miércoles, 7 de febrero de 2024

Lágrimas de claro de luna

 


Cuentan quienes lo vieron que la belleza de la joven Illarguia era abrumadora. Viajera infatigable en un mundo recién despierto, Illarguia trazaba su camino siempre en pos del brillo de la estrella del este, solventado entuertos y disputas donde el errante deambular la llevara, tal era su naturaleza armónica. En ella habitaban la luz y la oscuridad en perfecto equilibrio y afirman los trovadores que cantaron sus alabanzas que los hijos de hombre la tenían en elevada estima pues las suyas eran las más justas de las decisiones.

Pero a la manera de las leyendas y los cuentos de antaño, donde un espíritu maligno dificulta la suerte del héroe con sus negras intensiones, en el camino de Illarguia se cruzó un abominable hijo de hombre quien por medio de las peores artes de la alquimia, motivado por una ferviente envidia –hacia su singular belleza o por el aprecio que le mostraban sus congéneres; por ambas causas a la vez o por otras totalmente desconocidas–, la transformó en áspera roca para lanzarla después hacia el cielo nocturno donde quedó colgada para siempre. La identidad de este innoble ser no quedó registrada en los anales de la Historia pero sí se sabe que tuvo un mal final pues si sus actos hacia Illarguia fueron despiadados los de sus hermanos lo fueron aún más para con él, dándole brutal muerte al verse huérfanos de la buena guía de la joven.

Muchos fueron los nombres con los que se bautizó a la nueva naturaleza de Illarguia. Selene para unos, Luna para otros,… Ilargia en boca de quienes habitaban los bosques del norte. Ya fuera Áine, Chandra o Nisha, la brillante esfera en que transformaran a la desgraciada joven salía todas las noches para bendecir con su fulgor la dura tierra a sus pies, mostrándose siempre plena a ojos de los hijos de hombre. Pero Illarguia era equilibrio, y si su lado luminoso protegía la vida bajo su manto, regulaba los ciclos naturales y daba lugar a las mareas, su imagen especular reflejada en las infinitas aguas origen de vida era la maldad en su estado más puro.

Sin el contrapeso de la luz, el mal que habitaba en Illarguia se derramó libremente por la faz del mundo. El nuevo astro del cielo atraía la vista y los suspiros de los hijos de hombre pero era inalcanzable, y la naturaleza oscura de Illarguia, consciente de este anhelo insatisfecho, lo aprovechó para satisfacer su sed de venganza.

Devorada por un rencor que se hacía mayor con cada nuevo amanecer, el daño sufrido a manos de uno supondría el fin de cientos y así, ya fuera desde un océano, un riachuelo o el más apacible de los pantanos, Illarguia la Oscurecida se mostraba bellísima ante los hijos de hombre, ilusoriamente cercana, nublándoles la voluntad para atraerlos al asfixiante abrazo de las frías aguas.

Desde entonces el bello rostro de Illarguia pasó a ser la encarnación del mal. Los hijos de hombre dejaron de frecuentar los caminos desde la atardecida, máxime en los meses de copiosa lluvia, temerosos de caer en el embrujo del demonio líquido de la noche. Solo los muy valientes, o los muy inconscientes, se atrevían a desafiar a la Oscurecida, siendo pocos los que conservaron la vida para poder contarlo. Mientras tanto, Illarguia la Radiante lloraba desconsolada lágrimas de claro de luna. 

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Corren malos tiempos para los hijos de hombre. El pueblo bajo se desvive por malvivir de lo que consigue arrancarle a los ingratos cultivos. Una reducida élite gobierna con puño de hierro tierras ganadas sin honor y solo los muy versados pueden comprender las verdades ocultas en los antiguos escritos. Pocos suspiran hacia la Radiante; nadie desafía el hambre insaciable de la Oscurecida.

