jueves, 21 de diciembre de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 18. Señales



Resumen de los capítulos anteriores: César, en la extraordinaria reunión a la que ha sido convocado, conocerá el don que sin saberlo posee y que lo hace valioso para la alianza de Los Hermanos.
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Jamás lo admitiría, pero el ministro envidiaba la natural mano izquierda del capitán DeArcos Bafa, que a base de ejemplos y mucha paciencia consiguió que César aceptara su hasta ahora desconocida, e impronunciable, capacidad. «Xenoglosia». Allanado el terreno, Samuel tomó el relevo a su compañero hilión, explicándole al chico la importante tarea que esperaban desempeñara para la alianza de Los Hermanos. «En comparación –puntualizó el teniente–, lo de Atlas no fue más que sujetar un cacahuete».
–Con tu ayuda, Los Hermanos al fin podremos adelantarnos a nuestro enemigo común, al que llamamos Nelson por razones que ahora no vienen al caso –continuó Samuel su exposición–. En breve zarpará la mayor flota de astronaves que haya conocido el viejo Universo, con el único fin de dar con este señor de la guerra y hacerle cambiar de idea.
–¿Por la fuerza?
–En principio intentaríamos el camino recto del diálogo pero estaremos preparados para cualquier contingencia. Sabemos muy poco de la fuerza enemiga, pero deducimos que su potencial bélico será muy elevado.
–¿Pero quién es este señor de la guerra? ¿Dónde lo encontraremos?
–Hay radica el problema –se adelantó el ministro con una sonrisa torcida en la cara–. No sabemos quién ni el sistema al que debemos dirigirnos.
Las pocas lozas que aún quedaban bajo los pies de César cedieron ante el abismo de la desesperación. Las palabras giraban vertiginosas en su cabeza, torbellinos de humo negro en los que anidaban seres de ojos inflamados como las llamas del infierno. ¡DEFINITIVAMENTE ESTABAN TODOS LOCOS! ¿Acaso era su intensión vagar por el espacio en busca del tal Nelson? Podrían pasar décadas antes de dar con él, y encima pretendían que les ayudara en tan descabellada empresa.
–Creo que andáis mal de la cabez… –el puño del ministro saltó como un resorte antes de que terminara la frase para golpear con fuerza la tierra de nadie que los separaba. Vasos y platos volaron por los aires, esparciendo sus contenidos sobre la mesa y las ropas de los presentes.
–Escucha amiguito… –las palabras fluían de sus finos labios densas como la salsa que manchaba su túnica ministerial–. No queremos tu comprensión sino el don que por desgracia sólo tú posees. Y no lo dudes ni por un instante; lo tendremos con o sin tu consentimiento. El que aún no te hayamos… ¿«Abducido», dicen ustedes? Como sea. El que busquemos tu cooperación se debe única y exclusivamente a las buenas relaciones que tenemos con nuestros hermanos terrícolas, así que deja de comportarte como un chiquillo estúpido y haz caso a los mayores.
»¿Me he explicado con claridad?
–Cálmese, DeAmiel, se lo ruego –intervino Samuel tranquilizador mientras el silencioso ejecutivo limpiaba el desastre con la diligencia de un mayordomo del que no se espera que vea ni oiga nada–. Estoy convencido de que no hará falta abducir a nadie. Déjeme las explicaciones, por favor.
»Encontrarlo no será fácil, por supuesto, pero no imposible. Poseemos el motor de velocidad DeBesón-Ca Dei, con el que podemos viajar muy rápido, y buscaremos a Nelson en aquellos planetas con un coeficiente de industrialización elevado, pues una fuerza como la que esperamos encontrar necesita una gran manufactura. Estos mundos son fáciles de localizar; sólo hay que seguir las migajas de basura espacial que deja todo planeta tecnológicamente avanzado. Después, descodificarás las señales que capturarán nuestros rastreadores, para saber si estamos ante el mundo de Nelson.
–Pero… ¿Cómo podéis estar seguros de su existencia y de que va a comenzar esta guerra de la que habláis?
–Las señales así lo afirman –la voz llegó del cuarto hombre, y para cuando César se dio cuenta del cambio en la rutina de la conversación, éste había vuelto a su mutismo, jugueteando con los pulgares; absorto en las sombras que dibujaban sobre la mesa de nuevo limpia.
–¿Señales? ¿Toda esta locur…? –César se mordió la lengua al darse cuenta de su imprudencia y miró de reojo al ministro, enmendando el error sin apartar la vista de su puño cerrado–. ¿Toda esta… operación se sustenta en señales? ¿Nada de hechos concretos?
–Señales, premoniciones,… Vaticinios cumplidos –enumeraba Samuel con los dedos de la diestra–. Usa el nombre con el que te encuentres más cómodo.  Por ejemplo, una leyenda malhallana sostiene que el fin de su civilización llegará de la mano de este señor de la guerra.
–¿Malhaqué…?
–Unos tipos realmente creativos, estos malhallanos, pero nos estamos desviando del tema. Las señales son claras y aseguran que Nelson existe.
–¿Y mi vida aquí? ¿Qué pasa con mi madre… y con mis compañeros de pentágono? –«¿Qué pasa con Julia?», se preguntó en silencio. La relación entre ellos por fin había cuajado y se negaba a tirarlo todo por la borda.
–Tu madre viajará a Plutón en unos meses –a César se le desencajó la mandíbula, incapaz de creer lo que Samuel le estaba diciendo–. Y tú irás con ella, a menos a ojos del resto de la estación. Ella en cambio creerá que te deja aquí en Rebis, para terminar tu formación militar.
»Tendrás que desaparecer para todos –concluyó sombrío.
César no pudo impedir que las lágrimas afloraran a sus jóvenes ojos. Jugaban con él como con un peón y lo consolaban tratándole de alfil, pero su vida en Rebis, que aunque insignificante era suya, iba a desaparecer por completo. ¿Volvería a ver alguna vez a su madre? ¿Se acordarían de él sus compañeros?... ¿Julia lo esperaría?
–César –ahora le hablaba Samuel en un tono desagradablemente bajo–, puedo comprender tus dudas ante el destino incierto y peligroso que nos ha tocado compartir y que no puedes asimilar correctamente a causa de nuestra deficiente explicación, fruto de la urgencia que nos atenaza, pero no puedo aceptar que vaciles por las pérdidas afectivas. Desde los siete años te has llamado a ti mismo soldado, y como tal esperamos que te comportes.
»Créeme cuando te digo que jamás Rebis te hubiera encomendado una misión más noble. Consuélate pensando en ello.
–¿O no eres un soldado?
El desdén con el que apostilló DeAmiel Can el razonamiento de Samuel fue un bálsamo amargo, pero bálsamo al fin y al cabo, para el torrente de angustia que lo ahogaba. El grifo de las lágrimas se cerró por completo. Año de sequía. Perdonen las molestias pero no podrán usar agua corriente desde las 20 horas. Gracias. Miró con intenso odio la figura del ministro, secos y enrojecidos los ojos, y en el tono más firme que pudo articular dijo: «Soy un soldado».
–Iré con ustedes hasta el fin del mundo.
–Lamentablemente, el fin del mundo es sólo el principio de nuestra andadura, pero de momento me vale. Señores –el ministro se mostraba afable una vez conseguido su propósito–, ya nada nos detendrá.
»Ahora debemos marcharnos, capitán Bafa.
–De hecho también me reclaman a mí –Samuel contemplaba la pantalla digital que parpadeaba en el dorso de su muñeca izquierda–, y antes debo llevar a César a su casa, para que no tenga problemas con el toque de queda.
–Déjenos un momento, Samuel –rogó el empresario una vez se hubieron marchado los hiliones–. Quiero charlar un rato con nuestro nuevo compañero de armas.
–Quince minutos, no puedo darle más.
Y César se quedó a solas con el cuarto hombre.

