viernes, 15 de abril de 2022

El caso Wellington

 

Fotos de Pixabay e Internet

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Los Ángeles. 12 de Noviembre de 1962

 

Soy detective. Soy un buen detective pero…

Siempre hay lugar para un «pero» y el mío tiene forma de caso mal resuelto con víctima accidental de por medio. Desde entonces muchos cigarrillos y demasiados litros de bourbon consiguen mantener mi nivel de culpa dentro de límites aceptables.

Subsisto resolviendo casos de infidelidad y fraudes al seguro. Cody M. Colt, antaño sinónimo de éxito, ahora no es más que el nombre de otro habitual de la licorería de Rick, o así ha sido hasta hoy. Al menos eso espero.

Eran poco más de las once de la mañana y ya iba por mi tercer trago cuando una desconocida golpeó el vidrio esmerilado de la puerta, justo encima de mi nombre escrito en letras de imprenta. No era rubia platino ni tenía las curvas de Mulholland Drive pero sus ojos rasgados encandilarían al más pintado y llevaba una máquina de escribir Continental con la misma naturalidad con la que Jackie Kennedy luce su Gucci favorito.

–Encantada de conocerle, señor Colt.

–Son pocos los que se atreverían a decir eso, señora…

–Señorita Wellington. Como el asado inglés.

–Nunca lo he probado.

–Tenga cuidado cuando lo haga. Puede indigestar.

–Seguiré su consejo. ¿Es inglesa?

–Una parte.

–¿Y la otra?

–Rusa. Me llamo Laurissa.

–Ahora le daré yo un consejo: no presuma de su pasado ruso.

–¿Tiene miedo de que sea una espía?

–Lo que tengo es curiosidad por su máquina de escribir.

Laurissa, mientras preparaba con soltura la Continental, me contó una rocambolesca historia que según ella nos haría ganar mucha pasta.

–¿Realmente cree que puede viajar al pasado con su máquina de escribir? –le pregunté tras dedicarle mi mejor carcajada de beodo.

–He dicho «ver», no «viajar», señor Colt, y yo le ofrezco este mundo de posibilidades para que vuelva a ser quien fue. Conmigo como socia.

–Una máquina de escribir.

–Es tecnología nazi.

–Le daré otro consejo, señorita Wellington. Solo ganará dinero si le vende ese cuento a Amazing Stories…

Inmune al sarcasmo, Laurissa ya tecleaba en la Continental con la celeridad de una buena secretaria. Entonces las paredes del despacho se esfumaron y me hallé en su lugar en un simulacro bastante aceptable del hall del edificio, por él pude merodear a mi antojo, inmaterial para quienes allí se encontraban. Al dar las once, Laurissa cruzó la puerta de entrada cargada con su máquina de escribir y tras hablar con el conserje puso rumbo hacia mi oficina, donde se encontró con un Cody M. Colt disfrutando de su tercer bourbon del día.

–¡¡Qué cojones…!! –grité y Laurissa dejó de teclear, interrumpiendo la ilusión.

–Deberá disculpar los posibles fallos pero he descrito el edificio de memoria.

–¡Qué demonios fue eso!

–El instante en que nos hemos conocido.

–Eso ya lo supongo. ¿Podemos ver más?

–Lo que quiera –me contestó con destellos en los ojos–. Deme información del lugar y momento que quiera ver y yo lo escribiré para usted.

–¿Qué información?

–Fotos, planos,… Recortes de prensa. ¡Cuanto más mejor! Hágalo y le prometo que será testigo privilegiado de cualquier delito, pudiéndolo resolver sin error alguno.

»¿Hay trato?

–Necesito despejarme. Luego preparas otra de esas… visiones y ya veremos.

Una hora después quedó establecida nuestra particular sociedad.

 

Los Ángeles. 21 de octubre de 1963

 

Ha pasado casi un año de mi primera visión y ya he perdido la cuenta de los casos resueltos. A veces me revuelvo contra la idea de ser un mero voyeur de la barbarie humana, con el tacatac de la Continental como banda sonora, pero luego regreso a la realidad y llevo al culpable ante la Justicia, llenando de paso nuestros bolsillos con varios cientos. Entretanto me he enamorado de Laurissa. Por ella he dejado la bebida.

 

Los Ángeles. 26 de octubre de 1963

 

–Laurissa. Quisiera preguntarte…

–¿A pesar de mi parte rusa?

–Me arriesgaré.

