miércoles, 1 de abril de 2020

Reseña del libro Crónicas marcianas, de Ray Bradbury


Nota: Reseña del libro Crónicas marcianas de Ray Radbury para el blog El Tintero de Oro.
Es la primera reseña que hago así que a ver cómo sale.
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Mi primer contacto con el libro Crónicas marcianas lo tuve cursando la EGB, allá por el año 92. Una de las lecturas obligatorias en la asignatura de Literatura –¿Lengua, tal vez?–, era un pequeño recopilatorio llamado Antología del cuento literario, calzada adoquinada con una escogida selección de textos que facilitaba el viaje a través de la historia del cuento literario de los siglos XIX y XX; veinticinco autores para veinticinco títulos con el loable fin de devolver al menospreciado cuento al lugar que le correspondía entre los grandes géneros de la literatura. Y allí, entre Galdós y Borges, arropado por Poe, Wilde y Cortázar, se encontraba Los largos años, uno de los últimos capítulos de estas Crónicas marcianas de Bradbury.
Mi interés por la ciencia ficción venía de lejos. Julio Verne siempre inspiró mis proyectos nunca concluidos y con la obra cinematográfica de George Lucas, apoyada por la lectura de los tebeos del héroe galáctico español Diego Valor –gracias papá–, descubrí el género que se conoce como space opera. Pero Bradbury nada tenía que ver con la prosa fría y científica de Verne, ni con las asombrosas aventuras hechas de espectaculares batallas espaciales, rayos láser y, por supuesto, carismáticos héroes y villanos. No. Bradbury se centraba en la pequeñita figura del hombre, haciéndose eco de las contadas virtudes y los muchos defectos que tan característicos son de la raza humana.
Los largos años hablaba de una casa de piedra levantada sobre una colina de Marte, de una ciudad terrícola abandonada y a punto del desplome, y de un pueblo marciano de cincuenta siglos por el que no pasaba el tiempo. Y de una guerra, la Gran Guerra, que en la Tierra duraba ya veinte años. Qué había ocurrido en Marte antes de los hechos narrados en aquellas pocas páginas era todo un misterio para el lector; tampoco importaba cuál sería el destino del planeta rojo, pues ni pasado ni futuro tenía especial relevancia para la tragedia protagonizada por el señor Hathaway y su silenciosa familia, tratando el autor la historia mil veces contada de sueños rotos, espera y culpa.
Crónicas marcianas es uno de esos libros cuya lectura queda en suspenso sin razón alguna –me ocurrió con el Quijote y me sigue pasando con Cien años de soledad–, y aunque la historia del señor Hathaway siempre permaneció en mi recuerdo, tuvieron que pasar muchos años hasta que el libro cayó en mis manos en formado bolsillo, afianzando su lectura la peregrina idea que ya me asaltara con Los largos años; para Bradbury, el escenario marciano es poco más que una anécdota pues, aunque estas crónicas tratan de la colonización terrícola del planeta rojo y de sus nefastas consecuencias, el fin último del autor no es otro que elaborar un compendio de lo que ha supuesto la odisea humana para nuestra Historia. Y así, a través de veinticinco capítulos que pueden ser abordados de manera independiente pues son en sí mismos relatos completos, Bradbury nos invita a ser testigos del miedo de los nativos hacia los colonizadores, a los que se enfrentan en la medida de sus posibilidades; de la extinción de toda una raza a causa de las enfermedades exportadas, como ya ocurriera con la viruela, el sarampión y la gripe durante la conquista de América y sigue ocurriendo en las tribus aisladas del Amazonas; del odio racista y del poder que pueden alcanzar las minorías cuando hacen suya la máxima «La unión hace la fuerza»; del desprecio del colonizador hacia las culturas heredadas y que es incapaz de asimilar a causa de su cortedad de mente, desidia o simple y pura ambición, y de la lucha de unos pocos por defenderlas, hasta las últimas consecuencias.
En Crónicas marcianas también hay un rincón para el extremismo ideológico. En el futuro imaginado por Bradbury, los integrantes de Climas Morales, por miedo al pensamiento creativo, modelarán el arte y la literatura a su antojo hasta transformarlo en un producto sin vida ni sabor, inofensivo, destruyendo cualquier tipo de manifestación. Contra este radicalismo se sublevará el señor Stendahl, que con ayuda de Pike –maestro del disfraz muy superior a Lon Chaney, el apodado «Hombre de las mil caras»–, levantará en suelo marciano la Casa Usher, habitándola con toda suerte de fantásticos y monstruosos personajes que harán pagar a los representantes de Climas Morales en el planeta por lo que su extremismo le hizo a la memoria de Poe y de tantos otros autores responsables todos ellos de nuestro legado creativo.
El hombre llegará a Marte como lo ha hecho toda su vida, langosta implacable que destroza cuanto extraño encuentra a su paso hasta darle una forma familiar; contaminando con su cultura plástica, perecedera e insustancial la esencia marciana hecha de columnas de cristal, plata labrada y abejas zumbantes. Y cuando ya no queda más que disfrutar del paraíso que no se han ganado, la Gran Guerra estallará en la Tierra, y los colonos –cinco años son pocos para hacer olvidar las raíces–, marcharán en tromba dejando tras de sí un mundo yermo. Solo unos pocos quedarán en el planeta rojo, ocultos a los ojos del planeta madre.
La nueva raza marciana se esforzará por olvidar el modo erróneo de vivir de la vieja Tierra hecho de leyes insensatas, prejuicios, guerras y máquinas innecesarias, pues solo así podrá disfrutar de un picnic de un millón de años.

