus virtudes.
lunes, 16 de diciembre de 2019
Finse stasjon. El último caso del inspector Alfons Lår
El aviso a la policía lo había dado el mayordomo del
empresario Samuel Bronsson. El buen hombre, aún vestido con su pijama blanco,
contestaba solícito a las preguntas del inspector Alfons Lår, masajeándose de
vez en cuando la barbilla allí donde el asesino de su patrón lo había golpeado
durante la huida.
Antes de la
medianoche, sin forzar la puerta, dos tiros a bocajarro al empresario mientras
dormía… ¿Por qué al inspector le resultaba todo tan conocido? Un libro, sobre
la mesilla de noche del difunto, llamó su atención. Escrito por Patricia
Highsmith, llevaba por título… ¡Bingo! De repente, todas las piezas del puzle
encajaron, arrancándole una sonrisa. Qué mediocre podía llegar a ser la mente
de un criminal.
—Agente Eklund.
—¿Sí, señor?
—Avíseme cuando llegue
el juez para el levantamiento del cadáver.
—A sus órdenes.
El inspector marchó al
estudio del señor Bronsson, donde hallaría la tranquilidad necesaria para
realizar la que sin duda era la llamada más importante de su vida.
—¿Stieg Martinsson?
—¿Sí? ¿Con quién
hablo?
—Me conoce
perfectamente, aunque nunca había escuchado mi voz.
—Pues no me lo pone
nada fácil.
—Soy el inspector
Alfons Lår, de la policía de Gotemburgo.
»El protagonista de
sus novelas.
—¡No me diga…! Y yo
soy Stieg Larsson, lo que ocurre es que me cambié el apellido tras simular mi
muerte, no te jode.
»¿Quién es? ¿Qué busca
con estas tonterías?
—¿Quiere pruebas?
Pregúnteme algo que sólo usted conozca.
—De acuerdo, inspector
Lår, de la policía de Gotemburgo… ¿Puede decirme qué le ocurrió al rottweiler
de su padre?
—Alimenté con sus
restos a los cerdos de la tía Rebecka después de matarlo de un disparo de
postas. Estaba harto de que el malnacido me enseñara los dientes.
»Tenía trece años.
—¡¡Es imposible que
sepa eso!! En ninguno de mis libros he recogido ese pasaje, y nunca lo he
comentado con nadie. ¡Ni siquiera con mi editor! Los lectores podrían sentir
repulsa hacia el protagonista.
»¿Cómo demonios…?
—Ya se lo he dicho.
Soy Alfons Lår.
—Esto es una locura…
¿Qué quiere de mí, maldita sea?
—Quiero que termine
con la escalada criminal que asola mi ciudad.
—¿Perdónnn…?
—Déjeme que se lo
explique. Desde La chica que no sabía reír, mi primer caso, el miedo y
la inseguridad se han apoderado de Gotemburgo, yendo a peor con cada día que
pasa. Como inspector de policía, es mi deber detener al responsable.
»Y ese, señor
Martinsson, es usted.
—¿Me está pidiendo que
deje de escribir?
—Exigiendo, más bien.
—Pero entonces, usted
no tendría razón de ser. ¿De verdad quiere eso?
—Soy un tipo abnegado.
Así fue como me imaginó.
—¿Y qué pasará con mi
fulgurante carrera?
—¿«Fulgurante», dice?
Vayamos por partes, señor Martinsson. La chica que no sabía reír, su
debut como escritor, fue espectacular. Era atrevida y fresca, alejada de la
larga sombra proyectada por la saga Millennium. Una novela escrita con
el corazón que le valió el Premio a la Mejor Novela Policiaca Sueca. Desde
entonces, su trabajo se ha vuelto mediocre.
—¡¿Qué cojones…?!
—Sea sincero consigo mismo.
Carrera de sacos no fue más que una versión actualizada de Diez
negritos. Se defendió argumentando que era un sincero homenaje a la figura
de Agatha Christie, pero en Huevo de Pascua, su siguiente trabajo, la
semejanza con El halcón maltés de Hammett fue tan descarada que perdió
buena parte del respaldo de crítica y público. Después llegó Las seis Långstrump, una mala copia de Los seis Napoleones de Conan Doyle... ¡Ni siquiera cambió la cifra!
Y así llevamos a la investigación que ocupa mi tiempo actualmente.
»Una mujer asfixiada
en una isla dentro de un parque de atracciones no es un suceso llamativo en
absoluto, pero si le añadimos el asesinato de un hombre en su propia cama por
disparos de revólver y que en ambos casos parece que el asesino no tenía
relación alguna con la víctima... ¿Es necesario que le diga el título de la
novela? Por cierto, su subconsciente dejó un ejemplar sobre la mesilla de noche
del señor Bronsson.
—Christie, Conan
Doyle, Hammett... Lo veo muy versado.
—El mundo de la
ficción es mucho más rico de lo que vosotros, los escritores, creéis. No sólo
se nutre de lo impreso sino también de lo que el autor ha visto, oído, pensado
o incluso soñado, llenando huecos que jamás fueron tenidos en cuenta. ¿Sabía
acaso que me gusta ABBA?
—Me toma el pelo.
—En absoluto. «Gimme, gimme, gimme a man after midnight…»
—Muy bonito… Sabe que
podría acabar con usted de un plumazo. ¿Verdad?
—Por supuesto, como
usted que ya habré previsto esa eventualidad. Hágalo y tendrá que atenerse a
las consecuencias.
»Conoce mis métodos.
No siempre fueron ortodoxos… Ni legales.
—¿Qué haré entonces?
—Francamente, señor
Martinsson, me importa un bledo.
»Por cierto. ¿Cómo se
va a llamar mi último caso?
—Finse stasjon.
—¡Vaya! Iré preparando
la maleta para mi viaje a Noruega.
»He de colgar. Tengo
dos asesinos que detener.
¡Vaya sueño! Stieg Martinsson se frotó la cara con ambas
manos, arrancando legañas; limpiando restos de saliva. ¿Cómo había podido
imaginar semejante conversación con su personaje? Por puro impulso, el escritor
lanzó la mano hacia el teléfono móvil y con una sonrisa en los labios,
divertido por la ocurrencia, buscó el registro de llamadas recibidas. Cuál no
sería su sorpresa cuando vio el número que imaginara para el inspector Lår
ocupando el primer puesto de la lista.