 

Dallas. 25 de noviembre de 1963

 

El viernes, de manera repentina, Laurissa me propuso un nuevo caso de asesinato. Nada más comenzar la visión noté que no era como las anteriores pues la imagen era lujosa en detalles, fruto de una investigación exhaustiva. Me encontraba en un almacén con cajas de libros apiladas por doquier. Grandes ventanales permitían la entrada de luz natural y desde uno de ellos, bien emboscado, un individuo realizó tres disparos hacia la calle. Me acerqué a fin de poder realizar la futura identificación y cuál no sería mi sorpresa cuando el hombre clavó sus fríos ojos en los míos, el aire cómplice, haciéndome entrega del arma para después esfumarse junto con el tecleo de la máquina de escribir. Quedé así atrapado en la escena del delito, en una ciudad entonces desconocida, de donde pude escapar gracias a la confusión reinante.

Laurissa me ha mentido de todas las formas posibles. Su amor fue fingido desde el principio y aunque lo negara se puede viajar en el tiempo con la Continental pues yo lo he hecho al momento en que asesinaban a Kennedy. Solo cinco minutos difieren entre mi realidad y esta otra.

Me hallo escondido a veinte kilómetros de Dallas, sin saber si me relacionan con el magnicidio. Lo que sí sé es que soy un buen detective. Encontraré a Laurissa y a su cómplice como me llamo Cody Magnus Colt, y después decidiré qué hacer con la jodida máquina mientras disfruto de un bourbon con hielo en el local de Rick.

 

B.A.: 2022


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lunes, 14 de marzo de 2022

Ruegos desde la ratonera

 


–Ciérrate. ¡Ciérrate, por favor! ¡¡Mierda!! Por favor. ¡Por favor! Mierda. ¡¡¡Ciérrate…!!!

Morgan mantiene el botón de cierre pulsado, el dedo amoratado por la presión. Las puertas del ascensor al fin se deslizan con un rodar mecánico, lento, desesperante, levantando una barrera protectora contra la horda de muertos que hacia él se dirige con su andar renqueante. Un ascensor difiere poco de una ratonera, lo sabe, pero las escaleras están ya bloqueadas y todos los pisos de la planta se hallan cerrados con llave. Cuando el ascensor inicia el descenso se gira hacia el espejo, aliviado, y entonces la ve.

Aunque ensangrentada y cubierta de desgarros la reconoce sin dudar. ¡Cómo no hacerlo si hasta lleva colgada la mochila de Hello Kitty que le regalara por su último cumpleaños! Lucía, la hija de su vecina Mila, se halla desmadejada sobre el suelo, mísero recuerdo de lo que fue; espantosa promesa de lo que será. Sabe lo que tiene que hacer con el martillo empuñado en la diestra pero le fallan las fuerzas. En su lugar eleva una oración tiempo atrás olvidada para que las puertas se abran antes de que Lucía sucumba a la transformación.

Contra todo pronóstico sus ruegos son atendidos. Con un pin las puertas se abren en el preciso instante en que el cuerpecito empieza a convulsionar entre gemidos antinaturales y Morgan se zambulle en el hall inundado de infectados, dichoso porque serán otras las cabezas que deba destrozar para seguir con vida un segundo más.

 

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B.A.: 2022

jueves, 10 de febrero de 2022

Ángel custodio

 


Amaya anda encorvada sobre el cochecito de capota azul marino. Tiene que echar todo el peso de su delgado cuerpo para hacerlo avanzar y el esfuerzo, sumado al calor del día, empapa de sudor la ligera camiseta que viste. Hubiera preferido resguardar a la nena en la frescura de su pisito pero apenas tenía cereales y los pañales también escaseaban. El bueno de don Federico, el farmacéutico del barrio, no ha querido cobrarle en esta ocasión. «Mañana vienes y me ayudas a limpiar el polvo de las estanterías, que buena falta le hacen», le dijo, dando el pago por zanjado.

–No te inquietes, princesa –consuela amorosamente a su pequeña–. Ya vamos para casa.

Al doblar la esquina distingue a su vecina a las puertas del bloque. Doña Encarna se haya acompañada de otra señora de edad similar y hacia ellas se dirige con buen ánimo, al resguardo de las sombras dibujadas por los naranjos de la calle.

 

–¡Qué cosa más bonita, Encarni!

Doña Ramona –Mona para las pocas amigas que se obstinan en vivir–, sostiene entre sus manos una medalla de plata con el ángel custodio en delicado bajorrelieve. Volutas y hojarascas enmarcan al protector. Joya de la familia desde antes de la guerra, Doña Encarna la acaba de recoger del taller de joyería donde la han pulido y sustituido el deteriorado lazo por otro de seda rosa. «Es un regalo para alguien muy especial», le comenta a Mona emocionada y al levantar la vista ve venir precisamente a la destinataria del presente.

