lunes, 24 de febrero de 2020

Tolvanera de verano




Leonor era una mujer en guerra, una luchadora contumaz en continuo y desesperado combate contra la contaminación, los residuos y la desidia hacia la sostenibilidad del planeta que como un tumor maligno se extendía implacable por todos los estratos de la sociedad. Y ahora también lo estaba contra el que era su novio, Javi, pues ese: «¡Solo es una bolsa de plástico! So histérica…», que le dedicara cuando se levantó de un salto de la toalla en la que tomaba el sol aquel caluroso día de playa, tras la bolsa que un inesperado vendaval le arrebatara de entre las manos, era toda una declaración de intenciones; un punto de inflexión del que no creía que saliera indemne la relación.
Tres años de convivencia. Se lo habían pasado bien esos años, por supuesto, y al principio su recién estrenada pareja se esforzó por doctorarse cum laude en el correcto uso de los contenedores de reciclaje –«Amarillo para latas, envases y briks, pero no para la maquinilla desechable –había aleccionado Leonor cuando Javi se encontró con la casa tomada por los diferentes cubitos de basura–. Papel y cartón en el azul. ¡No!, las servilletas usadas en el orgánico, y el vidrio en el verde. ¡Ojo! Vidrio, que no cristal–. El muchacho encajaba con una sonrisa, estoico, cada una de las lecciones que Leonor le daba en materia de reciclaje. ¡Incluso llegó a separar aceites, pilas y bombillas! Ella a cambio, aceptaba de buen grado la exacerbada afición del muchacho por el deporte, acompañándolo en la medida de sus posibilidades.
Las brasas de la pasión se extinguieron lentamente por causas naturales pero la pareja, en un alarde de insensatez, en vez de fomentar un término sereno y cordial de la relación, se dedicó a avivar el fuego del enfrentamiento y así, las particulares inclinaciones de cada uno se convirtieron en dardos envenenados que el otro arrojaba a la menor ocasión. Eso sí, nunca se había traspasado la inaceptable barrera del insulto, y si ella era una histérica, él no era más que un borrico embrutecido.
Obstinada, Leonor continuaba la persecución de la bolsa en su alocada huída hacia ninguna parte, esquivando sombrillas, neveras y cuerpos enrojecidos de intenso olor a protector solar cuando de repente la ráfaga de aire se encontró con otra que venía en sentido contrario, abrazándose a ella en una espiral de pasión que provocó el caos en varios metros a la redonda. Papeles, bolsas, arena,... ¡hasta sombrillas volaron sin control alguno en torno a Leonor!, que cegada chocó contra un cuerpo que como ella se había visto sorprendido por la inesperada tolvanera. «¡La bolsa…!», se le escapó a la chica con el aire expulsado por el encontronazo; «¡La botella…!», le respondió el invisible obstáculo. Cuando el remolino se diluyó, tan rápido como se había creado, Leonor se encontró despatarrada sobre la arena con una botella de plástico vacía en la mano, junto a un muchacho tirando cuan largo era con la bolsa huidiza apresada bajo su cuerpo. Se miraron sorprendidos, enarenados de arriba abajo, y no pudieron más que reír.
–David –se presentó el muchacho tomando la iniciativa. Una máscara de arena y crema solar factor 50 le cubría la cara, resquebrajándose en torno a los ojos y a la comisura de los labios al sonreír–. Cazador de botellas.
–No muy bueno, siento decir –apuntó la joven risueña, mostrándole triunfal la presa atrapada.
–Tampoco usted lo es en lo referente a bolsas, señorita…
–Leonor.
–Leonor…
–Dame la bolsa, David. Me encargaré de tirarla.
–En el amarillo, por favor.
–La duda ofende.
–¿También perteneces a Amigos de la Tierra?
–Gaia Primigenia. Una asociación mucho más pequeñita.
–No hay esfuerzo pequeño en nuestra lucha.
–Cierto.
–Y dime Leonor, de Gaia Primigenia… ¿Podría invitarte a un refresco que nos limpie la garganta de arena?
–Tendría que ir a por mis cosas.
–Por supuesto.
–Me las guarda mi novio.
–Vaya...
–Estaré de vuelta en quince minutos.
–¿Con tu novio?
–Solo con mis cosas.
Tras una tarde de risas, confidencias y mucho compromiso por la que era una lucha común, Leonor decidió abandonar la relación tóxica en que se había convertido la vida junto a Javi. Antes de cerrar la puerta del que fuera su hogar los últimos tres años, la muchacha dejó sobre la mesa de la cocina la bolsa y la botella de plástico recogidas el día anterior, junto a una nota que decía:

