martes, 2 de octubre de 2018

Érase una vez en Rebis - 27. Cita en Samarra



Nota: Antes de pasar al nuevo capítulo de Rebis, permitidme abusar un poco más de vuestra atención, mis sufridos compañeros de viaje, para daros una noticia.
El nuevo curso escolar (es curioso cómo organizamos nuestra vida en torno al fin de las vacaciones veraniegas) trae bajo el brazo dos proyectos literarios, dos recopilatorios de relatos en los que ando involucrado. Uno es con la página Relatos en su tinta de David Rubio, proyecto del que ya hablaré más adelante, y otro con la comunidad Relatos Compulsivos de Sue Celentano, que llevará el nombre de “66 relatos compulsivos”. Para este último buscamos financiación. Podéis informaros más extensamente en el siguiente enlace:
Y ahora, sin más, pasemos a un nuevo capítulo de Érase una vez en Rebis.


Resumen de los capítulos anteriores: Mio al fin se ha quitado el antifaz, mostrando su maligna realidad a un aterrado Samuel. Tras desgranar fríamente su plan de escape, se despide de él con un "Ahora, maese Faro, debes morir".
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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»Ahora, maese Faro, debes morir.

Las luces ganaron intensidad, desnudando a Mio de las sombras que vestían su cuerpo de sirena. El aumento de luz creó la ilusión de que la diosa proyectaba la mandíbula hacia Samuel, retándole a contradecir tan terribles palabras, pero la objeción no hallaba lugar en la embotada cabeza del soldado, petrificado por una maldad que nunca hubiera creído posible en rasgos tan puros. Un conejo deslumbrado habría tenido más esperanza de vida que Samuel si éste no se hubiera sentido traicionado, como en aquella otra ocasión, ya lejana, en la que su corazón se rompió tras el siseo de una puerta al cerrarse. «Ahí te quedas con tus misterios –le había reprochado la sombra huidiza de la que por entonces era su esposa–. Lamento no haberme ganado tu confianza».

–Cuida del ficus; a cambio de su compañía sólo te pedirá luz y un poquito de agua, no una vida en común.
Miriam se fue y su lugar lo ocupó el dolor. Dolor escrito con mayúsculas, causado por una deslealtad de la que Samuel no se creía merecedor. Y ahora volvía a sufrirlo de la mano de la bella y pérfida Mio, quien lo sacó del oscuro pozo de autodestrucción en el que se encontraba para empujarlo a otro mucho más profundo. «Et tu, Mio?», que habría dicho Julio César. El soldado se rebeló contra esta nueva afrenta, reactivando su cuerpo destinado al sacrificio, y llevó la diestra hasta el láser de mano que le colgaba en bandolera, a imagen de las arcaicas películas del Oeste, para encañonar sin temblor la frente de la diosa. Clac, clac, clac, clac, clac, clac, ¡CLAC!, hizo la rueda de potencia, alcanzando su nivel más alto, y el zumbido del generador llenó la estancia. No sería rápido. Tendría que mantener el disparo en un punto fijo hasta que la escultura estallara en pedazos, pero no había prisa; Mio no iba a moverse.
–¿Y me dirá cómo pretende hacerlo? Maldito pedazo de… ¡PIEDRA!
Fue lo último un grito enojado. Consigo mismo o contra la diosa, igual daba, lo cierto era que ya se disponía a apretar el gatillo cuando Mio comenzó a reír, siendo la suya una risa sin prisas, preludio de algo terrible.
–¿Sabes? Te hayas perdido en una contradicción. Permíteme que te explique; será sólo un momento.
Y lo hizo bien, paciente como un maestro de escuela ante el alumno menos aventajado de la clase. «Si soy un pedazo de piedra entonces me temo, amigo mío, que has perdido la razón, pues no sólo conversas con algo carente de vida sino que además lo estás amenazando de muerte».
–Por otro lado –continuó tras una pausa malintencionada–, si no estás loco, lo que es una buena noticia, y te estoy hablando, entonces es posible que posea otras… facultades.
Lo dijo muy lentamente, fa-cul-ta-des, y sólo entonces asimiló Samuel la certeza de su inminente muerte, sintiéndose de pronto muy cansado.
Nunca creyó que moriría lejos del campo de batalla. Estaba preparado para la suciedad de la guerra, para el dolor y el olvido del soldado, y jamás se imaginó rodeado de nietos en una aséptica habitación de hospital, acribillado por agujas hipodérmicas y perdiendo el control de sus esfínteres. El Destino, sin embargo, le reservaba una muerte extraña, y lo que realmente le dio miedo en aquel momento era el no saber si su cuerpo lo afrontaría de acuerdo con la vida que había llevado.
–¿Durará mucho? –alcanzó a decir.
–Eso sólo depende de ti, pero te aseguro que no será agradable.
Podía morir blasfemando y disparando contra el enemigo, pero eso era para aquellos que tenían algo que demostrar. Así que soltó el arma sobrecalentada, que cayó al suelo con un sonido lúgubre, como de campana tocando a duelo, se sentó con las piernas cruzadas y fijó la vista en Mio.
–Acabemos de una vez.