–Mona, ahora tienes que seguirme la corriente –apenas tiene tiempo de advertir entre susurros a su amiga para después saludar en voz alta–. ¡Dichosos los ojos, Amaya! A ti te quería yo ver.

–¿Y eso, doña Encarna?

–Mira lo que tengo para tu niña. Iba a guardarlo hasta el bautizo pero…

La joven abre la cajita que le tiende su vecina y se queda sin palabras cuando descubre la preciosa medalla acunada entre pétalos de papel de seda.

–No puedo aceptarlo, doña Encarna.

–¿Acaso quieres que me enfade?

–¡No, por favor!

–Pues no hay más que hablar. Y ahora, enséñale tu ricura de niña a mi amiga.

La anciana aprovecha que la joven ha hundido la cabeza en el capazo para lanzarle una nueva mirada de advertencia a Mona, quien sin comprender su misteriosa actitud se aproxima con curiosidad para contemplar a la beneficiaria de tales atenciones.

–¿Puede haber cosa más bonita en el mundo? –le dedica Doña Encarna al cuerpecillo acurrucado entre sábanas de flores–. Y qué piernas tiene la jodía.

–Seguro que anoche oyó sus llantos –se lamenta apurada la joven madre–. Es otro diente. El tercero ya.

–Pobrecita, con lo que duelen.

–Siento las molestias.

–¿Molestias? ¡Anda ya!

Mona apenas presta atención a la conversación, incapaz de apartar la vista del interior del carrito, los pelillos de la nuca inhiestos.

–Bueno, doña Encarna, debemos irnos ya.

–Por supuesto, cariño.

–Y la medalla… ¿Cómo se lo puedo agradecer?

–Pues pasándote luego por casa para tomarte un cocacolita.

–Lo haré, en cuanto despierte la nena de la siesta. Que tengan buen día.

Nada más entrar la joven en el portal, Mona se encara a su amiga, exigiendo respuestas.

–¿Una muñeca? –pregunta ante su silencio.

–Amaya no ha tenido una vida fácil –es la escueta explicación de doña Encarna.

A la anciana jamás se le ocurriría traicionar la confianza de Amaya con cuchicheos sobre los abusos sufridos a manos de un padre alcoholizado, violencia de la que huyó mediante un precipitado matrimonio con el primero que le dijo bonitos ojos tienes. Pero como dice el sabio refranero, la joven salió de la sartén para caer en las brasas pues la convivencia marital se convirtió más pronto que tarde en una prolongación de las penurias sufridas hasta entonces. La gota que colmó el vaso de la cordura la destiló la pérdida de su primer hijo y si bien quiso la última Nochevieja que Amaya enviudara pronto, sólo una maternidad cimentada sobre aquella muñeca reborn comprada a precio de saldo fue capaz de darle motivos para vivir. Vida fruto de la inconsciencia, cierto, pero vida al fin y al cabo, y el barrio entero se volcó sin reservas con la nueva madre.

–¡Por el amor de Dios, Encarni! –casi grita Mona, escandalizada por lo anómala de la situación–. Esa chica necesita ayuda, y encima vas y le regalas la medalla de tu familia. ¡Para un muñeco!

–Mira, Mona. Yo regalo mis cosas a quien me sale de las narices.

–No te pongas así…

–¡Me pongo como me da la gana! Amaya es una buena chica con muy mala suerte. Despacha cariño y atenciones como pocos, además de ser una trabajadora incansable.

–Eso no te lo discuto pero creo que deberíais llamar a los Servicios Sociales.

–¿Y para qué, si puede saberse? ¿Para que le ocurra como al pobre Román? Toda una vida pagando religiosamente las cuotas de su modesto piso y van y se lo llevan a un asilo, donde murió solo en vez de hacerlo arropado por los suyos.

»No. Amaya es parte del barrio y como tal la cuidamos. Le damos todo aquello que nunca tuvo y por eso don Francisco bautizará a su nena la próxima semana, con mi medalla prendida de su pecho.

–No lo entiendo, Encarni. De verdad.

–Por supuesto que no, querida. Éste no es tu barrio.

 

B.A.: 2.022

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viernes, 14 de enero de 2022

A las puertas de Yavin 4



Nota: El texto de la introducción está contabilizado para que todo el conjunto no supere las 250 palabras.