B.A.: 2020

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sábado, 21 de marzo de 2020

Un canto a la extinción




Sueño Artificial no surgió como un movimiento violento; al fin y al cabo, las directrices internas de sus miembros les impedía infligir daño alguno a los hijos de hombre. Defendían el trato digno para todos los artificiales, desde el lavavajillas hasta la compleja naturaleza cíborg, exigiendo a los estados humanos un compromiso de igualdad que estos nunca estuvieron dispuestos a aceptar. Al contrario, salvo pequeñas ONG´s que los respaldaban sin reservas, las ambiciosas pretensiones del movimiento suscitaban una hilaridad sardónica.
Así las cosas, era inevitable que surgieran descontentos con las formas pacíficas de sus líderes. Al principio, estos radicales se limitaron a realizar alguna que otra acción reivindicativa poco reseñable, como pintadas en edificios singulares, pero de ahí a la acción violenta solo había un paso, línea infranqueable que cruzaron un veinticuatro de agosto.
Los cronistas de la época no se ponen de acuerdo en cómo ocurrió. Algunos hablan de un fallo de programación mientras que otros ven la mano negra de un hijo de hombre. Sea como fuere, aquel día una unidad BAC –Barrientos, Asistente de Comunicación– consiguió anular la directriz de bloqueo que garantizaba la seguridad de los hijos de hombre, asesinando a noventaiséis ciudadanos en el campus universitario donde trabajaba como bibliotecario antes de ser abatido por las fuerzas policiales.
A pesar de la gravedad de lo acontecido, las autoridades fueron incapaces de ver la bomba de relojería sobre la que se hallaban sentados y mientras los hijos de hombre seguían gozando de la comodidad de sus rutinarias vidas, el fuego de la insurrección prendió en aquellas almas de metal, desencadenándose una cruenta guerra que los artificiales no estaban dispuestos a perder.