Moviéndose no sin dificultad entre grimorios enmohecidos y anaqueles con productos químicos que derriten los tejidos blandos con sus corrosivos vapores, un hijo de hombre descifra a la luz incierta de una palmatoria los orígenes olvidados de Illarguia. El sabio, a quien el cruel Destino reserva una dolorosa muerte entre las llamas purificadoras de un auto de fe, acusado de brujería por aquellos a quienes está a punto de ayudar con sus conocimientos, acaba de descubrir la fórmula que dará término a la maldición de la Oscurecida. Dibuja figuras herméticas, purifica principios, destila extractos capaces de reiniciar el mundo, pues solo con el poder de la Energía Primigenia podrá restablecer el equilibrio injustamente robado a Illarguia.

Al término del proceso alquímico un estremecimiento recorre la columna vertebral del Universo, imperceptible en las distancias imposibles que lo trazan, suficiente para que la Luna comience lentamente a ocultar su fulgor. Y así, coincidiendo con la floración de la higuera en la víspera de San Juan, tanto la Radiante como su reflejo desaparecen por completo a ojos de los hijos de hombre.

La primera luna nueva es un momento de profunda intimidad para las dos naturalezas de Illarguia. El dolor por los muchos años perdidos es insignificante comparado con la alegría del reencuentro, y al igual que el mineral de plata derrite el hielo, la sonrisa argentina que se le dibuja en la cara a la Radiante funde el frío odio enquistado en el corazón de su gemela líquida. El equilibrio queda restablecido y con Illarguia nuevamente completa los hijos de hombre pueden disfrutar desde entonces de sus lágrimas de claro de luna, ahora y ya por siempre de felicidad.

 

B.A.: 2024





miércoles, 11 de octubre de 2023

Desde el mismo infierno

 

Nota: Imágenes sacadas de internes para su retoque.

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Hacia la mitad del puente recibe una nueva notificación. ¡Bip! No debería leerla pero le es imposible resistirse al embrujo. Y allí está el veneno de siempre. Que si ha arruinado su infancia. Que si ojalá muriera entre dolores. Que si su madre debería haber abortado…

Le es imposible recordar las veces que ha cambiado de número de teléfono. Impotente, con el móvil fuertemente agarrado, maldice por enésima vez aquella audición, «El papel de mi vida», como le dijo a su orgullosa madre. Sí, claro, el papel de su vida. Ser parte de la saga fantástica Zomblince debería haber sido su catapulta al estrellato y no una caída en picado hacia los infiernos.

Mensajes, pintadas, ruedas pinchadas,… ¡Hasta correo postal había recibido conteniendo lo peor del ser humano! ¿Qué culpa tenía ella de que el director, mediante un disparatado giro de guión, transformara en mujer al apreciado doctor Anderson, protagonista de los cómics oficiales de la saga? Por si fuera poco era negra y homosexual, la combinación perfecta para desencadenar la tormenta del odio en el mundo de los haters.

Las aguas susurran al pasar entre los pilares del puente centenario, canto de sirena que atrae a la joven al descanso del olvido eterno. Y con cada segundo transcurrido más inclina el torso sobre la barandilla, el áspero metal tibio por el calor de su afiebrado cuerpo. «Perdóname, mamá», murmura entre lágrimas e inicia una cuenta atrás que nunca debió iniciarse.

Tres.

Dos.

Un…

–¿Se te ha caído algo?

Una niña de siete u ocho años clava sus inocentes ojos en ella, exigiendo una respuesta. Junto a ella se encuentra un hombre, su padre por el evidente parecido, quien con el móvil en una mano y la chaqueta tirada en el suelo se prepara para lo peor.

–Sí –miente la joven a la desesperada–. Una medallita.

–Pues creo que la has perdido.

–Eso creo yo también.

–¿Podemos ayudarla? –pregunta el hombre algo más calmado al ver cómo la joven se aleja del borde.

–Nadie puede ayudarme.

–En eso se equivoca, señorita Reina.

–Me ha reconocido.

–Desde hace años sigo la prometedora carrera de Gracia Reina.

–¿Prometedora, dice? No me haga reír.

–No era mi intensión.

–Esto… Un momento. ¿Usted no es ese actor que…?

–Sí. Yo soy ese actor que también perdió una medallita.

 

¿Misma ciudad? ¿Mismo río?... Mismo infierno.

