viernes, 26 de octubre de 2018

Érase una vez en Rebis - 28. Lágrimas para el día de Reyes



Resumen de los capítulos anteriores: Tras la terrible confesión de Mío, Samuel Faro hallará la muerte a manos de su diosa.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Poco faltaba para que la cabalgata de los Reyes Magos recorriera la avenida Prometeo, repartiendo a manos llenas alegría, color y unas buenas dosis de caramelos marcados con el sello de garantía del Ministerio de Sanidad. Tras las celebraciones de Navidad y Año Nuevo, el día de Reyes suponía el fin de las vacaciones invernales, y aunque un par de días más tarde los nacimientos, los muñecos cantarines vestidos de Papá Noel y las buenas intenciones volverían a cubrirse de polvo y olvido en el rincón más oscuro de los hogares, era esperado con igual ilusión por grandes y pequeños.
César caminaba por las calles engalanadas con Julia de la mano. Para su primer día de Reyes juntos, el chico había invertido todos sus ahorros y el préstamo conseguido de los compañeros –a devolver en cómodos plazos en la forma de clases particulares de criptografía–, en una delicada cadena de plata de la que colgaba una gota de resina, de reflejos de miel y sin insecto lapidado, que suponía más falso que la sonrisa del vendedor que intentó endosárselo. Pensaba dársela tras el paso de la comitiva y esperaba, deseaba, que fuera del agrado de la chica. Julia, por su parte, se había adelantado a la tradición, entregándole nada más verlo una vieja cazadora de piel desechada por su padre tras el fatídico día en que la cremallera estalló presionada por la oronda barriga patriarcal, y sobre la que la chica había desplegado toda su habilidad castrense hasta darle un aspecto como jamás antes tuvo. Prácticamente tuvo que escaparse de casa con el regalo envuelto bajo el brazo para que el cabeza de familia no se la confiscara entre promesas de futuras dietas. César la lucía en ese momento, ajeno al intenso olor que desprendía la prenda engrasada y que provocaba alguna que otra mueca de desagrado entre la población circundante, el pequeño cofre que guardaba la cadena oculto en un bolsillo interior. Era inmensamente feliz.
Su relación con Julia sólo se veía empañada aquellos días en los que Pepito Grillo se levantaba con ganas de hacer su fastidioso trabajo, recordándole lo poco sincero que era con la chica, remordimiento que se hacía extensivo a toda Rebis. En esas ocasiones, lo único que podía disolver los densos nubarrones amasados por la mala conciencia era su férrea autoconvicción de que la anunciada guerra entre planetas jamás llegaría, de que nunca tendría que abandonar su vida en la estación. Entre tanto los meses pasaban, tiempo que ocupaba en asimilar las enseñanzas que les impartían una serie de especialistas sin rostro ni nombre que después no daban muestras de reconocerlo cuando se los cruzaba por la calle.
Los jirones de mensajes capturados a Nelson dejaron muy pronto de suponer un desafío para César y salvo una minoría que hablaba del movimiento de tropas, tan escuetos que hacían imposible su rastreo, no eran más que gajos de órdenes internas sin importancia estratégica que hacían pensar que, por muy alienígena que fuera, el enemigo tenía una manera de discurrir extrañamente humana.
Las fuerzas policiales ya abrían paso a la cabeza de la comitiva cuando un potente rugido se impuso al espeso barullo tejido por cientos de voces anhelantes, haciendo que todos giraran la atención hacia una motocicleta de gran cilindrada. A horcajadas sobre la Viggo rojo fuego –la dorada seguía en el dique seco desde el atentado de semanas atrás–, el cuerpo vestido de cuero de la monja se convertía en blanco obligado para todas las miradas. «Algo muy gordo debe estar cocinándose para que Constanza venga a buscarme llamando la atención de esa forma», pensó César, así que se despidió de Julia con un torrente incoherente de excusas que no logró mitigar su enfado, el beso que dibujaba con los labios perdido en el vacío tras una rapidísima finta de la joven, para saltar con urgencia sobre el asiento de la motocicleta que ya apuntaba hacia el tráfico abierto, sintiendo en sus espaldas las miradas de todos los ocasionales espectadores de semejante desaire para un día de Reyes.
–No sabes la que me espera cuando vuelva –se lamentó César–. ¿Qué puede ser tan urgente?
–Vamos a lanzar la flota contra Nelson –fue la lacónica respuesta de Constanza, y César no pudo más que pensar en la lágrima de ámbar empaquetada y sin entregar.