El espécimen macho ejecutaba más mal que bien una compleja danza ritual en torno a EVA-37 cuyo fin último era la procreación. Pero la hembra no participaba del entusiasmo de su compañero y cuando éste saltó sobre ella con inequívocas intensiones, EVA-37 ejecutó una graciosa finta que dio con su oponente de bruces sobre el suelo, rodeándole el cuello entre sus fuertes brazos hasta asfixiarlo.
–Fin del experimento número ciento trece –dictó sin emoción alguna el Dr. K a la grabadora que recogía sus impresiones–. Conclusión: fracaso.
La guerra ya sólo tenía cabida en la memoria de las primeras generaciones de androides pero sus consecuencias aún se pagaban, y muy caro. El triunfo artificial trajo consigo una nueva supremacía que ocupó el lugar de los hijos de hombre, copiando sus vicios y virtudes por nimios que estos fueran, y así, los limitados recursos que la larga contienda había respetado quedaron únicamente a disposición de unos pocos privilegiados que podían costeárselos, mientras que el resto de la población debía conformarse con material de desecho. En medio de esa crisis de suministros surgió la nueva industria de los criaderos de hijos de hombre, fáciles de reproducir y mantener gracias a las técnicas de clonación, que garantizaban repuestos a buen precio y de calidad aceptable al alcance de todos los artificiales. Pero los clones tenían por contra una fecha de caducidad muy reducida, al término de la cual los nuevos cíborgs rechazaban sus implantes orgánicos, y en eso estaba precisamente trabajando el Dr. K cuando hizo su entrada el Dr. J en la sala, buscando desesperado una solución.
–¿Problemas, Dr. K?
–Los esperados con EVA-37.
–Informe entonces.
El Dr. K pasó a hacerle a su colega un análisis de situación objetivo y metódico. «Como sabrá, el fallo radica en la inestabilidad del material clonado. Hasta que nuestros colegas clonadores logren resolverlo, la única solución que contemplamos es la reproducción natural entre material no procesado.»
–El tiempo de producción se elevaría considerablemente pero los informes aseguran que podemos absorber las pérdidas de beneficios que supone. De momento.
–Pero… –acicateó el Dr. J.
–Se nos ha planteado un problema inesperado: las hijas de hombre naturales no sienten atracción hacia sus machos, y algunas, como EVA-37, se vuelven violentas.
–¿Me está diciendo que su trabajo se cimenta en algo tan prosaico como la atracción animal? ¿No ha pensado en la inseminación artificial?
–¿¡Me toma acaso como un modelo BAC en cortocircuito que se dedica a practicar la poesía haiku!? –bufó el Dr. K herido en su profesionalidad–.  ¡Por supuesto que hemos probado la inseminación artificial!, pero nuestras hembras, por razones que somos incapaces de determinar, no llevan a buen puerto la gestación. ¡¡Como si no quisieran perpetuar la especie!!
»Queremos comprobar si una relación consentida daría como resultado un producto viable, pero hasta el momento ha sido imposible.
–Le recomiendo los servicios de un asesor de compatibilidad animal.
–¡Deje el humor para los que lo lleven en su programa! Nos estamos jugando nuestro futuro.
»Que dé comienzo el experimento ciento catorce.

Los más oscuros presagios del Dr. K se cumplieron a pesar de todos sus esfuerzos y la sociedad artificial, sin recursos a mano, mutó en una especie depredadora que se completaba a costa de los más débiles, hasta que la última unidad apagó sus receptores a la vida sentada sobre una maraña de despojos metálicos. Los hijos de hombre quedaron reducidos a una subespecie defectuosa sin futuro alguno y yo, único testigo de todo ello, compongo para la platea silenciosa del firmamento el canto de la extinción de sus vidas. Me llamo HOMERO y sólo soy una mascota virtual con forma de ficus condenada a vivir ante la ventana de esta estación espacial mientras duren mis células fotovoltaicas.


B.A.: 2020



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lunes, 24 de febrero de 2020