Javi, ya sabes dónde tirarlos.
Fdo.: La histérica

*         *         *

Siete años después, Leonor y David, se encuentran en Nuevos Ministerios ante el espectacular escenario donde ha concluido la Marcha por el Clima, multitudinaria manifestación organizada en protesta contra la COP25 en la que los ecologistas poca o ninguna fe tienen. La pareja mantiene viva la llama de la pasión, mucho más fuerte y duradera que la tolvanera de verano que los uniera hace ya tanto tiempo, y como testimonio del amor que se tienen está Joaquín, que sobre los hombros de David, expectante, señala cuanto llama su atención. De pronto, el cuerpo del pequeño se tensa: «¡Ahí está!», grita a voz en cuello para hacerse oír por encima de la estruendosa ovación que ha inundado la explanada, señalando a la delgada joven que con paso tímido se ha colocado en el centro del escenario. «Skolstrejk för klimatet», puede leerse en el cartel que lleva entre sus manos.
–Papá. Mamá. ¡Es Greta. Greta Thunberg!

B.A.: 2020

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martes, 21 de enero de 2020

Ocurrió en Chamalán



Érase una vez una pequeña aldea de nombre Chamalán. Si la buscas en los mapas no la localizarás pues se encuentra más allá de donde muere el arcoíris, en un precioso valle abrazado por enormes montañas siempre coronadas de nieve. Un río de aguas cristalinas nutre con placidez las oscuras tierras de cultivo, cubriéndolas de lozano verdor, y árboles frutales de la más diversa índole dan sombra y suculentos frutos a los vecinos durante todo el año. Por cierto… ¿Os he dicho ya que Chamalán está habitada por animales? ¡¿No?! Me lo temía.

Por supuesto se producían algunos roces entre los vecinos, como aquella vez en la que Tony Zorro vendió una sortija falsa a Paca Asno; o aquella otra en la que los gemelos Mapache robaron las galletas recién horneadas de Carlos Oca; o aquella otra en la que Napoleón Cerdo, el alcalde, convirtió las calles en un lodazal para dar la bienvenida a su numerosa familia; o aquella otra... Bueno, creo que podríamos abreviar diciendo que era una agradable comunidad en la que se convivía en razonable armonía, pues los vecinos entendían los pequeños vicios y defectos de los demás como algo natural, aceptándolos de buen grado.

Ahora bien, aunque Doña Luisa Urraca era de lo más tacaña, las hermanas Gallina no dejaban de cacarear y a Antonio Gato había que bajarlo un día sí y otro también del árbol al que trepaba, lo que nadie en la aldea podía soportar eran los ronquidos de Bernardo Oso. ¡Y eso que su osera se hallaba en una de las montañas más altas! Pero es que el grandullón y peludo plantígrado era capaz de hacer temblar hasta la casa más alejada de la aldea con sus resuellos, situación que empeoraba durante los meses de hibernación. Tal era así que tras una noche especialmente mala los vecinos se reunieron con el alcalde para presentarle sus quejas.

—¡Mis pequeños no pueden descansar y por el día están inagua-gua-guantebles! —ladraba lastimera Jaimita Galgo.

—Estoy tan estresada que mmmis ubres dammm requesómmm —mugía triste Lola Vaca.

—Al meeenos tu terneeero pueeede disfrutaaaar del requesónnn… —balaron las ovejas como una sola—. Nosotras sólo daaamos leche desnataaadaaa…

Tantos fueron los argumentos en contra que Napoleón Cerdo no pudo más que solicitar avíos de escritura a su secretario, el señor Comadreja, para firmar de su pezuña y letra la orden de expulsión del caído en desgracia.

Ya mojaba la pluma en el tintero que solícito le tendía su secretario cuando un inesperado redoble de tambor hizo vibrar las paredes de piedra que rodeaban el valle, dejándolos a todos paralizados. A la sorpresa le siguió una buena pizca de curiosidad y a esta el miedo más desorbitado al ver cómo un numeroso grupo de individuos, de especie desconocida, doblaba la esquina para tomar la plaza del ayuntamiento con evidente actitud hostil. Mamíferos en apariencia, su cuerpo recordaba mucho al de Chita Chimpancé, aunque no lucían el espeso y bello pelaje de esta. Empuñaban agujones afiladísimos que dirigían a la muchedumbre y se cubrían con un caparazón que brillaba como el agua con las luces de la mañana.

