jueves, 5 de enero de 2017

Érase una vez en Rebis - Capítulo 3. Un paseo por las nubes



Resumen de los capítulos anteriores: En la estación espacial Rebis, mientras César se enfrenta a los problemas e inquietudes propios de la adolescencia, Samuel Faro, miembro de una organización clandestina, debe defender los últimos componentes del motor de velocidad DeBeson-Ca Dei de un ataque inesperado.
Puedes acceder al capítulo anterior pulsando el siguiente enlace:

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Nacho y Tina pensaban que no podía haber nadie más feliz que ellos dos; eso era inconcebible e incuestionable. ¿Y quién podría reprochárselo? Todos los adolescentes tienen esa certeza la primera vez que se enamoran –ocurrió antes, ocurre ahora y ocurrirá siempre–, y maldito sea mil veces el que levante el velo de la verdad ante ellos.
Las calles bullían de hormonas desenfrenadas. Era viernes por la tarde, la válvula de escape a cinco días de duro trabajo, y los jóvenes exprimían con natural pasión los segundos que restaban para el toque de queda, tomando al asalto la plaza del Olmo. El estrafalario conjunto arquitectónico –a la fuente de motivos vegetales que le daba nombre a la plaza había que sumarle una torre panorámica de base cuadrada levantada con ladrillo cocido–, era obra de un megalómano seguidor del movimiento debrisista que no dudó en financiar el proyecto de su propio bolsillo, rematando tan peregrina idea para una estación espacial con una enorme campana de cristal. Hacia ella se erguía la torre panorámica, majestuosa, y el horizonte en torno a su mirador se llenaba de estrellas para los enamorados.
Desde las ventanas del lado Este, blindadas como todas las demás para que ningún escéptico se viera tentado a comprobar la veracidad de la ley de Newton dentro de Rebis, se podía disfrutar de una espléndida vista de la plaza, abrazada por una medialuna de edificios –rojo y albero a la izquierda, blanco a la derecha y una algarabía de verdes en el centro–, dedicados al ocio juvenil. La población de palomas, controlada por la sección de plagas del Ministerio de Sanidad, revoloteaba alrededor de los chorros de agua que escupían los genios tallados en la fuente, bebiendo a veces y salpicado siempre, mientras un vendedor de refrescos ofrecía su mercancía a los desocupados; el altavoz anunció la llegada de un carguero de bandera selenita cuando los jóvenes iniciaban el descenso por las rampas adosadas a las paredes internas de la torre.
Salieron a la plaza a través de una estrecha puerta rectangular de madera tachonada con clavos de hierro, rodeando la fuente entre el revoloteo y ulular de las palomas para embocar una larga calle comercial, siempre cogidos de la cintura, atentos a los escaparates que reflejaban su bella estampa de enamorados. Así llegaron hasta el final de la calle y torcieron a la derecha, deslizando la mirada por la mercancía expuesta en una confitería que anunciaba con llamativos paneles móviles sus tartas realizadas con verdadero chocolate, lo mejor para una celebración en familia. Un holograma reproducía en bucle a una pareja de sonrientes niños que disfrutaban una y otra vez del mismo trozo de pastel. Al fondo, como un elemento más de la cocina, la madre de las criaturas sostenía un plato adornado con blondas de papel sobre el que descansaba la tarta empezada. Lo que la imagen callaba eran los meses de sacrificio que hicieron falta para que los pequeños pudieran disfrutar del manjar, otro bucle holográfico en el que una mano cansada metía una y otra vez lo poco que podía ahorrar en un cerdito de plástico. Aun así, la restauración de alta calidad no era mal negocio dentro de la estación.
Con la certeza de que difícilmente probarían en su vida bocado tan fino, los jóvenes se despidieron de los suculentos pasteles para continuar el paseo por la avenida Prometeo, que por su amplitud permitía el paso de vehículos en ambos sentidos, casi todos de transporte público, oficiales o de carga. Los vehículos privados eran exclusividad de los ciudadanos más destacados de Rebis, los únicos capaces de costear la adquisición y el mantenimiento de un vehículo eléctrico, y sólo los muy ricos dentro de esa pequeña élite podían aspirar a uno de combustión interna. Estos eran verdaderos hallazgos arqueológicos, y al dinero de su compra había que sumarle el enorme gasto que suponía conseguir combustible orgánico –más raro de encontrar que el propio vehículo–, el pago de los elevados impuestos de importación, la búsqueda de repuestos, la inclusión en nómina de un equipo mecánico cualificado y el alquiler del circuito donde conducirlo, pues los flamantes propietarios sólo podían disfrutar de tan carísimo capricho en recintos especialmente preparados para eliminar los gases contaminantes producidos por la combustión. Un sueño inalcanzable para el 99% de los rebisianos.
Uno de esos sueños circulaba en ese momento sobre una grúa de colchón de aire. Seiscientos, podía leerse en su parte trasera. La pintura escarlata, pulida a base de cera y gamuza, refulgía bajo los focos que daban luz a la avenida, lanzando descarados guiños a los viandantes mientras un mozo de extraordinario sentido del equilibrio aprovechaba el trayecto para sacar brillo a los cromados. Con la mirada puesta en el bólido, la pareja llegó a otra placita mucho más acorde con la estética de la estación, muy animada por acoger diferentes paradas de transporte público, donde compraron en la heladería que fabricaba el mejor sustituto de helado de todo Rebis –«Pregúntenos su sabor», decía el eslogan bajo el logotipo de rayas horizontales y verticales–, dos tarrinas pequeñas de chocolate que disfrutaron sentados en un banco, entretenidos con el ir y venir de la vida en la estación.