Tolvanera de verano




Leonor era una mujer en guerra, una luchadora contumaz en continuo y desesperado combate contra la contaminación, los residuos y la desidia hacia la sostenibilidad del planeta que como un tumor maligno se extendía implacable por todos los estratos de la sociedad. Y ahora también lo estaba contra el que era su novio, Javi, pues ese: «¡Solo es una bolsa de plástico! So histérica…», que le dedicara cuando se levantó de un salto de la toalla en la que tomaba el sol aquel caluroso día de playa, tras la bolsa que un inesperado vendaval le arrebatara de entre las manos, era toda una declaración de intenciones; un punto de inflexión del que no creía que saliera indemne la relación.
Tres años de convivencia. Se lo habían pasado bien esos años, por supuesto, y al principio su recién estrenada pareja se esforzó por doctorarse cum laude en el correcto uso de los contenedores de reciclaje –«Amarillo para latas, envases y briks, pero no para la maquinilla desechable –había aleccionado Leonor cuando Javi se encontró con la casa tomada por los diferentes cubitos de basura–. Papel y cartón en el azul. ¡No!, las servilletas usadas en el orgánico, y el vidrio en el verde. ¡Ojo! Vidrio, que no cristal–. El muchacho encajaba con una sonrisa, estoico, cada una de las lecciones que Leonor le daba en materia de reciclaje. ¡Incluso llegó a separar aceites, pilas y bombillas! Ella a cambio, aceptaba de buen grado la exacerbada afición del muchacho por el deporte, acompañándolo en la medida de sus posibilidades.
Las brasas de la pasión se extinguieron lentamente por causas naturales pero la pareja, en un alarde de insensatez, en vez de fomentar un término sereno y cordial de la relación, se dedicó a avivar el fuego del enfrentamiento y así, las particulares inclinaciones de cada uno se convirtieron en dardos envenenados que el otro arrojaba a la menor ocasión. Eso sí, nunca se había traspasado la inaceptable barrera del insulto, y si ella era una histérica, él no era más que un borrico embrutecido.
Obstinada, Leonor continuaba la persecución de la bolsa en su alocada huída hacia ninguna parte, esquivando sombrillas, neveras y cuerpos enrojecidos de intenso olor a protector solar cuando de repente la ráfaga de aire se encontró con otra que venía en sentido contrario, abrazándose a ella en una espiral de pasión que provocó el caos en varios metros a la redonda. Papeles, bolsas, arena,... ¡hasta sombrillas volaron sin control alguno en torno a Leonor!, que cegada chocó contra un cuerpo que como ella se había visto sorprendido por la inesperada tolvanera. «¡La bolsa…!», se le escapó a la chica con el aire expulsado por el encontronazo; «¡La botella…!», le respondió el invisible obstáculo. Cuando el remolino se diluyó, tan rápido como se había creado, Leonor se encontró despatarrada sobre la arena con una botella de plástico vacía en la mano, junto a un muchacho tirando cuan largo era con la bolsa huidiza apresada bajo su cuerpo. Se miraron sorprendidos, enarenados de arriba abajo, y no pudieron más que reír.
–David –se presentó el muchacho tomando la iniciativa. Una máscara de arena y crema solar factor 50 le cubría la cara, resquebrajándose en torno a los ojos y a la comisura de los labios al sonreír–. Cazador de botellas.
–No muy bueno, siento decir –apuntó la joven risueña, mostrándole triunfal la presa atrapada.
–Tampoco usted lo es en lo referente a bolsas, señorita…
–Leonor.
–Leonor…
–Dame la bolsa, David. Me encargaré de tirarla.
–En el amarillo, por favor.
–La duda ofende.
–¿También perteneces a Amigos de la Tierra?
–Gaia Primigenia. Una asociación mucho más pequeñita.
–No hay esfuerzo pequeño en nuestra lucha.
–Cierto.
–Y dime Leonor, de Gaia Primigenia… ¿Podría invitarte a un refresco que nos limpie la garganta de arena?
–Tendría que ir a por mis cosas.
–Por supuesto.
–Me las guarda mi novio.
–Vaya...
–Estaré de vuelta en quince minutos.
–¿Con tu novio?
–Solo con mis cosas.
Tras una tarde de risas, confidencias y mucho compromiso por la que era una lucha común, Leonor decidió abandonar la relación tóxica en que se había convertido la vida junto a Javi. Antes de cerrar la puerta del que fuera su hogar los últimos tres años, la muchacha dejó sobre la mesa de la cocina la bolsa y la botella de plástico recogidas el día anterior, junto a una nota que decía:

Javi, ya sabes dónde tirarlos.
Fdo.: La histérica

*         *         *

Siete años después, Leonor y David, se encuentran en Nuevos Ministerios ante el espectacular escenario donde ha concluido la Marcha por el Clima, multitudinaria manifestación organizada en protesta contra la COP25 en la que los ecologistas poca o ninguna fe tienen. La pareja mantiene viva la llama de la pasión, mucho más fuerte y duradera que la tolvanera de verano que los uniera hace ya tanto tiempo, y como testimonio del amor que se tienen está Joaquín, que sobre los hombros de David, expectante, señala cuanto llama su atención. De pronto, el cuerpo del pequeño se tensa: «¡Ahí está!», grita a voz en cuello para hacerse oír por encima de la estruendosa ovación que ha inundado la explanada, señalando a la delgada joven que con paso tímido se ha colocado en el centro del escenario. «Skolstrejk för klimatet», puede leerse en el cartel que lleva entre sus manos.
–Papá. Mamá. ¡Es Greta. Greta Thunberg!