Constantino Rivero, Tino para los amigos, no veía salida alguna. Las aguas fluían violentas a causa de las últimas lluvias pero en ellas el hombre sólo veía la paz negada. El fandom es capaz de lo mejor, pero también de lo peor, y desgraciadamente suelen ser quienes odian los que más tiempo y energías dedican a las redes sociales.

La película era mala, de las peor valoradas por Rotten Tomatoes, no así su trabajo. Pero los haters lo tomaron a él como chivo expiatorio. Quién sabe si por haber sustituido al actor escogido en primer lugar para el papel, por ser murciano o por dejarse barba. La razón era lo de menos para los sinrazón. Se había convertido en un apestado y ningún productor quería entre sus filas al blanco de la ira de los violentos. El destierro al inframundo de la teletienda fue la única forma digna de ganarse la vida que encontró y ni aún así dejaban de acosarle.

Un nuevo mensaje. ¡Ti-tum! Con sorpresa vio que era de Raquel, su esposa, quien le enviaba tres emojis de corazones bajo una fotografía que el temblor de la culpabilidad abrió a pantalla completa, surgiendo ante sus ojos un test de embarazo. ¡¿Positivo?! Tino llamó a Raquel y mientras hablaban de la buena nueva se alejó con decisión de las aguas, furiosas por no recibir el sacrificio prometido.

 

–Mi hija Ángela me salvó aquel día –le comenta Tino a Gracia, sentados ante sendas tazas de café. La pequeña se halla alejada de los adultos, disfrutando de un helado mientras juega al Candy Crush–, y hoy me gustaría ayudarla a usted.

–Pero es tan difícil…

–Lo sé y por eso le propongo una cosa. Venga el viernes por la tarde a la librería El perro de Ulises. Hay jornada cultural y varios compañeros iremos allí a charlar con los vecinos del barrio. Creo que puede venirle muy bien la compañía.

–No sé si…

–Por favor.

–Si insiste.

–Insisto.

 

La librería rebosa de actividad. Tino sonríe en cuanto la ve aparecer y desplegando sus grandes dotes actorales, sin nada que envidiar a Hugh Jackman en El gran showman, anuncia a la apretada concurrencia:

Ladies and gentleman! ¡Niños y niñas! Un momento de atención, por favor. Nos hemos reunido hoy aquí para asistir a la inauguración del Club de Fans de Gracia Reina. ¡Y qué mejor forma de hacerlo que de mano de la mismísima doctora Anderson! Amigos míos, demostrémosle nuestro cariño con este fuerte aplauso.

La ovación es atronadora y cuando la joven quiere darse cuenta ya se halla sentada tras una mesa, firmando autógrafos a diestro y siniestro. «Su interpretación en Zomblince fue inspiradora», dice alguien. «¿Cuál será su próximo papel?», le preguntan desde atrás. «Debe haberlo pasado tan mal…»

–Tino, esto es un sueño –se hace oír Gracia por encima del barullo.

–Fue anunciar el club en las redes y al momento ya había docenas de inscripciones.

–Muchas gracias. No sé cómo…

–Disfrútalo. Te lo mereces.

¡Bip! Llega una nueva notificación pero Gracia la ignora henchida de felicidad.

 

B.A.: 2023

El mundo de Zomblice

 









viernes, 16 de junio de 2023

Exceso de equipaje

 


Nota: la República de Vinavistán es ficticia. No pierda el tiempo buscándola en el mapa.

 

–Es guapa.

–¿Eso cree?

–¡No sea tonto! Es muy guapa y lo sabe bien.

Los dos se giraron para admirar la figura postrada de Ángela. La joven disfrutaba del sol en sugerente bikini, mancha de color sobre las grises orillas de la playa artificial de Orellana donde pasaba el día festivo junto a Diego Leal. Agua, sol, el cielo extremeño, la cálida presencia de Ángela y unos espectaculares bocadillos de filete empanado que la joven preparaba como le enseñara su abuela paterna. Ni las excelencias del exclusivo club Du Pont de Miami podía superar semejante plan, por muy bien surtidas que estuvieran sus bodegas de Dom Pérignon ´46.