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Se hacía tarde. De nuevo cogidos de la cintura, decidieron llegar al mirador por la calle comercial llamada Peñón, en honor a otro héroe de la independencia, hacia la que se encaminaron sin prisas girando en un bar cuya especialidad era el café con churros –mañana y tarde–. Y entonces ocurrió.
Días después, comentando el suceso, la pareja llegaría a la conclusión de que fue el silencio, y no la visión, lo que los dejó clavado en el sitio al enfilar la calle, echándose hacia un lado entre respetuosos y amedrentados. En otras circunstancias, la imagen de un centenar de religiosas recorriendo con sus ásperos hábitos marrones las calles de la estación, los brazos cruzados sobre el pecho y la vista baja, no hubiera sido más que una anécdota digna de contar. Pero las acompañaba el denso silencio de la resolución, sólo roto por el crujir de las zapatillas de esparto y por un quedo tañido metálico de origen desconocido, y a su paso todos dejaban sus quehaceres para asistir atónitos a la extraña procesión, que se esfumó como un sueño al final de la calle. El extraño sonido llamó la atención de Nacho; sabía que le era familiar pero Tina estaba deseosa por intercambiar impresiones acerca de lo visto, impidiéndole rebuscar en los cajones de su mente.
Con el misterioso tintineo martilleando los recuerdos de Nacho, los jóvenes llegaron de nuevo a los pies de la torre panorámica, donde comenzaron a despedirse con empalagosas palabras de enamorados mientras los pentágonos de limpieza acondicionaban la plaza en torno a ellos, entre sonrisas y guiños hacia la pareja, y una tropa de soldados en maniobras se cuadraba frente a su superior, firmes como palos, presentando las armas a una orden gritada. Entonces la pieza encajó en el puzzle; por fin Nacho sabía el origen del sonido y era lógico que no hubiera podido localizarlo antes pues… ¿Quién podía imaginar subfusiles de asalto escondidos bajo los hábitos de un centenar de religiosas?


