miércoles, 21 de marzo de 2018

Érase un vez en Rebis - 21. Cortinas de humo



Resumen de los capítulos anteriores: Tropas mercenarias y un control absoluto sobre la población que recibe el nombre de el Sistema. Todo ello lo conocerá César de la mano de Sebastián Canela.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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–¿¡Quique!? –repitió César con un gallo adolescente haciéndole los coros–. Está en una misión.
»En una colonia minera.
–¿Fue eso lo que te dijo Gustavo Tamizo?
–¿Lo conoce?
–Lo conocemos bien. Samuel podría hablarte largo y tendido de sus debilidades... Y de sus gustos. Pero no nos desviemos del tema que nos ocupa.
»Como te dijo tan alto funcionario de Nivel 2, el señor Tilos está en una colonia minera, pero dejándose la vida en ella. Como el resto de su familia.
Un viento descorazonador azotó a César, que se estremeció dentro de su mono militar. Sebastián le concedió unos segundos, consciente del intenso dolor al que sucumbía el joven, para explicarle a continuación que terminar en un pentágono minero era lo menos malo que le podía pasar al que se enfrentaba al Sistema. «Cuando el Nivel 2 identifica a un elemento subversivo –la voz del presidente le llegaba al muchacho amortiguada por la bruma tejida con los momentos vividos junto a Quique–, lo quita de en medio antes de que extienda la ponzoña a su alrededor».
–A veces de forma definitiva.
El crujido de unas sandalias anunció la llegada de la hermana Constanza. Cruzó el despacho sin levantar la vista, los brazos enlazados bajo el pecho, colocándose silenciosa tras el presidente, que interpretó su presencia como una señal para continuar. «La lucha contra Nelson la ocultamos tras dos espesas cortinas de humo».
–Por un lado, la operación Mundo Feliz permite que nos movamos por Rebis bajo la cobertura de los viajes turísticos interplanetarios. Por otro, a través de la Fundación Dimaco, apoyamos el programa Che de Churruca, que pretende localizar a los descendientes del marino muerto en la batalla de Trafalgar y, por extensión, de cualquier artillero, grumete o calafateador que participó en ella, independientemente de su nacionalidad. Conocerás los hechos de aquel 21 de octubre… ¡¿No?! Pues te recomiendo los Episodios Nacionales de Pérez Galdós. Como te decía, cuando nos topamos con alguien de nuestro interés, como es tu caso, le creamos al amparo de este programa una rama genealógica que lo conecta con alguno de los protagonistas de ese trocito de historia, pudiéndonos así reunir sin levantar sospechas con la excusa de una nueva actividad del exclusivo grupo.
»Y esta es la razón por la que llamamos Nelson a nuestro desconocido enemigo –concluyó Sebastián.
La figura a espaldas del presidente tosió de forma imperceptible, tendiéndole un par de folios que el otro cogió con un «Gracias, Constanza».
–Tus justificantes médicos –dijo alargándole los papeles al muchacho–. Así no tendrás que contestar preguntas incómodas. La hermana Constanza te llevará ahora a casa.
»Espero haber resuelto todas tus dudas.

*        *        *

La secretaria les despidió con un gruñido. César siguió a Constanza por el corredor hasta el ascensor y la calle comercial, para poner metros a todo lo que daba la amplitud de su hábito religioso, que no era poco, con el edificio desde donde Sebastián movía los hilos de aquella historia sin par, componiendo junto a la monja una curiosa estampa que no pasaba desapercibida entre los transeúntes. La cruz y la espada; ver para creer.
–Espérame un momento –le dijo Constanza al muchacho, detenido el avance sin previo aviso. Era la suya una voz severa, que obligaba a la obediencia aun cuando no había una nota más alta que otra–. Voy por las llaves del vehículo de la Orden –y sin más, entró en la pequeña capilla ante la que se habían parado, de donde escapaba un particular olor hecho de cera caliente y violetas. «Hermanas del Dolor de María», anunciaba una placa de metal bruñido.
Como ocurría en el resto de la estación, la presencia de vehículos privados era puramente anecdótica, hallándose estacionadas dos de aquellas curiosidades, dos motocicletas de líneas deportivas, frente a la capilla. «Viggo», llevaban escrito en las cachas laterales con letras futuristas. César había leído sobre los 120 cv de las Viggo, que les daban una aceleración de 0 a 100 en algo más de 3 segundos. ¡Genial! Junto a ellas, roja fuego una, dorada y negra la otra, un monovolumen, con más abolladuras que la Luna de Méliès, estropeaba el paraíso motero con su triste presencia de monstruo antediluviano. Un rosario colgaba del espejo retrovisor interior y una pegatina, con la silueta de un pez, aguantaba estoica la erosiva acción de las luces artificiales que iluminaban Rebis a todas horas del día. Sin otro vehículo al que dirigirse, César se desplomó con un bufido sobre el capó del monovolumen, y cuando fijó de nuevo la atención en las motocicletas vio sorprendido que una figura embutida en cuero se hallaba sentada a horcajadas sobre la dorada, la cabeza cubierta con un casco integral. La mujer –imposible ocultar tanta curva y contracurva en el festival para hormonas adolescentes que vestía–, tenía apoyado otro casco en el regazo, y sus ojos velados por la visera ahumada se hallaban fijos en él.
–¡Sube chico! –la voz de la hermana Constanza resultaba más inflexible al salir de las cavernosas profundidades del casco–. No tardaremos en llegar.
–Estooooo... 
–Y agárrate fuerte.
Giró la llave y con media vuelta de puño aceleró la bestia mecánica para cruzarse de mala forma con un camión de la compañía de refrescos Tombalina, que sólo pudo evitar el choque picando frenos hasta el fondo entre estrépito de latas y botellas de cristal. César, que había puesto tímidamente las manos apenas rozando la cintura de la monja, se vio obligado a rodearla con los brazos para no quedarse atrás, y la proximidad hizo que el olor del cuero bien curtido llenara sus sentidos con la fuerza de un perfume caro. «¿De qué va esto?», alcanzó a decirle allí donde tendría que estar su oído izquierdo.
–Nunca se sabe cuando hay que llevar un pedido urgente de rosarios –respondió Constanza volviendo a medias la cara, un punto socarrona. Se lo estaba pasando en grande a pesar de haber tenido que sustituir sus sobrios ropajes por aquel sucedáneo de dominatriz, pero no se podía conducir una Viggo con el vuelo del hábito batiendo el aire como las alas de una gallina vieja.
Tras una carrera demoníaca en la que la motocicleta sorteó el tráfico convertida en una línea dorada, Constanza detuvo la marcha en lo más profundo de un callejón cercano al domicilio de César, donde el chico se apeó con piernas temblorosas. Le devolvió el casco a la monja, que lo sujetó entre sus muslos para desasosiego del muchacho, descubriéndose ella también la cabeza. El cabello cortado a trasquilones, castaño a juego con sus ojos, estaba tieso por la electricidad estática, lo que le daba un aire muy fresco y juvenil, imagen que reforzaba la ausencia total de maquillaje, y César no pudo dejar de pensar que Constanza era la mujer más bella que había visto nunca, aun a riesgo de traicionar a su amada Julia.
–En breve recibirás un mensaje con la fecha y hora de tu primera reunión. Quince minutos antes de la cita fijada te estaré esperando en este mismo sitio.
»No nos conviene llamar la atención.
–Usted es una visión que jamás pasaría desapercibida –se despidió César de la figura que ya no era más que una gota de luz roja en el río del tráfico–, hermana Constanza.


B.A.: 2.018


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