Diego y la desconocida, quien se presentara como Bárbara, habían coincidido en el chiringuito, entablando conversación mientras esperaban sus bebidas.

–También su acompañante es atractivo –comentó Diego por cortesía.

–¡Bah! Perfil griego, músculos bien trabajados, un pelo de envidia,… Aunque es poco imaginativo. Ya me comprende.

La pareja de Bárbara montaba en ese momento una moto de agua en el canal habilitado. Muchos eran los que seguían con interés sus virajes y saltos extremos pero Bárbara no se encontraba entre ellos. «¿Le apetece una partida?», dijo, señalando una máquina recreativa de pantalla horizontal.

–Debería marcharme.

–Sólo una.

–Si insiste…

El juego se llamaba «Caída libre» y Bárbara lo definió como sólo apto para jugadores con nervios de acero.

–Las reglas son sencillas –dijo tras echar sendas monedas de 1 euro en las ranuras de jugadores–. Gana quien abra más tarde el paracaídas. Hay que esquivar los objetos que aparecen en nuestro camino o perderemos velocidad. Tenemos una pistola para desviarlos.

»¿Preparado?

Una musiquilla de 8 bits, muy retro, anunció el inicio del juego y en la pantalla aparecieron dos paracaidistas, rojo frente a azul, que en caída libre descendían a tierra. A la derecha de cada saltador un gráfico indicaba la altitud a la que se encontraba, la altura recomendada para la apertura del paracaídas marcada con una línea roja. Pájaros, aviones e incluso ovnis aparecían repentinamente, obstaculizando el descenso.

Bárbara era endiabladamente buena. Aferraba el joystick con suavidad no exenta de firmeza, como si sujetara un gorrión. Con la derecha disparaba la pequeña pistola de su paracaidista, desviando los objetos en vuelo para lanzarlos con endiablada precisión hacia su oponente. Diego conseguía repelerlos sin mayores problemas pero siempre a costa de un precioso milisegundo que lo alejaba más y más de la victoria.

La línea roja se acercaba peligrosamente. Los ojos de los adversarios se cruzaron en un momento dado y Diego vio en los de Bárbara una férrea determinación, sazonada con una buena pizca de locura que hizo saltar todas las alarmas en el agente.

Un, dos, tres,… Al cuarto segundo después de pasar la línea roja Diego abrió el paracaídas, apurando en demasía el tiempo. Su intrépido personaje llegó a salvo al suelo aunque se rompió las dos piernas con el impacto. El de Bárbara no tuvo tanta suerte y quedó convertido en una mancha de píxeles rojizos, el paracaídas a medio desplegar.

–Yo gano –dijo Diego muy serio. Había gato encerrado en aquel encuentro y no le gustaba en absoluto.

–Nada de eso, Diego –negó Bárbara, tajante. Sonreía satisfecha, visiblemente excitada–. Mientras que usted se ha aferrado a la vida yo la he exprimido hasta la última gota.

–A costa de morir.

–No temo a la muerte. ¿Y usted, señor Leal?

–No le he dicho mi apellido.

Touchée.

–Y ahora me dirá a qué agencia pertenece, Bárbara, si realmente es ese su nombre.

La mujer le dio un buen trago a su cerveza, mediándola notablemente; estaba sedienta como si hubiera corrido una maratón.

–No me llamo Bárbara, lógicamente. En cuanto a mi nacionalidad… Digamos que actualmente estamos en el mismo bando.

–¿Vinivistán?

–Muy buen oído, Diego.

Efectivamente, la república de Vinivistán se había declarado aliada de la OTAN nada más comenzar la guerra, aunque la volubilidad del presidente Yuri Vasílievich era legendaria y los pactos de hoy pudieran no ser los de mañana. Y eso incluía los de sus agentes en suelo extranjero.

Diego lanzó una furtiva mirada de preocupación a Ángela. La pistola se hallaba en la bolsa de aseo, fuera de alcance, pero su vaso de refresco podía ser una estupenda arma defensiva. Decidido, Diego tensionó el cuerpo, listo para actuar, reacción que no pasó desapercibida para Bárbara, apreciándola positivamente.