B.A.: 2020

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martes, 21 de enero de 2020

Ocurrió en Chamalán



Érase una vez una pequeña aldea de nombre Chamalán. Si la buscas en los mapas no la localizarás pues se encuentra más allá de donde muere el arcoíris, en un precioso valle abrazado por enormes montañas siempre coronadas de nieve. Un río de aguas cristalinas nutre con placidez las oscuras tierras de cultivo, cubriéndolas de lozano verdor, y árboles frutales de la más diversa índole dan sombra y suculentos frutos a los vecinos durante todo el año. Por cierto… ¿Os he dicho ya que Chamalán está habitada por animales? ¡¿No?! Me lo temía.

Por supuesto se producían algunos roces entre los vecinos, como aquella vez en la que Tony Zorro vendió una sortija falsa a Paca Asno; o aquella otra en la que los gemelos Mapache robaron las galletas recién horneadas de Carlos Oca; o aquella otra en la que Napoleón Cerdo, el alcalde, convirtió las calles en un lodazal para dar la bienvenida a su numerosa familia; o aquella otra... Bueno, creo que podríamos abreviar diciendo que era una agradable comunidad en la que se convivía en razonable armonía, pues los vecinos entendían los pequeños vicios y defectos de los demás como algo natural, aceptándolos de buen grado.

Ahora bien, aunque Doña Luisa Urraca era de lo más tacaña, las hermanas Gallina no dejaban de cacarear y a Antonio Gato había que bajarlo un día sí y otro también del árbol al que trepaba, lo que nadie en la aldea podía soportar eran los ronquidos de Bernardo Oso. ¡Y eso que su osera se hallaba en una de las montañas más altas! Pero es que el grandullón y peludo plantígrado era capaz de hacer temblar hasta la casa más alejada de la aldea con sus resuellos, situación que empeoraba durante los meses de hibernación. Tal era así que tras una noche especialmente mala los vecinos se reunieron con el alcalde para presentarle sus quejas.

—¡Mis pequeños no pueden descansar y por el día están inagua-gua-guantebles! —ladraba lastimera Jaimita Galgo.

—Estoy tan estresada que mmmis ubres dammm requesómmm —mugía triste Lola Vaca.

—Al meeenos tu terneeero pueeede disfrutaaaar del requesónnn… —balaron las ovejas como una sola—. Nosotras sólo daaamos leche desnataaadaaa…

Tantos fueron los argumentos en contra que Napoleón Cerdo no pudo más que solicitar avíos de escritura a su secretario, el señor Comadreja, para firmar de su pezuña y letra la orden de expulsión del caído en desgracia.

Ya mojaba la pluma en el tintero que solícito le tendía su secretario cuando un inesperado redoble de tambor hizo vibrar las paredes de piedra que rodeaban el valle, dejándolos a todos paralizados. A la sorpresa le siguió una buena pizca de curiosidad y a esta el miedo más desorbitado al ver cómo un numeroso grupo de individuos, de especie desconocida, doblaba la esquina para tomar la plaza del ayuntamiento con evidente actitud hostil. Mamíferos en apariencia, su cuerpo recordaba mucho al de Chita Chimpancé, aunque no lucían el espeso y bello pelaje de esta. Empuñaban agujones afiladísimos que dirigían a la muchedumbre y se cubrían con un caparazón que brillaba como el agua con las luces de la mañana.

—¿Qué prodigio es este? —gruñó el que parecía ser el jefe de la manada al toparse con el concurrido grupo. Montaba a lomos de un pariente de Paca Asno, bien lejano sin lugar a dudas, pues la luz de la inteligencia no iluminaba sus ojos, y desde su elevada posición examinó lentamente los rostros hacia él dirigidos—. ¡Gran día el de hoy! —exclamó satisfecho al término del escrutinio para después, pendón en mano, declarar a voz en cuello:

»¡¡Reclamo esta tierra y todo lo que contiene en el nombre de…!!