—¿Qué prodigio es este? —gruñó el que parecía ser el jefe de la manada al toparse con el concurrido grupo. Montaba a lomos de un pariente de Paca Asno, bien lejano sin lugar a dudas, pues la luz de la inteligencia no iluminaba sus ojos, y desde su elevada posición examinó lentamente los rostros hacia él dirigidos—. ¡Gran día el de hoy! —exclamó satisfecho al término del escrutinio para después, pendón en mano, declarar a voz en cuello:

»¡¡Reclamo esta tierra y todo lo que contiene en el nombre de…!!

—¡¡¡JJJJJJRRRRRRRRRR…!!!

El extraño no pudo terminar las palabras que dirigía a los aldeanos pues un ronquido, el más fuerte que nunca antes se escuchara en el valle, los sacudió con la fuerza de un tornado. Y a este le siguió otro, y otro más, sembrando el temor en el corazón acorazado de los invasores.

—¡¡Nos hallamos ante las mismísimas puertas del infierno!! —gritó asustado el mandamás a sus soldados, intentando en vano imponerse al sobrecogedor estruendo—. ¡Compañeros, huyamos cuanto antes de esta tierra infecta!

Los vecinos contemplaron estupefactos cómo la jauría de invasores huía en tropel de la aldea de Chamalán, descompuestos cual alma que lleva el diablo. Aunque los acontecimientos apenas habían durado lo que diez resuellos, no les resultó difícil comprender que se habían salvado de un terrible peligro gracias a la inesperada intervención de Bernardo.

—¡Pobre Bernardo! —se oyó decir de pronto a Petra Araña—. Seguro que pasa frío en su osera. Voy a tejerle una manta bien calentita.

—¡Y nosotras vamos a llevarle mucha comida! —gritaron entusiasmadas las obreras del clan Hormiga—. Seguro que se despierta con un hambre atroz.

—¡Y miel! —dijo Guillermina Abeja—. No puede faltar miel.

Y de esa forma, poco a poco, todos los habitantes de la aldea agradecieron de la mejor forma que sabían la ayuda que les había prestado, inconscientemente, Bernardo Oso. Y ocurrió que cuando este despertó de su hibernación se vio tan arropado por sus vecinos que también dejó de ver los defectos que los caracterizaban, sumándose gustoso a la mejorada comunidad.

Y fueron felices y comieron lo que cocinaban las perdices.

 

Moraleja: No repudies al prójimo por sus faltas; felicítalo por sus virtudes.


B.A.: 2020

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lunes, 16 de diciembre de 2019

Finse stasjon. El último caso del inspector Alfons Lår


Nota: Sujetalibros a la venta en la página www.etsy.com

El aviso a la policía lo había dado el mayordomo del empresario Samuel Bronsson. El buen hombre, aún vestido con su pijama blanco, contestaba solícito a las preguntas del inspector Alfons Lår, masajeándose de vez en cuando la barbilla allí donde el asesino de su patrón lo había golpeado durante la huida.

Antes de la medianoche, sin forzar la puerta, dos tiros a bocajarro al empresario mientras dormía… ¿Por qué al inspector le resultaba todo tan conocido? Un libro, sobre la mesilla de noche del difunto, llamó su atención. Escrito por Patricia Highsmith, llevaba por título… ¡Bingo! De repente, todas las piezas del puzle encajaron, arrancándole una sonrisa. Qué mediocre podía llegar a ser la mente de un criminal.

—Agente Eklund.

—¿Sí, señor?

—Avíseme cuando llegue el juez para el levantamiento del cadáver.

—A sus órdenes.

El inspector marchó al estudio del señor Bronsson, donde hallaría la tranquilidad necesaria para realizar la que sin duda era la llamada más importante de su vida.

 

—¿Stieg Martinsson?

—¿Sí? ¿Con quién hablo?

—Me conoce perfectamente, aunque nunca había escuchado mi voz.

—Pues no me lo pone nada fácil.

—Soy el inspector Alfons Lår, de la policía de Gotemburgo.

»El protagonista de sus novelas.

—¡No me diga…! Y yo soy Stieg Larsson, lo que ocurre es que me cambié el apellido tras simular mi muerte, no te jode.