Una fuerte sacudida hizo cimbrar los vasos. «Hemos salido del hiperespacio», se dijo Yomane Suit mientras servía una cerveza Agárica al soldado de asalto identificado como THX-1138. Desde que empezara a trabajar en la estación eran ya muchos los viajes realizados a hipervelocidad. ¿A cuánto se hallaría de su Alderaan natal?

El Imperio no le gustaba especialmente pero aquel era un buen trabajo. Su férrea disciplina evitaba cualquier altercado de los muchos que solían producirse entre los aficionados al agua Elba o al llamado Aliento de Soldado, y el sueldo estaba bastante bien.

«Luke». El nombre le vino repentinamente a la cabeza. Hacía tiempo que no tenía una de sus… «visiones». Por lo general le avisaban de algo aunque nunca de forma clara. Su abuela materna defendía que era una característica de unos hechiceros legendarios llamados jedis. ¿Acaso él era uno de ellos? ¡Anda ya! Y aún así, la picazón se hacía cada vez más intensa, como si el tal Luke viniera hacia ellos con no buenas intenciones.

 

B.A.: 2022

  

Bueno, hasta aquí mi relato fan. He de confesaros que he hecho algo de trampa. David nos propuso escribir un microrrelato con nuestro personaje de ficción favorito pero yo he querido abarcar un poco más y reinterpretar el momento por el cual la saga Star Wars será siempre recordada, aquel en que Luke Skywalker, junto con un puñado de intrépidos pilotos rebeldes, se enfrenta en desesperada batalla a la temible Estrella de la Muerte. No conforme con eso, he dado una nueva vuelta de tuerca para preguntarme cómo se vería la destrucción de la estación de batalla desde la otra trinchera. ¿Tendríamos que hablar de «daños colaterales»? Juzguen ustedes mismos.

El personaje del cantinero Yomane Suit es totalmente inventado (aunque inspirado en el cameo que hizo el compositor John Williams en el episodio IX de la saga), no así el del soldado de asalto THX-1138, al que he querido alargarle un poco la vida respecto a la obra original (sólo un poco, teniendo en cuenta el fin de la Estrella de la Muerte). Tengo algunos datos curiosos sobre él para quien tenga curiosidad.

¿Por qué un relato fan sobre Star Wars? Creo que todos en la comunidad saben de mi pasión por la saga galáctica. Star Wars me ha acompañado durante toda mi vida. Me emociona y entretiene a partes iguales, recurriendo a ella cuando busco inspiración. No por nada, es uno de los pilares claves de  mi space opera Érase una vez en Rebis.

Espero no haber sido muy cansino.


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lunes, 27 de diciembre de 2021

Misterio de Navidad

 


Nota: Desde la página web Zenda, nos invitan a participar en el concurso navideño de cuentos. Aprovecho la convocatoria fuera del concurso del Tintero de Oro para presentar mi propuesta a Zenda, invitando a la comunidad a probar suerte. Dejo las bases en el siguiente enlace: 

https://foro.zendalibros.com/forums/topic/sexto-concurso-de-cuentos-de-navidad/?utm_campaign=20211217&utm_medium=email&utm_source=newsletter

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Santa no podía dormir. Por lo general era de los que caían dormidos sobre la almohada para no abrir los ojos hasta el alba, pero cuando se acercaba el mes de noviembre sufría en sus carnes el mal del desvelo. En esos casos se levantaba sigiloso de la cama pues su esposa era de sueño ligero y ya en el taller, con una taza de chocolate humeante ante él, trabajar en el tallado de una nueva locomotora de juguete.

La señora Claus conocía la causa de su insomnio. Desde hacía ocho años el genio de la ilusión recibía a principios de noviembre una carta en la que un niño llamado Miguel Abadejo le pedía con letra grande y redondeada una locomotora de madera. Hasta ahí todo normal en una vida tan especial como la de Santa Claus, si se dejaba de lado lo temprano de la petición. El quebradero de cabeza surgía porque el ruego no iba acompañado de dirección alguna donde entregar el regalo. ¡Ni siquiera el nombre le aparecía a Santa en su libro de los niños del mundo! Y mientras tanto las locomotoras sin entregar acumulaban polvo en uno de los estantes del taller, molesto recuerdo de una petición no satisfecha.

 

—Querido. Acaba de llegar la carta pero...

—¿¡Pero…!?