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4 comentarios:

  1. Hola Bruno
    Nada mejor que un poco de mundo de Rebis antes de que termine el año. Esto y el estreno de Star Wars, je je
    Tal como se va desarrollando la trama, preveo Rebis para rato. Por mi, estupendo. En dosis pequeñas, nos vas desgranando una aventura de altos vuelos. El amigo César tiene mucho trabajo por delante... Y una gran responsabilidad, pero ahora, lo inmediato es saber aquello que, en privado, tiene que decirle ese "cuarto hombre"... No permites que la intriga decaiga en ninguno de los episodios compañero. Gran trabajo.
    En otro orden de cosas, haz una revisión del texto, pues en alguna palabra, el maldito corrector ortográfico te la ha jugado, ya sabes
    Hasta pronto compañero, que tengas unas felices fiestas junto a tu gente
    Un fuerte abrazo

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    1. ¡Maldito corrector! No sé para qué le pago, la verdad, pues a las primeras de cambio me deja con el culo al aire.
      Hombre amigo Isidoro, comparar Star Wars con mi Rebis es todo un orgullo, más si sabe cuando es esa saga la principal fuente de la que bebe la estación. Poco a poco, espero que creando interés, voy desgranando esta historia que podemos decir no será corta. Sólo espero que tú, y el resto de fieles que la siguen, acompañen al bueno de César al incierto destino del que sólo sabemos que será peliagudo.
      Un abrazo fuerte y buena entrada de año.

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  2. Pobre César, la que le ha caído encima. Se ha convertido en el peón del que todos se valen. Uno de los elementos cruciales ha tardado en llegar, de lo que se deduce tal como apunta Isidoro que la historia se prolongará en el tiempo. Nos dejas con una nueva incógnita respecto a esa conversación que está a punto de iniciarse ¿Qué tendrá que decirle? la respuesta el próximo año me temo. Un abrazo y feliz año Bruno!

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    1. Como verás, compañero Jorge, César está metido hasta las cejas en un buen follón. Juegan con él como quieren, y no terminan de contarle la verdad del asunto. Mucho me temo que la conversación con el cuarto hombre no llegará hasta enero. Lo siento.
      Un abrazo y felices fiestas.

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