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Nacho era el piloto de su pentágono, y uno de los jóvenes más íntegros de toda la estación. Noble, apasionado, defensor de las causas justas,… no era de extrañar que Sebastián Canela lo hubiera reclutado para la organización clandestina que lideraba bajo las mismas narices de las autoridades rebisianas. Por el contrario, con Tina jamás se había planteado el acercamiento, pues era incuestionable que su corazón y su lucha pertenecían a Rebis. Aún así, utilizando en beneficio propio sus prácticas de incursión, la joven se encontraba en ese momento en el hangar donde la rama humana de Los Hermanos se hallaba reunida al completo, y si bien Nacho debería haberse sentido seriamente enojado con ella, sólo pudo apresarla en un silencioso abrazo, buscando en el afiebrado cuerpo que tan bien conocía el sosiego que no alcanzaba desde que comenzaron los preparativos para el combate.
Los antagónicos cánticos y plegarias que guiaban los ministros de las distintas religiones operantes en Rebis se entrelazaban entre sí creando un Todo consolador que devolvía algunas migajas de paz a los aterrados corazones. Un grupo de no creyentes, respetando con su silencio al resto de compañeros entregados a la oración, fue haciéndose cada vez más numeroso bajo el morro de un entrañable navío comercial que había sido precipitadamente armado para la batalla, donde encontraron una reconfortante camaradería hecha de apretones de manos y sinceros deseos de buena suerte. Al poco se escuchó las primeras estrofas de una vieja canción marinera –«Ya me marcho de aquí, linda dama española…»–, y lo que comenzó como un susurro en boca de uno de los más veteranos fue ganando adeptos entre los congregados bajo la aeronave comercial hasta que todos terminaron cantando la tonadilla con intensa emoción, completando el estrambótico himno de aliento que inundaba el hangar. La actividad volvió con una explosión de órdenes dadas a gritos y chirrío de armamento arrastrado, y con ella llegó el difícil momento de la despedida.
–Tina. Sabes que te quiero. ¿Verdad?
–Sí ya, pero me lo dice un hombre condenado –respondió con amargura la chica, arrepintiéndose al momento de tan duras palabras fruto del miedo a la pérdida–. Perdona, no quise decir eso, pero es que aún no entiendo porqué te vas a jugar la vida por algo que nos es ajeno.
»Me prometiste que volverías a ser el Nacho del que me enamoré. ¿Recuerdas?
–Y lo volveré a ser. Digo… Lo soy, de verdad, pero ahora debo irme.
Nacho plantó un rápido beso en los crispados labios de Tina y salió disparado hacia donde se congregaba su unidad, lanzando una última mirada al lugar que segundos antes había ocupado junto a la chica, sombra que ya se perdía entre el gentío embutido en gruesos trajes de combate espacial. Sobre el suelo metálico, entre manchas de grasa y pisadas apresuradas, una única lágrima daba testimonio de su presencia en el hangar.

B.A.: 2018


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martes, 2 de octubre de 2018

Érase una vez en Rebis - 27. Cita en Samarra



Nota: Antes de pasar al nuevo capítulo de Rebis, permitidme abusar un poco más de vuestra atención, mis sufridos compañeros de viaje, para daros una noticia.
El nuevo curso escolar (es curioso cómo organizamos nuestra vida en torno al fin de las vacaciones veraniegas) trae bajo el brazo dos proyectos literarios, dos recopilatorios de relatos en los que ando involucrado. Uno es con la página Relatos en su tinta de David Rubio, proyecto del que ya hablaré más adelante, y otro con la comunidad Relatos Compulsivos de Sue Celentano, que llevará el nombre de “66 relatos compulsivos”. Para este último buscamos financiación. Podéis informaros más extensamente en el siguiente enlace:
Y ahora, sin más, pasemos a un nuevo capítulo de Érase una vez en Rebis.