–Relájese, querido. No vine a pelear. Sólo quería conocerle.

–¿Nada más?

–Palabrita.

–¿Y su amigo?

–¿Julián? No es más que un chulo a tanto la hora. Tiene de espía lo que yo de monja… ¿Cree que me sentaría bien el hábito de las hermanas del Dolor de María?

–Me temo que no duraría mucho en el convento.

–Supongo que no. Volviendo a mi amigo, cree que soy una recién divorciada con ganas de pasármelo bien. Cobra su tarifa y no hace preguntas. Nada significa para mí, sólo es cobertura. Una cobertura sacrificable si fuera necesario.

–Es todo corazón.

–Soy una profesional. En cuanto a Ángela…

–Poco sabe de mí.

–A la oposición no le interesa qué saben nuestros seres queridos de nosotros, sólo su mera existencia. Con ellos en su poder pueden obligarnos a hacer lo que quieran. Por eso yo siempre viajo ligera de equipaje.

»Y como colega y posible enemiga, le recomiendo que haga lo mismo.

 

B.A., 2023



Serie Diego Leal

 


Exceso de equipaje



lunes, 10 de abril de 2023

Roderico, el caballero de Alto Arcadia

 



Érase una vez, en el lejano reino de Alto Arcadia, un joven noble llamado Roderico de los Cantos. Destinado por derecho de sangre a ocupar el puesto de consejero real, desde su privilegiada posición Roderico pasaba los días suspirando por ganarse los favores de Nilda, la de los ojos prístinos, hija de un próspero comerciante local.

En los páramos del reino vivía por aquel entonces un solitario anciano de rasgos caprinos. La población recurría a Ducardo, tal era su nombre, en busca de preparados medicinales, amén de ser requerido para cuanto consejo era menester, demanda que cubría previo desorbitado pago de un cuarto de cobre. Ducardo además era notable orador y a él era asiduo Roderico pues disfrutaba enormemente con las historias de caballeros, duendes y magos desgranadas por el viejo al amor de la lumbre en las frías noches de invierno. Y resultó que como también él soñaba en secreto con la virtuosa Nilda, con palabras bien afiladas y no buenas intensiones sembró el horizonte de Roderico de promesas y esperanzas sólo al alcance del bendecido con el corazón del león y la fuerza del toro, armas indispensables éstas para dar muerte a fieros dragones escupefuego, recuperar reliquias de la verdadera religión o salvar de su desventura a la bella princesa de un exótico reino, ya estuviera encerrada en la más alta de las torres o adormecida por mano de su cruel madrastra.

Así fue como se fue Roderico en pos de la aventura. Nilda quedó bajo custodia de su enfurecido padre, quien veía el ascenso de la familia a la hermética clase noble truncado por la insensatez del muchacho. Con el primer y último beso la joven le prometió a Roderico su eterna fidelidad, aprovechando la espera para preparar el ajuar del futuro matrimonio.

 

Diez años duró el viaje de ida y de vuelta, y otros tantos las aventuras que en él se topó Roderico. Tras un primer lance victorioso con el guardián del puente sobre el río Ira y un no tan satisfactorio encontronazo con una pandilla de cuatreros, el joven se ganó en buena lid la posesión de la espada Silbante del usurpador Fabaceo, dio muerte a la bruja Mirrena en la Cueva de las Sirenas y conquistó para Nanoc, el salvaje, el reino de Carunar, todas ellas aventuras dignas de conocer y que este trovador cantará cuando los poderes superiores así lo designen.