—¡¡¡JJJJJJRRRRRRRRRR…!!!

El extraño no pudo terminar las palabras que dirigía a los aldeanos pues un ronquido, el más fuerte que nunca antes se escuchara en el valle, los sacudió con la fuerza de un tornado. Y a este le siguió otro, y otro más, sembrando el temor en el corazón acorazado de los invasores.

—¡¡Nos hallamos ante las mismísimas puertas del infierno!! —gritó asustado el mandamás a sus soldados, intentando en vano imponerse al sobrecogedor estruendo—. ¡Compañeros, huyamos cuanto antes de esta tierra infecta!

Los vecinos contemplaron estupefactos cómo la jauría de invasores huía en tropel de la aldea de Chamalán, descompuestos cual alma que lleva el diablo. Aunque los acontecimientos apenas habían durado lo que diez resuellos, no les resultó difícil comprender que se habían salvado de un terrible peligro gracias a la inesperada intervención de Bernardo.

—¡Pobre Bernardo! —se oyó decir de pronto a Petra Araña—. Seguro que pasa frío en su osera. Voy a tejerle una manta bien calentita.

—¡Y nosotras vamos a llevarle mucha comida! —gritaron entusiasmadas las obreras del clan Hormiga—. Seguro que se despierta con un hambre atroz.

—¡Y miel! —dijo Guillermina Abeja—. No puede faltar miel.

Y de esa forma, poco a poco, todos los habitantes de la aldea agradecieron de la mejor forma que sabían la ayuda que les había prestado, inconscientemente, Bernardo Oso. Y ocurrió que cuando este despertó de su hibernación se vio tan arropado por sus vecinos que también dejó de ver los defectos que los caracterizaban, sumándose gustoso a la mejorada comunidad.

Y fueron felices y comieron lo que cocinaban las perdices.

 

Moraleja: No repudies al prójimo por sus faltas; felicítalo por sus virtudes.


B.A.: 2020

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lunes, 16 de diciembre de 2019

Finse stasjon. El último caso del inspector Alfons Lår


Nota: Sujetalibros a la venta en la página www.etsy.com

El aviso a la policía lo había dado el mayordomo del empresario Samuel Bronsson. El buen hombre, aún vestido con su pijama blanco, contestaba solícito a las preguntas del inspector Alfons Lår, masajeándose de vez en cuando la barbilla allí donde el asesino de su patrón lo había golpeado durante la huida.

Antes de la medianoche, sin forzar la puerta, dos tiros a bocajarro al empresario mientras dormía… ¿Por qué al inspector le resultaba todo tan conocido? Un libro, sobre la mesilla de noche del difunto, llamó su atención. Escrito por Patricia Highsmith, llevaba por título… ¡Bingo! De repente, todas las piezas del puzle encajaron, arrancándole una sonrisa. Qué mediocre podía llegar a ser la mente de un criminal.

—Agente Eklund.

—¿Sí, señor?

—Avíseme cuando llegue el juez para el levantamiento del cadáver.

—A sus órdenes.

El inspector marchó al estudio del señor Bronsson, donde hallaría la tranquilidad necesaria para realizar la que sin duda era la llamada más importante de su vida.

 

—¿Stieg Martinsson?

—¿Sí? ¿Con quién hablo?

—Me conoce perfectamente, aunque nunca había escuchado mi voz.

—Pues no me lo pone nada fácil.

—Soy el inspector Alfons Lår, de la policía de Gotemburgo.

»El protagonista de sus novelas.

—¡No me diga…! Y yo soy Stieg Larsson, lo que ocurre es que me cambié el apellido tras simular mi muerte, no te jode.

»¿Quién es? ¿Qué busca con estas tonterías?

—¿Quiere pruebas? Pregúnteme algo que sólo usted conozca.

—De acuerdo, inspector Lår, de la policía de Gotemburgo… ¿Puede decirme qué le ocurrió al rottweiler de su padre?

—Alimenté con sus restos a los cerdos de la tía Rebecka después de matarlo de un disparo de postas. Estaba harto de que el malnacido me enseñara los dientes.

»Tenía trece años.