Resumen de los capítulos anteriores: Mio al fin se ha quitado el antifaz, mostrando su maligna realidad a un aterrado Samuel. Tras desgranar fríamente su plan de escape, se despide de él con un "Ahora, maese Faro, debes morir".
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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»Ahora, maese Faro, debes morir.

Las luces ganaron intensidad, desnudando a Mio de las sombras que vestían su cuerpo de sirena. El aumento de luz creó la ilusión de que la diosa proyectaba la mandíbula hacia Samuel, retándole a contradecir tan terribles palabras, pero la objeción no hallaba lugar en la embotada cabeza del soldado, petrificado por una maldad que nunca hubiera creído posible en rasgos tan puros. Un conejo deslumbrado habría tenido más esperanza de vida que Samuel si éste no se hubiera sentido traicionado, como en aquella otra ocasión, ya lejana, en la que su corazón se rompió tras el siseo de una puerta al cerrarse. «Ahí te quedas con tus misterios –le había reprochado la sombra huidiza de la que por entonces era su esposa–. Lamento no haberme ganado tu confianza».

–Cuida del ficus; a cambio de su compañía sólo te pedirá luz y un poquito de agua, no una vida en común.
Miriam se fue y su lugar lo ocupó el dolor. Dolor escrito con mayúsculas, causado por una deslealtad de la que Samuel no se creía merecedor. Y ahora volvía a sufrirlo de la mano de la bella y pérfida Mio, quien lo sacó del oscuro pozo de autodestrucción en el que se encontraba para empujarlo a otro mucho más profundo. «Et tu, Mio?», que habría dicho Julio César. El soldado se rebeló contra esta nueva afrenta, reactivando su cuerpo destinado al sacrificio, y llevó la diestra hasta el láser de mano que le colgaba en bandolera, a imagen de las arcaicas películas del Oeste, para encañonar sin temblor la frente de la diosa. Clac, clac, clac, clac, clac, clac, ¡CLAC!, hizo la rueda de potencia, alcanzando su nivel más alto, y el zumbido del generador llenó la estancia. No sería rápido. Tendría que mantener el disparo en un punto fijo hasta que la escultura estallara en pedazos, pero no había prisa; Mio no iba a moverse.
–¿Y me dirá cómo pretende hacerlo? Maldito pedazo de… ¡PIEDRA!
Fue lo último un grito enojado. Consigo mismo o contra la diosa, igual daba, lo cierto era que ya se disponía a apretar el gatillo cuando Mio comenzó a reír, siendo la suya una risa sin prisas, preludio de algo terrible.
–¿Sabes? Te hayas perdido en una contradicción. Permíteme que te explique; será sólo un momento.
Y lo hizo bien, paciente como un maestro de escuela ante el alumno menos aventajado de la clase. «Si soy un pedazo de piedra entonces me temo, amigo mío, que has perdido la razón, pues no sólo conversas con algo carente de vida sino que además lo estás amenazando de muerte».
–Por otro lado –continuó tras una pausa malintencionada–, si no estás loco, lo que es una buena noticia, y te estoy hablando, entonces es posible que posea otras… facultades.
Lo dijo muy lentamente, fa-cul-ta-des, y sólo entonces asimiló Samuel la certeza de su inminente muerte, sintiéndose de pronto muy cansado.
Nunca creyó que moriría lejos del campo de batalla. Estaba preparado para la suciedad de la guerra, para el dolor y el olvido del soldado, y jamás se imaginó rodeado de nietos en una aséptica habitación de hospital, acribillado por agujas hipodérmicas y perdiendo el control de sus esfínteres. El Destino, sin embargo, le reservaba una muerte extraña, y lo que realmente le dio miedo en aquel momento era el no saber si su cuerpo lo afrontaría de acuerdo con la vida que había llevado.
–¿Durará mucho? –alcanzó a decir.
–Eso sólo depende de ti, pero te aseguro que no será agradable.
Podía morir blasfemando y disparando contra el enemigo, pero eso era para aquellos que tenían algo que demostrar. Así que soltó el arma sobrecalentada, que cayó al suelo con un sonido lúgubre, como de campana tocando a duelo, se sentó con las piernas cruzadas y fijó la vista en Mio.
–Acabemos de una vez.