 

Amaneció el día del retorno a casa. Nube alguna oscurecía el horizonte desplegado ante Roderico y los polluelos lanzaban sus chillidos hambrientos al cielo de un azul luminoso. Poco quedaba en el reino de lo recordado. Salvo el viejo castillo y alguna que otra edificación de recia estructura, veinte años de luchas territoriales, desastres naturales y periodos de bonanza habían trazado un mapa por completo desconocido para nuestro héroe. Siendo honestos, también quedaba poco del otrora muchacho imberbe y alocado en el hombre fibroso, de rostro curtido, que era Roderico ahora, el cuerpo surcado de múltiples cicatrices. La familia real conocida fue expulsada de las tierras tiempo ha y de su amada Nilda ninguna noticia halló el caballero. Ya desesperado, por boca de un lugareño supo de Ducardo. Su viejo conocido seguía donde entonces a pesar de hallarse cerca de la centena, viviendo de sus consejos, relatos y plantas medicinales, y hacia allí se encaminó nuestro héroe a uña de caballo.

 

–Saludos, Ducardo, viejo del páramo.

–Salud, mi señor, sea quien sea.

–¿Ya no te acuerdas de tu amigo Roderico de los Cantos?

–Nadie queda de la familia De los Cantos. Todos huyeron en pos del destronado y Roderico murió hace tiempo en tierras lejanas.

–No murió pues heme aquí.

–¡¿Roderico…?! ¡En buena hora, muchacho! Veo que la vida te ha tratado bien; vuelves renovado y purificado. Serás conocido por las generaciones futuras como El caballero de Alto Arcadia y las ninfas suspirarán por vos entre velos de gasa.

–Déjate de ninfas. Busco a Nilda. ¿Sabes dónde puedo hallarla?

–Oh, hace mucho que perdimos el amor de Nilda, la de los ojos marchitos.

–¿Qué quieres decir con «Perdimos»?

–Pues eso, mi señor, que yo también la cortejé y la perdí.

–¡Serás malnacido…!

–Compréndalo. Nilda era joven y vos se hallaba lejos, inmerso en aventuras insensatas.

–¡Fuiste tú quien me empujó a ellas!

–Difiero, excelencia. Yo sólo narro historias.

–Sabandija asquerosa…

–¡Pero no se apure! Nunca tuve oportunidad alguna con la virtuosa Nilda, aunque su padre no le hacía ascos a mi pequeña fortuna hecha a base de palabras y emplastos.

–¿Entonces qué ocurrió?

–Felicítese, mi señor, pues Nilda se mantuvo fiel a su amor… Al menos al principio. Para desesperación de su padre, la joven rechazaba a los más prometedores pretendientes con cada puntada dada a las sábanas que debían calentar vuestro sagrado lecho. Pero las arrugas llegaban y vos no lo hacía, y un buen día, con el ajuar amarilleando en el arcón nupcial, su recuerdo poco más que un aparecido ante el primer beso de la Aurora, huyó con cierto caballero procedente de tierras lejanas. ¿Capta la ironía?

–¡Ironía la que te voy a dibujar con la punta de la Silbante, gusano!

–No se enfade conmigo; la culpa es sólo de vuesa merced. Pero puede extraer de su experiencia la siguiente moraleja: ¿Para qué buscar grandezas en la lejanía cuando se tiene la felicidad al alcance de la mano?

»Por cierto, el consejo le costará un cuarto de cobre. 

B.A.: 2023


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viernes, 31 de marzo de 2023

Madre



Nota: En este relato se trata la figura de María con el mayor de los respetos en su doble condición de mujer y madre, explorando sus dudas, dolores y sacrificios, rasgos todos ellos característicos de la raza humana. También se da una visión distinta de Judas. En vez de un traidor Judas es un actor necesario para el drama que va a acontecer, aceptando tan indeseado papel por ser el más fuerte de todos los discípulos.

 

–––––––––––––––––––––––––

Jesús

 

–Hola, madre.

–Hola, Jesús. ¿Ya por aquí? No te esperaba hasta el almuerzo.

–Quería pasar un rato con usted. A solas. Para despedirme como se merece.

»Hoy es el día.

–Lo sé. No quería creer que ya fuera miércoles. ¡Me negaba a aceptarlo! He rogado tanto para que este último amanecer nunca llegara…

–Debe hacerse la voluntad de Padre.

–Y la acepto, no me malinterpretes, aunque no me guste.