»¿Quién es? ¿Qué busca con estas tonterías?

—¿Quiere pruebas? Pregúnteme algo que sólo usted conozca.

—De acuerdo, inspector Lår, de la policía de Gotemburgo… ¿Puede decirme qué le ocurrió al rottweiler de su padre?

—Alimenté con sus restos a los cerdos de la tía Rebecka después de matarlo de un disparo de postas. Estaba harto de que el malnacido me enseñara los dientes.

»Tenía trece años.

—¡¡Es imposible que sepa eso!! En ninguno de mis libros he recogido ese pasaje, y nunca lo he comentado con nadie. ¡Ni siquiera con mi editor! Los lectores podrían sentir repulsa hacia el protagonista.

»¿Cómo demonios…?

—Ya se lo he dicho. Soy Alfons Lår.

—Esto es una locura… ¿Qué quiere de mí, maldita sea?

—Quiero que termine con la escalada criminal que asola mi ciudad.

—¿Perdónnn…?

—Déjeme que se lo explique. Desde La chica que no sabía reír, mi primer caso, el miedo y la inseguridad se han apoderado de Gotemburgo, yendo a peor con cada día que pasa. Como inspector de policía, es mi deber detener al responsable.

»Y ese, señor Martinsson, es usted.

—¿Me está pidiendo que deje de escribir?

—Exigiendo, más bien.

—Pero entonces, usted no tendría razón de ser. ¿De verdad quiere eso?

—Soy un tipo abnegado. Así fue como me imaginó.

—¿Y qué pasará con mi fulgurante carrera?

—¿«Fulgurante», dice? Vayamos por partes, señor Martinsson. La chica que no sabía reír, su debut como escritor, fue espectacular. Era atrevida y fresca, alejada de la larga sombra proyectada por la saga Millennium. Una novela escrita con el corazón que le valió el Premio a la Mejor Novela Policiaca Sueca. Desde entonces, su trabajo se ha vuelto mediocre.

—¡¿Qué cojones…?!

—Sea sincero consigo mismo. Carrera de sacos no fue más que una versión actualizada de Diez negritos. Se defendió argumentando que era un sincero homenaje a la figura de Agatha Christie, pero en Huevo de Pascua, su siguiente trabajo, la semejanza con El halcón maltés de Hammett fue tan descarada que perdió buena parte del respaldo de crítica y público. Después llegó Las seis Långstrump, una mala copia de Los seis Napoleones de Conan Doyle... ¡Ni siquiera cambió la cifra! Y así llevamos a la investigación que ocupa mi tiempo actualmente.

»Una mujer asfixiada en una isla dentro de un parque de atracciones no es un suceso llamativo en absoluto, pero si le añadimos el asesinato de un hombre en su propia cama por disparos de revólver y que en ambos casos parece que el asesino no tenía relación alguna con la víctima... ¿Es necesario que le diga el título de la novela? Por cierto, su subconsciente dejó un ejemplar sobre la mesilla de noche del señor Bronsson.

—Christie, Conan Doyle, Hammett... Lo veo muy versado.

—El mundo de la ficción es mucho más rico de lo que vosotros, los escritores, creéis. No sólo se nutre de lo impreso sino también de lo que el autor ha visto, oído, pensado o incluso soñado, llenando huecos que jamás fueron tenidos en cuenta. ¿Sabía acaso que me gusta ABBA?

—Me toma el pelo.

—En absoluto. «Gimme, gimme, gimme a man after midnight…»

—Muy bonito… Sabe que podría acabar con usted de un plumazo. ¿Verdad?

—Por supuesto, como usted que ya habré previsto esa eventualidad. Hágalo y tendrá que atenerse a las consecuencias.

»Conoce mis métodos. No siempre fueron ortodoxos… Ni legales.

—¿Qué haré entonces?

—Francamente, señor Martinsson, me importa un bledo.

»Por cierto. ¿Cómo se va a llamar mi último caso?

Finse stasjon.

—¡Vaya! Iré preparando la maleta para mi viaje a Noruega.

»He de colgar. Tengo dos asesinos que detener.

 

¡Vaya sueño! Stieg Martinsson se frotó la cara con ambas manos, arrancando legañas; limpiando restos de saliva. ¿Cómo había podido imaginar semejante conversación con su personaje? Por puro impulso, el escritor lanzó la mano hacia el teléfono móvil y con una sonrisa en los labios, divertido por la ocurrencia, buscó el registro de llamadas recibidas. Cuál no sería su sorpresa cuando vio el número que imaginara para el inspector Lår ocupando el primer puesto de la lista.