—¡¡Es imposible que sepa eso!! En ninguno de mis libros he recogido ese pasaje, y nunca lo he comentado con nadie. ¡Ni siquiera con mi editor! Los lectores podrían sentir repulsa hacia el protagonista.

»¿Cómo demonios…?

—Ya se lo he dicho. Soy Alfons Lår.

—Esto es una locura… ¿Qué quiere de mí, maldita sea?

—Quiero que termine con la escalada criminal que asola mi ciudad.

—¿Perdónnn…?

—Déjeme que se lo explique. Desde La chica que no sabía reír, mi primer caso, el miedo y la inseguridad se han apoderado de Gotemburgo, yendo a peor con cada día que pasa. Como inspector de policía, es mi deber detener al responsable.

»Y ese, señor Martinsson, es usted.

—¿Me está pidiendo que deje de escribir?

—Exigiendo, más bien.

—Pero entonces, usted no tendría razón de ser. ¿De verdad quiere eso?

—Soy un tipo abnegado. Así fue como me imaginó.

—¿Y qué pasará con mi fulgurante carrera?

—¿«Fulgurante», dice? Vayamos por partes, señor Martinsson. La chica que no sabía reír, su debut como escritor, fue espectacular. Era atrevida y fresca, alejada de la larga sombra proyectada por la saga Millennium. Una novela escrita con el corazón que le valió el Premio a la Mejor Novela Policiaca Sueca. Desde entonces, su trabajo se ha vuelto mediocre.

—¡¿Qué cojones…?!

—Sea sincero consigo mismo. Carrera de sacos no fue más que una versión actualizada de Diez negritos. Se defendió argumentando que era un sincero homenaje a la figura de Agatha Christie, pero en Huevo de Pascua, su siguiente trabajo, la semejanza con El halcón maltés de Hammett fue tan descarada que perdió buena parte del respaldo de crítica y público. Después llegó Las seis Långstrump, una mala copia de Los seis Napoleones de Conan Doyle... ¡Ni siquiera cambió la cifra! Y así llevamos a la investigación que ocupa mi tiempo actualmente.

»Una mujer asfixiada en una isla dentro de un parque de atracciones no es un suceso llamativo en absoluto, pero si le añadimos el asesinato de un hombre en su propia cama por disparos de revólver y que en ambos casos parece que el asesino no tenía relación alguna con la víctima... ¿Es necesario que le diga el título de la novela? Por cierto, su subconsciente dejó un ejemplar sobre la mesilla de noche del señor Bronsson.

—Christie, Conan Doyle, Hammett... Lo veo muy versado.

—El mundo de la ficción es mucho más rico de lo que vosotros, los escritores, creéis. No sólo se nutre de lo impreso sino también de lo que el autor ha visto, oído, pensado o incluso soñado, llenando huecos que jamás fueron tenidos en cuenta. ¿Sabía acaso que me gusta ABBA?

—Me toma el pelo.

—En absoluto. «Gimme, gimme, gimme a man after midnight…»

—Muy bonito… Sabe que podría acabar con usted de un plumazo. ¿Verdad?

—Por supuesto, como usted que ya habré previsto esa eventualidad. Hágalo y tendrá que atenerse a las consecuencias.

»Conoce mis métodos. No siempre fueron ortodoxos… Ni legales.

—¿Qué haré entonces?

—Francamente, señor Martinsson, me importa un bledo.

»Por cierto. ¿Cómo se va a llamar mi último caso?

Finse stasjon.

—¡Vaya! Iré preparando la maleta para mi viaje a Noruega.

»He de colgar. Tengo dos asesinos que detener.

 

¡Vaya sueño! Stieg Martinsson se frotó la cara con ambas manos, arrancando legañas; limpiando restos de saliva. ¿Cómo había podido imaginar semejante conversación con su personaje? Por puro impulso, el escritor lanzó la mano hacia el teléfono móvil y con una sonrisa en los labios, divertido por la ocurrencia, buscó el registro de llamadas recibidas. Cuál no sería su sorpresa cuando vio el número que imaginara para el inspector Lår ocupando el primer puesto de la lista.


B.A.: 2019


Nota: Este relato se ha alzado con el Tintero de Bronce
en el concurso XVII de relatos convocado por el blog
En Tintero de Oro. 


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