–No diga eso, madre, o…

–¿O qué, Jesús? ¿Lo haré enfadar? Hágase su voluntad, ¡claro que sí!, pero fui yo quien te parió entre dolores y en mis carnes llevo tu amparo impreso a fuego. Si renunciara a ello… ¿Qué sería yo entonces? ¿Acaso no fuimos hechos a su imagen y semejanza? ¿No traicionaría mi naturaleza?

»Ninguna madre que se precie de serlo entregaría sin dolor al fruto de sus entrañas, aunque fuera para un bien mayor.

–Lo siento, mamá. De verdad.

–Más lo siento yo y por eso no puedo mirarte a la cara pues podría flaquear.

–No debe preocuparse. Nada dura lo que un suspiro y al tercer día me verá de nuevo, resucitado y glorioso. Es Padre quien habla por mi boca.

–¡Lo sé! Lo sé, pero estoy tan cansada…

–Por eso debe prometerme una cosa: se quedará en casa con las mujeres hasta que todo acabe. No quiero que me vea sufrir.

–Jamás te prometeré tal cosa. ¡¿Me oyes?! Jamás. Pídeme cuanto quieras. Derramaría la espesa sangre que corre por mis venas y entregaría los ojos a los cuervos del Gólgota si con ello consolara tu dolor, por pequeño que este alivio fuera, pero nunca renunciaré a acompañarte en el camino incierto que te aguarda. Donde quiera que te lleven allí estaré yo, y mi visión será tu apoyo y guía, no una pesadumbre a sumar. Ni las lanzas más punzantes ni las súplicas más pertinaces harán que cambie de parecer.

–Hágase pues su voluntad.

 

Judas

 

–¿Ha venido Jesús a verla?

–Así es, Judas. Vino a despedirse y a rogarme que no le acompañara.

–Y ha dicho que no, por supuesto.

–Por supuesto.

–Ya se lo advertí pero quiso intentarlo. Y es comprensible. No debe enfadarse con él.

–No sería justa si lo hiciera. ¿Y tú cómo te encuentras?

–¿Cómo voy a estar cuando serán mis labios los que sellen su destino?

–Pero ese es tu papel en esta obra. Debemos cumplirlo, aunque no nos guste. ¡Bien lo sé yo! Y tú eres el más fuerte de todos sus discípulos, el único que puede soportar esa carga.

–No soy más que un asqueroso traidor.

–Jamás se me ocurriría pensar eso de ti.

–Pues así es como yo me siento. Y sé que algunos de los otros piensan igual.

–No es más que el fruto de los nervios. Recapacitarán, te lo aseguro.

–Le pido perdón. No he debido quejarme. Yo aquí, molestándola con nimiedades, cuando usted va a perder a su hijo en cuestión de horas.

–Y tú a un buen maestro y mejor amigo.

–Por el perdón de los pecados.

–Así sea.

 

Juan

 

–Ya lo han prendido. He venido corriendo en cuanto he podido.

–Dios mío, Juan... Cuéntame cómo sucedió.

–Estábamos en Getsemaní cuando llegó Judas acompañado por un gentío entre mucho ruido de armas. Venían por orden de los ancianos y de los sacerdotes. Caifás entre ellos, como no podía ser de otra forma. Judas identificó al Maestro como estaba pactado y la muchedumbre se le echó encima. Solo Pedro intentó detenerlos y en su arrebato le cortó la oreja a una de los atacantes.

–¿Y qué hizo mi hijo?

–No solo no se resistió al arresto sino que reprendió a Pedro por su conducta para después hacer un nuevo milagro con el herido.

»Lo llevan ante Anás.

–Pues hacia allí iremos.

–Como desee.

–¿Y Judas?

–Huyó nada más producirse el arresto. No lo he vuelto a ver desde entonces.

–Espero que no haga ninguna tontería.

–No debe preocuparse por él; al fin y al cabo no es su madre.

–Soy la madre de todos.

–Es cierto. Disculpe mi insolencia.

–No hay nada que perdonar, Juan. Y estamos perdiendo un tiempo muy valioso. Debemos ponernos ya en marcha.

»Jesús me necesita.

–Vamos pues.

 

B.A.: 2013

 

 

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