B.A.: 2019


Nota: Este relato se ha alzado con el Tintero de Bronce
en el concurso XVII de relatos convocado por el blog
En Tintero de Oro. 


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viernes, 22 de noviembre de 2019

Un hombre peligroso



El profesor Jaime Moreno era un hombre peligroso, aunque no de la forma en que nos tiene acostumbrados el cine. No sabía absolutamente nada de armas ni jamás se había peleado, pero esgrimía argumentos cargados de cordura, honestidad y espíritu crítico con el acierto del mejor tirador olímpico, algo que a no pocos resultaba de lo más molesto.
Su país se hallaba sumido desde hacía tres largos años en una devastadora guerra civil. El bueno del profesor, impulsado por el loable deseo de acabar con ella, daba puntual testimonio de las atrocidades cometidas a ambos lados de las barricadas, condenando con igual saña a Verdes y Colorados ante todo aquel que lo quisiera escuchar. Sus argumentos convencían, sin duda, pero no a la velocidad exigida por las dramáticas circunstancias. Y mientras tanto, miles de inocentes morían víctimas del fuego cruzado.
En el mismísimo corazón de la Unión Europea, ante el centenar de periodistas desplazados para la ocasión, el profesor Moreno intentaba sacar de la neutralidad a la política internacional cuando un fuerte estampido lo lanzó desmadejado al suelo. No importaba el color de los billetes recibidos por el sicario, si verdes o colorados, tal vez incluso estuvieran mezclados, lo cierto era que la vida le abandonaba sin remedio a través de un agujero humeante abierto en la cabeza.
Lo que sus verdugos no pudieron predecir fue que junto con la vida también escaparon todas aquellas ideas que por falta de tiempo y medios el profesor tenía enquistadas en su interior, sueños de libertad que alcanzaron a cuanto periodista había sido testigo del cruento atentado. Lo último que Jaime vio antes de expirar fueron sus bolígrafos rasgando folios a toda velocidad, los mensajes que colgaban con urgencia en las redes sociales, sus llamadas a través de los móviles,… Y entonces sonrió.

B.A.: 2019


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martes, 22 de octubre de 2019

Barcos en la niebla


Nota: Imagen extraídas de Pixabay e Internet. 


—¡Susanaaa…! ¡¡SUSI!! ¿Eres tú?
—…
—¿Quién anda ahí? Conteste, por favor.
—¡No se acerque!
—Que no me acerque… ¿Adónde? ¡¡No veo una mierda con esta maldita niebla!!
—Quédese donde está. Se lo ruego.
—¿Qué podría hacerle? Mido un metro sesenta y estoy sola.
—También estaba sola la mujer que pedía ayuda cerca del chiringuito y cuando llegué hasta ella intentó atracarme con un cúter.
—¿¡Se encuentra bien!?
—Nada serio que lamentar.
—¡Menos mal!
—Pues sí.
—Mire, sé que es difícil pero le juro que puede confiar en mí.
—Está bien…
—¿Busca a alguien?
—A mis dos hijos, Róber y Lina. Los dejé junto a las boyas. Lina tenía sed y me acerqué a por unos refrescos.
»¿No los habrá…?
—No, lo siento. Usted es el primero con el que me cruzo. Yo también estoy buscando a una amiga. Se llama Susana.
—¿Cómo se separaron?
—Hacía tan buen tiempo que quiso darse un baño. A mí no me apetecía y entonces…
—Cayó la niebla.
—…
—¡Ei, ei! Seguro que está bien. Me llamo Nicolás. ¿Y usted?
—Beba.
—Mire, Beba. Siento lo de antes, estaba muy alterado.
—Es comprensible, dadas las circunstancias… ¿No le resulta extraña esta niebla?
—¡Y que lo diga! Tan densa, tan repentina… ¿Funciona su teléfono?
—No.
—Tampoco el mío. Beba…
—¿Sí?
—Estooo… ¿Le parece bien que los busquemos juntos?
—¿Podrá fiarse de mí?
—¿Qué puedo temer de su metro sesenta?
—Je, je. Tome mi mano.
»La orilla está a la izquierda.
—¡¡LINAAA…!! ¡¡RÓBERRR…!!
—¡¡SUSIII…!! ¿¡Me oyes, cariño!?

B.A.: 2019

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