*        *        *

Samuel se vio transportado a la fila central del patio de butacas de un viejo teatro, único espectador de un escenario en el que se encontraba Mio iluminada por un par de focos. El telón de fondo era una tela oscura y aterciopelada que engullía la luz como lo haría un agujero negro en medio del cosmos, y motitas de polvo bailaban encerradas en los dos conos de luz y sobre las luces auxiliares de los pasillos de acceso, movidas por el sistema de aire acondicionado que se adivinaba funcionando a media potencia. Salvo ese sonido latente, todo era silencio.
Tan grotesco prodigio le hacía temblar desde muy adentro, recordándole las noches de su infancia en las que rezaba hasta caer rendido para que el monstruo que habitaba en el armario se olvidara una vez más del pequeño oculto bajo las sábanas. Ahora, tantos años después, daba comienzo el último acto de la pesadilla. Como dijera la vieja reina: «The show must go on», y hacia Samuel se acercaba la Muerte con botas de siete leguas, puntual a la cita que tenían concertada en Samarra.
Una imagen fantasmal en blanco y negro, de intenso brillo y suave contraste, los párpados cerrados, se separó muy lentamente de su original, caminando por el escenario hasta rozar el vacío con los dedos desnudos de los pies. Tras tomar una profunda bocanada de aire, el espectro echó la cabeza hacia atrás en ángulo imposible, gritando el nombre de Samuel con desesperación hacia el ojo central de la cúpula. Músculos en tensión, venas hinchadas, uñas clavadas en la carne de las manos,… Llamaba a Samuel como si la vida le fuera en ello, con lágrimas surcando su dulce rostro. Aún habitaba el recuerdo de tan desgarradora angustia entre las sombras del fastuoso artesonado cuando Mio ya bajaba los peldaños que la separaban de la platea –«¡DIOS MÍO, QUE NO SE ME ACERQUE!»–, acomodándose en uno de los butacones de la primera fila con evidente tranquilidad. Samuel no podía evitar que los dientes le castañearan y el espectro, visiblemente molesto, clavó en él sus ojos cerrados, el índice sobre los labios en demanda de silencio.
–Shhhhhh…
Surgió una nueva imagen, y otra, y otra más. Unas gritaban su nombre, otras lo susurraban; algunas lo reían e incluso unas pocas lo escupían con furia. Deambulaban por el escenario y entre las butacas sin rozarse unas con otras por escasos milímetros. Se sentaban y volvían a levantarse, ajenas en todo momento al desmadejado espectador que asistía aterrado a su errático caminar, y de pronto, en un cerrar y abrir de ojos, todas desaparecieron junto con la estatua del escenario y los ecos de su nombre, quedando sólo el zumbido del aire acondicionado. Germinaba la esperanza en el cuerpo estremecido del soldado cuando un gemido a sus espaldas, largo como la sombra de la Muerte, le erizó de nuevo los pelillos de la nuca, «Samueeelllll…», procedente de Mio en su apariencia más real, de mejillas sonrosadas y carne palpitante. Fijó en Samuel sus bellos ojos dorados y éste cayó muerto al instante sobre el sillón; sobre el suelo de una estancia iluminada por antorchas que unían su crepitar al zumbido de un generador a punto de fundirse. Ante los labios de una imagen policromada que las luces palpitantes hacían deletrear un nombre.


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3 comentarios:

  1. Capítulo 27 de la space opera "Érase una vez en Rebis".

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  2. Me has dejado desconcertado, amigo Bruno. Te has recreado en escenificar una muerte como si fuese el último acto de una tragedia de la que tan solo hemos atisbado los dos primeros. Paradójicamente, es a las puertas de su muerte cuando hemos conocido un poco más del verdadero Samuel, y al tiempo nos quedamos con las ganas de saber mucho más, por descontado, el significado de ese tenebroso baile de espectros que lo nombran en todos los tonos posibles. Sin embargo... Acaba de morir, traicionado, a manos de su diosa. Te aseguro que no me creía su muerte hasta el final... Y aún así...
    Deseando leer como continúa está estupenda saga, compañero. Hasta pronto. Un fuerte abrazo.
    Ah, y a ver qué pasa con esos proyectos. Ya nos contarás.

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    Respuestas
    1. Pues sí, amigo Isidoro, soy un dios caprichoso con mis creaciones. Je, je, je (risa perversa a lo emperador Palpatine).
      Ahora hablando en serio. La muerte de Samuel estaba planteada desde el principio, pues no era más que un peón en esta partida de ajedrez que es Rebis. Gracias a él conocimos un poquito a Sebastián, a Constanza, a Julia y, por supuesto, a César, y era necesario que muriera para que todos pudieran volar libremente hacia su destino, sea éste el que sea.
      Respecto a los proyectos, el de Relatos Compulsivos está a la búsqueda de financiación, y del libro recopilatorio del concurso El tintero de oro, aún en maquetación, me estoy encargando del diseño de la cubierta, intentando sacar o mejor de mí. Y todo sin dejar Rebis de lado, por supuesto.
      Un abrazo y gracias por tu fidelidad.

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