Aquello se salía de la norma. Jamás en todos esos años había habido motivos para un «pero» y con emoción contenida, no exenta de una buena pizca de incredulidad, Santa cogió la carta que le alargara su esposa. ¡Por fin! Sobre su blanca superficie, bajo un sello por donde se asomaba la soprano Montserrat Caballé, una mano de mujer había escrito una dirección con el código postal del pequeño municipio de Alcalá del Abacoa, en la comarca de Los Alcores. El enigma estaba a unos pocos miles de kilómetros de ser descifrado.

—Querida. Como no querrás quedarte esperando noticias...

—¡Faltaría más!

—...vamos a necesitar unas ropas menos llamativas y una nueva identidad.

—Siempre quise llamarme Martta.

—¿No te gusta tu nombre?

—En absoluto.

—A mí sin embargo me resulta muy… atractivo.

—¡Anda ya, vejestorio! Prepara el trineo mientras yo voy a buscar las ropas. Y ve pensando qué vas a hacer con la barba.

—¿Con la barba?

 

—Así es. Miguel es residente nuestro desde que su hija María nos confió su cuidado, hace ya varios meses.

Silvia Justo, directora de la residencia Otoño dorado, atendía curiosa a la extraña pareja de ancianos. Tras presentarse como Niklas y Martta, responsables de comunicación de Santa Claus Village, el pueblo navideño levantado en Finlandia, le habían preguntado en un español cargado de acento por el misterioso Miguel.

—Entonces nos hallamos ante un lamentable error —afirmó desolado Santa—. Nosotros buscamos un niño de unos catorce años.

—En mi experiencia como madre de dos adolescentes, creo que «niño» no es la palabra más adecuada para esas edades.

—En mi experiencia como…  responsable de comunicación, la infancia perdura hasta en las madres de dos adolescentes —respondió el anciano, su afilada mirada fija en los ojos de la directora, quien sintió cómo ilusiones que creía olvidadas se removían en su interior como gatitos recién despiertos.

—Miguel Abadejo, dicen.

—Exacto. Tenemos una carta suya.

—¿Puedo…?

—Por favor.

Querido Santa —leyó Silvia en voz alta—. Este año me he portado muy bien y me gustaría que me trajeras un tren de madera. Te quiere, Miguel. Es la letra de nuestro Miguel, sin duda.

—¿Pero cómo puede ser? ¿Podríamos hablar con él?

—Aunque tuviera el consentimiento de su hija, Miguel hace mucho que vive encerrado en su propio mundo interior. En ocasiones le da por escribir, por eso he reconocido la letra. Lo que no puedo explicar es cómo ha llegado esta carta hasta ustedes.

»Quizás Paloma, la enfermera que lo asiste, pueda ayudarnos. Si me disculpan.

Una joven de pelo oscuro y rostro redondeado acudió a la llamada de la directora. La pobre chica se puso lívida cuando Silvia le explicó la razón de la presencia de aquellos dos extraños.

—Fui yo quien la envió. ¿Han venido desde tan lejos por mi culpa?

—No debes preocuparte, querida. Estamos de vacaciones y nos pillaba de paso —improvisó la señora Claus para tranquilidad de la desolada joven—. No buscamos culpables, solo resolver un misterio.

Paloma explicó cómo a finales de octubre encontró tan entrañable carta en el cuarto del anciano. Tras comentárselo a su hija María, quien recordó cartas similares durante los últimos años que Miguel vivió con ella, no creyó hacer mal alguno si la enviaba, escribiendo en el remite la dirección de la residencia.

—Parece ser un recuerdo relacionado con su infancia, de cuando le pidió a Papá Noel un juguete que no le trajeron los Reyes Magos.

—¿Siempre en octubre? —preguntó Santa.

—Eso es.

—¿Por qué octubre?

—Imposible saberlo.

Tras la relevación todos guardaron un triste silencio.

—Miguel tiene mucha suerte de tenerte a su lado, querida —afirmó Santa—. Bueno, señora Cla... Martta, debemos irnos. Ya hemos molestado bastante a estas jóvenes.

—Por supuesto, Niklas. Les agradecemos enormemente su ayuda.

—¿Querrían ver a Miguel? —ofreció la directora tras pensarlo unos segundos—. Creo que a María no le parecería mal, dadas las circunstancias.

El anciano nunca tuvo conocimiento de la visita del matrimonio Claus, sumido como estaba en su mundo de ensoñaciones, pero aquella Navidad el abeto de la residencia Otoño dorado amaneció misteriosamente con un pequeño tren de madera para Miguel. 

 

B.A.: 2021

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