Safe Creative #1701040293672

8 comentarios:

  1. Estupendo cliffhabger que promete acción para el próximo capítulo. Se nota el trabajo de creación de mundo, las horas, días y semanas y meses que has dedicado a pensar y documentar tu historia. En este episodio nos hemos paseado por Rebis de la mano de Nacho y Tina. Enhorabuena, un excelente trabajo que imagino terminará en un ebook. Un abrazo!

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    1. No te equivocas David; han sido muchas las horas que he dedicado ha este proyecto, y muchas más las que me llevan la corrección de cada capítulo antes de subirlo al blog.
      Ojalá tengas razón y mi Rebis termine como ebook.
      Un abrazo fuerte.

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  2. Digamos que este capítulo es más..."de inmersión" en el interior de Rebis que los anteriores (a excepción del pasaje descriptivo del hangar en el capítulo anterior), y precede a su vez a una escena de acción. Salvo que las monjas tarden otro capítulo en llegar a su objetivo jeje. Seguro que si te lo propones logras que esto acabe en un ebook. ¡Un abrazo!

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    1. Sí, amigo José Carlos, con este capítulo sigo dando a conocer la vida en la estación, de la mano de unos jóvenes que aparecerán en otros momentos de la historia. Las monjas, como imaginarás, también tienen su importancia; no las cree para nada, je, je, je.
      Espero de verdad que esta aventura termine publicada.
      Un abrazo fuerte, amigo.

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  3. Largas descripciones en las que vas tejiendo un mundo complejo, donde no dejas escapar ni un solo detalle a la imaginación del lector. Pormenorizado y detallado hasta el límite, denota el gran trabajo que, como todos te comentamos, requiere el texto. Casi me puedo imaginar que hasta has hecho dibujos y diseños previos de toda la Estación para, en tu mente, colocar cada detalle sin cometer errores de ubicación o cosas así. Vamos, todo ese trabajo que va detrás del texto que sale a la luz y que, a buen seguro, llenaría muchas más páginas, a modo de bocetos de una obra pictórica o el storyboard de una película. Un mundo del futuro, pero lleno de referencias y detalles cotidianos que lo acercan mucho más. Pero, para no dejarnos un capítulo, únicamente lleno de descripciones, incorporas la acción mimetizada, contribuyendo a ese collage que confeccionas para nosotros y dando ese final tan bueno que nos adelanta lo que vendrá. Por lo que he leído en estos pocos capítulos, nos enfrentamos a una vasta obra de ficción que vas a ir desarrollando sin prisa, pero sin pausa. Genial. Me gusta este tipo de obra Bruno. Y, desde luego, no veo nada desdeñable su publicación al completo. Iremos viendo…

    Un fuerte abrazo compañero.

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    1. Poco a poco voy entrando en materia, amigo Isidoro, pero no puedo dejar de pasar la ocasión de describir esta Rebis que orbita en mi cerebro pues, como veréis, es una protagonista más de esta space opera. Espero no hacerme el pesado hasta el punto de aburriros.
      Un abrazo enorme, amigo.

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  4. Casi podemos ver las calles y las plazas de Rebis a través de tus excelentes descripciones. Un mundo al que sus creadores se han ocupado de dotar de un aspecto muy terrestre. Incluso ese detalle de los coleccionistas de coches de combustión le da un poso de añoranza terrícola.
    Nos traes dos nuevos personajes que no sabemos si tendrán algún protagonismo en la trama. Y por último parece que algo gordo se trama en Rebis ¿que será? la intriga crece.
    Un abrazo amigo Bruno.

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    1. Imagino Rebis como una gran confusión, producto de las prisas por ver terminada la gran estación espacial y en la que muchas manos intervinieron, y así dibujo la plaza del Olmo, con su fuente y su torre panorámica, al más puro estilo terrestre.
      Gracias por tus palabras, Jorge. Me alegro de tenerte a bordo de este barco. Espero no defraudarte.
      ¿Qué será de Nacho y Tina? Lo veremos, lo veremos.
      Un abrazo, amigo.

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