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Samuel se vio transportado a la fila central del patio de butacas de un viejo teatro, único espectador de un escenario en el que se encontraba Mio iluminada por un par de focos. El telón de fondo era una tela oscura y aterciopelada que engullía la luz como lo haría un agujero negro en medio del cosmos, y motitas de polvo bailaban encerradas en los dos conos de luz y sobre las luces auxiliares de los pasillos de acceso, movidas por el sistema de aire acondicionado que se adivinaba funcionando a media potencia. Salvo ese sonido latente, todo era silencio.
Tan grotesco prodigio le hacía temblar desde muy adentro, recordándole las noches de su infancia en las que rezaba hasta caer rendido para que el monstruo que habitaba en el armario se olvidara una vez más del pequeño oculto bajo las sábanas. Ahora, tantos años después, daba comienzo el último acto de la pesadilla. Como dijera la vieja reina: «The show must go on», y hacia Samuel se acercaba la Muerte con botas de siete leguas, puntual a la cita que tenían concertada en Samarra.
Una imagen fantasmal en blanco y negro, de intenso brillo y suave contraste, los párpados cerrados, se separó muy lentamente de su original, caminando por el escenario hasta rozar el vacío con los dedos desnudos de los pies. Tras tomar una profunda bocanada de aire, el espectro echó la cabeza hacia atrás en ángulo imposible, gritando el nombre de Samuel con desesperación hacia el ojo central de la cúpula. Músculos en tensión, venas hinchadas, uñas clavadas en la carne de las manos,… Llamaba a Samuel como si la vida le fuera en ello, con lágrimas surcando su dulce rostro. Aún habitaba el recuerdo de tan desgarradora angustia entre las sombras del fastuoso artesonado cuando Mio ya bajaba los peldaños que la separaban de la platea –«¡DIOS MÍO, QUE NO SE ME ACERQUE!»–, acomodándose en uno de los butacones de la primera fila con evidente tranquilidad. Samuel no podía evitar que los dientes le castañearan y el espectro, visiblemente molesto, clavó en él sus ojos cerrados, el índice sobre los labios en demanda de silencio.
–Shhhhhh…
Surgió una nueva imagen, y otra, y otra más. Unas gritaban su nombre, otras lo susurraban; algunas lo reían e incluso unas pocas lo escupían con furia. Deambulaban por el escenario y entre las butacas sin rozarse unas con otras por escasos milímetros. Se sentaban y volvían a levantarse, ajenas en todo momento al desmadejado espectador que asistía aterrado a su errático caminar, y de pronto, en un cerrar y abrir de ojos, todas desaparecieron junto con la estatua del escenario y los ecos de su nombre, quedando sólo el zumbido del aire acondicionado. Germinaba la esperanza en el cuerpo estremecido del soldado cuando un gemido a sus espaldas, largo como la sombra de la Muerte, le erizó de nuevo los pelillos de la nuca, «Samueeelllll…», procedente de Mio en su apariencia más real, de mejillas sonrosadas y carne palpitante. Fijó en Samuel sus bellos ojos dorados y éste cayó muerto al instante sobre el sillón; sobre el suelo de una estancia iluminada por antorchas que unían su crepitar al zumbido de un generador a punto de fundirse. Ante los labios de una imagen policromada que las luces palpitantes hacían deletrear un nombre.


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